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martes, 19 de julio de 2011

ROLANDO D. H. MORELLI - De “chocolate”, de “fresa”, y hasta de “menta”, si hace falta (Lo que podemos esperar y más.)

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De `chocolate', de ‘fresa’, y hasta de `menta', si hace falta

Lo que podemos esperar y más

Rolando D. H. Morelli

 

Otra película hace furor en La Habana. Se trata de la cinta "Fresa y chocolate", del cineasta Tomás Gutiérrez Alea, con guión de Senel Paz, y basado en el muy traído y llevado cuento del propio autor, El hombre nuevo, el bosque y el lobo. Esta película, a diferencia de “Alicia en el pueblo maravilla”, que suscitara igual desafuero a su estreno en Cuba, (y que luego casi nadie ha podido ver), ha contado hasta con una buena acogida del periódico Granma, según afirma El País de España. Reseñas entusiastas de cierta prensa, que no podían faltar tampoco en esta ocasión, y exégesis de los sempiternos "amigos de Cuba" en el extranjero, dan por un hecho cierto que las cosas están cambiando. Ejemplo de ello, nos dicen, la película en cuestión. Si la acogida de Granma no constituyera en sí razón bastante para alertarnos, habría aún otras razones para tomar las cosas con un grano de sal, o dos.

            Recuerdo que hace unos años, cuando salió la película “Conducta Impropia”, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, (1984) uno de los impugnadores más tenaces de esta importante película que nunca se ha exhibido en Cuba, fue el propio Gutiérrez Alea. De unos cuantos plumazos Alea tachaba los testimonios de cuantos aparecen en la cinta, como "exageraciones", y se preguntaba —nada retóricamente— por qué al cabo de tanto tiempo de transcurridos aquellos hechos, (que él, naturalmente daba por cosa del pasado), es decir, muertos y enterrados, se hacía el documental. Las respuestas de Jiménez Leal y de Néstor Almendros a esta pieza vergonzosa de Alea titulada “Cuba sí, Almendros no” se hallan —para el que las quiera repasar— en el Village Voice (14 de agosto de 1984). No se trata del único intercambio de esta índole, pero bastaría a dar una idea aproximada del asunto y de los términos del debate iniciado por el cineasta del ICAIC. Con igual derecho al que le asistiera, y mejores razones, cabría preguntarle ahora al señor G. Alea, (casi una mermelada) por qué de repente se interesa en resucitar el tema, que según él había quedado resuelto.

            No esperaré por las respuestas del realizador cubano, o más bien sus excusas       — que cualquiera podría anticipar a la luz de sus presupuestos conocidos—, sino que señalaré aquí varias razones obvias. Hacer ahora esta película no sólo es conveniente para el régimen cubano, de ahí que sea posible hacerla y exhibirla a bombo y platillo, sino sobre todo rentable políticamente. Castro sigue aferrado al poder, y dice y redice que de éste no cederá a las buenas ni una uña. Su elocuencia es puro Castro: "Si das la uña te piden el dedo, si das el dedo te reclaman la mano, y si das la mano, te cortan la cabeza". (citado por Franqui no recuerdo ahora exactamente donde). La oposición interna y externa pide participación, y soluciones a la crisis cubana, y el poder la reprime y rechaza sistemáticamente, según estén o no a la mano los opositores, pero entre tanto, el poder juega a hacerse su propia oposición. El titular con que El País de España reseña la película, es revelador de hasta qué punto el engaño penetra porque está bien instalado: "Una película contra la hipocresía castrista, gana el festival de La Habana", reza el titular. Pero ¿quién auspicia, controla y autoriza dicho festival de cine? ¿No es más hipócrita hablar de "hipocresía castrista" cuando se hace el juego a los hipócritas, y se alarga de este modo, su vida política? Sin embargo, no hablaré aquí de “El País” que quiere ser España.

            Los aplausos de La Habana a la película de Alea son indicativos de varias cosas. Mencionaré dos: Primero, de la necesidad de espacios abiertos en la sociedad cubana, a la par que el régimen procura ocultar o reparar su desgaste, elementos ambos que obligan al régimen a “hacer el juego”, cosa que antes se permitía desdeñar y rechazar categóricamente como cuestión de principios. Segundo, de hasta qué punto puede el poder castrista, en un alarde de tozudez y determinación, estar dispuesto a jugar a la oposición consigo mismo, siempre y cuando se respeten sus reglas: "dentro de la Revolución, todo". La "Revolución", naturalmente, "soy yo", que diría su Máximo Líder.

            La película de G. Alea, como el cuento de Senel Paz en el que está basada, no pasa de ser una pieza más en el arsenal de trucos y embustes del castrismo. El ángel de Sodoma, relato de Alfonso Hernández Catá, publicado en 1929, o la novela Hombres sin mujer de Carlos Montenegro, de 1933, (nunca editadas, leídas o reconocidas en la Cuba de los Castros, Paces y Aleas), a pesar del paso del tiempo en que fueron concebidas tendrían mucho más que decir sobre los homosexuales y la homosexualidad, que todos los cuentos de camino del castrismo. Al cabo de treinta y tantos años de política oficial anti-homosexual, (defendida, justificada u ocultada por los Aleas del mundo, con sus consecuencias concretas sobre miles de seres humanos) se produce una película sobre el tema, y se pretende con ella hacer borrón y cuenta nueva. ¡No señores! Ni el argumento de la película, ni el cuento convencen. Y si aquí y allá se dicen verdades de perogrullo, a lo largo de la cinta, con muchísima tardanza además, no se trata de que las actitudes hayan cambiado. Lo que cambia, a pesar del poder y sus acólitos, son los tiempos. Pero estemos alertas, el poder nada puede respecto a la administración de la economía, o la producción de bienes de consumo —eso está más que demostrado—. El país del que se apoderaron los revolucionarios, y destruyeron con sistemática pasión marxista, se desmorona, no obstante, entre lo que sí pueden hacer quienes disponen de todos los medios para ello, están esos trucos, viejos como el poder mismo: producir la sensación de un sabor de helado que se añora, sea este chocolate, menta, o incluso fresa, si viene al caso. En fin, dar gato por liebre.

            Con muchísima penetración, señalaba Heberto Padilla en su novela En mi jardín pastan los héroes, que el castrismo había heredado del capitalismo anterior una maquinaria intacta, y soberanamente bien equipada —añado yo— de propaganda, de la que se sirvió para divulgar su propia imagen. Gente altamente entrenada en tales menesteres sigue cumpliendo esta función, en cuyo desempeño han adquirido una habilidad inigualable. Los medios se han refinado cada vez más, y no guardan relación con la involución sufrida por el país. Consiguen impedir todavía, con afeites y efectos de toda clase, disimular las grietas en las bases. Pero las grietas están, y empeñados como se hallan en ocultarlas, los Aleas y Paces las han perdido de vista. Cuando el tinglado acabe de caer, si es que no los aplasta en su caída, se verá claramente que se trató siempre de una aldea Potemkim, de un montaje con luces y espejos que habría hecho la envidia de Eisenstein o Buñuel.

            Relataré seguidamente una anécdota próxima en el tiempo y por su carácter mismo a lo ocurrido en La Habana con “Fresa y chocolate”. Hace poco menos de un par de semanas, asistí con varios amigos a la anunciada presentación en Nueva York de un documental hecho en Cuba para la televisión cubana por dos jóvenes cineastas que se presentarían en el Hunter College. (No sería necesario aquí entrar en explicaciones acerca del papel que juega desde quién sabe cuánto tiempo esta institución newyorquina penetrada por la Seguridad del Estado cubana y sus acólitos de toda índole, en el empeño de presentar “la verdad sobre Cuba”). La noche del estreno, después de prolongarse bastante la espera, se anunció impersonal y sucintamente que en lugar del “material anunciado” se presentaría otra película cubana, sobre los avances de los gays en la Cuba revolucionaria. La película en cuestión había sido exhibida en numerosas ocasiones y pocos de los presentes en realidad quería volver a verla. Las protestas no se hicieron esperar. El otro documental trataba del SIDA en Cuba, y se había anunciado como algo revelador y poderoso. A la consternación del público entre el que me encontraba, uno de los realizadores apareció con una declaración de principios bastante “ambigua” para explicar lo inexplicable. A las presiones del público este mismo individuo (ambos realizadores “se quedarían” posteriormente) se apartó del mamotreto que leía para explicar que los promotores del film —no ellos— habían decidido no mostrar su película porque éste no satisfacía la imagen sobre el asunto que buscaban representar ya que les parecía parcializado. Que el Hunter College censurara de esta manera desvergonzada la proyección de una película anunciada por la propia institución a bombo y platillo con anterioridad, porque de repente les parecía contraria a “la imagen” que buscaban dar no podía si no sorprendernos a quienes por más que estuviésemos acostumbrados a las falacias y truculencias del régimen cubano y del comunismo en general, nos aferrábamos a la creencia de estar en el país más libre del mundo. Aquello terminó como no podía ser menos, entre improperios y a golpes, que propinaron como siempre ocurre los sicarios del régimen cubano con la importante ayuda de un par de puertorriqueños que debían ser “macheteros” por lo menos. Los golpes los recibió especialmente un señor algo mayor, pero muy decidido a no dejarse tupir con argucias. “Tú lo que eres es tremendo maricón” Le gritaron y ahí se armó Troya. También yo recibí y devolví algún golpe. Al final, cuando se anunció que estaba por llegar la policía —cosa que nunca ocurrió— los agresores de marcharon juntos como a una consigna: “¡Fuerzas de choque, retirarse!”. Disciplinados los muchachos. No hubo denuncias que yo sepa de lo acaecido. El Hunter ha seguido patrocinando y aupando actividades de todo tipo en “apoyo” a quienes quieren divulgar “la verdad de Cuba”. Conservo una copia obtenida más tarde de la cinta que inicialmente debía exhibirse: “Al margen del margen”, y aunque se trata por varios motivos de un documento importante, tampoco es que se trate de nada como para semejante género de censura aún en tratándose de los aliados del régimen cubano. Pero éste no funciona de otra manera, y lo que puede parecer una pifia muchas veces no lo es, y viceversa. Saben muy bien dar y recoger cuerda. Han cultivado las apariencias y si a veces parece que les falla la pierna no siempre es porque verdaderamente ocurra así. Cuentan para ello con los medios, la dedicación profesional y confesional y todo el tiempo del mundo. Hoy dicen digo y mañana Diego, y pasado dicen que dijeron Dago donde digo Diego y pasan página como si tal cosa. Dentro de unos años —seguramente no muchos— se repetirá este incidente, u otro parecido y el régimen y sus alabarderos salvaran la cara con excusas parecidas a las que siempre han empeñado. Esto, si alguien les pidiera cuenta de sus actos.

