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martes, 28 de junio de 2011

CLAUDIO MAGRIS - Gracias, Federico Sánchez

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CLAUDIO MAGRIS

Gracias, Federico Sánchez

La Fundación Amigos del Museo del Prado celebra hoy un homenaje al autor de 'La escritura o la vida', fallecido el pasado día 7. Con ese motivo, el escritor italiano Claudio Magris le rinde tributo en este texto que adelanta EL PAÍS

CLAUDIO MAGRIS 28/06/2011

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Gracias/Federico/Sanchez/elpepicul/20110628elpepicul_3/Tes

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La escritura -la verdadera escritura, que de uno u otro modo mira siempre a la cara a la Medusa- es como el rostro de Jano, bifronte: mira a la vida y, con igual necesidad, a la muerte. Son muy pocos los escritores que, como Jorge Semprún, obligan a ajustar cuentas con esta descarnada verdad. La escritura sustrae del oscuro, obtuso y necesario impulso de vivir en cualquier caso, aunque se haya pasado a través del infierno del lager. La escritura, ha dicho Semprún en un diálogo con Elie Wiesel, "me encierra en la muerte asfixiándome"; lo envuelve de nuevo en aquel "extraño olor" a carne quemada que salía de la chimenea de Buchenwald. Ese olor es la muerte, que Jorge Semprún ha afrontado y atravesado con indomable coraje por amor a la libertad de todos. Para continuar viviendo, quien ha regresado tiene también en parte que olvidarlo; tiene que actuar, pensar, amar, luchar como si aquel hedor no se hubiese quedado para siempre en su sentido del olfato, como si su mirada no conservase para siempre las imágenes del horror del lager. Pero ese impávido combatiente por la humanidad que es Semprún solo puede continuar viviendo si continúa hablando también en nombre de quien, a diferencia de él, no ha regresado del infierno del lager y no puede hablar: "No puedo vivir si no me hago cargo de esa muerte a través de la escritura, pero la escritura me impide literalmente vivir".

La escritura sustrae del oscuro, obtuso y necesario impulso de vivir

'El largo viaje' nos enseña a mirar a la abominación y a la magnanimidad

El movimiento de la escritura acompaña e ilumina al de la vida

En nombre de la justicia y la dignidad criticó la perversión del comunismo

Jorge Semprún, en la más difícil cuadratura del círculo, ha conseguido conciliar una radical, extrema fidelidad a la muerte que él ha atravesado, y en la que muchos de sus compañeros se quedaron, con una cálida, fraterna y sanguínea fidelidad a la vida. Su existencia de hombre que se ha "librado de la muerte" -como él escribe-, siempre en peligro de ser "un superviviente de servicio", encuentra un sentido en el testimonio de quienes no se han librado ni han sobrevivido; pero a la vez es puesta sin embargo continuamente en peligro al volver a sumergirse en aquel horror, negándose a que conste en acta.

Semprún da la respuesta más alta, más auténtica y convincente a la famosa frase de Adorno, según el cual después de Auschwitz es imposible escribir poesía, frase que plantea implícitamente el problema de la necesidad de escribir a pesar de ese irrefutable diagnóstico. Ha respondido con El largo viaje, un libro fundamental para la condición humana, que forma parte para siempre de nuestra vida y nos enseña a mirar cara a cara a la abominación y a la magnanimidad de las que es capaz el hombre. Ha respondido también con muchas otras obras -novelas, escritos autobiográficos, ensayos, guiones de cine-.

Su modo de escribir está impregnado de un compromiso ético-político capaz de renovarse, de regenerarse, de ponerse en solfa y crecer. El suyo es el ejercicio, extraordinariamente creativo, de una escritura permanentemente abierta e interminable al igual que el análisis del que hablaba Freud; siempre dispuesta a reconsiderarse y ponerse en entredicho, con empedernida fidelidad a sus propios valores y lúcidamente atenta a la transformación de los sentimientos con los que esos valores son vividos y puestos a prueba por los sucesos que tienen lugar entretanto. Ese trabajo de Penélope en la tela de la escritura caracteriza ya a El largo viaje y está presente, infatigable y creativo, en sus siguientes obras.

