sábado, 6 de septiembre de 2008

In the loving memory of Richard Lopez

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Una vez, caminando por una calle de Nueva York, vi en la acera a un vagabundo con un cartel que decía:
“Estamos en primavera y yo soy ciego”.

Simón Peres

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Estamos en primavera y yo soy ciego.

Union Square se ha oscurecido como una tormenta tropical en pleno mar

y las moradas nubes, como hematomas de Dios, como racimo de prietas uvas,

apisonan mi espalda contra el lecho de hierba de este endeble bote con el que zarpé

siempre preguntándome qué hacer en los próximos diez minutos.

La pregunta más cruel que ser humano puede hacerse

cuando vive en una tierra rodeada de agua por todas partes

y todas las salidas se vuelven líquidas,

y todos los sueños se vuelven nubes,

y todo lo que nos proponemos se nos escurre entre los dedos.

Por suerte, yo ya soy ciego y ahora, nunca jamás

de aquí en adelante, la primavera me hará daño.

No tendré que aguardar por ella;

no tendré que temer por la irrupción violenta del verano

con su húmeda comezón y su referencia de luneta de cine de barrio.

Al ser ciego, tampoco tendré que hacerme la maldita pregunta,

y lo que es peor: intentar encontrar la respuesta.

Sólo deseo

que aquella ardilla que regaló su nuez a Rafael Bordao

como queriendo compartir la vida,

pueda encontrar mi mano entre la hojarasca de Union Square,

forzar su rigidez,

y guardar en ella otra nuez como ésa,

que me haga compensar la desdicha de no haber sido ciego durante tantos años.

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© 2000, David Lago González

(Madrid, 29 de febrero del 2000)

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NOTA DEL AUTOR: Esta misma semana murió en New York mi amigo Richard López (former Tolón, a.k.a. Cuca West). Murió bailando en una fiesta privada, pero estaba tan larga y desahuciadamente “acatarrado” como lo estoy yo y viviendo de prestado gracias a la magia y los caprichos del destino.

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A Richard ya lo han matado varias veces. Hace no sé cuántos años me encontré con Rogelio Quintana en la calle y me dijo de su muerte. Después escribí este poema, con esa hermosa cita que vi en alguna parte escrita por Simon Peres y que posteriormente he visto firmada por alguna otra persona famosa... ya sabemos que la fama confunde y luego no se sabe quién dijo qué, cuándo y dónde, pero, a pesar de ella, es un bello exergo.

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Pasada otra cantidad de tiempo, un día hablaba con mi amigo, el pintor Osvaldo Lugo, y le comenté sobre la muerte de Richard. “A no ser que haya visto a un fantasma,” dijo, “yo he estado con Richard ayer noche”. Como somos absurdos y contrarios, yo le comenté que hasta le había escrito un poema y, como somos absurdos y contrarios, él concluyó: “no importa, ya se morirá algún día y así ya lo tienes escrito”. De cualquier forma, yo me apresuré a borrar los vestigios de la dedicatoria por considerarlos de mal gusto.

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Posteriormente, Richard y yo hablamos frecuentemente, hasta que anteayer Jesús Selgas le pasó un mensaje a un amigo común para darle la novedad.

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Lamento que haya muerto pero celebro que haya sido bailando como Alaska que se pasaba todo el día bailando y la co©telera agitando porque pienso en el potencial calvario que haya podido ahorrarse. Y lamento muy sinceramente que mi poema por fin tenga una dedicatoria póstuma, pero en fin, c’est la vie, y en estas misteriosas artes de la poesía nadie sabe ni sospecha todas las profecías.

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In the loving memory of Cuca West.

IMPLACABLE VISITANTE. Text by Richard Lopez. Video by Arcadio Ruiz.

(C) Richard Lopez & Arcadio Ruiz, 2008.

 

We're all sentenced to solitary confinement inside our own skins, for life.

Texts by Richard Lopez.   Video by Arcadio Ruiz ...

Este vídeo fue realizado por Richard López y Arcadio Ruiz en algún momento de la primera mitad de este año.  Yo no lo conocía.  Me lo señaló una prima de Richard, Mirta, que recién me ha escrito ahora a partir del fallecimiento de Richard.

Con el permiso de Heriberto, colgaré el post que dediqué a Richard en Indicios de Desorden.

Y... en fin... perdonen el desorden: "meu casa é povre pero limpinha".

miércoles, 3 de septiembre de 2008

MOLESKINE (2)

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Moleskine

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Lunes, primer día de la semana laboral. Pero yo no trabajo: desde hace años lo “dejé”, gracias a los resultados en La Bolsa (o en Mi Bolsa): “suerte” que tenemos algunos...

La temperatura en mi PC marca 16º y son las 8 de la mañana. Tener este friecillo matinal en el seco clima de Madrid es una bendición. Otra es la hora temprana. Ya está amaneciendo un poco más tarde, creo que sobre las 7. Yo duermo con las dos contraventanas del balcón abiertas de par en par y cuando más, me tapo solamente con una sábana, incluso a veces es una sábana vieja de la época en que llegamos y vecinos y amigos de amigos nos regalaron cosas que ya no querían. Me gusta despertarme al sonido de los móviles (sonajeros, no sé qué otro nombre puedan tener) que cuelgan de los hierros de la balconada, hierros originales del siglo XVII. Levantarme tarde me pone de mal humor: cuánto tiempo pierdo en brazos de otro hombre que no soy yo.

Como mi grado de dispersión es cada vez más acusado, galopante y pericoloso, pongo en práctica inmediata el ardid de levantarme como si fuera una hormiguita atómica: lavarme la boca, las abluciones propias de mi sexo, vestirme, el zumo correspondiente, la ingesta de numerosas pastillas en las que no me detengo a pensar porque tengo rechazo psíquico a tragarlas, todo eso corriendo corriendo volando, sin darme tiempo al desliz mental, cojo el mp3 o la máquina de fotos o las dos cosas, y bajo sin pisar los escalones.

Ya en la calle, me encamino a Wooster a desayunar. Mientras me tomo mi café con leche y dos (María) magdalenas que hacen riquísimas, allí mismo, leo el periódico. Prefiero la terraza, claro está, pero en Madrid hay que luchar contra dos cosas: los molestos fumadores y el olor a orín que despiden las paredes. No riegan, ni los vecinos ni el alcalde. Se está produciendo una especie de regresión a los tiempos medievales en que todavía no nos habían invadido los moros y el grito de “¡Agua va!” convertía esta ciudad en un chiquero impresionante. Por eso procuro las últimas o las primeras mesas de la terraza, porque quedar apresado entre el humo de los ducados y la peste a meao es algo siniestro, una suerte de empezar mal el día.

Entonces me pongo a leer, decía. Comprar el periódico depende de las fluctuaciones de la (mía) bolsa (pequeña). Y escojo El País. En estos tiempos de radicalismos y fáciles fundamentalismos (que por lo general parten de los que más tienen que ocultar o que disfrazar, aunque sea un “ligero” pecadillo juvenil, una fugaz colaboración con el gobierno de Vichy), desplegar ante ojos cubanos soñadores y nostálgicos la primera plana de ese periódico es ser considerado, en el mejor de los casos, como algo irremediable. “Por ahí pa’llá”, rojo naturalmente, rosado, comunista y, por supuesto, bicho raro. “¿Cómo puedes leer eso?” me preguntan, como si me estuviera llevando a la boca una cucaracha frita pero aún no estuviéramos en China. Espera a que todos estemos bajo la amenaza amarilla y ya no me preguntarás nada.

Bien. Hace ya muchos años contesté esa pregunta. Allá por los 80. Era un amigo de mi entonces pareja. Yo fui “testando”, como dicen los brasileiros, los periódicos y me quedé con El País por un asunto de léxico, o de tono. El ABC por entonces era pura sangre azul y la mía, que posiblemente ya había comenzado a pudrirse, era roja. Aún es roja. Con el paso del tiempo, el ABC, por ejemplo, ha variado muchísimo. He probado con El Mundo, pero me parece un diario tan (disfrazado de serio) amarillista que leer un titular de ese periódico da la impresión de que, cualquier cosa que sea, va a suceder de inmediato, o que incluso ya ha sucedido y uno llega tarde a la noticia. Así que volví a El País, a pesar de Mauricio Vicent. Total, me encuentro con cientos de personas semejantes a cada paso y sin necesidad de abrir ningún periódico. Lo siento por Fondevila, que ya me dijo que me iba a desheredar y no me van a dar el aprobado en el examen de pureza patriótica, pero qué se le va a hacer: todos no podemos ser mártires y al mismo tiempo beatos, como le pasa al pobre muerto de Arenas. Y yo lo tengo claro: no aspiro ni al escudo ni al altar.

Modestia, humildad: en verano la terraza y en invierno el salón. En Wooster siempre, naturalmente.

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(Madrid, 2 de septiembre de 2008)

© David Lago González, 2008.

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The Big Times

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www.thebigtimes.com

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----- Mensaje original ----
De: enrique agramonte <thebigtimesmail@yahoo.com>
Para: David Lago-Gonzalez <david2305@yahoo.es>
Enviado: sábado, 30 de agosto, 2008 2:37:41
Asunto: Re: Número 126

Gracias, Da

----- Original Message ----
From: David Lago-Gonzalez <david2305@yahoo.es>
To: thebigtimesmail@yahoo.com
Sent: Thursday, August 28, 2008 2:06:46 PM
Subject: Número 126

Enrique, creo que es el mejor número que has logrado de la revista.  Más que unidad de temas, hay una cierta congruencia entre todos los textos expuestos que convierten el ejemplar en un todo concreto, como en un libro.

