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martes, 19 de julio de 2011

DAVID LAGO GONZÁLEZ - Sonia la patinadora

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Sonia la patinadora

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a Enrique Agramonte Robles

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¡Como cada año, como cada noche del San Juan camagüeyano, fiel a su cita con su incondicional público, se la ve acercarse, deslizándose como un cisne! (Y eso que no es agua la superficie, sino adoquines del siglo XVIII, de nuestra legendaria y bravía ciudad que para honor de todos fue bastión de La Independencia y cuna de linajes sin par.) ¡La Avenida de los Mártires se viste de gala para recibir esta ráfaga de misterio y sabrosura que nos devuelve la magia de sus movimientos y el enigma de su identidad! ¡Señores y señoras, damas y caballeros, distinguidos todos, aquí la vemos llegar, aquí está con nosotros ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Sonia la patinadora!!!!!!!!!!!!!!!! ¡No tiene charangas, no tiene congas, pero todas las orquestas y todos los tambores suenan para ella! ¡Suenan por ella! Porque también el arte anónimo es arte mayúsculo, señores. No se equivoquen. Leal a su independencia, ha rehusado el patrocinio de la cerveza Polar, del jabón Candado, y hasta de la prestigiosa firma Crusellas y Compañía. Partagás no tiene nada que hacer con ella. Sonia es libre, imprevisible. Este misterio que año tras año nos regala su arte inconmensurable, grandioso, negro como el trópico misterioso y siempre sorprendente y como el color de su piel (al menos el que obviamente se observa desde aquí), no se casa con nadie. Porque, como la más pura de las artes, pertenece a su público, se debe a él, que, devotamente, cuando nos iluminan estas estrellas sin par del cielo agramontino en esta cita anual, vuelve a nosotros para regalarnos su luz, su simpatía, sus movimientos rápidos y fugaces como una de esas otras estrellas a las que pedimos un deseo. ¿Y qué podríamos pedirle a Sonia que no sea otra cosa que se quede para siempre? ¡Que cada año esperemos con ansiedad este momento único y agradecerle que forme parte de nuestros recuerdos, de nuestra historia rica y sandunguera de ritmos que se atropellan y se sobreponen de comparsa en comparsa, de carroza en carroza, y sea ella misma carroza y comparsa, representante genuina de nuestra cultura popular!

¡Sonia! ¡Sonia! ¡Gritemos todos para dar la bienvenida a esta gran mujer llena del más rico glamour! Y como las grandes estrellas no se prodigan, este acontecimiento sucede una sola vez, una sola noche, cada trescientos sesenta y cinco días. Además de engrandecer el acerbo cultural de tan noble ciudad como la nuestra, ha pasado a formar parte indisoluble del conjunto de nuestras leyendas. ¡Aupémosla con un gran aplauso que nos saque fuego de las manos! ¡Acojámosla con un “¡Viva!” ensordecedor, porque nadie mejor que ella, nada mejor que su arte, se lo merecen! ¡Y démosle las gracias por escoger este trozo de la Avenida de los Mártires para hacer el gran despliegue de su encanto sin par!

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Como cada año también, se escabulló tras unos matorrales a la altura de la Estación de Ferrocarril. Entre ellos y el ancho andén, los raíles y los trenes que llegaban y salían; los vapores de las locomotoras; algunos operarios, con enormes aceiteras de larguísimo pitón, revisando las enormes ruedas de esas viejas máquinas, negras y robustas como toros de acero. A su espalda, una ladera que servía de base a las tripas de un largo hotel español venido a menos: lleno de vocingleros vecinos y radios a todo volumen parecía más bien la parodia de una casa de muñecas tropical y barriobajera. Un pequeño foco de luz, suficiente para quitarse el maquillaje en la oscuridad, iluminaba el espejito de aumento de la marca Max Factor (“Hollywood, naturalmente...”) que servía al personaje para irse despojando del cuerpo y del alma de Sonia, la patinadora, ¡la única!, la eso del “acerbo” con lo que se había quedado un poco confundida. ¿Era bueno o era malo ser acerbo? El fru-frú almidonado del tutú fue tan áspero que un viejo gordo de la segunda planta miró hacia abajo, y a duras penas logró Sonia meter la prenda en la bolsa que dejaba escondida entre las matas. Luego se quitó el leotard y se puso la ropa que había llevado para dejar el mundo de la gloria y pasar de nuevo a la aburrida cotidianeidad. Le gustaba estrenar siempre algo, y para esta ocasión se había comprado unos pitusas americanos, un poco caros, pero qué caray, volvió a tocar la bolsa del dinero del cepillo y la sintió bien llena: en fin, la noche no sólo había sido diversión. Había pasado otro año.

Luisito tomó la línea del tren, pero no en dirección a La Habana ni a Santiago, sino la de vía estrecha que conducía al puerto de Nuevitas. En ese momento se dio cuenta, ¡qué extraño!, que todos los trenes que había visto transitar por allí eran los que regresaban, pero nunca había visto uno partir de la estación hacia el puerto. Debe ser pura coincidencia, pensó, porque no todos van a retornar como si vinieran de la nada. Nuevitas existe, no es imaginación mía.

Esta parte de la línea, aunque igual de peligrosa, no es tan inhóspita como la que lleva a La Habana, tan llena de marihuaneros y parejas de todos los sexos ―¡hasta el tercero! ¡habrase visto!―, singando discretamente bajo los árboles, como de salteadores, restos de brujería y gente solitaria y rara que de pronto sale de lo oscuro como si fueran fantasmas. Este lado es, digamos, más humano. Las casitas de madera están a unos metros de la vía, pero las mujeres que las habitan alivian la aspereza de la miseria cubriendo las cercas con enredaderas y plantas y arbustos olorosos, de modo que hacen de la soledad y la molestia de caminar sobre las traviesas un paseo bajo la luna llena y un muestrario de los más diversos perfumes: galán de noche, madreselva, jazmín, azahar, un limonero florecido, un guayabo parido. Y en definitiva, el trayecto desde la Estación hasta la Avenida de las Palmas no es muy largo, conque si se da prisa y anda ligero, él mismo asusta al miedo.