De esta forma, Semprún ha conseguido vencer al olvido -que tan a menudo reclama su propia necesidad para poder sobrevivir- y no dejar a un lado la presencia del Mal radical, de lo absolutamente inhumano, y a la par ha logrado impedir también que la vida quedase atrancada en la obsesiva repetición de esa experiencia del Mal, y que las indecentes mutilaciones infligidas a la humanidad por el lager ahogasen para siempre la dignidad, la valentía, la vitalidad y hasta incluso la capacidad de tender a la felicidad. Poesía después de Auschwitz que asume en sí misma integralmente el horror de Auschwitz.

Así es como Jorge Semprún, número 44904 de Buchenwald, fichado como "rojo español", pone el dedo en la llaga de la aniquilación del yo y de la "novela del horror" en la que tan a menudo se presenta la vida, pero es así también como atraviesa esos tremendos vórtices, marcado para siempre pero también para siempre capaz de gallarda fraternidad, un amigo que uno querría tener a su lado tanto cuando se está de fiesta como cuando arrecia el leviatán. Como él mismo escribe, es capaz de "desahuciarse" de su relato, superando todo resentimiento, pesadumbre o narcisismo subjetivos y restituyendo de ese modo al yo su concreta universalidad, que ningún horno crematorio puede reducir a cenizas.

Semprún sabe muy bien que la "cálida vida", como la llamaba Saba, hay que buscarla y encontrarla a través de los laberintos de la ambigüedad y de la nada. Su grandeza consiste en la capacidad de afrontar las irreparables laceraciones que el mal inflige a la existencia con una denodada fidelidad a lo humano, a la fraternidad, al coraje. En este sentido, Semprún es -como escritor y antes aun como hombre- un clásico. Pero un clásico sabedor de que se encuentra en el ojo del huracán de la Babel contemporánea y de su literatura, que exige tener que vérselas con el desdoblamiento, con la pérdida de identidad, con la ficción necesaria para hacer verosímiles cosas espantosamente verdaderas (como las que han acaecido en el lager, pero no solo esas) que de otra forma resultarían increíbles.

Jorge Semprún, alias Federico Sánchez -en cuyo nombre ha escrito incluso una autobiografía, escritor español pero también francés que, por tanto, conoce por experiencia el desplazamiento y el desarraigo lingüísticos que son tan esenciales en la literatura contemporánea-, narra también la vida desdoblándose, desplazando episodios y personajes, disimulando invenciones en memorias y memorias en invenciones, pero restableciendo al final la verdad de los hechos, una verdad que se ha encontrado a través de la odisea narrativa que se adentra en los meandros de la existencia y de la mente, en las marañas en las que el recuerdo se mezcla a la realidad del momento en el que vuelve a aflorar y en el que memoria y olvido combaten una reticente batalla, cada uno con las razones que le son propias. El movimiento de la escritura acompaña e ilumina al de la vida, ya sea despojando a este último de la costra de sus muchas escorias ya sea corriendo el riesgo de falsearlo; pocos escritores se muestran tan conscientes como él de esa doblez de la escritura, de su decir la vida tragándose la vida, como quien la ha puesto en evidencia en páginas inolvidables dedicadas a la grandeza de Kafka y a la falsedad de su relación, "literaria" y no vital, con Milena.