Me alegro mucho, por ti y por todos.  Muchas gracias por tu sensibilidad y tu celo por las cosas bellas.

David

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David Lago-Gonzalez

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martes, 2 de septiembre de 2008

MENSAJE, de Antonio Desquirón Oliva

 

 

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© Paul Barnes

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Con olor a hierba seca,

Con polvo,

Con olor a cuero de animal

Perecido a cualquier personaje pampero,

A cualquier canción para dormir al nene

Donde hay un árbol

Y un erial.

Callado, ausente, soportando,

Pensando

Que menos mal que sigue viaje:

Inútil tratar que pase

Ni siquiera un décimo

Ni siquiera una treintava parte.

Sólo para quedarme quieto,

Sólo para que no siga doliendo.

Para no formar tanta alharaca inútil.

¿El mensaje de ese desconocido

Es que por algún sitio,

Por algún camino,

Detrás de alguna cosa,

Cuando menos se piense?

¿En realidad lleva algo

O es solamente un hombre desengañado?

¿Alguien cansado de viajar?

¿Vio de verdad?

¿O es amargura

Y ya?

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Septiembre 1, 2008

© Antonio Desquirón Oliva, 2008.

 

sábado, 30 de agosto de 2008

MOLESKINE (1)

 

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En realidad, lo que estoy haciendo entre estos cuatro blogs que “administro” (“adminístreme usted lo que el pobrecito dejó...”) —o sea, los tres ya conocidos y el último que recién he iniciado— es una suerte de diario, de apuntes, de notas sobre cosas vividas o pensadas que ya no quisiera seguir olvidando. Algo así como una moleskine en línea y en directo. Un pobre remake de aquella terrible y total película de Bertrand Tavernier, “Deathwatch”, con los soberbios y hermosísimos Romy Schneider y Harvey Keitel luchando cada uno por sobrevivir al otro con más coraje y belleza. Un gran cajón de sastre que voy rellenando con cosas a veces un tanto inverosímiles. Cosas simples también, o al mismo tiempo simples, sin importancia. Todo está junto, pero no revuelto, de ahí que existan estos compartimentos llamados “blogs” con los que intento mantener cierto orden. De ahí también que no aluda mucho a lo que se vaya produciendo como últimas noticias en el caso de Cuba. En ese sentido, hay cosas que me tocan y otras no, y estoy demasiado acostumbrado a que lo que se diga hoy o pase hoy, sea tal vez lo contrario de lo que se diga y pase mañana. Y luego termina uno haciendo el papelazo. Yo padezco de un sentido del ridículo enfermizo, que muchas veces, incluso, me ha limitado para el sexo, y la inmediatez para mí ofrece demasiadas aristas cortantes donde uno puede dejarse, no solamente la piel, sino también el cuello: no vale la pena arriesgar tanto. ¿Acaso ese país, y esas gentes, arriesgaron algo por mí? Naturalmente muchos pensarán que a ellos no les va nada de lo que escribo, y yo les digo que llevan razón. Incluso ese extraño señor que me dejó un mensaje hablando sobre mi desparpajo y preguntándome (o preguntándose) si la productora de Pedro Almodóvar no me había contratado ya; qué señor tan extraño: parecía tan convencional y conservador (las dos cosas) y al mismo tiempo estaba tan bien puesto con el nombre de las cosas... no entendí bien si se burlaba de mí o llegaba al insulto. Eso da igual: no es ni el primero ni el último; no practico el sado pero, en sentido figurado, estoy acostumbrado a que me escupan. Hay muchas formas de escupir. Con la boca (la manera literal), con los ojos (propio de la urbanidad burguesa), con los hombros de frente (rechazo), con los hombros de espalda (desprecio total y vituperante). La forma literal la recuerdo sólo asociada a la infancia, en alguna batalla a salivazos. Por suerte no he tenido una experiencia adulta. Tal imagen me es determinante: sólo pude soportar unos cinco minutos viendo a mi icono sexual Manu Maltés haciendo lo mismo que yo hacía de niño, con su amante en la vida real y en la pantalla porno, Edu Boxer, y le tomé un asco que lo sepulté para siempre en el fango del olvido. Pero, en realidad, el que más me descompone es el propio de la urbanidad burguesa. Creo que uno de los grandes aciertos de la Revolución Cubana fue abolir la enseñanza de la urbanidad burguesa (pobre Dr. Cortina, que nos enseñaba “Moral y Cívica” en los Maristas: se habría quedado sin trabajo). Esa guía de conducta nos ha hecho más animales pero también más naturales y sinceros. En este caso, la falta de sinceridad se expresa de otra forma, hay como algo más afilado, una sombra que se proyecta desde la mandíbula hacia delante. Cuando veas eso, no te fíes: esa persona no es trigo limpio.

© David Lago González, 2008

Dragones, brujas y demonios, de Antonio Desquirón Oliva

 

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© Richard Kirk

 

Bajo la inmensa piedra,
Debajo de las aguas
Desaparecí.
No enterrado, ni sepultado,
Ni tachado,
(Muerto tampoco:
Mientras no lo olvidan,
El muerto permanece)
¿Cómo explicar esa ausencia?
Se sabe
Que nunca hubo dragones, ni brujas
ni demonios:
Quizás esa tropa
me recoge,
Quizá estoy
Como detrás de un vidrio
Y por mucho que grito,
Hago señas
Bailo, brinco,
Todo sigue lo mismo.
Simplemente  vacío:
No hay
Dragones, ni brujas, ni demonios.


Viernes, agosto 29/ 2008.

© Antonio Desquirón Oliva, 2008.

 

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lunes, 25 de agosto de 2008

Una llamada de atención

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a Carlos Victoria

y José Rodríguez Lastre

 

Era agosto y, a pesar del agobiante sol del mediodía, David sintió que el frío que habitualmente llevaba dentro traspasaba su piel y volvía a él con un violento espasmo, como algo ya situado fuera de su cuerpo o una especie de boomerang térmico. Al cruzarse con Josep en la escalinata de la antigua Villa María Luisa, éste le había susurrado entre dientes una corta frase en italiano, inofensiva en sí misma e incapaz de acarrear consecuencias trágicas en una situación normal. Pero la que hoy, por segundo día consecutivo, les había traído hasta la casona de La Zambrana no era muy normal del todo.

—Tutto bene, tutto bene—. Era lo que había dicho Josep de retirada, esbozando una fugaz sonrisa, también de medio lado, como las palabras. Y así había atravesado la verja, dejándole a él frente a la puerta abierta que daba acceso a la recepción.

Ante sí, los ojos brillantes del guarda que la atendía quedaron por un momento clavados en la nuca de Josep como tratando de descifrar si detrás de aquella elemental mención de un idioma extranjero, por lo general erróneamente asociado a la frivolidad, no se escondía una clave, una leve señal de la mano, un guiño del ojo. Algo, en fin, a lo que él no tenía acceso. Por un instante, David temió que su amigo fuera llamado atrás de nuevo, desencadenando otra vez todo el proceso o provocando uno nuevo. No era simple paranoia. Él vio el brillo, la intención casi a punto de materializarse, y se apresuró a atajarla haciendo más física su presencia: casi lanzándose sobre el buró preguntó por el Teniente Blanco. El subalterno, un poco despectivamente (en su catálogo de calidades, ellos, los citados, eran sujetos despreciables), le mandó entonces sentarse y esperar. ¿O se lo había ordenado...? Daba igual, de cualquier forma David obedeció, habituado como estaba a hacerlo sin cuestionarse nada.

Le era difícil controlar el leve temblor que le venía por rachas, por olas que de tiempo en tiempo le recorrían el cuerpo, aun cuando en cierta forma se consideraba un experto en materia de ocultar sus temores y sus sentimientos, más por lo acostumbrado que estaba a hacerlo que por la supuesta perfección que hubiera alcanzado. Nunca se alcanza la excelencia total en este campo. Una buena parte de su vida la había pasado temblando ante el temblor oculto de los que habían sabido convertir el suyo en manifestaciones de poder. Esa contención le había ayudado a conservar un tanto menos resquebrajada su dignidad y la propia opinión que tenía de su persona. Esa pizca de libertad individual, tan oculta, tan profunda, silenciosa, muda, inerte, e inerme también, que era lo único que tenía. No había cedido mucho de sí. No habían publicado sus libros, nadie los conocía, a excepción de sus amigos —y de esa nebulosa de nombres insospechables que formaba la avanzadilla de la defensa de los logros revolucionarios— Se mantenía en un anonimato que amenazaba con prolongarse hasta la eternidad. Pero sólo había tenido que mentir lo estrictamente necesario como para poder subsistir de manera miserable detrás de los diferentes escritorios por los que había desfilado. Y esto, cuando sólo se quería pasar desapercibido, no requería una concepción personal; otra cosa era si pretendía remontar la escala laboral hacia puestos de dirección, lo que conllevaba automáticamente subir también en el rango social y político. Y ése no era su caso. Él sólo quería ganarse el pan y que le dejaran lo más tranquilo y olvidado posible para poder continuar escribiendo esa sarta de poemas inservibles. Al fin y al cabo, ¿quién ha dicho que la poesía sea útil?