Con miedo o sin él, lo que no se le pasaría de momento era la vibración de todo su cuerpo, a pesar de calzar ahora esos tennis viejos que siempre reserva para la ocasión. Patinarse toda la zona adoquinada de la calle República, Avellaneda, hasta llegar a la Avenida de los Mártires, es un sacrificio que sólo se puede hacer una vez al año. Los adoquines “legendarios”, como les llamaría Raúl de la Torre cómodamente desde su micrófono de Radio Camagüey. ¡Comemierda! Y decir que había escogido para su Grand Finale ese área de la avenida que parecía ensancharse a causa de la superficie despejada de la gasolinera Esso como si se tratase de un reconocimiento a los mártires de la Independencia fusilados al terminar la calle... bueno, otra comemierdá. Cuando llegaba allí, simplemente ya la Sonia estaba medio muerta. Cuando llegaba allí, su odio hacia la humanidad era tal que en vez de una sombrilla habría querido tener una ametralladora; en vez de unos patines, ir montada sobre un tanque Shellman destruyendo todos los malditos adoquines a su paso y haciendo volar por los aires los balconies de los pudientes y las sillitas y los taburetes pequeños de la chusma de Florat. A medida que aquel imbécil hablaba entreteniendo a “su” público y a una señal pre-convenida con el bugarrón que manejaba la electricidad, las luces se apagaban por un segundo, tiempo suficiente para escabullirse por la calle de la gasolinera, soltar rápidamente esas ruedas de acero y salir lo más deprisa posible por La Vigía arriba en busca de los matorrales donde había dejado su ropita de Luisito. Sonia la patinadora desaparecía misteriosamente, así hasta el próximo año. Algo le unía a Greta Garbo.

Los músculos me tiemblan como una gelatina... de naranja, mami, que es la que más me gusta, acuérdate, me encanta cuando la haces mezclándola con zumo y le echas una latica de cotel de frutas DelMonte ―dijo Luisito en voz alta, y por una cerca de las graciosas casitas le contestó el hocico de un perro.

Ya se divisan las palmas (esto parece una canción guajira), pero al que no veo por ningún lado es a Papo. Bueno, deja pararme aquí, debajo de la farola del bar, y que llegue rápido porque esta zona no es muy buena, no me gusta nada, muy ancha y muy todo pero más solitaria que el cementerio del Cristo por la noche. Y todavía de tierra... el bajareque donde vivimos, en La Guernica, ya tiene una alfombra de asfalto hasta su puerta.

¿Y ese pitusa tan apretado que te has puesto? Pareces una puta.

¡¡¡¡¡¡Ayyyyy!!!!!!!! cómo me das esos sustos, cabrón: yo aquí cagándome de miedo y tú vienes por atrás sin avisarme.

Es que parece que estés fleteando, ¿no te lo he dicho ya?

Papo, déjame en paz, que para fletear estoy yo; además, no soy una puta.

Pero éste es un país de bugarrones y maricones, no de hombres.

Bueno, son variantes... Anda, coge la bolsa y no hables; no, déjamela, que la pongo sobre la parrilla para amortiguar el efecto de los baches sobre mis adoloridas nalgas (ay, qué bien me quedó eso, ¿verdad?). En vez de venir en bicicleta, deberías haber traído la guagua: ¡luces tan bien sentado al volante! Oye, esta noche el ridículo de Raúl de la Torre dijo que yo pertenecía al “acerbo” cultural de la ciudad y eso me ha dejado muy preocupado, ¿tú sabes lo que quiere decir esa palabra?

Luisito, a mí me suena a nombre de planta, ¿no será una mata de santería?

Luisito, Sonia, se encaramó en la parrilla de la bicicleta Niágara a la manera de una dama victoriana acomodándose sobre la montura del caballo. Su brazo derecho rodeó la cintura de su macho.

“Arranca”, dijo.

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© 2002 David Lago González

(Madrid, 26 de julio de 2002)

lunes, 11 de julio de 2011

DAVID LAGO GONZÁLEZ - La hermana María

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..watch your shadow

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para Francisco León Morell

 

Yo no sé muy bien lo que pasaba en aquella isla que todo el mundo estaba desesperado por irse. Creo que era algo relacionado con un hombre que se creía dios, pero realmente no me parece que valga la pena hablar de ello: si no hubiera sido él, habría sido otra cosa. Quizás solamente era ese agobio que produce el comprobar que la única puerta que en tal caso puede cruzarse conduce al mar y que sobre el mar, salvo que se sea otro dios (creo que eso viene en un libro gordo que llaman “Nuevo Testamento”), no se puede caminar.

Daniel y Paco no eran una excepción. Un día alguien les recomendó un “espiritista muy bueno” y allá se marcharon por la mañanita temprano, pues fueron advertidos de que sus aciertos y fama eran tales que era necesario madrugar para poder ser atendidos, porque, además de bueno, el señor ya era muy mayor y no consultaba después de la una de la tarde.

Así que con el relente todavía fresco cruzaron toda La Vigía y llegaron a una modesta casa de Villa Mariana, cuya puerta, ya a esas horas, estaba abierta, su entrada franqueada por un gancho que permitía el acceso de los asiduos de confianza y de los posibles clientes. De cualquier forma, las reglas elementales del comportamiento exigían un ligero toquecito con los nudillos o un aparentemente tímido “¿se puede...?” que se mezclaba al acto inmediato de levantar el pestillo sin escuchar la respuesta y entrar como Pedro por su casa.

La salita era pequeña y casi todas las posibilidades de sentarse para esperar el momento de pasar a ver al Maestro estaban ocupadas por mujeres que, prácticamente al unísono ―como tratándose de un coro griego― exclamaron: “¡Ay, dos hombres!”

Paco y Daniel, o Daniel y Paco, da lo mismo, cruzaron sus miradas sorprendidos y dieron los buenos días reglamentarios. El coro de féminas correspondió como era debido, y la atmósfera de la espera, después de preguntar por la última, recobró una latente normalidad que pronto y sistemáticamente se vio alterada por la continua llegada de otras mujeres. Estas recién venidas se sorprendían todas por lo que evidentemente era la inoportuna presencia de dos hombres; unas decidían quedarse y otras se marchaban no sin antes cerrar su aparición con todas las variantes habidas y por haber de esta frase: “¡Ay, dos hombres: qué va, yo no espero!”. Algunas, en una suerte de consolación, preguntaban si era la primera vez... y entonces marcaban y como de todas formas “la cosa va para rato” se iban a hacer la cola del puré de tomate que había llegado a la bodega, siempre esperando, reglamentariamente, como era debido, a la siguiente que llegara y determinara quedarse, pues así lo exigían las normas de educación, y del orden, que, más que en el cerebro, llevaban metido en la sangre.

A tanto misterio y ya un poco molestos, los dos amigos no tuvieron otra opción que la de preguntar qué problema había con los hombres...