            Conseguí más tarde hablar en Nueva York con uno de los realizadores —ya acogido a la condición de “quedado”— y me impuso de algunos detalles tal vez relevantes aquí. Aunque producida para la televisión cubana por ellos, estudiantes de cine, se las habrían arreglado para hacer al margen otra película de mayor duración que era la que intentaban exhibir dando gato por liebre, pero desde La Habana se habían movilizado varias voces de activistas norteamericanas, (sin dudas alertadas por las autoridades del régimen) que se dirigían a sus colegas y lazos en los Estados Unidos mediante faxes —desde Cuba, no se pierda el detalle— pidiéndoles literalmente “no exhibir la película” que tildaban de ser entre otras cosas demasiado “artsy”, además de constituir un intento de parte de los documentalistas de echar leña al fuego de los argumentos contrarrevolucionarios, habiéndose burlado de las autoridades que confiaron tan plenamente en ellos. El documental, me contó en la referida conversación el realizador, surgió de la frustración que sintieron cuando la televisión censuró de antemano algunas secuencias “muy críticas” en la que los enfermos recluidos en el sidosorio de “los Cocos” y algunos familiares de los mismos se manifiestan abiertamente contra la política de internamiento forzoso y la discriminación que sufren los homosexuales, pero de la que se exonera a un combatiente internacionalista cuya enfermedad seguramente fue consecuencia indirecta de su participación en la guerra de Angola y directamente de su conducta sexual allí. Los jóvenes “disidentes” decidieron entonces, aprovechando el viajecito al Hunter College (no averigüé de qué modo obtuvieron esta presea) restaurar la secuencia ‘maldita’ y exhibir la cinta tal y como había sido concebida inicialmente por ellos para que el público pudiera apreciarla por sí mismo. Al parecer, una prevista de la cinta, exigida por la anfitriona (profesora del Hunter) reveló el hecho y “la compañera” se apresuró a comunicarlo y a comunicarse con sus congéneres en Cuba, de lo que resultó la censura. Conservo en mis archivos copia de los mensajes cruzados entre “los compañeros” (los cuales procuré y conseguí por trasmano) entre los que priman los provenientes de La Habana con instrucciones precisas. Espero que los mismos algún día pasen a integrar una compilación oportuna acerca de la censura y la desinformación respecto a la realidad cubana por parte de quienes supuestamente no buscan otra cosa que “revelar la verdad”, y de paso, documentar el intervencionismo directo e indirecto de la izquierda norteamericana en Cuba y fuera de ella en lo concerniente a la represión.

            En fin, que bien puede tratarse de “Al margen del margen”, a cargo de unos estudiantes cubanos de cinematografía, o de “Fresa y chocolate”, consentida por el régimen. Éste no gasta en salvas a menos que se trate precisamente de eso, de deslumbrar con una fantasmagoría. Desde hace ya algún tiempo, el régimen cubano ha comenzado con mayor o menor vigor una campaña destinada a contrarrestar las denuncias que desde distintos ángulos se le hacen a propósito de su homofobia institucionalizada, especialmente a partir del documental “Conducta Impropia” y de los testimonios librescos de Reinaldo Arenas y muchos otros salidos en circunstancias particulares. Algunos homosexuales vinculados al régimen, entre los que se cuenta el propio presidente del ICAIC, Alfredo Guevara (amigo personal de Fidel Castro) han insistido en “la necesidad de rectificar” esa política oficial que hizo crisis precisamente en el año 80, de cara a la galería, siempre y cuando dichos “homosexuales” sepan darse su lugar y comportarse políticamente. “Fresa y chocolate” viene a ser esa película que “abre puertas” o simula hacerlo. Los “amigos de Cuba” en el exterior le dan la bienvenida con los brazos abiertos. No es para menos. ¡Al fin! Vean. Ahí está. La política de la Revolución puede cambiar. ¡Se superan errores! Advierto que no será el único ni el último de tales intentos. A pesar de la reticencia de los Castro, en particular del Maximísimo, ellos saben que el régimen necesita “refrescar” su imagen maltrecha. Siempre podrá culparse a otros, como siempre ha sucedido, de un rumbo equivocado si éste prueba serlo. ¡Soltar un poco la cuerda para que se crean libres! Un tironcito oportuno y bastará a recordarles quién es quién y porqué. Me repito. Recién comienzan. Rectificar no consiste de otra cosa que de blanquear el muro contra el que se fusiló. Con la desaparición de las evidencias, o en todo caso con el gesto de desagravio fingido y solemne, debe bastar. Los archivos del ICAIC conservan materiales valiosísimos que pueden ser “trabajados” a cualquier fin que se requiera, y cuenta con personal calificado y bien dispuesto. Al final, puede incluso acusarse de todo lo ocurrido “antes” a gente que se tomó muy en serio, o equivocadamente “las orientaciones dadas”. Dirán que muchos de ellos están hoy en “el exilio”, y mentirán a medias al decirlo, porque en efecto hay entre los “arrepentidos” de hoy mucho desvergonzado. Pero no dirán que muchos de esos mismos no son sino “sapos” a quienes se ha permitido vivir fuera de Cuba para que en “el exilio” continúen haciendo su trabajo para el régimen. Algunos por prebendas de cualquier clase, otros porque como sucede con el alacrán de la fábula, el veneno y la maldad “están en su naturaleza”. Aquí mismo, en Philadelphia, y en Nueva York, (que no son Miami) los conozco y he llegado a cruzarme con ellos incluso en la Universidad. Y puestos a mentir y a embaucar, caramba, podría ser que hasta el propio Fidel Castro llegase alguna vez a pedir disculpas, si creyera estrictamente vital para su supervivencia e imagen hacerlo. Advierto aquí, tal vez en vano: ¡más de lo mismo! ¡Más!

© Rolando D. H. Morelli (1993) (for “The Hispanic, Philadelphia, Penn.)

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domingo, 10 de julio de 2011

ROLANDO D. H. MORELLI - “Escribir borrando”, o viceversa

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Another tea party

Another tea party

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Escribir borrando, o viceversa.

(O del viejo artificio de dorar la píldora

e intentar hacérnosla tragar con té de camomila).

 

Por enésima vez en Cuba se habla de cambios. Debe tratarse de la más traída y llevada de las falsas promesas de un sistema que ha vivido a base de engaños y excusas en cualquier caso inexcusables, argumentos manidos y medias verdades cuando alcanza a no decir una mentira entera. También la administración Obama vuelve a las andadas características de las administraciones demócratas estadounidenses, propiciando un puente de una sola dirección, abierta “al entendimiento” entre “las dos orillas”. Entiéndase, el régimen cubano y el régimen cubano de este lado, o en su defecto quienes representan sus intereses o sienten nostalgia de haber quedado fuera del juego y aspiran a reciclarse. ¿Por qué será que quienes menos entienden de nada —particularmente de la naturaleza y artificios de un sistema que gracias a ellos perdura más de medio siglo ya— siempre insisten en “entendimientos” de toda clase, o peor aún, en que “entendamos” o nos entendamos por el simple procedimiento del buenismo complaciente y la práctica del credo cuáquero más ortodoxo. Es decir, declarar la paz a quienes estén determinados a imponernos la guerra, o en cualquier caso sus convicciones y sus juicios. Se trata de una mala película que vimos una vez y vuelve a exhibirse de tiempo en tiempo como si se tratara de una novedad, de modo que no sólo de la cinta se trata sino de un intento por confundirnos haciéndonos creer que se trata de una nueva versión, o eso que en Hollywood llaman un “re-make”.

Las jornadas de “intercambio” entre Cuba y los Estados Unidos, favorecidas por la administración Obama, han traído a las costas de La Florida y otras plazas, entre músicos, cantantes y gente de letras, a Reina María Rodríguez, todos ellos gente no sólo tolerada sino aupada y sostenedora del régimen castrista. No hay entre los cultivadores de la poesía, o entre los cantantes procedentes de la isla, ninguno con una historia creíble de disidencia, para no hablar de enfrentamiento a la tiranía. La tiranía no promueve a sus enemigos internos cuando lo son convencidamente, a menos que intente desacreditarlos por esta vía tortuosa de las concesiones, arrojar sobre ellos sospechas de una u otra índole. Nada cambia en Cuba, especialmente cuando se habla de cambios. Así pues, la visita de Reina María Rodríguez y la pre-eminencia concedida en ciertos círculos miamenses a su presentación en la Alliance Française de esa ciudad, forman parte de la pantomima que sirve, precisamente para ocultar la inmovilidad impuesta a la sociedad cubana por la tiranía que la oprime y empobrece hasta haberla dejado exhausta.