Pero hacerlo en un país como éste y dejarla almacenada en las gavetas, despreciando las tantas oportunidades que existían para hacerla pública, también era un peligro. Significaba que por su parte existía un total desprecio hacia las personas que decidirían esa publicación, o que estaba sobradamente convencido de que lo escrito por él no se ajustaba al tono laudatorio que era el común denominador de todo libro que saliera al mercado y condición sine qua non para que éste se editara.

Estos poemas —los suyos y los de otros—, se leían en reuniones privadas que raramente iban más allá del mismo grupo de amigos y que, no obstante, habían sido del dominio oficial desde mucho tiempo atrás. David recordó cuando, recién abandonados sus estudios en La Habana para regresar a Camagüey y reintegrarse al instituto de bachillerato, fue llamado por el Dr. Durán, director del centro, y por un agente que combatía, examinaba y controlaba las lacras sociales, para ser interrogado sobre las inclinaciones sexuales de algunos compañeros de estudios. Y ya entonces era conocida por ellos la existencia de su “inclinación” creativa, tanto o más peligrosa que el ángulo de caída de la mano derecha o si su mirada se volvía lánguida distrayéndose por los meandros de una curvatura corporal.

Mientras esperaba de nuevo en el amplio salón a que le hicieran pasar ante el Teniente Blanco, iba repasando su vida, su escasa y poco interesante vida —al fin y al cabo, era joven—, cuyo único ingrediente o característica más peligrosa era haberla vivido a lo que otras fuerzas poderosas e ineludibles habían considerado como “margen”. Recordó entonces a Damar, ese extraño compañero que había tenido en Económicas. Cuando le separaron de la universidad, una tarde se le acercó en la calle y le dijo que lo habían expulsado irónicamente porque no sabían nada de él y les era tan inclasificable que no podían encasillarlo en ninguna parte. En un arranque de congratulante camaradería, hasta le había aconsejado: “Puedes hacer y ser lo que quieras, pero trata de que tu vida sea lo más pública posible y ellos sabrán entonces que no tratas de engañarles ni de ocultarles nada. Lo que les molesta es que lleves una doble vida, que tengas secretos, y que te mantengas digno. Sobre todo esto, ellos lo toman como un insulto. Con mantenerte al margen no logras protegerte, sino ofenderles, porque les estás diciendo que no quieres mezclarte con ellos: recuerda el viejo lema de <con la Revolución todo, sin la Revolución nada>. Pues aplícatelo para la próxima.” Vaya, pues, al menos me daba alguna esperanza de futuro...

Muchas veces, mientras se leían unos a otros lo que escribían, mientras se juntaban para beber o para cenar en algún restaurante, mientras algunos de ellos daban un viaje juntos, o simplemente mientras iban caminando por la calle, habían pensado que estaban siendo observados, no de una manera cinematográfica, con despliegue de cámaras y micrófonos ocultos (aunque también se habían inclinado hacia la exageración y la teatralidad), pero sí que estaban siendo objeto de un largo seguimiento que en algún momento saldría a la luz. Ahora había llegado ese momento. No sabía si en realidad él, por su parte, lo había anhelado inconscientemente; dentro de sí llevaba una patética y contradictoria mezcla de rebeldía y cobardía, no asumida lúcidamente, que, como el aceite y el vinagre, nunca se harían un todo único, homogéneo, algo con lo que verdaderamente pudiera contar. Suponía que eso le pasaba a mucha gente, a todos ellos, aunque nunca nadie lo hubiera admitido, quizá porque ni siquiera tenían noción de tal cosa. Pero todos lo presentían: alguna vez les exigirían que dejasen el margen, que cruzaran la cerca y que comenzaran a jugar como profesionales, como intelectuales oficiales —bueno, en fin, los únicos que había y podían existir—. Había llegado la primera rendición de cuentas. Pero era de reconocer también que no habían querido ser demasiado duros, tal vez porque alguien detrás de todo aquello apreciaba y podía distinguir el valor de una persona, y este primer aviso consistía en un recordatorio para que pusieran su posible talento al servicio oficial y dejaran ya de que éste jugase un mero papel personal y, por tanto, despreciablemente individualista. Y esta llamada, en lo que a ellos concernía, era también una definición: se decantarían por el margen o por la inserción, y tal vez el aceite podría separarse o suceder el milagro de licuarse al vinagre.

Habían estado allí mismo la noche anterior, hasta muy entrada la madrugada. Los habían sentado en aquel mismo salón, muy espaciados unos de otros. Se suponía que, como era de rigor, estarían siendo observados por cámaras ocultas, grabados por micrófonos escondidos. Al llegar a la villa, David había pasado un susto de muerte. Sin pensar en la peligrosidad que él podía significar para un representante de la seguridad nacional, se dirigió a un guarda que hacía su posta en mitad del aparcamiento y éste, nada más oír su voz, rastrilló su ametralladora y comenzó a insultarle ordenándole retroceder. Pensó que lo iba a matar, sus órdenes se alternaban con insultos y a él le pareció todo demasiado excesivo: no tenía idea de que pudiera parecer tan peligroso. Esperó bajo un olmo, en la acera, a que los demás fueran llegando y así fue pasándosele el temblor de las piernas, que en los primeros momentos apenas si podían sostenerle. Luego les llamaron dentro, desde la puerta principal. Fue entonces cuando se sentaron en aquel salón por primera vez. Como a mitad de la noche comenzaron a llamarles, cada uno por separado.

—¿Qué concepto tiene usted de la amistad?— fue lo primero que le preguntó el policía. Habían cruzado el patio de la casona y habían entrado en un cubículo de una edificación evidentemente posterior y que nada tenía que ver con el estilo colonial camagüeyano de la casa. Se sentaron los dos en un sofá negro y hasta le brindó café de un termo del cual el agente se sirvió una taza. Si no hubiese sido por la realidad, aquello bien podría haber parecido una conversación amistosa entre dos personas que quieren conocerse.

Pero claro, si no fuera por la realidad, la vida entera sería otra cosa. Y ahora, a las doce o la una de la madrugada este hombre venía a preguntarle por el concepto de la amistad cuando él esperaba un interrogatorio a la manera de un Hollywood venido a menos, con unos tipos que fumaban y le insultaban, unas sillas incómodas, algún que otro golpe para provocar la confesión de no sabía qué. Y la realidad se aparecía en forma de conversación afable pero distante, queriendo, elementalmente, provocar confianza.

David Lago se sintió desarmado por aquella pregunta que no esperaba. Era como si al cabo de tanta tensión, después de que en la tarde, con la citación para el interrogatorio le habían interrumpido disfrutar del primer encuentro de boxeo entre Cuba y Estados que transmitía la televisión en directo en no sé cuántos años, viniera alguien a preguntarle si prefería las palomitas de maíz o el algodón azucarado en una noche de feria cuando hacía miles de años que se había olvidado de ellos. ¿Cómo iba a responder a aquello cuando apenas si tenía cabeza para tratar de ofrecerse a sí mismo una imagen digna de su persona? Una pregunta tan total, que abarca tantos matices, tan compleja, tenía que reducirla a tres o cuatro líneas en un expediente de señas generales y primera impresión, ante un policía que contradecía la imagen preconcebida de todo interrogatorio con una patina de naturalidad y elegancia con que querían bañar la represión a fin de restarle importancia para que luego nunca pudieran decir que fueron maltratados. La amistad. Friendship. L’amitie. Un flujo afectivo entre dos personas que debe respetar la integridad de cada una de las partes. Un intercambio de pensamientos afines, de ideas opuestas. La necesidad de comprender y ser comprendido, de aceptar y ser aceptado. La afinidad, la contradicción. Un descubrimiento, sin otra explicación ni razonamiento. En cierta forma, una pasión. Algo que no se entiende al entrar, sino cuando ya se está dentro y forma parte de la vida y de la realidad, de ambas cosas a la vez, que tampoco siempre quieren decir lo mismo.

¿Pensaba o hablaba? Presintió que se trataba de lo segundo cuando sintió que había comenzado a deslizar su pie por el barranco descendiendo por un abismo inimaginable. El policía aprovechó inmediatamente la ocasión que le brindaba:

—¿Qué quiere decir?

—Que lo imaginable forma parte de la vida de una persona, pero no forma parte de la realidad— le dijo, pensando que deliraba.

—Y según usted, ¿en qué se divorcian? ¿Tal vez en la Revolución? ¿La Revolución forma parte de la realidad pero no de la vida de ustedes?

Se quedó callado, aun dándose cuenta que los tiempos muertos constituían en si mismos la mayor y más clara declaración de sus pensamientos. Pero ¿verdaderamente pensaba algo?

—En mi caso, la realidad y la vida forman un todo, no se bifurcan ni se divorcian, y dentro de ellas está, por supuesto, la Revolución, que es ineludible y que, por otra parte, no existe razón para eludirla.— Obviamente omitió que tampoco existía manera humana de hacerlo, y en gesto de patética osadía le puso este ejemplo:

—En un caso concreto, esta conversación. En la vida se desarrolla como un simple diálogo, una exposición de ideas, de mis ideas, como si fuera un examen universitario, cuando en realidad no es más que un interrogatorio.