Semprún ha desempeñado un relevante papel político, desde su militancia clandestina antifranquista a su cargo de ministro de Cultura del Gobierno de Felipe González. Ha atravesado el comunismo, en un principio militando en él con pasión y desempeñando funciones eminentes y después separándose del mismo con una durísima crítica, pero -a diferencia de tantos otros arrogantes excomunistas convertidos, tan prestos al fácil escarnio- sin olvidar ni renegar, aun en el rechazo de la osteoporosis política y de las muchas falsificaciones ideológicas del partido, el "coraje y la fraternidad" y "la atención a la idea del hombre" que el comunismo le infundió a él igual que a muchos otros, dando de esa forma el impulso para combatir por la libertad, la justicia y la dignidad. En nombre de estas últimas, que fue el comunismo sobre todo quien le enseñó a amar, es como Semprún critica despiadadamente la perversión que el propio comunismo puso en práctica. Hay una virtud que Jorge Semprún nunca ha perdido, ni en la polémica ni en los momentos de desolación, una virtud que Kant considera la premisa fundamental de todas las demás: el respeto. Es también este, junto a su fuerza poética, el que hace de él humanamente un gran hombre. Gracias, Federico Sánchez.

Traducción de J. Á. González Sainz.

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miércoles, 8 de junio de 2011

Olvidos entrecomillados

Ante el fallecimiento de Jorge Semprún –a quien realmente España nunca ha tratado como merece— el secretario de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, resalta su valía como “luchador antifranquista”, pero olvida referirse a él como un hombre digno y honesto, al que minutos antes había oído decir en la última entrevista que le hizo RTVE, que las terribles e injustas diferencias del mundo no podían de ninguna manera ser resueltas por el comunismo.

DLG

QUOTES TO REMEMBER - Jorge Semprún

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El individuo es lo irrecuperable por las ideologías.

Jorge Semprún

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Ha muerto JORGE SEMPRÚN en París

Hágase el silencio.

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Jorge Semprún, por Daniel Mordzinski

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No hay palabras.

jueves, 15 de abril de 2010

PATXO UNZUETA - Semprún y las fosas de Katyn (y Garzón)

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PATXO UNZUETA

Semprún y las fosas de Katyn (y Garzón)

http://www.elpais.com/articulo/espana/Semprun/fosas/Katyn/Garzon/elpepiesp/20100415elpepinac_17/Tes

PATXO UNZUETA 15/04/2010

 

Jorge Semprún nació en Madrid en 1923, se exilió en Francia en 1939, formó parte de la Resistencia, estuvo preso en un campo de concentración nazi, luchó contra Franco en la clandestinidad, fue disidente antiestalinista y ministro de un Gobierno socialista en España. Además, Semprún es un gran escritor. En pocas personas la vida y ese oficio avanzan tan unidos: es a la vez autor y protagonista de gran parte de su obra. No es casual que así sea, pues su biografía es en sí misma novelesca.

Tres meses después de su liberación, el campo nazi de Buchenwald fue reabierto por los soviéticos

Una memoria compartida implica reconocimiento por la democracia de las víctimas de ambos bandos

Pero hay algo en esa biografía que no resulta exactamente novelesco, aunque sí admirable: Semprún ha estado en cada momento en el lugar en el que había que estar. No es difícil hallar personajes que, al contrario, se caracterizan por llegar siempre tarde, cuando el peligro ha pasado; personas que se sintieron sinceramente antifranquistas, pero sólo después de la muerte de Franco, o cinco minutos antes; combatientes de la Resistencia cuando la División Leclerc desfilaba ya por los Campos Elíseos; críticos con las dictaduras del Este europeo después de la caída del Muro.

No es necesario recordar que Semprún no aguardó a que la historia decidiera de qué lado estaba la razón, o al menos las mejores razones, para comprometerse con una causa que resultó la más humana, o la menos inhumana, de cada momento.

El lunes pasado estuvo en Buchenwald, el campo nazi en el que fue recluido a sus 19 años. En su discurso, cuyo contenido había adelantado en EL PAÍS una semana antes, consideró que Buchenwald es un lugar idóneo para hablar de Europa (de la tragedia de la Europa del siglo XX), pues tan sólo tres meses después de ser liberado por los aliados fue reabierto por los soviéticos que ocupaban esa zona de Alemania. Y añadió, teniendo a la vista la chimenea del crematorio nazi y el bosque plantado por las autoridades de la RDA para ocultar las fosas comunes en las que enterraron a miles de presos del campo, que sólo tras la caída del Muro pudo Buchenwald "asumir sus dos memorias, su doble pasado" nazi y estalinista.