Como no se habían puesto de acuerdo para nombrar portavoz entre ellas, el coro, confundiéndose, o más bien fundiéndose, con un escarceo de gallinas, aclaró ―si aquello podía llamarse “aclaración”― que no se sabía por qué, qué era lo que pasaba, pero que cada vez que le tocaba entrar a un hombre la sesión se hacía eternizable, sobre todo a partir de la primera visita.

Daniel y Paco, aunque conturbados, pero teniendo en cuenta que se habían levantado temprano, habían andado media ciudad y, lo que sí era mejor para ellos en aquel momento preciso, no había ningún otro hombre esperando antes que ellos, en un rápido y tácito intercambio de miradas, concluyeron permanecer, con la esperanza de que aquel santo varón octogenario les confirmara la tal anhelada noticia de que algún día, quizás no muy lejano, abandonarían también aquella isla de la que todo el mundo quería salir como si formara parte del Apocalipsis siempre a la espera de desatarse.

Llegada la vez de entrar se percibieron que no habían determinado entre sí quién pasaría el primero, así que uno de los dos tomó la iniciativa y Paco se internó tras la primera cortina. Para unánime exclamación de las mujeres que aguardaban, no mucho después salía y volvía a sentarse, mientras le sustituía Daniel en la inmersión triunfante a la cueva del misterio.

Así atravesó la cortina número uno, de plástico transparente, y atravesó una puerta después de que, sin mediar llamada alguna, una voz desde su interior le invitara a pasar.

El escenario que se encontró fue el siguiente: una habitación mediana, con una puerta y una ventana grande que darían a un pasillo interior y que permanecían cerradas; en el centro, una cama, y a la derecha un armario antiguo, de tres puertas y luna central; a la izquierda, al lado de la cama y contra la pared, había un sillón grande ―lo que en aquella isla se definía como “butacón” ― y frente a éste una silla de cabilla.

En el sillón, entre cojines y almohadas, estaba sentado un señor, efectivamente octogenario, gordo y, además, ciego. Los ojos legañosos hacían un poco desagradable el acto de mirarle a la cara y sostener una mirada que, situándose en la atmósfera misteriosa del lugar, añadía la duda viscosa de ser visto, advertido o cegado. Vestido con pantalón y camisa de mangas cortas, estaba calzado por unas zapatillas de andar por casa y los pies cubiertos por unos calcetines.

La única luz de la habitación era la que provenía del pasillo al atravesar los cristales en lo alto de la puerta y la ventana. Y era suficiente.

El hombre respondió a su saludo y le invitó a sentarse en la silla de cabilla, lo suficientemente inmediata a él como para que las rodillas de Daniel rozaran las suyas. Aparte del material utilizado para improvisar aquel asiento, la sensación de incomodidad aumentaba por la cercanía de los dos cuerpos, la imagen de sus ojos y un cierto olor a orine rancio que fue percibiendo a medida que su olfato se iba aclimatando a la escena.

Empezó preguntándole la razón por la que acudía a verle, cosa que, como es sabido en tales casos, nunca debe decirse claramente, de modo que Daniel le contestó con una vaguedad sobre el futuro y además, recalcó, “por las buenas recomendaciones que le habían dado sobre sus aciertos”. El hombre continuó haciéndole preguntas, preguntas que poco a poco y cada vez más se deslizaban hacia el aspecto sexual, y en particular hacia posibles problemas de erección que el espiritista insistía en achacarle y que Daniel sabía que no existían. Pero ni una palabra de largarse de aquella isla, cosa infinitamente más importante y obsesiva y traumatizante que cualquier trastorno eréctil, ya que, de no producirse tal posibilidad, la flacidez, la incapacidad para levantar presión se extendía a su mente y a toda su vida, mucho más allá del pene. Mas, de cualquier forma, allí, sobre la tortura de aquella silla, aguantó a que concluyera con el encargo de dejar al sereno, durante dos noches, una palangana llena de agua, a la que previamente debía añadir hojas de llantén y granos de pimienta; al amanecer del tercer día colar el agua, llenar dos botellas y acudir de nuevo a otra sesión.

Cuando volvió a la sala las mujeres se entusiasmaron y una de ellas le preguntó qué espíritu le había bajado al viejo. Como ni Daniel ni Paco supieron contestar, todas juntas ―voces nuevamente reunidas en coro griego de claro tono gallináceo― les pusieron al corriente. Eran dos las ánimas que recibía el espiritista: un ancestro congo, y una monja llamada “La Hermana María”. Llegados a este punto, ambos amigos hicieron acto de contrición y contracción de una fuerte carcajada, se despidieron, y salieron a la calle.

Nada más salir empezaron a intercambiar la experiencia de la consulta y comprobaron que a los dos les había hecho las mismas preguntas y los mismos encargos. Paco se había excusado para volver diciéndole que dentro de dos días no estaría en la ciudad pues esa tarde partía a trabajar fuera, pretexto que efectivamente se correspondía con la realidad y que, según el hombre le dijo, no llegaría a concretarse. Ambos convinieron en que el santo varón, a pesar de todos los elogios, era un fraude.

Pero algo sucedió, ya llegando a casa, que les dejó sorprendidos y les hizo dudar muy seriamente de sus últimas conclusiones. De pronto, a mitad de la calzada, un jeepy se detuvo. Un compañero de trabajo de Paco sacó la cabeza por la ventanilla para decirle que el viaje quedaba anulado hasta nuevo aviso, de arriba ―pues una característica más de aquella isla era su otro aspecto de la divinidad: todo “bajaba” de arriba, desde los espíritus hasta la más elemental orden, menos, claro está, el maná―. Paco miró a Daniel; Daniel miró a Paco, y los dos empezaron a reírse delante del otro hombre que no entendía nada y comenzaba a preguntar insistentemente. Como no satisficieron su curiosidad, el tío arrancó estrepitosamente el jeep en una violenta primera que dejó una hilera de humo a su paso. Y en aquel momento Daniel supo que volvería... a ver qué pasaba.

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Al tercer día estaba de nuevo en la salita atestada de mujeres, portando un cartucho con sus dos botellas de agua serenada y colada. Llegó su turno y pasó a la habitación. Igual escenario, igual escenografía, salvo por la posición de la silla de cabilla, que esta vez estaba de espaldas al espiritista y casi encajada entre sus piernas. A los pies de ésta, una palangana grande, de zinc; y sobre la cama una toalla.