No sabía lo que estaba hablando. David se daba cuenta de que aquello no tenía ningún sentido y comenzaba a temer que esa dignidad que a toda costa quería mantener se resquebrajaba ante el miedo, ante el pánico. Pero ¿ante el medio de qué? Era como si realmente fuera culpable, cuando ni siquiera sabían en verdad por qué habían sido llamados allí. Apenas comenzar el interrogatorio ya habría deseado declararse responsable de lo que le pidieran, sólo para terminar con aquella farsa de conversación elegante y rodeos sicológicos.

—Dígame cómo comenzó su amistad con todos los demás— le preguntó el policía.

Insistía el hombre con el tema de la amistad... Y entonces se percató de que era muy difícil definirlo con exactitud. Podría decir cuándo o cómo se conocieron, pero era casi imposible precisar cuándo ese mero conocimiento se había convertido en amistad. Por otra parte, la amistad siempre se está probando a sí misma, y siempre está superándose a sí misma. ¿Cómo situar el momento exacto en que se decide ser amigo de alguien cuando esa decisión, las más de las veces, no es consciente?

Tal vez, en el caso de Carlos y Josep, podría decirse que comenzó quizás en el 63, cuando en casa de unos amigos y en mitad de un apagón, los dos le pidieran que se acercara a la luz del candil para observar cómo le quedaba la barba que se había dejado en los quince días de escuela al campo. Le venía a la memoria ese momento y otro que sucedió casi al mismo tiempo y que consistió en copiarle a Carlos la letra de “I should have known better”. Pero aquello no quería decir nada, eran simples instantáneas que recordaba y que sí, tal vez, marcaban el inicio de algo que después, con el paso del tiempo y nunca a partir de un momento determinado, se convirtió en amistad. David creía que más bien la vida de cada cual, la vida de todos, se orientaba a coincidir en una ocasión predestinada y que en ello había participado de un modo definitivo la realidad y el destino, y la realidad era, por sobre todas las cosas, el hecho histórico que les había tocado vivir y que cambiaría la existencia de cada uno de ellos para siempre y de forma drástica, sin saber ni cuestionarse si para bien o para mal. ¿Qué importaba? Con los demás no podía precisar ningún momento en particular. David gustaba de creer un poco en el destino. Por aquel entonces, había sustituido a Dios por él, y le había entregado el peso de su vida, quitándoselo de encima para su propia beneficio, para dejarse llevar sin tener que tomar decisión de nada, de modo que siempre también había algo a quien culpar de sus errores.

Pero mientras intentaba fijar el inicio cronológico de cada amistad, se dio cuenta que había incluido en el ejercicio a Carlos Victoria y que éste era el único que no se encontraba entre los citados, aunque, no obstante, daba por hecho que debía haberlo sido. Entonces, a una pregunta inesperada del policía, se hizo la luz y comprendió por qué estaban allí todos menos uno.

—¿Ha leído usted el libro de Daniel Fernández “Las tribulaciones de Truca Pérez en el Puerto de Luz de San Cristóbal de La Habana”?

—No—. Le contestó de forma tajante.

—¿Seguro que no?

—Seguro.

—¿Pero Carlos Victoria sí?

—No sé.

—¿Nunca le habló del libro?

—Nunca.

—¿Nunca? ¿Algo diría?

—No. Ni siquiera supe nunca si lo leyó.

—¿Usted es amigo de Daniel Fernández?

—Sé quién es, nos presentaron una vez y hemos coincidido algunas veces en La Habana, pero no somos amigos.

—¿Pero de Carlos sí es amigo?

—Se conocen, aunque no sé si Carlos lo considera amigo. Se conoce a mucha gente pasajera.

—¿Sabe que Daniel, en un momento de su novela, llama “asno” a Fidel?

—Si no la he leído, ¿cómo voy a saberlo?

—Puede habérselo dicho alguien. ¿Ninguno de sus amigos le habló de ello?

—Ninguno. Estoy casi seguro que ninguno leyó ese libro.

—¿Por qué está tan seguro?

—Porque alguien lo habría mencionado alguna vez, habría dicho algo.

—¿Se nombra en esas reuniones la palabra “clandestinidad”?

La irrupción de esa palabra, le pareció algo tan ridículo que involuntariamente sonrió.

—¿Por qué sonríe?— preguntó el interrogador.

—Porque es ridículo. Su pregunta y la palabra. Somos un grupo de amigos, qué puede haber de “clandestino” en ello?

—Lo que pueden hacer.

—No hacemos nada, salvo juntarnos, hablar. Beber, reír.

—¿Se leen lo que escriben?

—Mire, nos reunimos o nos visitamos o nos hablamos porque somos amigos, algunos de nosotros y no todos entre nosotros, es decir, entre los que hemos sido citados y los que no. Luego, algunos escribimos y sí, solemos leernos las cosas algunas veces y no siempre. ¿Qué hay de malo en ello, qué hay de clandestino?

—Las preguntas las hago yo— dijo secamente. —¿Envía lo que escribe a otros?

—¿A otras ciudades, quiere decir?— El policía asintió sin hablar. —Sí, se le escribo a algún amigo, a veces le mando algo.

—¿Recibe usted también cosas de ellos?

—Sí, alguna vez.

—¿Manda usted lo que escribe al extranjero?

—Salvo a familiares, no conozco a nadie más fuera de Cuba. Y no creo que les interese.

—¿Sabe si algunos de sus amigos lo hace?

—Yo creo que no.

—¿Qué piensa de Daniel Fernández?

—Nada. No pienso nada. Yo apenas si le he visto, ¿por qué voy a tener que haberme hecho opiniones sobre él, o él sobre mí?

El agente se quedó como esperando...

—Simplemente quiero decirle que no me importa si escribe bien o mal, o cualquier otra cosa, porque nunca he sentido la más mínima curiosidad por conocerle más allá de los cinco o diez minutos que han llevado los encuentros.

—¿Considera que lo que usted escribe está por encima de lo que se publica?

—En algunos casos, sí.

—¿Por qué no se integra artísticamente en una de las tantas organizaciones que existen para ello?

—No sé, soy un poco tímido.

El policía paró un momento y le miró. Aunque tenía otras muchas reservas, su timidez era una de las razones que verdaderamente le impedían acercarse a esas asociaciones oficiales. Además, tenía una excesiva conciencia del ridículo y pensar solamente que su admisión o no admisión dependía de personajes como Raúl González de Cascorro o como Efraín Murciego, al que había visto una vez dando saltos mientras leía uno de sus poemas, le hacían sentir como si se hubiera tragado una daga de acero que, a más de ponerlo tieso, le impedía articular palabra.

—¿Le gusta la música americana?

—Usted sabe que sí— le respondió, asumiendo que su casa era sobradamente vigilada. —Mi casa es bien famosa por eso.

—¿Se distiende o se pone nervioso? ¿Tenía miedo?

—Sí.— Aunque al mismo tiempo que afirmaba, reparaba en el verbo “distender”, tan poco utilizado en Cuba, y mucho menos entre aquella suerte de personas.

—¿De qué?

—Supongo que de mí mismo.

Hubo una pausa de varios minutos en los que el agente continuó escribiendo en un expediente que había ido rellenando desde que empezó con la primera pregunta. “Así que ya tengo el honor de haber sido <expedientado> por la Seguridad del Estado,” pensó, con un cierto orgullo infantil.

—¿Le importa firmar aquí? Es todo lo que ha declarado, léalo— y le extendió las hojas, separando un grupo de ellas.

Mientras firmaba, David preguntó:

—Carlos Victoria está aquí, ¿verdad?

—Sí— contestó el policía. Y recogiendo el cuaderno y el bolígrafo, le dijo:

—Puede marcharse ya. Espere en el salón donde estaba antes. Sólo tiene que cruzar para atrás el patio.

Y cruzó de vuelta el patio. Es curiosa la asociación de imágenes y de palabras, pero entonces recordó que el lema que había utilizado Heberto Padilla para el famoso concurso que le trajo la desgracia, según un comentario filtrado de la época, hablaba también de algo así como de cruzar la vida no es cruzar un parque, o un patio, o un puente. Y cruzando el bien cuidado césped llegó a la puerta. Y de la puerta al salón. Y allí esperó a que fueran saliendo los demás.

Eran las cinco de la mañana cuando los acercaban en un jeep militar al centro de la ciudad: deferencia que tiene el poder con el talento creador.

 

 

 

Al día siguiente volvieron a citarlos aduciendo que habían extraviado sus declaraciones. Todas las declaraciones. Vaya casualidad... En menos de doce horas se habían perdido todas aquellas palabras, aquellos miedos, aquellas manos frías y sudorosas, y tendrían que volver a declarar lo mismo que habían dicho la madrugada anterior. Fue por eso que se cruzaron Josep y él a la puerta de la Villa. Mientras pasaba a ver al Teniente Blanco, recordó de nuevo a Damar, su antiguo compañero de universidad, y aplicó su consejo a la dualidad de su existencia: cuanto más pública sea tu realidad, más privada será tu vida.

 

(Madrid, diciembre 1985)

© David Lago González, 1985

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domingo, 17 de agosto de 2008

Hospitalidad, de Ernesto Hernández Busto

 

NOTA DEL BLOGGER:  Por cortesía de Ernesto Hernández Busto, y por la bien conocida hospitalidad de Heriberto en el todo Camagüey, tengo el gusto de propiciar la lectura de este excelente relato, anteriormente publicado en su blog Penúltimos Días.

