jueves, 14 de abril de 2011

Cosas de los políticos (¡Llamad a Todorov!)

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La “ocurrencia” del alcalde de nuestra hermosa ciudad es justamente una de las cosas sobre las que alerta Tsevan Todorov en su libro sobre los totalitarismos y cómo los estados democráticos pecan igualmente de sacar a relucir vestigios de un feo y deplorable absolutismo. Gallardón propone, o comenta públicamente que quiere proponer que se emita una ley que permita retirar de las calles a los mendigos y personas que viven en ellas, basándose en que, según sus informes, los servicios municipales de asistencia poseen suficientemente bien de brindarles a esas personas un techo bajo el cual dormir (y también ser apaleados o quemados vivos o muertos por otras artes de la respetable empleomanía que no tiene tal desgracia). En los (very) últimos años que viví en Camagüey comenzaron a proliferar alcohólicos callejeros –entre ellos, Blas Carmenates, un señor y bella persona que había sido compañero mío de trabajo en la Presa Najasa— y las autoridades represoras cubanas los recogían a la fuerza a cada rato, los mantenían alejados de la calle por unos días, pero después ellos volvían a pulular alrededor de las farmacias. Sí, de las farmacias, porque era de donde conseguían alcohol de 96º para hacer sus mejunjes y caer en la ensoñación etílica profunda. Durante los dos meses del Éxodo de El Mariel, en 1980, a este tipo de personas que pululaban por las calles los recogieron y los mandaron con destino a La Florida, de regalo al tonto de Jimmy Carter como sana contribución a su reelección presidencial; y también mandaron a un nutrido grupo de ingresados en los manicomios del idílico sistema de salud cubano que hasta ha merecido la promoción cinematográfica y el boca a boca publicitario de todas las fuerzas de la izquierda democrática. Claro, si comparamos con los nazis o los errores del “accidente” estalinista, lo que acabo de decir palidece, y mucho más palidece el propósito de “saneamiento” de Gallardón, pero ¿no son todos variantes de una misma idea desacertada que deja mucho que desear de quien la piensa (y de los que la justifican)?

A Gallardón no le basta con cargarse los parques de Madrid. Incluso la misma Plaza de Santa Bárbara, por donde todas las mañana saca a pasear a su perrita pequinesa llamada cariñosamente “Chichí”. Transformar hasta el reposicionamiento sexual absoluto la Plaza de Tirso de Molina sin que para nada se haya solucionado el trapicheo de droga y la concentración de desgraciados drogatas en un botellón solapado continuo, imagen que no logran acallar los puestos de flores ni las dos terrazas de las dos únicas cafeterías que han sobrevivido. Levantar un ¿parque? en Mesón de Paredes que es todo un canto elegíaco a la segregación racial para el África sub-sahariana. Sustituir los bancos clásicos de los parques por trozos de hormigón de dudosa arquitectura soviética. Deshumanizar el urbanismo local con osados gustos de nuevo rico (cuando en definitiva él no pertenece a esa clase). No basta tampoco con rapiñar a los vendedores de El Rastro. Ahora quiere barrer bajo la alfombra de la Gran Vía a todos los que han terminado perdiendo la partida y han pasado a engrosar la cola de los perdedores.

© 2011 David Lago González