El hombre le indicó desnudarse ―”completo”, le dijo― y sentarse en la silla, colocando sus pies dentro de la palangana. El contacto frío del acero en el culo y en su lomo y el del zinc en la planta de los pies, le hizo estremecer y comenzó a temblar ligeramente, intentando contenerse. Así de espaldas, el hombre, sin levantarse de su butacón, anudó primeramente una venda alrededor de sus ojos, cubrió su cabeza con un paño, que presumió blanco por una cierta claridad percibida a través de un resquicio de la cinta, y encima colocó otro paño imaginadamente negro debido a la oscuridad en que todo se sumió.

Sin mediar aviso alguno, recibió de pronto un fino chorro de agua en pleno pecho que bajó rápidamente su curso natural hasta escurrirse por la entrepierna. La picha de inmediato se le encogió como un gusarapo, sintió, y percibió vergüenza, desazón que a su vez se añadía a la provocada por la desnudez. Por el grosor del hilo sobre su piel presumió que el agua era la que había traído embotellada. Este ritual, en el más absoluto de los silencios, fue repitiéndose, y agregándose a él nuevos componentes, pues a medida que corría el líquido por su cuerpo algo, que identificaba como la felpa de la toalla, la secaba, y así una y otra vez, una y otra vez, pequeños chorritos bajaban por sus músculos y sus nervios erizados, los pezones se le encabritaban y se le aletargaban con igual rapidez, los pensamientos volaban en una espiral de especulación y al mismo tiempo se detenían en la nada.

Repentinamente una débil voz femenina, con total acento castellano, le pidió ponerse en pie. Daniel acometió la orden, los brazos a ambos lados, el agua continuaba cayendo desde su cuello y su pecho, siguiendo esta vez de largo por sus piernas y bañando los pies. La toalla al mismo tiempo absorbía el líquido. Ya no podía quedar agua en las botellas, pensaba, de dónde salía toda aquella otra. Bajo la venda de los ojos y los dos paños reparaba en que ni un solo sonido había escuchado. La silla de hierro necesariamente producía un ruido chirriante al menor deslizamiento y él se había sentado en ella cuando estaba prácticamente incrustada entre las piernas del espiritista. Quién le echaba el agua por arriba, quién secaba sus piernas, quien le bañaba el pene. Cómo podía sentirse mojado y seco un segundo después, para volver otra vez a experimentar lo mismo. Si era aquel único hombre, cómo, siendo ciego, se había puesto de pie sin el menor ruido, cómo podía dirigir el surtidor del agua como si escogiera las partes del cuerpo. Cómo, cómo, cómo...

Bajo la venda de los ojos y los dos paños creyó sentir que su picha se ponía dura, tan dura como jamás la había sentido, pero tampoco estaba seguro, no estaba seguro de nada. El agua seguía corriendo. La toalla seguía secando. Tuvo la tentación de alzar los paños, quitarse la venda y comprobar lo que pasaba. Pero también tuvo miedo. Tuvo miedo de encontrarse con la hermana María, o con el espiritista de ojos legañosos, o sabe Dios con qué. Estaba aterrado y excitado, creía, no estaba seguro, pensaba que estaba aterrado y excitado.

Creyó que le succionaban, pero no sentía ni boca ni dientes ni labios, sólo sentía que se la chupaban. Pero tampoco estaba seguro. Era como que se la mamaban. El agua seguía corriendo, quizás como la leche, pero ambas también se secaban. ¿Se corrió? Pensó que sí, que algo le abandonaba, que algo profundo y casi doloroso, inmensamente placentero, le salía del infinito más recóndito. Pero tampoco estaba seguro. Sus brazos seguían a ambos lados del cuerpo, no se atrevía a moverlos.

Silencio. Silencio, silencio, silencio. Silencio y agua. Toalla de felpa suave. Oscuridad. Negro, negro, negro, todo negro. Cuánto tiempo. ¿Segundos, minutos, horas? Cuánto tiempo entre el suave espasmo que había sentido y la nueva erección que ahora le sucedía. Sin boca, sin dientes, sin labios, sin manos. Era como una brisa en sentido contrario, aspirando en vez de soplar. ¿Se corrió? ¿Se vino? ¿Qué pasó?

El agua se acabó. Y ya estaba seco, sintió.

El hombre le mandó sentar. Entonces quitó el paño presumiblemente negro, luego el presumiblemente blanco y le desató la banda de los ojos. De momento quedó cegado por la luz que atravesaba los cristales. Y permaneció sentado, desnudo, sobre la silla. Tiritaba; seguía tiritando; o comenzaba de nuevo a tiritar: tampoco podía asegurar si en algún momento había dejado de hacerlo.

La escenografía se fue restableciendo ante sus ojos. El viejo estaba detrás, con los ojos horribles y en la misma posición en que lo había dejado. Su ropa estaba correctamente doblada sobre la cama, cuidado que él no había tenido. Su cuerpo estaba seco. En la palangana de zinc no había una gota de agua. La toalla también estaba doblada y seca sobre el colchón, como si no hubiese sido utilizada. Y en el suelo, alrededor de su cuerpo, las losetas resplandecían brillosas y secas, secas. Estaban secas. Se-cas. Ese-e-ce-a-ese.

―Puede vestirse― dijo. Y añadió que ya estaba curado, de qué, pero que debía volver a una segunda consulta.

Daniel salió de la habitación, atravesó la cortina y cruzó rápidamente la sala con la cabeza gacha, sin responder las exclamaciones de alivio del coro griego. Desenganchó la puerta de la calle y la dejó abierta, ¡que la hermana María la cerrara!

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(Madrid, 22 de junio de 2001)

© 2001 David Lago González

NOTA:  Me he puesto a “desbrozar” el inbox de entrada donde se acumulan más de 15,000 mensajes.  Y estoy encontrando y recuperando cosas que creía perdidas.  Pertenece a un libro de relatos (o testimonios ficcionados) que se llama EL MUNDO SECRETO DE LA NIEVE, y que no sé si terminaré alguna vez pues la verdad es que nunca me he sentido escribiendo ficción.