 

trailer

 

La verdad es que nadie quería recibirlos. “Dos maricones”, decían. ¿Y quién quería meter dos maricones en su casa el día de Thanksgiving? Así que la familia les cerró las puertas, como habían hecho también aquellos tíos, allá en La Habana, cuando Hermes, el más jovencito, empezó a vivir con el viejo en aquella casona destartalada. El escándalo no era sólo por la mariconería: a la gente le molestaba también que un mulatico se hubiera metido en la casa del viejo (“ese le está pagando”, decían), un aristócrata descendiente de aristócratas, rubios sin mácula durante siete generaciones.


Les hicieron la vida imposible casi dos años, hasta que llegó lo del Mariel. Y entonces decidieron irse, en silencio para evitar los mítines de repudio, aunque al final todo se supo, y varios huevos se estrellaron contra la puerta de la casona, que se quedó vacía como un templo manchado y ruinoso.
Así empezó el peregrinar: unos parientes de él, primero, en Hialeah (por teléfono parecían amables), que tras verlos casi acaban a gritos; los hermanos de la santería que se inventaron un pretexto; amigos de la infancia que alegaron complicaciones familiares. El rumor se fue extendiendo poco a poco, y todos los teléfonos que traían (tantos que no habían sospechado siquiera la posibilidad de no encontrar un techo) empezaron a sonar sin respuesta.

Durmieron por ahí, en la calle, bajo un puente, en una vieja estación. Vieron las antorchas de las pipas de crack y la guerra a cuchilladas por unos cartones. Al otro día, no les quedó más remedio que probar con la familia de él, dos pálidas viejas estiradas que habían emigrado a principios de los sesenta. Ahora tenían una mansión en Grove Isle, una isla pequeña cerca de Coconut Grove, a la que sólo se podía llegar por carretera. Hicieron cita, fueron con alguien que los dejó en la entrada, bajo la atenta mirada de unos policías de uniforme. Y se les recibió, con la pompa debida y excelentes modales, sin reparar en aquella facha de vagabundos, y hasta los invitaron a un restaurante de la isla, el más caro que Hermes había visto nunca. El mulato miraba todo con sus ojos de adolescente asombrado; el viejo, en cambio, tenía un rictus amargo que ningún lujo podía domesticar. Tampoco los invitaron a quedarse. Con elegancia, se les condujo a la posta de salida, se les entregó un billete de cien dólares y se les deseó feliz estancia en “tierra de libertad”. Tuvieron que cruzar caminando la carreterita.

Caminaron entonces, toda la tarde, hasta que dieron con el tráiler. Un trailer desvencijado, al que se acercaron con la idea de pedir agua: el sol quemaba, el aire no parecía existir en esa calma chicha que precede las tormentas del estrecho.

La vieja les abrió la puerta del tráiler con desconfianza, pero al darse cuenta de que eran unos cubanos recién llegados los invitó a pasar. Y poco a poco empezaron a conversar de todo aquello que habían dejado atrás. Ella y sus esposo —dijo— también habían salido de Cuba, hacía casi 20 años. Al principio se habían metido en un negocio de renta de caravanas, pero las cosas no habían salido muy bien. Uno de los inquilinos había mandado a su esposo al hospital, había venido la policía, los vecinos los habían demandado. Ahora estaban completamente solos. Al final, de todo aquello les quedaba apenas aquel viejo cascarón, que había estado muchos años en Lemon City, y que hacía poco habían mudado para aquella zona, más tranquila, y donde se aguantaban mejor los ciclones. “Viene un ciclón, ¿lo saben?”.

Llegó el viejo, al principio sorprendido por la visita. “Hace años que no tengo visitas”, se disculpó. Y les ofreció que se quedaran a compartir la cena de Thanksgiving, “un pavito, que es lo único que tengo, y que mandé a asar en La Carreta”. Puso un disco de Vicentico Valdés, mandó a la vieja a freír unos plátanos, y siguió hablando, sin parar, de los recuerdos que se le habían quedado atrás. Quería saberlo todo. Quería que cada una de las palabras que traían aquellos extraños le devolviera un pedazo de aquella vida perdida, bifurcada como una raíz de mangle, medio hundida en la ciénaga de un exilio sin éxito.

El viejo y el joven estaban asombrados. Se miraban como si les costara trabajo creer en aquella agradable mezcla de nostalgia y hospitalidad. El ronroneo de un viejo ventilador los adormeció, y el cielo encapotado les ayudó a darse cuenta de que podían empezar de nuevo. Sin decisión, sin intención casi. Podían intentarlo. En ese momento imaginaron algo parecido a su propia felicidad, así, como quien asiste a las acciones de otro, disfrutando los vericuetos de la charla del viejo, el pavo crujiente y una sidra barata que parecían no acabarse nunca.

Pasada la medianoche, los viejos susurraron algo, y los convencieron para que se quedaran a dormir en el trailer. El ciclón iba a llegar de madrugada, y ellos lo pasarían en un home, con gente conocida. Qué suerte. Durmieron juntos aquella noche, mientras el viento y la lluvia sacudían el trailer como un viejo cascarón.

Al amanecer, todo estaba inundado. Salieron caminando, conmovidos, como si fueran los últimos sobrevivientes de un naufragio.

Muchos años después, cuando el rubio era un respetable empresario de pompas fúnebres, y el mulato un flamante ejecutivo del Wachovia, volvieron a ver a los viejos del tráiler. Ya muertos. Se ocuparon de ellos en la otra vida. Como harían los dioses, pagaron todo el entierro y dispusieron la única cripta disponible para que ambos, Baucis y Filemón, yacieran juntos en el Miami Memorial Cementery, allá por el South West.

© Ernesto Hernández Busto

Barcelona

sábado, 16 de agosto de 2008

Algunas veces, de Karin Aldrey


NOTA DEL BLOGGER: Mi querida Karin me mandó anoche este poema por e-mail. Me parece muy hermoso y también triste. La sencillez absoluta, pero en su justa medida: ni le sobra ni le falta nada.


Karin y yo nos conocimos hace ya algunos largos años. Nos puso en contacto Belkis Cuza Malé porque quería que Karin ilustrara un poema mío, y entonces sucedíó lo inevitable: amistad a primera vista. Ella vivía entonces en Marbella. Marbella es ese territorio extranjero dentro de España que pertenece a los VIPs (a los Very Important Persons, quiero decir) y que más que a una ciudad, a mí me recuerda el Reparto Siboney (former and forever Biltmore) que, por razones del corazón y la cabeza, conozco muy bien. Desde entonces entré a formar parte de La Peregrina, su revista naive. Y ambos entramos a formar parte de nuestras vidas, esas mismas que no valen nada pero aún no hemos decidido qué hacer con ellas.


Bienvenida pues, al penthouse de Heriberto.



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Algunas veces


Sometimes


Nubes oscuras se apoderan


Dark clouds take over


Del horizonte


the horizon


El rostro se esconde


The face is hidden


Entre paredes sólidas


Among solid walls


Las manos se niegan


Hands refuse


A responder al lienzo


To respond to the canvas


Algunas veces


Sometimes


Callamos por no herir


We shut up not to hurt


O simplemente para no descubrirnos


Or simply not to expose ourselves to others


Imponemos normas absurdas


We impose absurd norms


A nuestro silencio


To our silence


Nos inventamos dioses


We invent gods


Para aliviar el pesar


To alleviate the sorrow


Algunas veces


Sometimes


Caminamos hacia atrás


We walk backwards


Con los ojos abiertos


With open eyes


Cerramos la puerta al mar


We close the door to the sea


Nos escapamos de la vida


We escape from life


Sin remordimientos


Without remorse


Miramos al suelo y no al camino


We look to the ground


and not to the path


Algunas veces


Sometimes


Dejamos de entender


we stop understanding


Y huímos.


And we fled.



©2008, Karin Aldrey







martes, 22 de julio de 2008

historias de perdedores

Hace poco supe de algo terrible que le había sucedido a un amigo. Lo supe por una tercera persona, pues este amigo no es dado a comentar anécdotas de su vida, y mucho menos una tan delicada y triste, e irónica y terrible, como ésta.

Su padre perteneció al bando republicano durante la guerra civil española. No sé en qué grado ni me importa ni tengo prejuicios en cuanto a esa parte específica de la historia de España. No sé si simplemente vivía en zona republicana y, por tanto, los nacionales lo consideraron "poco conveniente". El caso es que lo fusilaron.

Muchos años después publicó su primer libro de poesía. La persona que le ayudó a publicarlo, o que le editó el libro, había participado en el fusilamiento de su padre. Tiempo después, no sé cuánto, se enteró.

Omito su nombre por respeto. Si él lo lee, ya sabrá entender que estoy a su lado.