Las notas de prensa que dan cuenta elogiosamente de eventos como la presentación de la señora Rodríguez, amén de su inconciencia, revelan una ignorancia supina. Alguna crónica entusiasta señala entre otras cosas el crecido número de los concurrentes entre los que parece haberse hallado un verdadero, conocido o distinguido poeta, se nos dice, no sé si confundido —concluyo por mi parte— o atraído por el incentivo nada desestimable de ser “recuperado” como ya ha venido haciéndose con otros ilustres descarriados que no están más entre nosotros para protestar porque les sea impuesta esta condición de “hijos pródigos” de la llamada Revolución: Novás Calvo, Lezama, Piñera, Lydia Cabrera entre otros. Los amigos exiliados (o mejor, acogidos a sagrado) de la residente isleña se explayan en conceptos que hablan no sólo de la amistad que los une, sino de la famosa tertulia de la señora Reina María, a la que se compara —alabanza y auto-bambolla aparte— a la que en el siglo XIX sostuviera un Domingo Delmonte, “el cubano más útil de su tiempo” para citar o parafrasear a Martí. Podría creerse ingenuamente, que esta alusión procura hacer obvio el paralelo de la situación de esclavitud e indignidad en que son obligados a vivir los cubanos de hoy con la esclavitud y general opresión del momento en que vivieron Delmonte y sus contertulios, pero nada indica que sea este su propósito. Recuérdese que de Heredia al propio Delmonte terminaron todos en el exilio verdadero o en la cárcel, o en la desgracia y la miseria como sería el caso del desamparado Manzano, con lo que las tertulias y los innumerables proyectos encaminados al mejoramiento de la sociedad y la cultura cubanas de su momento se interrumpieron o vinieron a nada, tal y como pretendía que sucediera el gobierno colonial español. Naturalmente que no son las tertulias, especialmente las toleradas en época de aciago atropello contra los que disienten, las que amenazan a un régimen opresivo hasta el detalle (es decir, totalitario y absoluto como el actual de Cuba) sino más bien las que le sirven de coartada de cara a la galería exterior. “Vean. Aquí no reprimimos a nadie. Tertulia tenemos”. No dudo que en la azotea habanera de Reina María Rodríguez, en los años ochenta se reunieran poetas y escritores —incluso de calidad— acogidos a una permisividad que no está a mi alcance explicar ni comprender siquiera, a menos que nos atengamos a los textos que por entonces escribía la poetisa, y le eran publicados sin dificultad ni contratiempos —repito— en época de particular saña contra quienes eran tenidos por “potencialmente peligrosos” en todos los terrenos, según la llamada ‘Ley contra la Peligrosidad Social’ por entonces en pleno vigor. Me refiero, entre otros libros, al poemario Cuando una mujer no duerme por el que se le concediera a la autora el premio de poesía de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba el año 1980. ¡Año cuando menos simbólico que no podría disociarse fácilmente de los acontecimientos políticos ocurridos a partir de la toma de la Embajada del Perú en la capital cubana por una multitud desesperada, y los acontecimientos ulteriores relacionados con el puente marítimo del Mariel, hechos todos que cortan precisamente la historia del proceso político cubano en un antes y un después ineludible! Se trata de un poemario de amor al sesgo. De amor que se declara a un ente “otro” no correspondido. ¿Será por eso que algunos de los poemas están dedicados a exaltar, loar y amar figuras indiscutiblemente asociadas con la tiranía? En primer lugar Haydee Santamaría, los llamados “combatientes internacionalistas” y el propio Fidel Castro. Me parece notable que de todos los hechos catastróficos que tenían lugar a su lado, ese año 1980 la poetisa sólo parece percibir el suicidio de la Santamaría, temprana compañera de ejercicios revolucionarios de los Castro; hermana de otro dirigente de la oposición contra Batista, Abel Santamaría; fundadora y presidenta de la “Casa de las Américas”, y esposa del Ministro de Cultura Armando Hart Dávalos, cercano colaborador del sátrapa, cuyo suicidio se halla indudablemente ligado a los hechos de la Embajada del Perú y los conocidos como “actos de repudio” organizados y estimulados por el régimen. Se ha hablado de una carta de despedida de la suicida nunca hecha pública por el régimen, en la que se especula que la suicida expresaba su desencanto con los excesos del régimen. Muchos de quienes la conocieron aseguran que Haydée Santamaría era, entre otras cosas, una mujer verdaderamente ingenua. La elegía que le dedica Reina María en cuestión, “En un país” está fechada al pie, el 29 de julio de 1980. Recoge una consternación, que es tanto la del pequeño que pregunta a su madre “qué es la muerte” como la de la voz poética de ésta, que acude a las simplificaciones por respuestas, suponiendo en el niño la misma ingenuidad o capacidad de autoengaño que su progenitora. «¿Dónde está la muerte, mamá? / —pregunta mi hijo que tiene cuatro años—/ ¿Es un país? ¿Y tiene casas y ventanas?/ Yo le digo que sí (…)» (44). A renglón seguido la voz poética se pregunta a sí misma: «¿La gente muere?». Y se da esta respuesta evasiva: «—Nadie me ha respondido aún a esa pregunta». ¡Vaya despiste!, ¿no les parece? El resto constituye una evocación de la muerta prominente siempre recordando a su amado Abel, hermano torturado a manos de las fuerzas del dictador Batista luego del ataque al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, tras lo cual, la voz lírica se permite una alusión a su propio dolor por un hermano también muerto. Lo que no dice la poetisa, lo que oculta con esta argucia por comparación, es lo que se sabe por otras fuentes. El que ese hermano, «tuviera novia» —tal y como nos afirma Reina María—, o no, fuera «Secretario Organizador de la UJC/ en su Facultad de Ciencias Exactas (y) primer expediente» (45) y hasta “revolucionario” confeso y adepto, o se tratara de un simulacro, lo cierto —lo que nos oculta Reina María— es que ese hermano terminó suicidándose por supuestas acusaciones de homosexualidad. De manera que el paralelo evidente, más que establecerse con el hermano revolucionario y mártir de la evocada a quien se dedica la elegía, habría correspondido hacerse con la suicida misma. Y habría que preguntarse: ¿Por qué se suicidan los revolucionarios en la plenitud de la gloria revolucionaria, sin motivos aparentes para ello, y cuando la tradición y la ética del Partido ha condenado siempre el suicidio como contrarrevolucionario y cobarde? No indagaré más en las razones de los suicidas, sino en las de los vivos que les sobreviven para dar gato por liebre a sus expensas, incluso componiendo elegías que queden muy distantes de ser tenidas por herejías.

En otro poema que antecede al citado, la poetisa seguramente explica algunas cosas, como su apego al “Ahora” al hablar a un escurridizo “otro” de esta suerte: «Hablábamos de internacionalismo proletario/ de este tiempo nacido entre nosotros/ que amo atropelladamente/ que me dura poco y me cansa la imagen/ este tiempo donde sembramos catástrofes y sueños/ sobre un horizonte que sufre por alcanzar el alba (…)». No es Silvio Rodríguez con sus alferecías líricas, es peor aún, pero a lo dicho por esta señora habría que atenerse. Sabiamente, los poemas de este libro no estuvieron entre los leídos públicamente en Miami por la poetisa invitada. Quizás al viejo poeta de indudable prestigio que se hallaba presente en la ocasión, le hubiera bastado para recobrarse de su confusión. O no.

El penúltimo de los poemas de este poemario presuntamente de amor, lleva por título: “Hoy habla Fidel”. ¿Cómo titular de este modo un poema de amor? Vuelvo a recordar la lírica ‘comprometida’ (con el oportunismo político) de Silvio Rodríguez, con sus piruetas conceptuales y de todo tipo, donde es concebible “matar” al prójimo “por amor” al ideal más puro, sin ser acusado de haber escrito un bolero ramplón. La ideología es así de parcial en sus amores, furores y delirios. Y la comunista ha demostrado una y otra vez ser la más fundamentalista de todas las ideologías.

«Aunque no supiéramos/ qué iba a decirnos/ aunque sólo fuera verlo/ sentirlo detrás de la pantalla/ la casa se acomodaba en silencio/ y las palomas quedaban quietas» (52). Declara Reina María. Estábamos en el año 1980, la sociedad cubana había sido sacudida por un espasmo de libertad suicida. El discursante no hablaba de otra cosa que de “la escoria” que quería a toda costa abandonar el país. ¿Cómo saber en cualquier caso “lo que iba a decir” exactamente? Pero seguro que sabíamos de qué hablaría: “los que no tengan genes revolucionarios… Los que no tengan espíritu de sacrificio… No los queremos. No los necesitamos. ¡Qué se vayan!” (cito de memoria de uno de los discursos del líder Máximo, dados por ese tiempo). ¿Cómo olvidarlo? Entre “la escoria” a la que hacía alusión, (clasificada de tal por él) estaban muchos homosexuales o tenidos por tal. A muchos los expulsaron del país, o les empujaron a irse, en tanto a otros, caprichosa y arbitrariamente no les permitirían salir para que quedaran convertidos luego en apestados dentro de un país de parias, ‘marielitos’ potenciales y frustrados dentro de una cárcel llamada Cuba. ¿Habrá pensado en algún momento la poetisa en lo que habría sido de su hermano suicidado de haber estado con vida durante las jornadas del Mariel, o después, de no habérsele permitido salir de Cuba?

«Hoy habla Fidel y yo he crecido/ por sus pequeñas arrugas ha pasado este tiempo/ vuelvo por su voz/ que va llenando el barrio/ de una calma que todos conocemos». Entona la poetisa. ¿Calma? ¿Habré leído mal? No. “Lo escrito, escrito está” como afirma la sentencia latina. Dejo pues a los lectores el juicio apropiado a semejante tirada lírica.

«Alguno tropezó con sus ojos en la fábrica/ (que visitaba el tirano, es de suponer) y ya no lo olvidó/ abuela lo guarda en su cartera/ junto con sus lirios y los amores que se fueron. Comprendo por qué/ allá en la Sierra/ ponían su retrato como un santo». Aquí pasamos de Silvio al devoto de Ernesto Cardenal. Estimada poeta, le aclaro que no fue en la Sierra donde primero se colgó la foto del tirano tomándolo por un santo, sino cuando entró en La Habana disfrazado de Cristo, y su por entonces admirador y amigo Miguel Ángel Quevedo, dueño de la muy leída revista Bohemia (otro suicidado tardío por arrepentimiento) decidió convertirlo en Cristo de portada. El mito comenzó a cultivarse a partir de entonces como corresponde a toda una campaña publicitaria, y no terminó siquiera cuando el barbudo máximo se echó contra la iglesia y la religión y se declaró marxita-leninita. Las grandes campañas de propaganda tienen eso, que nos convencen de lo bueno de un producto a pesar de su mala calidad.

«Sólo hay una forma de quererlo: / hemos crecido dentro de él como un gran árbol/ por eso lo cuidamos/ con tanta vanidad y tanta fuerza/ hoy habla Fidel/ mis hijos quieren boinas y barbas/ no saben del hambre y de la guerra/ no pueden con la palabra Nicaragua/ pero se sientan frente al televisor/ y cuando pasan por los parques/ las calles las escuelas/ lo reconocen» (53). (¡Ovación clamorosa!). La imagen del árbol es confusa cuando menos, porque sugiere un tronco carcomido en el que se guarecen estos niños entre los que yo no podría reconocerme, habiendo sido advertido de no acercarme ni a la sombra del urticante guao. Lo de la vanidad de quienes quieren al tirano es justo. ¿De qué otro modo podría quererse al espejo sino en la vanidad del ego que refleja? Los niños de que habla la voz poética aún son pequeños, naturalmente, por eso quieren disfrazarse de barbudos, y prueban a hacerse una idea del mundo frente al televisor. ¿No preferirían los muñequitos como todos los niños? Cierto, la guerra todavía les resultaría desconocida… Así que tengan dieciséis años… ¡Cualquier guerra en aras del internacionalismo proletario sirve! En cuanto a no haber conocido el hambre… A menos que por sus vínculos con la casa de los Hart-Santamaría, u otros a que no alude en su poemario, a la señora poetisa le correspondiera una ración aparte y distinta de la que en teoría correspondía entonces a cada cubano: (“Eso no dan”. “No te toca”. “Lo siento, no ha llegado todavía”. “No alcanzó el reparto de la leche de hoy”. “El gas vino al almacén, pero se acabó enseguida”. “¿Pan? ¿Desde cuando?” Etc.), de qué modo se las arregló para que sus niños no conocieran el hambre como tantos otros. Porque ya basta de la hipocresía de afirmar que en Cuba, mal que bien todo el mundo come (o comía). Mentira. En Cuba mucha gente ha pasado un hambre cainita. Cuestión de grados más o menos. Ni siquiera el mercado negro, y muchos otros ardides bastaron nunca a saciar el hambre del cubano. Lo impensable hubiera sido que en un suelo feraz como son pocos, y en un constante jugarle cabeza al sistema con tal de comer algo, la muerte por hambre hubiera sido la regla. Pero al cabo sí ha llegado a serlo, aunque las estadísticas oficiales no den cuenta de ello, como siempre ha ocurrido con las cifras y todo lo demás, desde que los Castros se hicieron con el poder absoluto.

