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© Raymond Depardon
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Mi amigo Oscar* (I)
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La última vez --y muy pocas veces anteriores más –que mi amigo Oscar estuvo en mi casa (en ésta que habito ahora, y que sabrá Dios lo que pasa con los recortes de las Esperanzas y los Gallardones) fue como dos años antes de morir (lunes de la Semana Santa del año pasado y encontrado el Jueves Santo), para hacerme partícipe de su miedo, terror, pánico y total seguridad de que algo muy raro le estaba pasando por dentro. Él sabía que iba a morir pronto. En aquel momento, sentado en la mecedora de mi madre, tuvo una crisis de ansiedad y llanto. Nos abrazamos, yo creo que nos abrazamos ya eternamente. De ahí a su muerte física pasaron, ya lo he dicho, unos dos años. Dos años de brotes sicóticos, internamientos en hospitales especializados, e infierno, verdadero infierno. Yo pasé de ser el más querido al más odiado, y finalmente rehabilitado de nuevo.
Hace dos noches soñé con él. Cada vez que eso sucede, el sueño se convierte en un aviso de algo que desconozco. El anterior fue para avisar que muy pocos días después el puto venezolano y para colmo chavista al que le había hecho el favor de casarse con él para que pudiera empezar a obtener la ciudadanía española, se había metido en su casa, contraviniendo así su deseo expreso de que esa propiedad recayera en su hermana.
Hace algunas semanas recibí un libro, que tengo que leerme, sobre el tema de la Embajada del Perú en el año 80, y de inmediato pensé lo mucho que le habría gustado leerlo. Él siempre se quejaba de que El Mariel y su mal llamada “generación” habían opacado todo lo que aquello significó. Personalmente añado que es ésta es sólo una agrupación de vencedores por pura suerte o destino y que muy poco han tenido en cuenta a los de la Embajada del Perú y a los “marielitos” que nos quedamos en “plataforma insular” con menos libertad, mucho más terror, más hostigamiento, y el rechazo y la lapidación de muchos de los que antes éramos todos amigos. Hace poco leí en un comentario o en un post de algún blog que apenas existía documentación fotográfica de aquellos “amores en tiempos de cólera”, y realmente me quedé anulado por la imbecilidad del cuestionamiento: ¿es que acaso no recuerdan que no existían apenas máquinas fotográficas? ¿es que pensaron que alguno de los implicados pensó que aquello podía ser el “picnic” de Kim Novak y William Holden? Y ¿qué hacían entonces nuestros heroicos neo-patriotas desde sus bureaus de mayimbes, periodistas oficiales, o sus ratoneras-armarios de oportunistas al acecho que en muchos casos ni siquiera sabían que lo eran?
En fin, Oscar tenía razón. Los héroes son los perdedores. Y para estos héroes sólo hay locura, miseria, menosprecio. Porque al fin y al cabo, ¿qué heroicidad hizo Oscar en toda su vida? Pues SER ÉL MISMO, tanto allí como aquí, pero no veo que el mundo vaya en la dirección de premiar alguna vez LA DIGNIDAD.
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*Oscar León Morell (Florida, Camagüey, 1950-Madrid, España, 2009)
© 2010 David Lago González
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