David Lago González
(Madrid, 22 de julio de 2008)

sábado, 28 de junio de 2008

Message in a bottle

(desde la Isla de la Siguaraya)



Acabo de imprimir la entrevista. Le leí un pedacito y pienso disfrutarla este fin de semana.
Ahora que viene al caso. Mira, no sé qué perdió Cuba de más importante, si a Olga Guillot o a la carne mechada. No es que no me guste Olga. Tengo varias grabaciones de Olga. Todo el mundo tiene grabaciones de Olga, y de la Yiyiyi, Celia Cruz, y de todo el que vale la pena. Es cierto que no se oye OFICIALMENTE. Pero qué obsesión hay con hacer las cosas OFICIALMENTE!!! Lo mejor de la vida es extraoficial. Cuando nosotros conocimos a los Beatles no se podía oirlos oficialmente, pero la gente tenía unos discos de vinilo enormes que se grababan "piratescamente" y luego tuvimos al papá de fulanito que los mandaba, etc. Y también se singa extraoficialmente. Que el día que OFICIALMENTE me digan que singue, los fósforos!!!! por algo será!!!
Los artistas o escritores "amados" OFICIALMENTE , como Silvio, o el mismo Senel Paz, tienen garantizado un sólido y profundo olvido. Incluso, las cosas buenas que puedan tener, se diluyen en la avalancha del comando oficialesco.
Líbreme el Cielo de todo lo que huela a oficial, o estatuído. O propagandizado.Besos

sábado, 21 de junio de 2008

La Maravilla



© Alexey Titarenko

Sábado, 21 de junio de 2008.


Esta mañana una maravilla me hizo llorar. Suena irónico, contradictorio, incongruente. Pero así fue. Revisaba el link de un fotógrafo llamado Alexey Titarenko, una serie de fotos agrupadas bajo el nombre de “Havana serie”, y de pronto di con “La Maravilla”. Fue como una especie de posesión espiritual, los vellos de los brazos se me erizaban y empecé a repetir como un obseso “ay Dios mío, ay Dios mío”. En la habitación descansaba mi compañero y le llamé porque simplemente quería compartir con alguien la maravilla de la maravilla. Yo mismo me levanté y fui en busca de la foto de Enrique y Gisela. Y empecé a explicar a mi compañero que hacía muchos años “La Maravilla” era un café tradicional de la Habana vieja, justo esquina a la calle de Villegas. Sin duda, su época de esplendor andaría por la primera mitad del siglo XX. Pero en los altos, entrando por Villegas, una escalera (“del siglo XVII”, apuntaba, o apuntalaba, Enrique; “y esa casa en ruinas, de la otra esquina, es del siglo XVI”, añadía para rematar) que crujía como cien fantasmas, nos conducía a lo que sin duda fue una casa señorial, devenida todavía con decencia y amor en una casa que compartían varias personas sin familiaridad alguna pero con un comportamiento común que se definiría como humano. Allí vivía Aurora Sánchez, la madre de Enrique Bedoya; y desde allí Enrique saldría hacia El Mariel para no volver jamás (se suicidó en Miami en el año 82); allí el amigo Janusz acudiría a pertrecharlo en los días de espera; allí tomábamos té con Aurora, gran conversadora, mujer de carácter fuerte; allí comenzaría mi amistad con esta hermosa y elegante señora que, nacida en España, la guerra civil le había pillado del lado de acá mientras daban un viaje de asueto.

Yo le señalaba a mi amigo los balcones encima del rótulo de La Maravilla, o el esqueleto de esos balcones y de esas ventanas en las que todavía se podía apreciar algunas tablas de los postigos, y empezaba a llorar mientras mi compañero me abrazaba ligeramente como se toca a alguien que no se comprende pero que te conmueve, y me asomaba junto a Enrique y Aurora a aquellos balcones, y reíamos, y sonreíamos en algún rincón de la memoria, al mismo tiempo que me preguntaba cómo era posible que todo aquello hubiera terminado por la locura de un hombre, por la tozudez de un mesiánico, y les decía a ellos que no había castigo posible para quien provoca la ruina por la ruina, sin que nada provechoso sobreviviera para los que vendrían detrás, porque todo se queda en el maravilloso recurso del recuerdo que pone de nuevo carne a las sombras, pintura a las paredes, brillo al sol. Y eso es un aporte ajeno a la locura del Mesías.



©2008, David Lago González








jueves, 5 de junio de 2008

Texto leído por Roger Salas en la Casa de América, Madrid 2 de junio de 2008. Libro de ISIS WIRTH: "Después de Giselle"


Texto leído por Roger Salas en la Casa de América
Libro de Isis Wirth: “Después de Giselle”
(Estética y Ballet en el siglo XXI).
Editorial Aduana Vieja, Valencia 2007. (Con fotografías de Marc Haegeman).



Buenas tardes.

W. H. Auden comienza su conferencia sobre el “Julio César” de William Shakespeare con la siguiente frase:

“Hoy espero contentar a los menos aficionados a la música, puesto que pienso hablar y hablar sin parar”.

Parafraseando al maestro autor de “Trabajos de amor dispersos” digo que “hoy espero contentar a los menos aficionados al ballet, pues pienso hablar y hablar sin parar”. A lo que se puede responder con otra ocurrencia de Groucho Marx:

“¡Dios mío, no le voy a preguntar por la salida de incendios; me limitaré a seguirle!”.

El ballet es una pasión y como dijo Michael Clark: “No fire scape in hell” (No hay salida de emergencias en el infierno). El ballet también es un infierno, con sus propias llamas y hasta una formula mágica en su fuego demiurgo donde hay no azufre, pero sí técnica, estética, y hasta ética.

En la literatura especializada y actual de ballet en castellano es un hecho excepcional el libro de Isis Wirth (née Armenteros), una mujer culta, con una palabra de verbo elocuente y con criterios propios y avanzados en las materias que toca. Lo digo por mor de la calidad en sí, no porque se editen pocos libros. Si se editan pocos libros de ballet en español es porque tenemos lo que nos merecemos, lo que hemos propiciado y formado. La comparación con el ámbito anglosajón de la especialidad es insostenible y ociosa. Lo que sí nos sirve, es esa escuela anglo-americana que empieza antes de John Martin, pasa por Arnold Haskell, Richard Buckle, Walter Terry y Clive Barnes, y que Isis ha estudiado muy bien, pues en ella hay una intención de referencia que apunta su rigor y hace deleite.

Hay otra escuela en paralelo de la que somos deudores, la ruso-soviética, llamémosla “la eslava”, que gestiona y se informa en otro sentido y donde están Sloninski, Roslaeva, Rosánova, Krasovskaia y Gayeski. Isis los ha leído, eso seguro. Y así va en una búsqueda de su propio sistema y estilo con algún que otro toque sincrético.

El libro de Isis tiene dos intereses básicos: reúne su etapa cubana (ella es cubana y desde hace años vive en Suiza y en el mundo real, desde donde atiende toda la actualidad del ballet) así como la progresión personal experimentada con su asentamiento en Europa y América. Sus estilo y criterios han cambiado positivamente, se han abierto a una dialéctica y a una dinámica que impone el mismo desarrollo del ballet contemporáneo y el llamado clásico (o académico, mejor expresado) vistos a los ojos globalizados de hoy, algo que aventuro, ya estaba en los prolegómenos de los estudiosos Gino Tani y Curt Sachs. Hoy le preguntas a tantos jóvenes pujantes y ambiciosos que estudian danza en las universidades españolas quiénes son Tani o Sachs y te miran con escéptica superioridad.

También es interesante en el tomo de Isis la sección de las entrevistas, aspecto vivo de la profesión periodística, no del crítico, que maneja con solvencia y calidad en sus preguntas y su síntesis. Y llamo la atención sobre su trabajo con el bailarín cubano radicado en Londres, Carlos Acosta, hoy una gran estrella internacional. En cierto sentido, y no es exagerado, Isis le ha “descubierto” para la literatura de ballet.

“Después de Giselle” no es un título banal y tiene sus claves. Para cualquier especialista de ballet cubano, la “Giselle” de Alicia Alonso (y la que expone como conjunto el Ballet Nacional de Cuba) le resulta una marca, un antes y un después, un dominio estético, un decálogo poderoso de parámetros difícilmente superables en la apreciación del “espectador ilustrado” que es lo que debe ser siempre el crítico (nunca un balletómano de pro, sino un analista coréutico). Pero Isis lo consigue al final de su libro, rompe con la “umbilicalidad insular” a partir de la honestidad. No reniega de lo escrito (lo que dice mucho a su favor y a su empeño), y establece el paralelo de las circunstancias de ayer con las circunstancias de hoy propias del ballet, que siempre son más dramáticas que festivas (una metáfora que vale para también para la poesía, la literatura y las artes visuales). Es un libro que he leído con placer e interés en espera de sus nuevos escritos, donde seguramente con otras perspectivas, esa “Giselle” memorial y simbólica, insular y posesiva, será un perfumado telón del pasado.

Debo apuntar que no estoy totalmente de acuerdo con todos sus postulados y conclusiones, y esto es lógico. Le digo a mi querida Isis que si alguien está totalmente de acuerdo con ella, que desconfíe, le sugiero que recele del elogio vano e incondicional (verdadera maledicencia de Tepsícore) . Las maneras de disentir en este caso, son parte actuante del negocio. Y eso también es lo que me gusta de su libro, donde entra lo dinámico y lo dialéctico con lo estrictamente historicista o escolástico.

He leído por ahí que Isis es un producto de escuela cubana. Me niego a aceptarlo. No es verdad. Isis es su trabajo y no hay que meterla en el saco del criollismo reductor. ¿Una escuela cubana de críticos de danza y ballet? ¿Algo que no sea la servidumbre hagiográfica? Perdónenme que me ría primero y me sonroje después. Isis es libre en su escritura, y en sus ideas.