Cuando escribió el artículo ignoraba que dos días antes de leerlo en Buchenwald se produciría el accidente aéreo en el que perecieron el presidente y gran parte de la cúpula del Estado polaco, que se dirigían precisamente a rendir homenaje a las víctimas de la matanza de Katyn, un bosque próximo a la ciudad rusa de Smolensk en el que fueron asesinados en 1940 por los soviéticos miles de soldados y gran parte de la élite dirigente polaca. Ese nombre ha quedado unido para siempre a la infamia, además, porque durante decenios los soviéticos aseguraron que la matanza la habían perpetrado los nazis.

Las dos memorias. El mismo día en que Semprún leía su discurso en Buchenwald, se publicaba en La Vanguardia un memorable artículo en el que Antoni Puigvert reseñaba un libro de Miquel Mir y Mariano Santamaría sobre la violencia anticlerical en la Cataluña republicana de 1936, cuyas atrocidades no difieren mucho, dice Puigvert, de las que sufrieron los republicanos asesinados con extrema impiedad por patrullas falangistas en la zona ocupada por Franco. El argumento de que no es comparable una violencia con la otra, aduciendo que la de los franquistas fue sistemática mientras la otra era obra de incontrolados y fruto de la justa ira popular, o porque no es equiparable el número de víctimas de un lado y otro, pesa poco para cada memoria humana particular, a la que la estadística difícilmente aporta consuelo.

Las víctimas del lado franquista ya tuvieron su reconocimiento en los 40 años posteriores, se alega también. Pero de lo que se trata es de la asunción de las dos memorias; el reconocimiento por la España democrática de todas las víctimas injustamente asesinadas en ambos bandos es condición para fundar una memoria compartida. Pareció así establecido hasta hace poco, pero la herida ha vuelto a sangrar y el tema está ahora más candente que nunca por el inminente juicio al juez Garzón.

Paul Watzlawik teorizó hace años sobre lo que llamó ultrasoluciones: la fórmula infalible para convertir un problema en irresoluble es buscarle una solución tan extrema que provoque el caos. Garzón buscó una solución exagerada para atender al amparo solicitado por familiares de víctimas del franquismo que querían inhumar a sus deudos, y, queriendo justificar su competencia como juez penal en el caso, tomó iniciativas cada vez más radicales, incluyendo una reinterpretación de la Ley de Amnistía de 1977 como equivalente a las de punto final del Cono Sur. Con efectos fuera del marco judicial, tan delirantes como el surgimiento de voces que reclaman la derogación de la Amnistía de 1977 con el argumento de que fue un autoindulto franquista. O el deslizamiento desde la deslegitimación de la Transición, por haber permitido gobernar a los herederos del franquismo, a la del Estado democrático.

Al aceptar a trámite las querellas por prevaricación, el magistrado Varela también optó por la vía de la ultrasolución. La prevaricación no sólo es un delito gravísimo; también lo son, al margen de cuál sea la sentencia, las consecuencias del enjuiciamiento mismo, que implica la suspensión cautelar del magistrado (y el cuestionamiento de su autoridad moral). Los argumentos para dar vía libre al procedimiento contra Garzón (lo afirmado en la querella "no es algo que pueda considerarse ab inicio ajeno al tipo penal de la prevaricación, al menos como hipótesis", etc.) podrían ser empleados por querellantes audaces contra Varela, como ya han anunciado dos asociaciones de memoria. Seguramente hay muchas personas contrarias a las iniciativas de Garzón, pero más contrarias a que por ellas se le inhabilite. Lo cual tal vez explique en parte esta ola aparentemente imparable que nos anega.

