lunes, 16 de agosto de 2010

El cambio del cambio (II)

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II

 

Hace ya años, un amigo se vino de las colonias* con el fin de residir definitivamente en la metrópoli*. Todavía lo de la disidencia interna no tenía la repercusión mediática que tiene en la actualidad. Este amigo –cuyo nombre omito simplemente porque no lo he consultado con él— me contó que en diferentes ocasiones habían ido a su casa conocidos-medio amigos para proponerle que “se metiera” en un grupo de la disidencia pues eso de inmediato hacía que la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana lo colocara en un listado de disidentes y personas que corrían cierto riesgo en Cuba, lo cual podía facilitarle “el brincar al otro lado” (por “el otro lado” siempre se ha entendido los Estados Unidos). Las contraposiciones –le manifestaron esos emisarios—eran mínimas: detenciones pasajeras, registros, vigilancia, obstinación, en fin, nada que no se pudiera soportar dado nuestro natural aguante de siempre**.

Al año o los dos años, recaló en casa un chico del barrio y muy emparentado conmigo en el sentido de la amistad con sus mayores, de esos que uno puede decir “un niño de toda la vida, que yo lo vi nacer”. Había estudiado una carrera técnica en la URSS, le pilló el tiempo de la Perestroika, volvió a Moscú después, intentó establecerse, y finalmente se vino a España. Este chico, cuando volvió de la URSS a Camagüey, quiso ingresar en una de esas organizaciones disidentes porque se sentía en la necesidad de aportar algo, en un sentido literario o de opinión (ja ja, hoy sería un “periodista independiente” más, de los que nunca pisó ninguna facultad de periodismo). Pero lo primero que le preguntaron fue que si estaba dispuesto a poner bombas, y este niño que yo había visto nacer dijo que no y se volvió a su casa.

Estos no son los únicos comentarios que he oído relacionados con la disidencia interna, que, dicho de paso muy claramente, tiene únicamente proyección externa porque en Cuba nadie se entera de ella, y medio siglo de comunismo cubano (una variante especial) ha ido reduciendo al individuo a su fase más primitiva en una sociedad moderna: la de tener puestos todos sus sentidos en la gran tarea de buscarse la comida, no porque siempre haya existido el periodo especial ni porque la URSS ya no pudiera más con aquella carga inútil, sino porque simplemente es una minúscula parte del monstruoso experimento que han hecho con el pueblo cubano. Esta elementalidad, esta reducción a lo básico, no solamente entorpece el pensamiento sino que deforma la identidad, la idiosincracia, la voluntad, y relativiza al extremo los valores éticos. Todo esto sirve para controlar internamente a la población y mantenerlos (mantenernos, cuando yo estaba allí) en un estado de semi-inconciencia que aparentemente está muy viva pero que simplemente sigue los patrones oficiales y los hace repetir o imitar como papagayos, y este cambio progresivo va distanciando las remesas de personas que han ido saliendo de Cuba, hasta los años 80 mayoritariamente como una búsqueda de solución ética, cosa que se complica extraordinariamente a partir de los 90 y ya ni hablar del siglo XXI. En este último fragmento de texto se esboza la principal razón de las difíciles relaciones y del rechazo que se establece entre una oleada migratoria cubana y la siguiente (promedio de diez años) tanto por parte de los más antiguos como de los recién llegados. La Revolución separa, incluso a personas que no la han vivido del todo. La Revolución sólo une a los oportunistas, e incluso esos se han ido reciclando a partir del 89. O sea, en Cuba (se) han sucedido dos revoluciones nefastas: la que se vivió entre 1959 y los años 80s, y la que se vive principalmente desde el desplome del comunismo europeo del este hasta infinitum. Creo que socialmente, moralmente, éticamente, sicológicamente, las consecuencias más desastrosas, destructivas y difícilmente reconstruibles, es la última de ellas, la que se vive en la actualidad.

La creencia, la fe, el sexo, la admiración fanatizada, no existirían si en ellas no hubiera pasión, y la pasión es un sentimiento que arrastra, que puede llevar a los mayores errores en medio de una inmutabilidad pasmosa y una constante justificación que busca, rebusca y se inventa (o encuentra y se apropia de) una falsa lógica para aceptar y alimentar esos extravíos. La pasión es incompatible con lo racional.

Ser, algunas veces, tan racional es un handicap negativo, limitante para cualquier cosa que requiera un mínimo de entusiasmo. Incluso mentir, por ejemplo, o fingir. Por eso, en las universidades cubanas, aunque hiciera lo mismo que la mayoría cuidadosa del resto, mi expresión carecía del más lejano viso de afinidad y siempre terminaba en la calle por lo que sus funcionarios denominaban “apatía política”. No solamente era política; también era personal. Lo sigue siendo.

El exilio activo, en cualquiera de sus variantes, reproduce inconscientemente las normas de urbanidad “revolucionaria” e hiper-nacionalista que han ido aprendiendo desde la infancia. No pueden ellos generar ningún cambio (solamente entiendo por “cambio” la desaparición del comunismo) si antes no cambian ellos mismos su forma de pensar, y muy importante: su forma de expresarse. No bastan las buenas intenciones. Cuando asumen la caracterización del “mayimbe in reverse” provincial hablando desde la tribuna el Primero de Mayo, mi racionalidad me devuelve al rechazo originado en la infancia y adolescencia ante la saturación de símbolos patrióticos y comunistas, incluido el busto hidrocefálico de Martí, y a lo que me han contado mis amigos sobre las tretas para apañarse una mejor y más rápida salida de las colonias hacia el Gran Imperio del Siglo XX.

Lo siento.

 

© 2010 David Lago González

 

*”colonias” y “metrópoli” son términos absolutamente actualizados y vigentes al momento actual.

**”siempre”, dicho por un cubano, en este y otros sentidos, se refiere específicamente al último medio siglo acontecido bajo el comunismo