Hay una contaminación progresiva entre el papel del crítico y el del periodista o cronista. La relación entre el crítico o cronista de los avatares del ballet con sus objetivos es difícil; y es verdad que se pueden llegar a tener verdaderas francas relaciones con los bailarines y los coreógrafos. No siempre es así. Se nos ve como “intrusos”; se nos cataloga como “advenedizos” y se nos utiliza siempre que pueden. El caso de Paul Szilard (empresario legendario, ex-bailarín y gran persona) y el crítico Clive Barnes es ejemplar. De hecho, Barnes prologó en 2002 las memorias de Szilar, que tienen por título una metáfora maravillosa: “Under my wings” (Bajo mis alas). Barnes (que ha escrito libros extraordinarios sobre Balanchine, Nureyev, Ashton, Fonteyn y otros) me decía, emocionado, el año pasado en Miami al recibir el Premio de la Crítica que otorgan el Festival Internacional de Ballet de la ciudad y el Miami Dade College of Arts, que el papel del cronista (y del crítico) de ballet sería, siempre y a la postre, ingrato. Isis no desmaya en ello. Lo sabe.

Dice Hölderlin en “Sócrates y Alcibíades”:

“Quien más hondo ha pensado, ha de amar lo más vivo;
La alta virtud comprende quien ha mirado el mundo;
Y a la postre es frecuente
Que los sabios se inclinen a lo bello”

Os aseguro que Isis Wirth en este libro ha mirado el mundo y se ha inclinado por lo bello.

Muchas gracias.


En Madrid y 2008
©ROGER SALAS

martes, 20 de mayo de 2008

Make it one for my baby (and one more for the road) ---- David Lago González




a Isabel Alonso Vallejo


Allen Ginsberg in memorian, con toda mi admiración


Estás del otro lado de la barra y tú debes ser Joe.
En la canción te llamas Joe y por qué darte otro nombre; además eso nos mantiene en un cierto anonimato y así lo mantenemos juntos porque yo tampoco voy a decirte el mío, no porque pretenda esconder nada, sino porque en sí mi nombre no significaba nada:
ves,
abro la boca,
pronuncio inaudiblemente mi nombre,
y qué oyes:
la más absoluta Nada.
Mi nombre es el silencio, la nada, lo que no existe y no vale la pena divulgarlo porque eso no significa, ni nada ni algo, nadie se pone alegre al oírlo; sólo tal vez algunos pocos que ya han muerto o que están muy lejos y por más fuerte que lo grite no puede llegarles ni siquiera el eco o la telepatía.
En fin de cuentas, Joe, qué más da un nombre, si ni siquiera el tuyo es verdaderamente Joe y yo te he bautizado así porque es una canción que me encanta, cántela quien la cante, y si es Tony Bennett mucho mejor, incluso mejor que Frank Sinatra, porque le saca como más amargura, le exprime la vida que ha pasado y que no volverá y que ha hecho que se hagan canciones como ésa.

Así que Joe, tómalo con calma, que hoy te ha tocado a ti.
Lo siento mucho, pero todos los días le toca a alguien.
Es ley de vida. De vida cruel, pero al fin y al cabo, es una manifestación de la realidad.
Yo no he empezado todavía, te advierto.
Para empezar, pues estoy en un bar y debo beber, prepárame un vodka con zumo de lima rebajado con un poco de agua, porque sabes, la lima pura se te agarra a la garganta y te hace toser como si comieras anacardos. Y el vodka, no es que lo prefiera a todo, pero decía Bette Davis que es la única bebida que no deja olor al siguiente día, y de eso ella debería saber mucho porque al día siguiente siempre tenía que estar lista para el rodaje de turno, aun cuando en cierta ocasión puso un anuncio en los clasificados ofreciéndose como actriz, y eso que era Bette Davis, que era como para tenerla en casa interpretando todo el día o simplemente dejándola caminar, con esa forma tan peculiar de andar que tenía en que no solamente adelantaba un pie sino el cuerpo entero y el alma le seguía a corta distancia, confundida con la sombra. En las películas no se ven las sombras, pero en la vida real sí. Lo del anuncio lo hizo para humillar a los demás, no a sí misma. Conozco esa bofetada que es una especie de inmolación de la dignidad propia haciendo que otros sientan vergüenza de que alguien así tenga que llegar a esos extremos. Astuto ardid el de la vieja Baby Jane Hudson, sólo que de nada vale.
Estarás de acuerdo conmigo, Joe, porque si no, olvídate de la propina...
Hoy te toca soportarme, pero supongo que en este oficio habrás tenido que soportar a más de un pesado.
Hacía mucho tiempo que no bebía.
Yo vivía en una isla caribeña ―de cuyo nombre no quiero acordarme― y una vez hubo una ley seca ―parece que en todos los países siempre ha de existir alguna prohibición― que provoca justamente la adición, y por entonces todo el abstemio grupo de amigos comenzó a beber unos brebajes caseros que dudo que siquiera Dios supiera lo que llevaban dentro, y así nos fuimos acostumbrando, para celebrar el fin de semana, ya sabes, y yo empecé por olvidar todo lo que hacía cuando bebía, de modo que al siguiente día la gente me decía qué hacías anoche a las dos por tal o cual lugar y yo no tenía de aquello ni la menor idea. Por cierto, Allen Ginsberg tiene un cáncer de hígado irreversible:

"Extraño que ahora piense en ti, ida sin corsés ni ojos, mientras camino por el soleado pavimento de Greenwich Village, hacia el centro de Manhattan, claro mediodía invernal, de pie toda la noche, hablando, hablando, leyendo el Kadish en voz alta, escuchando el blues del ciego Ray Charles cantando en el fonógrafo...”

Allen Ginsberg. Lo he leído hoy en la prensa y me ha producido un verdadero y profundo dolor ―aunque es fácil ya tocar mi corazón―, porque en un momento de nuestra vida significó mucho para nosotros, hasta el punto de imitar su poesía e imaginariamente llevar una cuasi vida libertaria resucitando la rebeldía y la irreverencia del beatnik, pero todo como muy imaginariamente, muy ni siquiera contándosnolo los unos a los otros, porque siempre teníamos miedo. ¿Has tenido miedo alguna vez, Joe? En Charleston, ¿tal vez del qué dirán? Todos los “sures” suelen ser implacables en eso. Bueno, también yo he pasado por ese pequeño temor del qué dirán, pero al final te impones y logras sobreponerlo. Yo me refiero en realidad a otros miedos.

Pero vamos con calma, ya entraremos en detalle.
Así que a Allen Ginsberg le quedan de cuatro a doce meses de vida, y durante aquella época en que resucitamos su imagen y su rebeldía ―llevábamos un cierto retraso, impuesto por las circunstancias y el desfase del tiempo― también compaginábamos una cierta influencia francesa: ya sabes, Goddard, el Malle de "Fuego Fatuo", Camus y alguna reminiscencia de Sartre.
En realidad, yo creo que todo ello partía más bien de Emilia, y luego la cosa se complicó con lo que quedaba de los beatniks y luego irrumpieron los Beatles en el 63 y la cosa se movió hacia esa pérfida mujer llamada Albión ―como le gusta a Willy llamarla―, para al cabo de pocos años trasladarse a la costa este de los Estados (“los Estados” son Los Estados, qué cojones) con Jefferson Airplane, y John B. Sebastian con los Lovin' Spoonful, y luego complicarse aún más con el rock progresivo: Steppenwolf, Soft Machine, Pink Floyd, y las largas sesiones de madrugadas de Baker Street en casa de Junior, con aquella extraña emisora de Little Rock, Arkansas, que promocionaba el underground y llenaba el aire de trasfondo musical extraño y deslizante, como se supone que debe ser el trasfondo musical del ácido. Pero todo en nosotros era imaginario, sabes, porque vivíamos en esa isla caribeña ―de cuyo nombre no quiero acordarme― y todo estaba prohibido o casi prohibido, incluso nuestros nombres. Recuerdo que un domingo de aburrimiento, como suelen ser todos los domingos en todas partes del mundo, incluida Uzbekistán, un amigo nos llevó a Carlos Victoria y a mí a casa de Oscar López, que era supuestamente informante o cuasi informante o aparentemente informante como Paca Garza ―en fin, esas cosas nunca llegan a saberse― y todo alarmado nos echó de la casa preguntándole a quien nos había llevado cómo había sido posible que le llevara a esos dos poetas malditos. Así que al menos... ¡éramos algo! Nuestros nombres no significaban nada aparentemente, pero subrepticiamente éramos dos poetas malditos, de la misma forma que lo habían sido Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Cassidy, Corso, Ferlinghetti; y todo eso, sorprendentemente, lo habíamos logrado con la imaginación, porque nunca realmente llegamos a existir como amantes y seguidores activos del existencialismo francés, del movimiento beatnik, de la beatlemanía y los Stones, y nuestros cabellos crecían, sí, pero con un extremo temor de ser cortados en plena noche por la policía que patrullaba en sus jeeps blancos, con cascos blancos, todos inmaculados y limpios como la mismísima imagen de una virgen. ¿Cómo lograban tal pulcritud? y aunque forcejearan con algunos "elementos incontrolados" que supuestamente éramos delincuentes peligrosos o casi peligrosos o imaginariamente peligrosos, o al menos potencialmente, cabía la posibilidad de que dentro de algún tiempo nos convirtiéramos en algo altamente dañino para la sociedad, algo así como hippies, o pretendidamente hippies, o tontos de remate que nos creíamos pertenecer al mundo cuando el mundo y nuestras propias circunstancias nos habían cercenado la posibilidad de pertenecer a algo y sólo nos era dado el imaginar e imaginar de una forma o de otra.
En fin, Joe, en realidad lo único que queríamos era ser jóvenes y hacer todo lo que hacían en aquel momento, fuera bueno o malo, quién pensaba en eso entonces, existía el amor universal y queríamos ser tocados por su varita mágica, existía el rebelarnos contra el "stablishment", pero resultaba que en la isla caribeña donde nací ―y de cuyo nombre no quiero ni acordarme― el "stablishment" era el justo, el que precisamente debía existir para felicidad de todos y por el que suspiraban y luchaban todos aquellos con los que imaginariamente nos identificábamos.
Realmente nuestra imaginación merece un premio, porque gracias a ella logramos sobrevivir y llegar a ser la inutilidad que somos ahora. ¿Puedes decirme, Joe, para qué sirvo yo? No tengas miedo ser sincero, de todas formas voy a dejarte propina porque en el mundo real me tocó ser camarero y no me permito el lujo de abandonar un lugar sin dejar nada a cambio, aunque sea un mal recuerdo...
Bueno, comprendo tu silencio y que lo adornes diciendo que todos servimos para algo. Te doy las gracias profundamente conmovido. Pero la única verdad es que yo no sirvo para nada. ¿Y todo por qué? Porque nunca he podido creer en nada.