El peso de este librito de Reina María Rodríguez, un poemario de apenas treinta y tres títulos, es apabullante en la trayectoria de esta señora que recientemente visitara Miami, a quien acogiera en sus salones la Alliançe Française de esta ciudad, y a la cual por intercesión de un embajador socialista francés en La Habana se le concediera con antelación la orden de Caballero de las Artes del estado franco.

¿Sería posible simplemente ignorar la contribución de esta señora a sostener con sus versos, de cara al exterior, la fachada buenista y justiciera de la tiranía castro-comunista a pesar de su interminable lista de víctimas entre las que me encuentro —uno más—? Quienes le otorgan a la poetisa con residencia habanera no sólo espacios, sino aplausos y una atención inmerecida —amparándose en un cómodo y falaz exilio que les va grande al cuerpo— no pueden ignorar que a su vez contribuyen con su aquiescencia y complicidad a servir a la causa de la tiranía que oprime a su pueblo y representa la caducidad de todo discernimiento. No son intelectuales, puesto que han renunciado a pensar por sí mismos, aunque la argucia de que se valen sea precisamente declarar que de eso se trata. Ni siquiera de verdaderos creadores podría tratarse, sino de corifeos y bufones al servicio de una corte de capa caída. ¿Dónde están la dignidad y el patriotismo de toda esta gente? Y no me refiero sólo a algunos recién llegados, sino a muchos que llegaron antes y saben muy bien lo que hacen y de lo que se trata. La mala uva está en la naturaleza de toda esta gente. Dios quiera perdonarlos. Yo no puedo.

© Rolando D. H. Morelli, 2011.

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COLETILLA DEL BLOGGER:  Mucho antes de que Reina María Rodríguez abriera la azotea de su edificio a los delfines de la intelectualidad cubana, en los últimos años 60 y muy tempranos 70, de manera espontánea y sin mediar efecto llamada de Facebook o Twitter que por entonces ni soñaban existir (siguen sin existir en Cuba), a los jóvenes de la contracultura nos dio por acudir a la casita del escultor Fonticiella, artista pionero en la utilización del reciclaje de objetos como vehículo para crear (en alguna parte de este desastre de casa, tengo las fotos que Liliane Hasson hiciera en aquellos momentos, tanto de la persona-personaje como de su obra).  Allí coincidíamos todos los no afiliados: Carlos Victoria, los dos hermanos Espasande, Bárbara Sifille, Junior, Rogelio Quintana, Rafael Zequeira, Rapi Diego, Roger Salas, amigos todavía hoy en Cuba, yo, y muchos, muchos más que no puedo recordar en su totalidad.  Por supuesto, también acudirían los infiltrados oficiales de turno “husmeando” (o “hueliendo”) por una “conspiración”, término por el que sentían y sienten verdadera debilidad.

Pero hay una diferencia abismal entre las reuniones en la famosa azotea (por lo visto, al menos permitidas, por no pensar demasiado mal) con aquellas otras que se realizaban en no sé qué reparto (barrio) de La Habana al que se llegaba después de no se cuánto tiempo en las “guaguas” de la época.  LA GRAN DIFERENCIA ES QUE, OBSTINADO POR LA SEGURIDAD DEL ESTADO y por sabe Dios cuántas presiones, FONTICIELLA TERMINÓ PONIENDO FUEGO A TODA SU OBRA Y A SU CASA, Y SE QUITÓ LA VIDA.

Nunca le premiaron ni con un viaje a Montego Bay.

© 2011 David Lago González

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jueves, 7 de julio de 2011

ROLANDO D. H. MORELLI - De bate y sin careta: ¿Quién dijo qué de qué?, o Songo le dio a Borondongo…

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NOTA PRELIMINAR:  Este artículo que me envía mi amigo Rolando D. H. Morelli –además de amigo, escritor e intelectual, en quien no cabe mayor honestidad— data de ¡2003!  Estamos en el 2011, y vuelven a reproducirse hechos semejantes.  En efecto, los oficialistas (y sus ensabanaos) han ganado, nos siguen poniendo la pata encima, pero por lo menos ahora podemos hablar, escribir y gritar.  Y vamos a gritar y a hablar sobre toda la suciedad que este Cambio galopante iniciado por la intelectualidad oficial/oficiosa cubana representa.  Y seguramente van a ganar, porque para lo que nosotros (nuestra generación y aledaños por defecto o por exceso) fue sufrimiento, para ellos fue entrenamiento.  He aquí, con los intercambios primeramente musicales y ahora poéticos, la puesta en práctica del aprendizaje de los alumnos que han aventajado a todas las organizaciones estatales comunistas de la Europa totalitaria felizmente desaparecida.  Pero claro, es pura cuestión de supervivencia, no se manchan las manos de sangre como los brutos de Pinochet o Videla, pero se manchan el alma al ponernos otra vez su lírica pezuña encima –y qué más da, eso no se ve ni se nota.

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De bate y sin careta:

¿Quién dijo qué de qué?, o Songo le dio a Borondongo…

 

He leído con interés y no sin pena, el escarceo suscitado entre los escritores cubanos Belkis Cuza Malé, quien escribe desde Texas y los escritores también cubanos René Vázquez Díaz, radicado en Suecia, y Amir Valle, residente de La Habana, Cuba —como puede verse un verdadero escándalo internacional, por no decir "escandalera" un término con implicaciones más cubanas— a propósito de una pieza inicial de Belkis publicada con el título "Crimen y cultura". En realidad he leído más. Me he remitido a las páginas virtuales de La Habana Elegante que una y otra vez se mencionan al sesgo, y he leído en especial (aunque no exclusivamente) la entrevista de su director el señor Francisco Morán a la poeta Lourdes Gil, quien fuera la compañera de Heberto Padilla durante la última etapa de su vida. Mi impresión general del número y del dossier dedicado a Padilla es altamente positiva, si bien pienso que falta la entrevista correspondiente a Belkis Cuza Malé quien como sabemos fuera la compañera del poeta homenajeado precisamente por los años en que se produjeron su arresto y ostracismo en Cuba, y con posterioridad al exilio de ambos. Este ángulo habría complementado, a mi parecer, nuestro conocimiento del hombre y de sus circunstancias de entonces. Por otra parte, el acercamiento y evaluación del "caso Padilla" sigue haciéndose aún hoy a expensas de otros protagonistas, entre los que sin lugar a dudas la señora Cuza Malé tendría su propia historia que contar. Fue sin duda estrategia exitosa de la Seguridad del Estado de Cuba, (y parece que seguirá siéndolo aún) crear el "caso Padilla" para sepultar en su propia polvareda otras muchas evidencias de represión intelectual y de otra índole. El mismo "caso Arrufat" que no llegó a ser —y muchos otros—se barrieron bajo la alfombra aprovechando el zafarrancho orquestado hasta sus mínimos detalles y conducido por la ubicua y sabia policía política. En resumen, que el número de La Habana Elegante a que se alude no me parece mal, sino en todo caso, insuficiente en su evidencia. Creo que en esta ocasión Belkis —que tan atinada suele ser en sus juicios y comentarios—, en lo que al número de la revista se refiere, cae en cierto reduccionismo tan explicable como lamentable. El número constituye a mi ver un acierto y un homenaje verdadero. No encuentro un solo reparo que hacerle, y si las preguntas de Morán a la señora Gil en ocasiones pudieran parecernos intencionadas, (hablo de aquéllas que sugieren la especulación de un reblandecimiento en las posturas contestatarias de Padilla respecto al castrismo) las respuestas de Lourdes Gil no dejan lugar a dudas de que si bien el poeta estuvo abierto a dialogar con escritores residentes en Cuba en momentos en que parecía insinuarse una cierta apertura oficial u oficiosa, y a título individual, igualmente se negó hasta el último momento a prestarse a servir de "carne de cañón" a la propaganda autocongratulatoria y triunfalista del régimen de Castro. No sé si Morán es —como proclama Belkis en su artículo— uno más de esos alabarderos privilegiados del régimen de La Habana, que se hacen pasar por disidentes en el exilio, o que creen serlo a la vez que prestan su talento, su falta de talento o sus destrezas de cualquier índole a un juego seudoconciliatorio, que es en verdad la trampa en que podría caer cualquiera, y en la que acaso cayera en su momento el propio Padilla. Coincido, eso sí, con Belkis Cuza en desconfiar de nada menos que una "azotea" como la de la Reina María, en posesión de una apertura y un encanto que yo no puedo encontrar en versos como estos:

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"HOY HABLA FIDEL"

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aunque no supiéramos

qué iba a decirnos

aunque sólo fuera verlo

sentirlo detrás de la pantalla

la casa se acomodaba en silencio

y las palomas quedaban quietas.

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hoy habla Fidel y yo he crecido.

Por sus pequeñas arrugas ha pasado este tiempo.

Vuelvo por su voz

Que va llenando el barrio

De una calma que todos conocemos:

Lo esperan nuestros pechos

Rápido fugaz

Siempre cerca de lejos en las concentraciones

—alguno tropezó con sus ojos en la fábrica

y ya no lo olvidó—

abuela lo guarda en su cartera

junto con sus lirios y los amores que se fueron.

comprendo por qué

allá en la Sierra

ponían su retrato como un santo.

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sólo hay una forma de quererlo:

hemos crecido dentro de él como un gran árbol

por eso lo cuidamos

con tanta vanidad y tanta fuerza.

hoy habla Fidel

mis hijos quieren boinas y barbas

no saben del hambre y de la guerra

no pueden con la palabra Nicaragua

pero se sientan frente al televisor

y cuando pasan por los parques

y las calles las escuelas

lo reconocen.