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NOTA DEL BLOGGER:  Magnífico artículo de Patxo Unzueta que, partiendo de la figura de Jorge Semprún, su discurso por Buchenwald, y lo sucedido antes y ahora en Katyn, engarza justamente tanto pasado y tanto presente con vocación de futuro.

El siglo XX se caracteriza por no haber dejado nada absolutamente resuelto, lo cual constituye la peor herencia con la que ha podido empezar el actual XXI porque, lejos de dilucidarse las diferencias perfectamente equiparables, éstas parecen ser avivadas continuamente por gente que verdaderamente no adivino —o no quiero imaginar— adónde quieren conducir el futuro —si ellos mismos son capaces de detenerse a pensar en sus propios actos... Hay en todo una radicalización extrema soterrada y sometida a un eufemismo semántico e hipócrita que no sé cuál de las dos cosas infunde más temor.

Creo que siempre es mejor utilizar el plomo en los pies (andarse con pies de plomo) antes de destinarlo a metralla y a hondas modernas y sofisticadas. Lamentablemente me parece que la mayor parte de la gente no piensa así y, repito, si es que en verdad piensan.

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Las partes subrayadas y puestas en negrita por mí en el texto de Patxo Unzueta, son puntos de contacto que distingo en relación a la situación cubana, dirigidas sobre todo a aquellos que consideran nuestro país de origen como gran ombligo universal (que no viene a ser más que otra de las “taras pequeño-comunistas” que La Revolución nos ha legado).

David Lago

lunes, 5 de abril de 2010

JORGE SEMPRÚN - Mi último viaje a Buchenwald (publicado en La Cuarta Página, El País, lunes 5 de abril de 2010)

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Andrei Tarkovsky - film still from Stalker, 1979

(Andrei Tarkovsky - film still from Stalker, 1979)

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TRIBUNA: JORGE SEMPRÚN

Mi último viaje a Buchenwald

Los escritores son los únicos capaces de mantener vivo el recuerdo de la muerte. En ese campo de concentración, que fue nazi y después estalinista, pueden encontrarse las raíces de la construcción de Europa

JORGE SEMPRÚN 05/04/2010

http://www.elpais.com/articulo/opinion/ultimo/viaje/Buchenwald/elpepiopi/20100405elpepiopi_15/Tes

Ya no se trata de luchar contra los totalitarismos, dice Magris, sino combatir los particularismos

Cuando todos los testigos hayan desaparecido, permanecerá todavía viva la memoria judía

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En un magnífico artículo, Catherine Herszberg evocó hace poco (Libération, 13 de febrero) una visita a Auschwitz, con ocasión del 65º aniversario del descubrimiento del campo por parte del Ejército Rojo. Acompañó allí a una vieja familiar, antigua deportada. Y su relato -lleno de ironía corrosiva, una mirada precisa y una emoción contenida- confirma con brillantez una idea que comparto desde hace años: la escritura y los escritores son los únicos capaces de mantener vivo el recuerdo de la muerte. Si no, si los escritores no se apoderan de esa memoria de los campos de concentración, si no la hacen revivir y sobrevivir mediante su imaginación creadora, se apagará con los últimos testigos, dejará de ser un recuerdo en carne y hueso de la experiencia de la muerte.

El texto de Catherine Herszberg se titulaba precisamente, de forma premonitoria, Los funerales de la memoria.

Sin embargo, pese a la pertinencia entristecida de ese relato, pese a su análisis lúcido y desengañado de las trampas, las dificultades y los errores inevitables de las conmemoraciones oficiales, el 11 de abril estaré en Buchenwald, en la explanada en la que se pasaba lista a los prisioneros, para tomar la palabra durante la ceremonia conmemorativa de la liberación del campo por parte de los soldados estadounidenses del Tercer Ejército del general Patton. He aceptado la invitación que me han hecho la ministra-presidenta del Gobierno de Turingia, Christine Lieberknecht, y el director del Monumento de Buchenwald-Dora, mi amigo el profesor Volkhard Knigge.