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viernes, 12 de noviembre de 2010

JUAN DIEGO QUESADA - Muerte de un “don nadie” ///// DAVID LAGO GONZÁLEZ–Eufemismos

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Graffiti - Capitol Hill, Seattle

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Muerte de un "don nadie"

La familia de un indigente se entera de su fallecimiento por Internet

JUAN DIEGO QUESADA - Madrid - 11/11/2010

(http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Muerte/don/nadie/elpepusoc/20101111elpepusoc_1/Tes)

 

Luis Ramiro Álvarez, un delineante de 29 años, consultó la semana pasada Internet en el estudio de ingeniería en el que trabaja. Tecleó en Google el nombre de su padre, de quien no sabía nada desde hacía cuatro años. Lo encontró en una lista de fallecidos. Averiguó que había muerto seis meses antes en un hospital y que lo habían enterrado en la zona de caridad del cementerio sur al no hallar a su familia. El chico, impresionado, abrió su blog y escribió la historia de su progenitor en un post que tituló así: "Reconocimiento a la muerte de un don nadie".

Aún no sale de su asombro. "¿Cómo no nos han avisado si sabían su nombre y apellidos?" Los protocolos establecidos para localizar a las personas que mueren sin documentación no han funcionado en este caso. Bastaba con echar un vistazo a la guía telefónica para encontrar a cinco personas con los mismos apellidos del difunto, Álvarez Fidalgo. Dos de ellas son sus hermanas.

Luis Ramiro encontró el nombre de su padre en la lista de fallecidos del periódico Abc del 23 de julio. Ramiro Álvarez Fidalgo (0). No se especificaba su edad. "Con este simple dato en mis manos, me puse a mirar más páginas, y finalmente hallé el lugar en donde había sido enterrado a través de una página web de esquelas que además ofrece servicios funerarios", relata. Después fue al cementerio y entonces supo que había muerto en la Jiménez Díaz. Le acompañaba un tío cuando fue a la clínica: "Al visitarla en busca del historial médico para saber de qué demonios había muerto, nos encontramos con que allí poseían no solo su fecha de nacimiento, sino incluso su número de DNI, datos suficientes para poder haberse puesto en contacto con alguno de sus familiares en el momento de su defunción". Las Administraciones implicadas no se explican lo sucedido.

Luis Ramiro aún recuerda el día que encontró a su padre en un banco de Atocha, rodeado de gente fumando filtros, agarrados a unos cartones de vino como quien se abraza a una religión. Llevaba la camisa llena de lamparones. Se dio cuenta de que su progenitor se había convertido en uno de los muchos indigentes que merodean por la ciudad. Su declive personal había empezado a principio de los años noventa. Su mujer murió de un ataque al corazón y al año siguiente cerró la fábrica de piezas de coche donde trabajaba. Con 40 años se vio viudo y sin empleo. Nunca más volvió a encontrar un oficio.

El dinero que había cobrado por el despido se fue agotando hasta el punto de no poder afrontar el alquiler de la casa en la que vivía con sus dos hijos, Luis Ramiro y Diana. Mandó a los niños a vivir con sus tíos y él se echó a la calle, a dormir al raso. No quería la ayuda de nadie. "Es muy difícil y desesperante apoyar a alguien que no quiere. Es frustrante", cuenta Luis Ramiro. La familia le ofreció un piso vacío donde pudiese dormir y ducharse, pero siempre lo rehusó con alguna excusa.

Luis Ramiro se empeñó en hacerle el DNI hace cuatro años. Fue una de las últimas veces que lo vio. Se presentó repeinado y con una camisa blanca con manchas para ir a comisaría, pero no pudo renovar el documento porque le faltaba un papel del padrón. Ramiro prometió volver al día siguiente pero no lo hizo. Poco después murió su madre, una mujer muy mayor que le daba dinero para tabaco y comida. No fue al entierro. "Creo que no quería que nadie le viese", piensa el hijo.

Nadie sabe qué fue de Ramiro hasta el 12 de junio de este año. Sufrió un paro cardiaco en un albergue de la capital y le atendió el Samur. En el parte de los servicios de emergencias se recoge su nombre (no se sabe quién lo facilitó) y a continuación se especifica que sus antecedentes personales eran desconocidos. Lo trasladaron a urgencias de la clínica de la Concepción y un rato después lo subieron a la UCI. Allí falleció a las seis de la tarde. El hospital dio parte al Juzgado de Instrucción número 3 de Madrid, que decretó que el cadáver fuese trasladado al Instituto Anatómico Forense. Permaneció un mes en los frigoríficos de la Ciudad Universitaria hasta que el juez ordenó a la funeraria que lo enterrara.

En el protocolo que se sigue tras la muerte de un desconocido, en el que participa la policía, el juzgado y el hospital, algo falló. Nadie logró ponerse en contacto con la familia una vez que se le había identificado plenamente. La ley no aclara con precisión qué hacer en un caso como este. "Es un caso extraño. Ha habido un agujero en alguno de los pasos", aciertan a decir los encargados del protocolo.

La directora comercial de Interfunerarias, Sara Revilla, explica que hay dos formas de identificar a un paciente: que lleve documentación o que una tercera persona dé fe de su identidad. Después están los no identificados. "El hospital contacta entonces con servicios sociales para intentar localizar a la familia con los pocos datos que tengan, en este caso solo un nombre. Si no lo consigue, manda la documentación al juzgado y allí dan parte a la Policía Científica para que averigüe de quién se trata. Después, claro, hay que avisar a algún familiar para que lo sepa y puedan decidir qué hacer con el cuerpo", continúa Álvarez. Este último paso no se llevó a cabo esta vez.

El misterio se agranda al ver en el registro que en su parte de defunción tan solo aparecen su nombre y apellidos. El resto de casillas como el domicilio, la fecha de nacimiento o la edad están completadas con un "no consta". En un entierro de beneficencia que costó 2.262 euros al Ayuntamiento, Ramiro Álvarez fue enterrado en soledad. El municipio se hace cargo de unos 15 entierros de caridad al mes y en ello se ha gastado casi medio millón de euros este año. Un 18% más que en 2009.

Es imposible saber cuántos casos como este han ocurrido en la ciudad, pero la idea carcome al hijo del fallecido. "Si esto ocurre con normalidad, habrá que decirlo. Hoy ha pasado con mi padre, pero hay que evitar que ocurran cosas como estas con los indigentes. ¿Quién se ocupa?", agrega. Su padre se convirtió en un solitario que ni siquiera aparece en ningún registro de los Servicios Sociales del Ayuntamiento, que en febrero de este año contabilizó a 596 personas sin techo durante un recuento nocturno.

En el blog, Luis Ramiro deja sus impresiones: "No poseo el conocimiento de si este es el modus operandi en todos los fallecimientos de indigentes, pero lo que sí puedo saber es que mi padre mereció al menos un mínimo reconocimiento, ya no en vida, la cual eligió y no quiso ayuda de ningún tipo, pero por lo menos en su muerte por parte de sus familiares".