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Porque este libro de 1980 Cuando una mujer no duerme (¿Qué hacía esta mujer insomne, la guardia del Comité de Defensa de la Revolución?) exalta nada menos que a un Fidel Castro en el peor momento de su dudosa gloria y de su incuestionable poder. ¿De qué discurso se trataba? ¿Acaso de aquél en que proclamó aquello de: "quienes no tengan genes revolucionarios… ¡No los queremos! ¡No los necesitamos! ¡Qué se vayan!", con lo cual dio curso libre a los actos de repudio contra todo el que manifestara la intención de aprovechar el "incidente" de la Embajada del Perú para salir por el puerto del Mariel, que en realidad abrió el régimen para librarse de la presión interna? Yo sufrí en carne propia ese discurso, y en consecuencia el poema laudatorio de Reina María. No es posible simplemente deshacerse de un poema o de un libro como el de esta mujer sin por lo menos dar explicaciones o mostrar arrepentimiento. Porque hay otros poemas además. Y esos poemas laudatorios fueron escritos o publicados en el año ochenta, y ya entonces, el "caso Padilla" había ocurrido y con él la sacudida y caída del mundo intelectual cubano, cuya crisis desembocó en el Mariel. No sé lo que tendrá que ver en todo esto el señor Morán, ni siquiera si la señora Reina María Rodríguez persiste en escribir poemas laudatorios al tirano, pero coincido en la suspicacia que experimenta Belkis al constatar que La Habana Elegante le dedica nada menos que una azotea a la escritora con residencia isleña.

Dicho lo anterior resulta inevitable referirme a continuación a las respuestas suscitadas por el artículo "Crimen y Cultura" de Cuza Malé y al tono y afirmaciones de ellas. En el artículo "culpable" se dice que el narrador René Vázquez Díaz "desde Suecia se ha convertido en vocero del régimen cubano y recibe como pago la filmación en Cuba de una de sus novelas". A esta acusación responde el aludido con un artículo titulado "poetisa mambisera", en que asume desde el comienzo el tono "barriotero" o barriobajero que atribuye a la señora Cuza Malé. En realidad, Vázquez Díaz no responde las imputaciones (justas o injustas, infundadas o no) de la articulista, que por otra parte no asumen el carácter específico que Vázquez Díaz le insufla en su respuesta. El escritor cubano sueco habla de "un grupo de exiliados que componen un cuerpo de bomberos ideológicos". ¿Por qué no aceptar la de Belkis como una opinión individual, tanto como pudiera serlo la del señor Vázquez Díaz? Porque esto se parece mucho a aquel otro infundio del régimen castrista que habla de "la mafia de Miami" y difunden sus voceros para desacreditar opiniones y posiciones —¿intransigentes? ¿intransigentes con el castrismo?— y calificadas de anticubanas por la cúpula de poder absoluto que desde La Habana rige el país, y a la que ninguno de estos señores califica como "mafiosa". A continuación, la respuesta de Vázquez Díaz se extiende en consideraciones semejantes, para concluir en el primer párrafo que "la envidia —esa espuela de los intelectuales politiqueros que viven de atacar a los demás— los mantiene con la guardia en alto y dispuestos a acudir , con largas mangueras de saliva y las sirenas puestas, a salirle al paso a los que no se sometan a los dictámenes del anticastrismo confesional y mediocre que profesan". No sé si la señora Cuza Malé es envidiosa, ni si le tiene inquina personal al señor Vázquez Díaz, pero de lo que no tengo dudas es de que la polémica a partir de aquí decae en interés y se vuelve todo menos atinada. La dejaría pasar si no se tratara de que Vázquez no responde a Belkis, sino que ataca a un grupo de intelectuales entre los que podría contarme yo mismo. Resulta fácil desde Suecia hablar de "los que aprendieron en Cuba la lección de atajar todo atisbo de pensamiento independiente, y hoy ejercen de altos vigilantes de la pureza ideológica para que nada cambie, ni en Cuba ni en el exterior…". Permítame el señor Vázquez observarle que se trata de una disputa en libertad. Tanto usted como cualquiera se halla en condiciones de hablar y de decir lo que le plazca. Por favor, no confundamos los términos de la ecuación. Por eso, precisamente, parece usted ser un "agente" porque sigue utilizando el mismo lenguaje del régimen y se vale de las mismas falsas premisas. Si las discrepancias que se dirimen (aunque asuman la forma de acusaciones en algunos casos) se produjeran en La Habana, las consecuencias no serían un mero enfrentamiento de opiniones dirimido por esta vía, sino otro "caso Padilla". Y no se trata de que un par de activista democráticos de origen checo resulten arrestados en Cuba por haberse reunido con disidentes y que el régimen (el mismo de hace cuarenta y dos años) los condene y proclame protagonistas de una conspiración que constituiría una amenaza a la seguridad nacional, no señor. Se trata más bien del acoso sistemático y brutal a los bibliotecarios independientes, y a cuántos se planteen con seriedad y consecuencia la disensión política pacífica dentro de Cuba. Que un intelectual como usted se confunda tan profundamente al respecto, y que quiera al parecer poner en igualdad de términos dos dinámicas tan diferentes, no puede menos que despertar sospechas. Por eso, cuando escribe refiriéndose a la señora Cuza Malé, pero apunta a los intelectuales que lo miran a usted con suspicacia: "sus actividades de difamación y amenazas se basan en una premisa esencial: la impunidad", una vez más Sr. Vázquez se falsea la realidad de la cuestión. Impunidad, debe llamarse al poder que detentan en Cuba (y aún fuera de ella) quienes representan al régimen. Pregúntesele si no a la poeta María Elena Cruz Varela, por sólo citar un caso ampliamente conocido. La señora Cuza Malé le imputa determinadas cosas, usted se defiende acusándola a su vez a ella, y de paso a los intelectuales con asiento en el exilio ¿miamense? —ese tópico no por trillado deja de ser usado—, así pues ¿dónde está la impunidad? Vea, no lo acuso de nada, le explico una dinámica que usted parece empeñarse en no entender, o en desvirtuar, y que si no lo convierten en agente del castrismo, ponen su pluma al servicio de sus tácticas.

La otra respuesta a "Crimen y cultura" llega desde La Habana, y procede del señor Amir Valle, escritor cubano a quien no he tenido oportunidad de leer. En general el tono dominante de su respuesta es respetuoso y si alguna emoción descubre es la de quien se declara dolido por un ataque que no cree merecer. En realidad el artículo de la señora Cuza Malé no lo menciona por su nombre, sino que se refiere a una revista originada en la capital cubana. Hasta aquí todo me parece bien. Es a partir del momento en que el señor Valle comienza a aportar sus argumentos a la polémica sostenida con la articulista que la respuesta se hace una madeja de platitudes y confusas justificaciones y razonamientos. "Siempre desde mis primeros escritos, —afirma el escritor— he defendido la honestidad y la sinceridad y eso me ha granjeado la amistad de gente muy distinta y de posiciones políticas muy diversas: lo esencial, creo, es mantener la comunicación que como humanos estamos obligados a tener para salvaguardar la coexistencia entre la raza humana en cualquier rincón del planeta". No dudo que esta actitud le hubiera granjeado, especialmente en Cuba, la "enemistad" de mucha gente, pero afirmar que por el contrario le ha "granjeado la amistad de gente muy distinta" resulta cuando menos sorprendente. Que pueda alegrarse "como ser humano y como intelectual de ser hijo de un comunista puro" debería llevar al señor Valle a preguntarse por qué otro comunista aún más puro que su padre, el emblemático Ernesto "Che" Guevara declaraba desde su trinchera de pureza revolucionaria que los intelectuales para serlo efectivamente, y ser aceptados por la "nueva sociedad" habían de purgar el pecado original de los intelectuales, es decir, ser burgueses. Por esta convicción llamó a no otro que a Gastón Baquero "la voz de la reacción". Baquero, no se nos olvide, murió hace algún tiempo en su exilio español y nunca más volvió a ver a su amada Cuba. Ahora que está muerto —como antes se hiciera con Sarduy y ya se ha empezado a hacer con Lino Novás Calvo, Enrique Labrador Ruíz, y se hace a medias con Lydia Cabrera— se convocan congresos y mesas de todos los ángulos para laudar su obra con menoscabo de la verdad y de la ética. No sé qué tendrá que ver el vino con la mejorana, pero el señor Valle me confunde con una extensa lista de personas con las que le es compatible convivir que va desde alguien que odia a los árabes a alguien que es árabe y odia a los judíos, —¿o es a Fidel Castro?— pasando por las hijas, respectivamente de Eloy Gutiérrez Menoyo y de "Omar Vaillant, el dueño [que fuera] de la CMQ". "En todos los casos —asevera el señor Valle— comunistas, anticomunistas, socialistas, antisocialistas, rabiosos anticastristas y rabiosos fidelistas, lo importante, lo que ha salvado esa relación humana de amistad, es el diálogo, el escuchar al otro, el saber que uno nunca tiene toda la razón, el respeto al credo en cualquiera de las formas posibles". Por favor, señor Valle, ¿de verdad cree usted que sea posible dialogar a la vez con todas esas voces empecinadas en su "credo"? Para empezar, sería bueno hacer las debidas distinciones en uno y otro caso, y naturalmente, tener opinión propia y bien fundada. O usted no la tiene, o está muy confundido.

Creo, en efecto, que los cubanos pertenecemos a un mismo pueblo. Más que creerlo, lo tengo por una evidencia. Los de Miami, (que son además los de muchas otras partes, aunque el lugar común quiera fundar el exilio en Miami, acaso por el número de residentes) no cayó aquí de Marte ni de Júpiter. Consecuentemente, es también cubano. Lo es incluso en sus extremos. Lo que nos diferencia de la isla es que aquí están a la vista —incluso descarnadamente— nuestras virtudes y defectos. El énfasis se coloca en uno u otro según sea la intención. En nuestro país de origen, sin embargo, hay un demiurgo único y ubicuo que dirige un "show" muy bien atendido y montado por sus corifeos y tramoyistas de toda índole. Usted, por ejemplo, se presta al "show" cuando afirma que "acá, [en Cuba] aunque muchos no lo crean, ya se permiten (sic) decir muchas cosas, escribir muchas otras y hasta gritar algunas". A usted lo traiciona la afirmación de que "ya se permite" decir tal o cual cosa. No es cuestión de grados más o menos, señor Valle. La libertad verdadera no está regulada con arreglo a un tornillo inquisitorial. Por demás, no sólo se engaña usted, sino sobre todo está usted tratando de engañar cuando tal afirma. ¿Es acaso su revista cibernética —tan pobrecita en todo que usted parece reclamar que le tengan pena por hacerla en tales circunstancias— la prueba que esgrime de tal permisividad? Relea su propio artículo y verá cómo se contradice usted sin proponérselo. Dice usted, como prueba de su independencia de criterios que en el caso de Elián Gonzáles [Brotóns] no asistió a las concentraciones del gobierno pese a haber sido "citado" y a que usted "quería [el regreso del niño] junto a su padre". Señor Valle, el mes de diciembre pasado dos cadetes de la escuela militar "Camilo Cienfuegos" perecieron en el intento de escapar del país escondidos en el tren de aterrizaje de un avión de British Air Way. El régimen ocultó al país la noticia, y cuando se vio obligado a darla a conocer, atribuyó la muerte de los "heroicos jóvenes", (que en otras circunstancias hubieran sido traidores a la patria) a la "criminal ley de ajuste cubano" norteamericana. ¿De qué manera relacionar la ley norteamericana con el intento de escapar hacia la Gran Bretaña? ¿No estudiaban geografía esos cadetes? ¿O es histórica la confusión? ¿Acaso la campaña de desinformación llega al extremo de hacer suponer a unos estudiantes de secundaria que la nación británica no goza de independencia frente a los norteamericanos? Yo le pregunto, señor Valle, ¿no es este mismo régimen el que organizó la campaña internacional de desinformación y manipulación en el caso de Elián González Brotóns? No dudo de su ingenuidad verdadera, pero por favor, no nos pida que seamos bobos, o lo que es peor aún "tontos útiles" a la dictadura de Castro. Creo que esos jóvenes que arriesgaron y perdieron su vida en el intento de escapar del país, con no haber sido intelectuales probablemente, tuvieron más lucidez para distinguir los términos de la ecuación cubana que quienes profesan ser intelectuales y sólo dan muestras de una confusión contumaz.