¿Por qué lo he hecho, por qué motivos?

Por una razón principal, de la que derivan todas las demás, que son complementarias: porque es la última vez. Quiero decir, desde luego, la última vez para mí. Dentro de cinco años (las conmemoraciones oficiales, probablemente para subrayar su solemnidad, se celebran con un ritmo quinquenal), en el 70º aniversario del descubrimiento y la liberación de los campos, yo ya no estaré.

Por última vez, pues, el 11 de abril, ni resignado a morir ni angustiado por la muerte, sino furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que pronto ya no estaré aquí, en medio de la belleza del mundo o, por el contrario, en su grisácea insipidez -que en este caso concreto son la misma cosa-, por última vez, diré lo que creo que tengo que decir.

¡Se comprenderá que no quiera perderme semejante ocasión!

En primer lugar, la explanada de Buchenwald, bajo el viento glacial del Ettersberg -un viento de una eternidad mortífera, que sopla sin cesar, incluso en primavera-, es un lugar idóneo para hablar de Europa. Porque Buchenwald fue un campo nazi hasta abril de 1945. Los últimos deportados, partisanos yugoslavos, salieron de él en junio de ese año.

Ahora bien, el campo volvió a abrirse en septiembre con el nombre de Speziallager n° 2, campo especial número 2 de la policía soviética en la zona de ocupación rusa.

Fue en 1950, tras la creación de la República Democrática Alemana (RDA), cuando el campo se cerró y se transformó en lugar para el recuerdo. Pero hubo que esperar a 1989, a la caída del Muro de Berlín y el imperio soviético y la reunificación democrática de Alemania, para que Buchenwald pudiera asumir sus dos memorias, su doble pasado de campo de concentración sucesivamente nazi y estalinista.

Es, por tanto, un lugar ideal, único, para reflexionar sobre Europa, para meditar sobre su origen y sus valores. Para recordar a los jóvenes visitantes -miles cada año-, a los estudiantes del mundo entero que hacen allí cursillos de historia, que las raíces de Europa pueden encontrarse en ese lugar, en las huellas materiales del nazismo y el estalinismo, contra las cuales, precisamente, se inició la aventura de la construcción europea. Unas huellas visibles a simple vista: en lo alto de la colina, la chimenea achaparrada del crematorio, apagada para siempre, recuerda a las decenas de miles de muertos del campo nazi, a quienes encontraron su tumba en las nubes, como escribió Paul Celan. Al pie del Ettersberg, en cambio, en los límites del antiguo campo de cuarentena, un joven bosque plantado por las autoridades de la RDA oculta las fosas comunes en las que están sepultados, en desorden, anónimos, los miles de cadáveres del campo estalinista.

Es un lugar ideal, la explanada de Buchenwald, para recordar el origen de Europa, pero también para pensar en su futuro, en este momento de crisis, involución, falta de aliento y empuje. Un momento en el que viene a la memoria la frase de Edmund Husserl, pronunciada en Viena en 1935, en pleno apogeo de los totalitarismos: "El mayor peligro para Europa es el cansancio".

Hoy, para emplear las palabras del gran escritor europeo Claudio Magris, lo fundamental ya no es luchar contra los totalitarismos, sino combatir los particularismos, convertir esta problemática suma de 27 países libres en una estructura multiforme y orgánica con una misma razón democrática.