Continúa: "Vivió en la calle durante más de 10 años como un desconocido, y fue enterrado de igual manera, solo. Solo queda decir que hay quienes no le olvidamos, a pesar de que por lo visto se ponen medios para que esto ocurra". Luis Ramiro quiere que, ante todo, esto sirva de homenaje a su padre, muerto como "un don nadie". Que así sea.

 

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Eufemismos

David Lago González

 

En Estados Unidos les llaman “homeless”; aquí comenzaron a llamarles “sin techo”. Sucedió como con las criadas, que pasaron a convertirse en “asistentas del hogar” sin que la carga del trabajo variara consecuentemente de acuerdo a la elegancia del eufemismo. Al mundo desarrollado no le gusta tener indigentes, menesterosos, pordioseros, limosneros, basura de un pasado impropio, y les re-bautiza con ese calificativo equívoco ―yo diría que hasta piadoso (falsamente, claro está)― que pretende imponer una dignidad a la indignidad. Incluso he de admitir que hasta a ellos mismos parece ayudarles en cuanto a la explicación, si es menester, de su propia situación: “estoy en la calle” no es lo mismo que “vivo en la calle”: en el espacio entre las dos frases sobrevuela una nube de transitoriedad. La única verdad es que el individuo está y vive a cielo raso, pero entre ambos verbos existe una débil, sutilísima línea divisoria, que otorga a aquel que ha llegado a tal punto un cierto ardid que le permite escamotear y escamotearse la cruda realidad.

En los últimos tiempos, la casualidad ―o yo qué sé cómo llamarlo― comenzó a introducirme lentamente en ese grupo. Empecé a ligar con “homeless”. Evidentemente era un detalle personal que desconocía en su punto de partida, o de inicio, porque aunque no usaran smokings tampoco enseñaban harapos. No todo el mundo tiene obligación de ir siempre bien vestido, y con andar “arreglao, pero informal” ya es suficiente. Quizás preferible, según mis gustos.

El primero fue aquel que me pidió “la voluntad”. Un chapero es implacable y propone un precio de acuerdo a su tarifa de auto-valoración y por eso dudé, pero, por esos recursos mentales que se busca uno pretendiendo encontrar justificaciones y comprensiones, pensé que quizá había dado con alguno que había alcanzado su noche buena, el lugar adecuado en el momento justo (no sé si él o yo), o le sobraba el dinero, o se había vuelto loco, o había decidido esa madrugada cargarse a alguien o robarle o sabe Dios qué, o que había bebido más de la cuenta y le daba lo mismo irse a la cama por más o por menos. Imaginando que mi proposición no avanzaría ni medio metro fuera de la boca y que tal vez sería repelida con un insulto, le transferí mi profunda y triste verdad: “mi voluntad, para desgracia de los dos, no puede sobrepasar las cinco mil pesetas”. Mas, para mi sorpresa, él accedió, y nos fuimos a casa.

Resultó ser excesivamente cariñoso y entregado, lo que me hizo volver a recelar de su perfil profesional. Nadie que cobre ―aunque sean cinco mil pesetas (incluso peor aún si son sólo cinco)― se da de forma tan inmediata, casi ansiosa. Y resultó todavía peor al final de todo porque rechazó el uso de preservativos, lo que añadió otro punto a la lista de las dudas: a no ser que estuviese infectado y fuese malo-muy-malo, los chaperos se cuidan porque, al fin y al cabo, el cuerpo es su medio de vida. Y en una de esas volteretas ―de la cama y de la vida― se lo pregunté, y fue entonces cuando supe que no se dedicaba a ello como “carrera”, sino porque estaba en la calle.

Le di mi teléfono.

Al cabo de un mes, llamó. Volvimos a vernos, y volvimos a casa. Esta vez no me pidió la voluntad. No me pidió nada. Había mejorado, parecía. Venía muy bronceado, pero no apaciblemente tostado por un sol de playa sino como quemado por uno de rigor: campo, castigo, trabajo. Me dijo que había estado en la vendimia y que, como me había prometido en el encuentro inicial, esa segunda vez no estaba en venta. Me alegré por él y por mi bolsillo, que seguía sin andar todo lo bien que habría querido yo.

Descendimos a esa zona desértica y al mismo tiempo selvática llamada colchón, donde dos hombres pueden luchar espléndida o lamentablemente, poniendo a prueba todas sus fuerzas, mañas o torpezas; pero a la media hora fue rendido por el sueño. Dormimos ―durmió él, para ser exacto― muy abrazados, y en la duermevela de la temprana mañana me fue desperezando la irrupción de otro despertar que fue cobrando cada vez más dureza y consistencia hasta perderse en las profundidades de otra oscuridad. Así se asomaba y se escondía, como un sol que juega a ser luna y la mañana pasa a ser noche; y la noche, día; y si cierras los ojos, amanece; y si los abres, desaparecen las siluetas, tragadas por las dunas y la humedad del vado, sin saber qué cosa es arena y qué cosa barro.

Continuamos viéndonos. Unas veces le veía más presentable, otras peor. Me llamaba y me pedía que bajara a buscarle a Madrid. Tomaba el metro y él me esperaba en Sol, en la puerta de la cafetería Rodilla. Algunas noches cenábamos en mesones; una, en un restaurante de comida cubana. Otras noches subíamos a casa, pero sólo repetimos sexo dos o tres veces más, porque a medida que avanzaba en tiempo y en distanciamiento aquella relación, el olor de sus pies se multiplicaba de forma tan geométrica que me impedía la erección, el placer, y hasta la mismísima abstracción mental era incapaz de sobreponerse a la olfativa. Aceptaba dinero si se lo daba, pero no me lo pedía, salvo cuando se marchaba a Alicante o Valencia, no sé a qué, suponía yo que a algún trapicheo de drogas, cosa de poca monta; entonces, a veces me llamaba desde esos lugares para que le girara lo que pudiera a lista de correos y así poderse volver a Madrid. Yo habría querido ser tan pragmático como otros muchos, incluso tan grosero como tantos, pero, no sé si por cuestión de latitud o de sensibilidad, carezco de esas virtudes. Él me decía que nadie había hecho por él lo que yo. Posiblemente tenía razón. Pero eso me lo han dicho otras tantas veces y de nada me ha valido. Yo nunca lo he hecho ―decirlo, quiero decir― porque, por mucho que pueda ser la gran verdad de la vida, despide un cierto tufo a falsedad, a frase hecha, que tira más para atrás que el olor de aquellos pies, sus pies.