© Rolando D. H. Morelli

17 de febrero de 2003

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miércoles, 18 de mayo de 2011

¡¡¡¡BIENVENIDO, ROLANDO!!!!

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PHILLY 2009A 079

© 2009 David Lago-Gonzalez (Rolando Morelli, Chesnut Hill, Philladelphia, Penn.)

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ROLANDO H. MORELLI, mi amigo (hermano –de verdad, no como sustituto de la palabra “compañero”, que utiliza ahora la “disidance”, soulmate, fratello, ángel de la guardia, y persona atribulada, extremadamente sensible y vulnerable, y de “antes”), por fin se ha decidido a incursionar en el éter.  He aquí su dirección:

http://elhilodelatrama.wordpress.com/

THANK YOU for being a friend.

Bea Arthur

(a.k.a. David Lago-Gonzalez)

lunes, 9 de mayo de 2011

ROLANDO H. MORELLI - Algunas fronteras

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Philippe Salaün

Philippe Salaün

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Para José Joaquín, presente siempre.

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Al entrar en el puente las ruedas del automóvil producen al rozar la superficie ese sonido de eje dislocado —un cimbreo de metal suelto o por soltarse— que contrasta con el otro sonido de las ruedas sobre el pavimento o la tierra pelada, siempre igual, ése que ha venido prodigándose hasta aquí. (El mismo, que volverá a escucharse más allá del puente).

—Éste debe ser el primer puente que pasamos, ¿no? —observo, desperezándome un poco en el asiento trasero. Naturalmente que éste no podría tratarse del primer puente desde que salimos, de manera que el hombre sentado detrás del volante se queda en silencio unos instantes, desconcertado.

—Éste es el puente del Jatibonico… —dice entonces

—¡Ah!  Entonces, ya estamos entrando en Camagüey.

Después de otro silencio no menos desconcertado, el conductor se anima a responder.

—Eso, claro, era antes. ¡Hace mucho tiempo! Ahora, estamos entrando en la provincia de Ciego de Ávila.

—¡Ah, sí! Se me olvidaba... Es que para mí Ciego sigue siendo Camagüey. Como sabe ése era antes el límite occidental de la provincia. A uno se lo enseñaban en las clases de Geografía de Cuba, y esas cosas, generalmente no se olvidan.

—¡Ya usted sabe que a esta gente le ha gustado siempre cambiarlo todo! ¡Cambiarlo por cambiarlo! ¡Ponerlo todo patas arriba!

Observo acaso una prudencia desmedida ante las palabras del chofer.

—¡Ahora el límite es Camagüey! ¿Su tierra, no?  Ahí, está la frontera.

Esta vez soy yo el desconcertado. Por unos instantes me quedo sin otras nociones que mi propio desconcierto.  El hombre debe haberse dado cuenta de esta turbación.

—Ahí se acaba Cuba, y empieza Oriente.  ¡Otra cosa!  ¡Otra gente!  De las Tunas pa’ allá, ya no hay más pueblo, como dicen.  ¡La tierra de nadie es eso!

Hemos salido del puente. Ahora el silencio se adueña de nosotros como si el individuo que está detrás del volante dispusiera arbitrariamente que así fuera. Todavía no hallo qué decir, aunque sea imperativo decir algo.

—Perdone. No comprendo lo que quiere decir. ¿¡Otra gente!?

—Usted… Digo, por causalidad no es oriental, ¿verdad? Digo, si… Disculpe si lo ofendí, no tenía la intención.

—No —digo—. No soy oriental…

—¡Ah, entonces será que usted seguramente lleva muchos años afuera! Mire, para que vaya sabiendo a lo que me refiero… Aquí los orientales se han hecho dueños de todo. ¡La Habana es puro Oriente!  ¿Y qué han hecho con La Habana?  ¿Usted vio como está La Habana? ¡Destruida que da miedo! Y donde quiera que van es lo mismo. En Cienfuegos también han acabado. ¿Y las fajazones? Porque a bravucones y engreídos no hay quien les ponga un pie delante. Ahora, que ellos no se pelean como los demás hombres, no señor. ¡A puñaladas y a machetazos! Peleas a machetazos ha habido entre ellos mismos, o entre ellos y los hombres de una zona, que han tenido que movilizar las Fuerzas Especiales para acabarlas. Ya oirá los cuentos. Y en su tierra también los encontrará por todas partes, como una plaga. Ya verá que no la reconoce cuando llegue allá. ¡La verdad es que son una fuerza de ocupación extranjera en todo el país! ¿Lleva mucho tiempo afuera?

—Veinte años.

—¿Y es la primera vez que vuelve? —inquiere, interrumpiendo de este modo el flujo de mis pensamientos. Hay en su voz un cúmulo de ansiedad reprimida de la que antes no me diera cuenta.

—Sí  —confirmo su cálculo o lo que aquello fuera—. Hasta ahora no había sido posible

Al decir posible intento restar a la palabra todo relieve, con lo cual logro tal vez conferirle una distinción contraria a mis propósitos.

—No se preocupe —dice él mientras los ojos buscan una expresión en la semipenumbra, a través del retrovisor— que no se perdió mucho.  Pa’ lo que hay que ver aquí… ¿Le queda aquí mucha familia?

—Casi toda la familia —digo—. Mis padres, seis hermanos, algunos sobrinos... ¡Amigos muy queridos!

—¿Vive en Mayami?

—No señor, en los Estados Unidos, pero al norte.  Mucho más al norte.

—¿Eso, queda cerca de Nuyersi?

—Sí, más cerca de New Jersey.  Al oeste de Jersey.  En un pueblito.

—Ah, porque mire qué casualidad, unas medio primas mías… Bueno, parientas de mi esposa que estuvieron aquí de visita, por esa zona de allá arriba es que viven. Pero en Miami es en donde parece que más cubanos hay.

—Tiene usted razón, Miami es una ciudad cubana en muchos sentidos.

—Yo desde que lo vi ahí parado, me di cuenta de que… Vamos, me dije que seguramente andaba buscando una máquina que lo llevara para alguna parte, y como uno se deja caer por el aeropuerto como quien no quiere la cosa a ver si se presenta alguna carrera de éstas precisamente…

—Sí, ya me habían dicho que así era como funcionaba el asunto.

—Eso, hasta que a esta gente le dé la gana. Ya sabe usted que son como el perro del hortelano, que si no pueden comer ellos, tampoco dejan que coman los demás.

—¿Y de qué otro modo iba a ser si no hay taxis o transporte público disponible con lo de la crisis?

—Aquí nunca salimos de una para entrar en otra. La crisis permanente es esto. Pero como le digo: ¡El perro del hortelano!… ¿Y qué le parece lo que ha podido ver? Digo, si con la oscuridad y el apagón éste

—Usted lo ha dicho, apenas he podido ver nada —evado la respuesta, si bien es cierto que en el tiempo transcurrido desde mi llegada al aeropuerto al momento de abordar el vehículo que me lleva a la casa de mis padres, apenas he tenido la oportunidad de observar nada.

—Deje que llegue a Camagüey para que vea a la luz del día. ¡Para que vea! Todo el que viene de allá afuera dice que no puede creer lo que ve aquí con sus propios ojos. Las parientas de que le hablaba antes hasta se enfermaron, y a una de ellas la tuvieron hasta que ingresar en cuanto llegó allá a su casa en Nuyersi. Parece ser que no era nada: los nervios, la impresión que se llevó cuando vio esto… Espero que usted no se vaya a enfermar. Usted, claro, es hombre, pero hasta a nosotros los hombres… Tiene que ser fuerte, como si se le hubiera muerto alguien muy querido, Dios no lo quiera así. Claro, eso es para ustedes los que se fueron de aquí hace ya algún tiempo, y se perdieron lo mejor del paseo éste. Nosotros los que nos hemos tenido que aguantar aquí, o los que se fueron hace menos tiempo estamos todos curados de espanto, como dicen. ¡El día tras día hace maravillas con eso de aguantarse uno! Yo creo que uno se acostumbra a todo, si no tiene manera de cambiar nada o de quitarse de encima lo que le cayó del cielo, o del infierno… No menos aguanta el burro, aunque se tranque a veces y no quiera caminar.

A pesar de la fatiga, y de la ansiedad que me dominan por igual, me esfuerzo por escuchar al hombre mientras intento sofrenar el cúmulo de emociones, miedos, cálculos y no sé cuántas otras cosas que me asaltan.

—Camagüey dicen que era muy bonito. (No, y todavía, con todo y la plaga que nos ha caído encima, se mantiene bastante). Yo diría que es de lo mejorcito que nos queda todavía… La vieja mía, que en paz descanse, tenía algunas amistades de ahí mismo. ¡Mucha carne y mucha leche!  ¡Y mucha prosperidad y señorío!  Oiga, y las mujeres más lindas de Cuba, sí señor. ¡Y mire que la cubana es bonita sea de donde sea!  Yo, soy natural de Niquero.  Pero me crié prácticamente en La Habana.  Mi familia toda es de esa zona. De Niquero. ¡Una familia larguísima! Tengo parientes en toda la provincia de Oriente.  Por eso sé muy bien lo que le digo. ¡Orientales buenos, muy pocos! Sobran los dedos de una mano para contarlos:  Maceo, y tres más.  Yo no sé si es la tierra que es mala, o qué cosa será.   Pero fíjese bien:  ¿qué nos ha da’o Oriente en los últimos cincuenta años a los cubanos?  ¡Fíjese bien!  —Las manos del chofer se liberan momentáneamente del timón para ilustrar lo que dicen las palabras—:  Primero Batista y sus canchanchanes, y después, para darnos el tiro de gracia, este hombre y su gente.  Los dos son hasta del mismo municipio, creo yo.  ¡Ahí sí que tiene que haber algo en el suelo, en el agua, o en el aire...! ¡Algo muy malo!  ¿No le parece?