Por otra parte, parece que este año participarán en las ceremonias de conmemoración veteranos estadounidenses del Tercer Ejército de Patton. Una ocasión perfecta para recordar el papel decisivo que desempeñaron en la liberación del campo los soldados afroamericanos de los batallones de choque, los jóvenes soldados hispanos del sur de Estados Unidos, con un habla castellana fluida y melodiosa, los hijos de los granjeros de la Norteamérica profunda que descubrieron, en aquella guerra justa y terrible, los valores universales de su democracia. El 11 de abril de 1945, mientras las vanguardias acorazadas de Patton, después de vencer y dispersar a la guarnición de Buchenwald y los hombres de la división SS Totenkopf, atacaban con éxito Weimar -rodeando el campo propiamente dicho, al que los estadounidenses no volvieron hasta 24 horas más tarde-, un jeep del ejército se presentó en la inmensa entrada del recinto.

Un jeep solitario en el estrépito de la batalla. Dos hombres de uniforme. Uno de ellos era civil, quizá periodista. El otro era un oficial, primer teniente. Pero lo importante no es eso. Lo importante son sus nombres. El civil se llamaba Egon W. Fleck, el oficial, Edward A. Tenenbaum. Decid estos nombres en voz alta y contened vuestras risas, contened vuestras lágrimas. Dos judíos norteamericanos fueron los primeros en franquear la entrada al campo de Buchenwald, acogidos como vencedores por los hombres en armas de la resistencia antifascista.

En los archivos estadounidenses puede verse el informe preliminar sobre Buchenwald que redactaron Fleck y Tenenbaum el 24 de abril de 1945 para sus superiores militares. Todavía se sienten su sorpresa, su trastorno y su emoción, tanto tiempo después. Pero esta increíble ironía de la Historia, esta burla ontológica que significa la presencia de Fleck y Tenenbaum (judíos americanos, pero de origen alemán bastante reciente; la prueba está en su informe preliminar, redactado en inglés pero en el que emplean la palabra alemana panzerfaust para referirse al bazuca, el arma individual anticarros) en la puerta de Buchenwald, esta maravillosa casualidad, nos remite a una verdad indiscutible.

Cuando todos los testigos -deportados y resistentes- hayan desaparecido, pronto, de aquí a unos años, permanecerá todavía una memoria viva, personal, de la experiencia de los campos de concentración, una memoria que nos sobrevivirá, que es la memoria judía. El último que recordará, mucho después de nuestra muerte, será uno de esos niños judíos que vimos llegar a Buchenwald en febrero de 1945, evacuados de Auschwitz, después de haber sobrevivido milagrosamente al frío, el hambre, el viaje interminable en vagones de mercancías, con frecuencia a la intemperie, para dar testimonio en nombre de todos los desaparecidos, los náufragos y los escapados, los judíos y los goyim (los no judíos), las mujeres y los hombres. ¡Larga vida al tornasol judío que refleja toda nuestra muerte!

Jorge Semprún es ex ministro de Cultura. Perteneció a la resistencia comunista y fue deportado de Francia a Buchenwald en 1943. © Le Monde, 2010. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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NOTA DEL BLOGGER: Cuando el talento y el sufrimiento coinciden, el resultado es una sola palabra contundente y explosiva que contiene a todas las demás palabras del universo.

Verdaderamente, como dice aquí Jorge Semprún, si del hecho de escribir se desprende una misión social, es la de ser constancia viva del tiempo del escritor e incluso superarlo para convertirse en advertencia contra el olvido. No es regodearse en el pasado: es alertar sobre el peligro de que un hecho lamentable del pasado se regenere y adquiera nuevas formas para hacerse presente en el futuro. Y es doloroso que estas voces sean tan pocas y aisladas.

La coincidencia formalmente antagónica pero íntimamente semejante que se describe en este magistral artículo va desde el amplísimo escenario europeo a cualquier particularismo del mundo occidental contemporáneo que ha derivado de malgastar la vida tirando de los dos extremos de una misma cuerda atada a una misma razón o sinrazón. ¡Con cuánta facilidad, y con cuánto espanto, el hombre se equivoca cuando piensa alto, por encima de su pobre e insignificante cabeza!

Desde el ostracismo y la oscuridad del cajón de mi mesa, le digo simplemente:

¡gracias, Sr. Semprúm!

© 2010 David Lago González

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