Así que la cosa siguió. La última vez que le di dinero quise ponerle a prueba: se lo presté. ¡Qué tonto!, dirán ustedes. Bueno, sí, pero se lo presté porque decía que había encontrado un trabajo en una pastelería y necesitaba dormir esa noche en una cama para poder trabajar a la siguiente y yo no quería traerle por lo del olor. Entonces desapareció dos meses. Pensé que nunca recuperaría aquel dinero, pero que al fin me había librado de algo que yo no podía solucionar.

Me equivocaba, en cierta forma. Un día inesperadamente llamó y me contó que trabajaba de vigilante, en un sitio por el día, y por la noche en un edificio en construcción. Se había alquilado una habitación en un piso de Villalba por 35.000 pesetas; seguía casi sin dormir pero esta vez por el esfuerzo de levantar cabeza, y quedamos para vernos esa noche, y me pagó el dinero prestado, y me invitó a cenar “pulpo a feira”, que sabía que me gustaba mucho, y pagó él. Pero yo no le dije nada de lo que ya se me avecinaba. No sé si continuó llamando después.

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El segundo y el tercero no cumplen rigurosamente ese orden porque los tres se van sucediendo y alternándose con el primero, pero entre sí mantienen el rigor de la aparición. El segundo no era precisamente un “sin techo”, pero iba tan aceleradamente soltando tejas a lo largo de su vida que pronto se quedaría a la intemperie. Tuve que esperar a que otro que estaba hablando con él, desistiera ―pensaba yo, pero al poco rato comprendí que, más que desistir, se habría cansado― para acercarme yo.

El chico hablaba, hablaba y hablaba sin parar e iba de la metafísica al coqueteo con una facilidad pasmosa. Era obvio que, además del fuerte olor a alcohol, había algo blanco en aquel fondo que contenía el líquido de la noche. Cuando le dije de venir, me llamó loco, que si no sabía todo lo que pasaba por ahí, que yo no le conocía ni él a mí, que éramos dos desconocidos, strangers in the night, agregué, sí, dijo, y de ahí saltó a Chiapas y la globalización, y hasta nombró a Degas y todo, y yo me pregunté qué tendría todo eso que ver con una simple proposición deshonesta. Entonces me pilló el acento y empezó con la retahíla de naciones hispanoamericanas, yo negándolo todo, incluso cuando pasó por la mía, hasta que le confesé haber nacido en las Indias Occidentales, y él, ¡joder, qué exotismo!, y yo, pues sí, y él, pero no serás de los mismos que se volvieron con Colón, ¿no?... Y ahí ya me fastidió el juego porque adiviné que al menos un poquito de historia parecía saber y, aunque la sutileza de la ironía hizo aumentar los jugos gástricos de una cierta maledicencia y atracción retórica, comprendí que esa noche yo simplemente quería ir donde estuviera la acción y no la palabra. Y le dije adiós,

“que de ti no tengo interés

en saber...

naaaaada,

naaada,

naaaaaaada”.

Mentira cochina. Cuando pasado un mes (fue él quien me recordó el tiempo exacto) me lo encontré en Black & White, me acerqué a saludarle. Dice un amigo que a mí me encantan los bajos fondos; yo atenuaría la inmersión en su lacerante implicación ética diciendo que siento una inquietante y tal vez insaciable gravitación hacia el enigma, tan inexplicable como el enigma en sí.

Estuvimos bromeando con el recuerdo y con un derroche de palabras entalcadas que salían vertiginosamente por aquella boca, hasta que yo me volví a mi vaso de vodka, objeto que me parecía más fácil de retener que cualquier otro; y más tarde, al cabo de unas dos horas, volvimos a coincidir en otro sitio, en otro sitio que podría bautizar como “la parada de los <homeless> encubiertos”. Esa vez nos fuimos juntos.

Nada más entrar en el salón se detuvo ante la reproducción del Jardín de las Delicias, del Bosco, e intentó entrar en el detalle de todas las visiones que pueblan el cuadro y colmaban la imaginación desbordada del pintor. Ante tal amenaza, le previne que, además de ya conocer sus significados, prefería que me mostrase su erudición en otro terreno, pero, no obstante, le señalé algunos originales que colgaban en el salón, regalados por amigos pintores. Fue entonces cuando me confesó que él también pintaba, que era del grupo catalán de Mariscal y compañía, y yo le pregunté qué pasó pues, y él me dijo los demonios, tío, los demonios, tú no te imaginas lo que es eso. Más o menos alguna idea se me iba formando ya cuando él me interrumpió para preguntarme, casi asegurándoselo, pero entonces tú amas la pintura, ¿verdad?... Tanto como amarla amarla, con esa pasión que tú pones en la pregunta, no lo sé muy bien, pero admiro y me gustan muchas cosas, dije. Y él me pidió ―e insistiría durante toda la noche y a la mañana siguiente― que le buscara algún sitio para exponer sus cuadros porque le habían propuesto hacerlo en La Lupe pero tenía que ser a cambio de sexo y él quería algo limpio: una cosa era su pintura y otra su leche, y nos pusimos a hablar de pintura. Yo le enseñé un libro de José Hernández y le hablé de la exposición de Barceló en el Reina Sofía, las maravillosas consecuencias de su viaje por Malí, las sombras azules de los nómadas reflejándose sobre el ocre desierto, los animales muertos expuestos a la venta colgando de un alambre en algún mercado callejero, la sangre encharcada sobre la tierra... Oh, tío, pero tú amas la pintura... joder, eres un tío sensible y vas a ayudarme a encontrar una galería. Demasiadas cosas sentadas, cuando lo único que estaba sentado por entonces era mi cuerpo junto al suyo, los dos sobre la cama.

La noche ―o más bien, la madrugada y la mañana― me fue conduciendo a lo largo de esos senderos laberínticos que engañosamente muestran el indicio de alguna salida, y cuando se llega a ella la supuesta puerta está sellada por un seto que te desvía a otro camino y a otro y a otro y a otro. Lo que iba a ser polvo, al polvo volvió –memento homo quia PULVIS eris, et in PULVEREM reverteris-, pero su significado sexual fue pisando (o pisoteando, tal vez) peldaños en los que unas veces se ponía el pie sobre el sexo, otras sobre la metafísica, otras sobre la historia del arte, otras sobre la risa, otras sobre la poesía, la paranoia, la muerte, la vida más allá de la muerte, el Bosco, la incomunicación con unos padres que daban más importancia a la televisión que a su mundo (los comprendí perfectamente), la traición de la amistad, el descenso a los infiernos, la belleza, la culpa, el asco. ¿Yo te doy asco?, le pregunté. ¡Noooooooooooooo! Tú eres un oasis que me he encontrado esta noche. ¿Sabes por qué aquella primera vez no me vine contigo? ¿Por qué? Porque entonces tenías la mirada del demonio. ¿Hoy también? Hoy tienes los ojos de un ángel. ¿A ver? Déjame verlos. Sí. Míralos ahí, me están mirando. ¡Ah, tío, qué suerte he tenido esta noche!