Oyéndolo decir esto último, y a pesar de que ya he decidido dejarle a él toda la locuacidad que seguramente requiere para mantenerse despierto tras el timón, arriesgo algunas palabras.

—¡De ahí también es el Padre de la patria! —digo—. De la provincia de Oriente, quiero decir. ¡Y Guillermón Moncada!  ¡Y los Maceos todos!  Y Rosa, la bayamesa. Y José María Heredia. ¡De allí son Boti y Poveda! ¡Emilio Bacardí! ¡Los Matamoros! ¡Y el son de la loma, no?

El chofer, que ya antes ha buscado una expresión cualquiera en mi rostro en medio de la oscuridad, vuelve a escrutar mi rostro a través del retrovisor con los ojos fijos, seguramente aguzados, como prendidos al espejo. Esta vez soy yo quien logra imponerle un silencio ajeno a su natural locuacidad.

—Mi intención no era ofenderlo.  Discúlpeme si lo he ofendido en algo.  Fíjese que, después de todo, yo también soy oriental. Ya se lo dije: nacido allí en Niquero, y criado en La Habana. Lo que pasa es que hay mucha gente mala de allí que viene y va, y lo malea todo. ¡Óigame, usted tendría que verlo con sus propios ojos para creerlo! Y lo verá, sin dudas. ¡Cómo lo destruyen todo! Yo no exagero. ¡Usted lo verá y se lo oirá decir a cualquiera! (¡Hasta a ellos mismos!). Todo lo destruyen, y lo que no pueden llevarse para trapicharlo o Dios sabe qué, lo rompen y lo dejan que no se puede remediar. Esos no quieren a La Habana, ni a Camagüey, ni a Cienfuegos, ni a su propia madre. Si usted viaja para Oriente allí mismo lo podrá ver. ¡Esos no quieren a Cuba! Viven como los animales: ahí donde los coge la noche se guarecen, pero no se encariñan con nada ni tienen respeto por nada. Usted tendría que ver las casas que les han dado, o que se han cogido ellos por su linda cara, ahí en La Habana. ¡Mansiones! Mejor que ni las vea como las han dejado. Ah, pero eso sí, no hallará ninguno otro tan fidelista. ¡¿Y la policía?! Cualquier machacahuesos  de esos, que lo para a usted en la calle, sin ningún motivo, y que por quítame ahí esas pajas lo deja a usted lleno de verdugones, tenga la plena seguridad que es de Oriente. Aquí la policía toda está en manos de esa gente. Todos los cubanos somos sus rehenes. ¿Cómo no les vamos a tener mala voluntad? ¿A ver, dígame, usted?

El auto enfila ahora por una recta, a cuyos lados proyectan sus siluetas árboles corpulentos, que contrastan con la deforestación de la llanura que hemos venido atravesando. Furtivo, nos sale al encuentro un letrero con sus letras descascaradas.

—¿Ciego? —pregunto a mi interlocutor.

—No, señor, a Ciego ya lo dejamos atrás hace rato. Le pasamos por el lado. Ése era Florida. Ya ‘horita estamos en Camagüey.

—A Vertientes, ¿cuánto?

—Si nos vamos por la Vallita, menos. Así se ahorran un montón de kilómetros.

—Usted conoce bien todo esto.

—Oiga, desde que empezaron los viajes de la gente de afuera, no he hecho otra cosa que dar viajes pa’ to’as partes. Hasta a Baracoa he ido a dar a veces. Llevo en esto, como cinco años.  Si uno no tiene dólares en este país, se muere de hambre, créame bien que se lo digo yo.

—¿Y el que no los tiene?

—Al que no tiene dólares, le sobran dolores. De barriga, de pecho, de espaldas. ¡De barriga sobre todo! Aquí el que no tiene dólares no tiene ni donde caerse muerto, porque hasta pa’ que lo entierren a uno decentemente, hay que contar con los americanos.  ¿¡Quién nos lo iba a decir?!

El sonido del viento al batir contra la lona que llena el hueco de una ventanilla me distrae un instante de la conversación.

—Este carro,  ¿es ruso? —pregunto.

—¡Un Moscovich! —asiente el chofer—. Lo más parecido a un carro americano que fabricaron los soviéticos. Como imitación no es tan malo. Éste es de un compañero mío que no maneja. Yo no tengo carro. Con éste nos defendemos los dos. Usted sabe como dice el dicho que una mano lava la otra, y las dos lavan la cara.

—Ese refrán parece ser pura doctrina cristiana.

—¡Qué va!  Y perdóneme que lo contradiga.  Eso es puro sociolismo.  ¡Mah deh in Cuba! La necesidad hace parir mulato, créame. Yo, antes del Período Especial éste..., (¡Especial ya usted sabe!... Aquí, a lo malo, se le llama especial) era ingeniero especialista en locomotoras Diesel. ¡Vivía!  Más o menos, como casi todo el mundo. ¡Mejor que muchos; no tan bien como muchos otros! En fin, que se iba tirando. Era hasta militante del Partido. Me procesaron y tuve que aceptarlo. De lo contrario me señalo y no hubiera podido hacer mi trabajo. ¡Fíjese usted eso! Pa’ que una locomotora pudiera funcionar yo tenía que ser además de ingeniero, militante comunista. Ésas son las locomotoras socialistas, de tecnología capitalista. Pues en ésas estábamos, cuando se acabó la mamadera de los rusos y llegó el período especial éste. Eso, naturalmente, tenía que pasar. Más tarde o más temprano… Esa teta tenía que secarse algún día. ¿En qué cabeza podía caber que fuera de otro modo?

El hombre se interrumpe un instante que no se sabe cuánto habrá de durar, y no me atrevo a intervenir con una frase cualquiera, por temor a que desista de esta suerte de confesión que se me antoja la nota más alta de todo cuánto ha dicho durante el viaje.

—Yo lo que más quisiera es ver otra cosa. Irme de aquí, no, sino ver. Ver otra cosa, conocer otros países; viajar un poco. Usted seguramente conoce muchos países, ¿no es así?

—Para serle franco, ya casi no viajo. Prefiero mi casa. Creo que me cansé de los viajes, además de que todo se ha ido haciendo caro, el tiempo escasea y uno tiene muchos otros intereses. ¡Al menos en mi caso!

—Sí, pero al menos ha podido viajar. Allá afuera la vida debe ser muy distinta.  Uno puede hacer planes, ¿no es así? ¿Usted en qué trabaja?, y dispense la curiosidad.

Los faros del vehículo que circula en dirección contraria con las luces apagadas se encienden de repente e inundan el interior del auto, encegueciéndonos. Mi interlocutor hace entonces lo único que está a su alcance, lanzar un improperio dirigido al otro conductor en tanto se aferra al volante con ambas manos, los ojos, fijos en el borde de la carretera. El carro se detiene finalmente agotado su impulso primordial y el conductor aprovecha un último empuje para orillarlo cuanto es posible al borde de tierra, alejado de la carretera

—Hoy aquí, cualquier comemierda maneja, con las carreteras como están, que usted las ha visto, y no es cuento mío. Por eso es que hay tantos accidentes diariamente.  Aquí, carros no habrá muchos, pero accidentes, todos los que quiera. ¡Figúrese usted, sin buenos frenos ni nada por el estilo!

No siento deseos de decir nada, pero me parece que hace falta su buena dosis de palabras para llenar el vacío que se me ha hecho en el estómago. Por suerte, es nuevamente el chofer quien primero habla.

—Hay que cambiarle el agua a los pececitos —dice, pero se está aún un rato largo detrás del volante como si este acto requiriera de una determinación que a él le falta. Por último consigue desprenderse del timón y sale del automóvil.

Desde dentro, donde permanezco, se escucha prodigarse el chorro al golpear sobre el asfalto. Oyéndolo se despiertan también en mí las ganas de “cambiarle el agua a los pececitos”. A lo lejos ya ha comenzado a clarear. El hombre termina y espera por mí sin impaciencia, en el interior del auto al que ha regresado.

—¿Fuma? —me ofrece un cigarrillo cuando también yo he vuelto a acomodarme en el asiento trasero.

—No, gracias

—Yo tampoco —dice, devolviendo la cajetilla a ese espacio plano que hay entre el parabrisas y el volante—. Nunca en mi vida. Ni fumado, ni bebido. ¡Esos son dos vicios que no tengo! No es que sea virtuoso, si usted me entiende.

De la base del retrovisor cuelgan dos fotos plasticadas que a la media luz reinante no me es posible distinguir con claridad, y una estampita que por tratarse de una imagen archisabida reconozco como la de Santa Bárbara.  El hombre me sorprende mirándolas y no dice nada al comienzo, luego sí.

—Mi mujer y mi hija —dice—. Ahí era todavía una niñita de doce. ¡Que ahora ya me va para quince! En mes y medio los cumple. No vaya a creer que es de amigos eso. Y todavía hay que ir pensando en celebrarle los quince. No por ella, no crea. Ella está en eso más clara que su madre. Pero así es la cosa. Y que si el qué dirán y si patatín y si patatán.  Mi mujer sigue viviendo en otra época. Como mucha gente aquí. ¡En el siglo XIX! Aquí la gente se muere de hambre si no navega con suerte, pero los quince de las hijas se tienen que celebrar a como de lugar. (¡Morirse es poca cosa!) De todos modos, si no se los celebras te tienes que morir lo mismo. Y que te mueres, porque la mujer te hace la vida imposible, y a lo mejor hasta se divorcia. ¡O se te corre con otro, por aquello del despecho, y la vanidad herida!

El auto ha vuelto a ponerse en marcha y emboca ahora por un terraplén deslavado por las lluvias de mucho tiempo atrás, lleno de baches de todos los tamaños. Para sortearlos, el conductor se ha visto forzado a aminorar la velocidad.

—Seguramente ya estaremos muy cerca —comento.

—Por aquí, nos ahorramos un montón de kilómetros, aunque la carretera está peor —dice el chofer.

Un poco más adelante, surge de debajo del polvo un trecho de pavimento milagrosamente intacto, y el auto recobra su velocidad por lo que dura aquella franja negra, de un negro descolorido —observo— blanqueado.

—Ya estamos llegando. En nada estamos en Vertientes. Ahí está esperando su familia. ¡Ansiosos por verlo llegar!

Mi interlocutor comprueba por el retrovisor mi ademán de asentimiento. A lo lejos, creo divisar las torres del central por sobre los campos de caña muy rala y esmirriada que crecen en la lontananza.