Sí, qué suerte. La suerte se bebió una botella completa de Absolute Vodka, media de ginebra y todas las existencias de la multinacional Coca Cola que guardaba en la nevera. Pero valió la pena. Días después le hice un poema, “Mom petit Baudelaire”, que nunca le entregué. Algunos piensan que soy una buena persona, pero en realidad los poetas somos una especie “sublimizada” de los vampiros. Somos chupasangre, chupavidas. Nos apropiamos de material ajeno, personal, secreto, íntimo, para hacer unos versitos de mierda, y eso no es honesto.

Cuando en un momento de la mañana alcé la persiana, se quedó mirándome a la cara. ¿Ves? Ahora sí los veo bien. Qué limpios tienes los ojos, como los ángeles. ¡Y son verdes, tío, son verdes! ¡Cómo me gustan los ojos verdes!

Y nos fuimos a desayunar. O a almorzar, no sé bien. Mientras, empezó a contarme una trama de Narcís Serra y otros miembros del Partido Socialista para hundirle, confesión que me hizo acelerar el paso y dejarle subido al autobús, no sin antes insistirme hasta la pesadez para que le acompañara a continuar la juerga, hasta que cayéramos en lo que él llamaba “la bendita amnesia del alcohol”. De pronto, era como un delirio de Ginsberg, pero con falo, culo, piernas, cuerpo y rostro mucho más hermosos.

-o-

La tercera “anunciación” se materializó con acento gallego. También cuando le propuse venir a casa me alertó sobre el peligro de ir con un desconocido (que era él, no yo: al parecer, daba por sentado que al tener un techo la posibilidad de ser inofensivo iba incluida en el contrato de la vivienda). Pero no me daba miedo. Sólo me puso una condición: que no lo echara a las cinco de la mañana porque ―y fue entonces cuando me habló de la verdad― estaba en la calle.

Con esa premisa, además de la prisa, llegamos a casa. Le pregunté por bebida, y no quiso. Le pregunté entonces si había cenado, y ante su “no, pero no importa” le dije “a mí sí” y le preparé un revuelto de gambas y ajetes. No tomaba alcohol, cosa casi insólita en esa especie que en tiempos de la depresión del 29 el mundo anglosajón bautizó como “vagabundos”, otro eufemismo. En cambio, me preguntó si tenía música clásica, y en su honor quisiera certificar que ha sido la primera y única persona que me ha requerido el acompasar sus oídos con ese dédalo de instrumentos que se suceden y superponen en delicada contraposición a la frenética sucesión y superposición de otros instrumentos por pasajes de igual complejidad. Para iniciar la sesión yo escogí mi pieza preferida: la “sonata para violín y piano en La Mayor” de César Franck.

Ya desnudos, me pidió otro favor: poder lavar la ropa esa noche. La ropa, toda su ropa, incluidos los varios jerséis y el plumífero; sólo se salvaron los zapatos. Y corriendo se metió al baño: sería la primera de las casi innumerables duchas que durante la noche y la mañana repetiría. En una de ésas me dijo: “no sabes lo que es el agua hasta que te falta”. Y por los resquicios que nos dejaba la agotadora sesión continua de porno duro fue contándome trozos de su vida. El escuchar hablar gallego inmediatamente me hace situarme en familia. Esa suavidad me ablanda mucho más que la cubana, permeada por tantos personajes vergonzantes. Y de pronto me sentí como si fuese él quien estuviera fuera de su país, y yo “el paisano” que en tierra extraña le echa una mano y habla su idioma. Bueno, en fin de cuentas, ambos estábamos algo lejos de Galicia.

Colocamos la ropa encima de todos los radiadores y bien entrada la mañana ya había secado. Yo le pregunté, y me dijo entonces que era la única que tenía, que le habían robado la mochila mientras dormía sobre el banco de un parque noches atrás. Aquello me remitió a un pasaje de mi etapa anterior de la vida, casi de mi antigua reencarnación, pero eso es tema para otro monólogo, luego, cuando esté más solo. Me vienen a la cabeza muchas cosas. Continuamente. Como un carrusel: caballos, cisnes, barquichuelas, suben y bajan mientras dan vueltas, y yo encima de cada una de ellas, como cuando era niño.

Camino del metro me separé de él por un momento, me acerqué a un cajero y saqué cinco mil pesetas. Se las di. “¿Estás loco? ¿Sabes lo que haces?” ―afirmó, más que preguntarme―. Perfectamente lo sabía y le pedí perdón si le ofendía. Esa noche y la siguiente dormiría en una pensión. Fue lo último que me dijo antes de despedirnos.

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Acabo de salir de un bar. En realidad, apenas he llegado a entrar porque, cuando advirtieron mi intención, vino un camarero y me empujó fuera de la puerta, a la calle. Yo sólo quería un vaso de agua, incluso llevo algo de dinero y podría haberme comido un bocadillo, pero sólo quería un vaso de agua: tengo una sed que me muero. De modo que cuando vi el primer alcorque con un poco de la lluvia de los últimos días, estancada, llamándome sugerentemente como un oasis en medio del desierto, no me lo pensé dos veces: me tendí cuan largo soy sobre la acera y me puse a beber como un perro. Con el rabillo del ojo vi que se acercaba una mujer, y al verme se echó a la calzada para evadirme. Seguramente le daría asco. O miedo. Pero yo ya estoy acostumbrado a ver expresiones así en la cara de los demás.

Y entonces, cuando volví a concentrarme en mi tarea, me acordé de un anochecer de mayo de 1982, recién llegado a Madrid, cuando a toda prisa bajaba de la pensión de la calle de Canarias en busca de una barra de pan antes del cierre de la tienda, y casi me doy de bruces con un hombre que estaba haciendo lo mismo que yo: beber de un charco. Y entonces pensé en Knut Hamsun. Y entonces pensé en mí.

(Madrid, 20 de diciembre de 2000 – 1 de febrero del 2001)

© 2001 David Lago González