—Estas cañas no deben dar mucho azúcar —observo en voz alta, un poco a mi pesar o contra mi intención de hacerlo.

—¡Ah! ¿Ya ve usted la caña de este año? Puro caguazo, si usted me entiende. ¿Qué azúcar ni qué nada va a dar eso? Ésas son las variedades de caña del Comandante.

De entre el campo sembrado de cañas, sale inesperadamente al medio de la vía una vaca asustada por su propia sombra. Ha saltado la cuneta que la separa del terraplén para caer en medio de éste, y se queda plantada delante del auto, como sembrada allí. Me da tiempo a ver los ojos desmesurados del animal, sus omóplatos vacíos. Es una vaca magra de carnes, pero rellena de su propio susto. El hombre maniobra para evitar la colisión, y el auto, sometido a la picadura de esta espuela inusitada se desboca, y embiste ese espacio que se abre por delante de nosotros, nos arrastra en su impulso hasta pegar contra una roca. El formidable golpe la arranca de cuajo, y la arroja por el aire. Fragmentos de roca, granos de arena y tierra golpean contra el cristal delantero, astillándolo, pero sin que las esquirlas lleguen a soltarse para herirnos.  El auto se ladea, primero hacia la izquierda —el lado que ocupa el conductor— y luego hacia la derecha. Una de las ruedas salta de su eje, se interna en el cañaveral a toda velocidad y desaparece entre el verde del follaje. Sin abandonar el volante, el chofer intenta evitar que el auto vuelque o se desplace del terraplén hacia la cuneta. Finalmente, el vehículo acaba por detenerse después de una espera infinita. El hombre y yo nos miramos para asegurarnos mutuamente de que aún estamos con vida. A lo lejos, sin moverse de su sitio en medio del terraplén, la vaca parece contemplar la escena con el vacuno desgano de su mirada infinita.

—¡Menos mal! —dice el hombre, observándola por el retrovisor—. Anduvimos con suerte, que si no… ¡Tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que le rompe una pata! —añade ahora con una expresión conocida un tanto recompuesta por él—. Entre diez y quince años de cárcel.

Las manos parecen soldadas al timón y es preciso que lo ayude para que pueda soltarlas. Un temblor incontrolable se apodera de mis piernas, que en vano las manos tratan de someter. Entonces me percato del rasguño en el muslo izquierdo. Alguna cosa ha penetrado la tela del pantalón, rasgándolo allí y produciéndome este corte. No consigo saber qué puede haberlo producido, pero observo que el rasguño no es profundo. Todo lo contrario de la herida que el hombre tiene sobre una de las cejas.  Le paso un pañuelo para que restañe la sangre.

—Por mí no se preocupe —dice entonces, seguramente que tratando de darse valor a sí mismo—. ¡Estamos vivos, que es lo más importante! ¡Vivos de puro milagro! Y ya sabe usted lo que dicen, que “más, se perdió en la guerra”. Lo importante es que estemos vivos. ¡Vivitos y coleando!  —Dice todo esto con una suerte de vértigo en la voz, o con la urgencia de quien en medio de una gran pérdida irremediable pasa balance al haber de su alma. Luego, como si pudiera decir esto sin asomo de ironía, sonríe—: ¡Bienvenido a su tierra! ¡Ya estamos ahí mismo, como aquel que dice!

© Rolando H. Morelli

viernes, 18 de febrero de 2011

Presentaciones de ROLANDO MORELLI en Miami

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(‘Out In The Country’ set, Pennsylvania, 2009)

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Presentaciones

de Rolando Morelli en Miami

Friday, February 18, 2011 | Por Iván Drufovka-Cervera, Ph. D.

FILADELFIA, Pensilvania, febrero, www.cubanet.org -El Pen Club de escritores cubanos en el exilio y la “Galería Unzueta” de Miami anuncian respectivamente dos presentaciones del escritor e intelectual cubano Rolando D. H. Morelli, residente en Filadelfia, a tener lugar el 19 y el 26 de febrero. Morelli es no sólo conocido como poeta, narrador y ensayista de talento y con una sólida formación académico-intelectual, sino también como un infatigable polemista “con causa”, de los que no se muerde la lengua llegado el momento, en particular cuando de fustigar a quienes aún defienden desde cómodas posiciones en el extranjero al régimen que durante más de medio siglo ha esclavizado y empobrecido sistemáticamente a su patria. Llegó a los Estados Unidos en 1980 como parte del éxodo del Mariel y fue el primero de los “marielitos” en alcanzar un doctorado, grado éste que le fue conferido con las más altas distinciones, según recomendación del comité evaluador.

A su narrativa se han referido elogiosamente Antonio Benítez Rojo, Matías Montes Huidobro, Carlos Espinosa Domínguez y Oscar Montero, entre otros reseñadores de sus libros de cuentos.

Antes de su salida del país, en Cuba ya había alcanzado algún que otro reconocimiento de que fue prontamente despojado con arreglo a reparos ideológicos como aquellos formulados por dos de los integrantes de un jurado respecto a su obra teatral para niños: «Varios personajes en busca de Pinocho», finalista en un concurso nacional de este género, al señalar que “ya resultaba sospechosa la ausencia de personajes verdaderamente vernáculos en esta obra dirigida a los niños cubanos, y aún más el hecho de que Pinocho pudiera desaparecer precisamente el día en que los otros acudían con el propósito de celebrar su cumpleaños. ¿A dónde podía haberse marchado Pinocho en un barquito de papel? No quedaba claro si remontando un gran río o echándose al mar? ¿Por qué tenía que ser tan ‘antisocial’ este Pinocho atormentado por unas ganas injustificadas de estar solo y de que lo dejaran en paz y además de viajar para no tener que ocuparse de la carpintería donde trabajaban su padre y otros personajes”.  De todo daba cuenta el acta del jurado con éstas o muy parecidas palabras. Tampoco faltaron las especulaciones de otro género para que la Brigada Hnos. Saíz de Jóvenes Escritores y Artistas le retirara sin mediar explicaciones la afiliación que antes se le concediera sin siquiera haberlo consultado al respecto.

La escritura de Morelli es generalmente sobria. Su estilo, contenido, aparenta a veces una economía de recursos que más bien corresponde a la condensación. Al concluirse la lectura  de sus relatos y poemas queda la impresión de un equilibrio en pugna consigo mismo. No se trata de una receta que  procede de manuales sino a la vez de un dominio del oficio y de una tensión vital. Si los personajes y sus peripecias nos dejan al cabo con una sensación de carencia no se trata de un defecto sino de un propósito que se consigue con dejar caer a cuentagotas aquí y allá una referencia, con provocar una apetencia que toca al lector satisfacer por su cuenta. No se trata de una literatura a medio digerir para complacer paladares almibarados. Pero asimismo se trata de un quehacer refinado, de orfebre. Los registros de su estilo siempre pulcro y preciso recorren una amplia órbita y éste nunca se “luce” a expensas de lo que se cuenta o expresa.

Estas cualidades se encuentran igualmente en su narrativa corta, en su poesía o en la novela, género que este autor ha cultivado con asiduidad, pero respecto al cual ha sido hasta ahora más remiso a mostrar lo alcanzado.  Su novela histórica, “Lo que dura el estío”, aún inédita, que será la que el autor dé a conocer durante su presentación en la “Galería Unzueta” de la ciudad de Miami, condensa las virtudes de estilo y otras que caracterizan a Morelli, y constituirán sin duda alguna una verdadera revelación.

La presentación en el Koubek Center de la Universidad de Miami que la precederá el día 19 se centrará en la labor de Morelli como editor al frente de las Ediciones La gota de agua. Esta faceta de su labor creadora e intelectual dirigida fundamentalmente a la preservación y promoción de la tradición cultural cubana suprimida o marginada bajo el castrismo ha sido reconocida ya. Las Ediciones toman su nombre de las que otro poeta exiliado y muerto en el destierro José Mario, fundara y promoviera desde Madrid. Morelli y el traductor Kurt O. Findeisen presentarán los últimos títulos publicados por las Ediciones La gota de agua, y anunciarán los próximos a aparecer.

¡Dos jornadas de particular relieve en el marco cultural de la ciudad de Miami!

jueves, 17 de febrero de 2011

ROLANDO D.H. MORELLI en Miami

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El escritor y amigo Rolando Morelli ofrecerá dos lecturas de su obra y su trabajo en general, en la ciudad de Miami, los días 19 y 26 de febrero.  He aquí ambas invitaciones.

Una buena oportunidad para acercarse a su obra, a su pensamiento y a la estatura moral de esta persona, que, además de todo lo dicho, es buena.

DLG

Invitación

EL PEN CLUB DE ESCRITORES CUBANOS EN EL EXILIO

Y EL KOUBEK CENTER DE LA UNIVERSIDAD DE MIAMI

invitan a la presentación de 

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Rolando Morelli y sus Ediciones La Gota de Agua

con la participación de

Rolando Morelli y Kurt O. Findeisen

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Presentador: Luis de la Paz

Sábado 19 de  febrero, a las 2 de la tarde

Koubek Center, Universidad de Miami

2705 S.W. 27 Avenida

Rolando D. H. Morelli llegó a los Estados Unidos en 1980 como parte del éxodo del Mariel. En los Estados Unidos terminó estudios superiores y se doctoró con las más altas distinciones académicas por la Universidad de Temple, en Philadelphia, ciudad donde ha residido casi de modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Fue el primer exiliado del Mariel en obtener un doctorado en universidad alguna. Ha explicado clases en varias universidades norteamericanas, entre éstas las de Tulane, en Nueva Orleáns, y la Wharton Business School de la Universidad de Pennsylvania. Narrador, poeta, ensayista, dramaturgo y editor,

Kurt O. Findeisen nació en Spring City, Pennsylvania, en 1949. Se recibió de médico en la Universidad de Pennsylvania, y ha practicado la medicina constantemente hasta muy recientemente en la ciudad de Philadelphia, donde reside. Ha traducido al inglés para diversas revistas y publicaciones poemas y narraciones de varios autores, entre ellos Carlos Montenegro (Hombres sin mujer –novela– ) y poemas de varios autores, entre ellos de Jorge Luis Borges, para ser musicalizados por la compositora colombiana Alba Potes.

 

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INVITACIÓN

Unzueta Gallery

localizada en el

1607 SW 8th St.

de la ciudad de Miami

se complace en presentar al narrador, poeta y ensayista

 

Rolando D. H. Morelli

quien hablará sucintamente de su obra, leerá y comentará fragmentos de una novela inédita de carácter histórico,

y nos deleitará con una de sus narraciones para niños.

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Este evento tendrá lugar el

sábado 26 de febrero de 2011

a las 7:00 p.m.

 

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