Bienaventurados los que han tenido la opción de la fe
y hoy la defienden espartanamente en contra de toda realidad
porque una vez algo representó algo para ellos

y si hoy deciden aceptar la realidad eso les envejece inmediatamente y, por supuesto, Joe, todos estamos interesados en perpetuar nuestra juventud mucho más allá de cualquier límite. Es puramente humano.

Pero yo también creí en los Reyes Magos y alguien me dijo alguna vez que la fantasía era una alegre impostora con la que adornábamos nuestra infancia, y a pesar de eso aún estoy vivo. Mientras, por favor, te pido que me sirvas otro vaso de vodka con lima y agua porque la lima se me agarra a la garganta y el vodka no me deja olor en la boca mañana por la mañana cuando deba levantarme e interpretar el papel de toda mi vida:
vivir

Y también creí en Sonia la Patinadora. ¿Sabes, Joe, quién era Sonia la Patinadora?
Un personaje que aparecía cada carnaval, vestido con un leotard negro, la cara embetunada, un tutú rosa, y calzado por unos maravillosos patines que Sonia manejaba con una maestría sin igual en una especie de pequeña plaza que se formaba en la Avenida de los Mártires, y allí Sonia ejecutaba sus cabriolas magistrales, y era famosa y la gente la aplaudía, y Sonia repetía su acto varios veces, y yo esperaba cada carnaval sólo para ver a Sonia hasta que, claro, los carnavales fueron también prohibidos o sustituidos por noches innombrables en que la gente se emborrachaba sin más como si fuera el único objetivo de sus vidas.
Y una noche, después de muchos años, atravesando el Parque Agramonte, un amigo me pregunta: "¿Te acuerdas de Sonia la Patinadora?". Y yo, claro que me acuerdo, si era un personaje de mi niñez. "Pues es aquel maricón que está sentado allí y que se llama Luisito y tiene un marido guagüero ―ya sabes, Joe, de esos que conducen autobuses, que son la personificación del macho insular― que le prohíbe (parece ser que siempre alguien prohíbe algo a alguien) ponerse pantalones ajustados para que no se le marque el cuerpo". Como si Luisito fuera una especie de Jayne Mansfield o Mammie van Doren...

En fin, pura imaginación, que parece ser que es lo más desarrollado entre los habitantes de esa isla de cuyo nombre no quiero acordarme.
¿Por dónde vamos, Joe? Me pierdo, te confieso que a veces me pierdo: en el bosque de mi imaginación, en las calles de mi desastre, en los meandros de la angustia, entre los charcos de mi inutilidad.
Ay, Joe, qué suerte has tenido con nacer en Charleston, estado de South Carolina, aunque habrás pasado lo tuyo porque lo rancio siempre apesta en cualquier parte. Pero qué cambio si hubieras nacido en esa isla que flota a la deriva en la imaginación, dando bandazos contra las sienes, queriendo escaparse por los lagrimales patéticamente "sin pasar tú por mí detenida", como le cantaba Silvio a Emilia.

Admiro a los que han podido creer y han luchado por creer y por defender algo y han vivido su juventud, bien o mal, peligrosa o melifluamente, pero que no han tenido que recurrir a la imaginación para sustituir sus vidas.
La imaginación anula y lo que es peor, cercena la vida posterior.
Sí, ya sé: lo de siempre. ¿Dirás que al menos yo he elegido estar aquí esta noche?
Efectivamente, tienes razón.
Pero lo único que he elegido, obligado por las circunstancias, es el sitio donde vivir porque ello me permite, por ejemplo, estar aquí esta noche bebiendo el segundo vodka con lima, que ya debes ir sustituyendo, y eso desde luego es un hecho, pero todo el esfuerzo imaginativo que he tenido que desplegar para llegar hasta aquí y sentirme y saberme un poco más libre de lo que antes era, quién me devuelve lo que he pagado por él.
Y la fe. Es básica para poder continuar viviendo.
La fe en Dios, o la fe en el Marxismo, o la fe en Uno Mismo.
Y yo no siento nada de eso, Joe. Sin duda, tú necesitas un apoyo para estar noche tras noche soportando discursos de este calibre y eso es porque tienes, sin duda, alguna fe. Crees en algo, aunque sea en el Diablo. Pero yo no creo en nada. Se me fue con la imaginación, o la imaginación la agotó, o qué sé yo cómo explicarlo.
Sólo sé que si yo he podido soportar que Sonia la Patinadora no sea nunca más Sonia la Patinadora, por qué los demás no pueden ponerse en mi lugar y aceptar que la vida cambia, que aquello en lo que creímos no correspondía con la realidad, que la realidad era otra, que ocultaba cosas, y a pesar de que ya se saben de sobra siguen creyendo que su Sonia la Patinadora vuelve con cada carnaval, leotard negro y tutú rosa, a ejecutar sus mariconerías frías en la plaza y no se dan cuenta de que la plaza está desierta, vacía,
como mi vaso, Joe. ¿Te has dado cuenta de que mi vaso está vacío?
Pues muévete una pulgada, querido, no te urjo ni te ordeno. Sólo te lo pido por favor: ponme una copa a la salud de mi amante, Joe, y otra más para el resto del camino.
Esta noche, no sé, tiene algo especial y como definitivo.


Madrid, 1997. 5 de abril.


(6 de abril de 1977.) Los periódicos matutinos anuncian la muerte, la última noche, de Allen Ginsberg.


©1977, David Lago González

sábado, 17 de mayo de 2008

Linda Sokolovski



"Dave Dances" includes:



Over 200 pages with hundreds of color photos and stories that are funny, sad, hopeful, and inspirational . . . "Pregame" with Misty and Melody or read one young husband's story of losing his wife.

Many full page color plates of my paintings combined with vellum overlays

Sketches, cartoons as well as foldouts of some of the most beautiful DMB "Dreamgirls" ever

Poetry from the brilliant David Lago–Gonzalez

The fabulous photography of the band from David Adam Beloff

Hundreds of photos that document what it means to be a fan

Fun Davespeak

The most unusual contest that you will ever enter. How well do you know the band and their music? How well do you know the "Dave–inci Code" ?

The first 500 books will be signed and numbered hardcover Limited Editions and include
an entire set of Trading Cards created by the author. . . . one for each chapter!


http://www.ljmsart.com/index.php?cPath=5




"MySpace" friend, Linda Sokolovski, de New York, ha editado un libro de ilustraciones basadas en las letras de las canciones de Dave Mathews Band. En él incluye un poema que me pidió especialmente para el libro. Es para mí un honor poder presentarla y considerarme su amigo.

miércoles, 14 de mayo de 2008

14 de mayo, cumpleaños de una amiga




Hoy es tu cumpleaños, me lo dijo esta cosa de internet que me avisa de los aniversarios. Aunque seguramente ya no te acuerdas de nadie ahora que estarás felizmente hospedada en el Meliá Camagüey, con el celular en una mano y en la otra el personal computer mientras con los dientes metes algo dentro del microondas (o microwave, o maicroueif, que también se dice) (cuidado no te quemes, los diarios no dicen nada --"hoy los diarios no hablaban de ti" es una canción de sabina-- de la campana de plástico especial que protege los alimentos contra las radiaciones del maicro... tú ves, siempre hay algo por lo cual preocuparse...) y por eso quizás no te quede nada libre para ver mi regalo, que no sé cuál es, voy a ver qué te mando...... Bueno, sí, puedes ver, para los ojos no han "liberado" nada: ay qué feliz me hacen, todavía puedes ver... me acuerdo de aquella película soviética maravillosa en que por un desajuste en la máquina del tiempo iván el terrible se queda del lado de los soviets y el presidente del comité de defensa se queda en el san petersburgo zarista y se arman todos aquellos líos...y una gorda rubia se queda loca al final de la peli y comienza a conjugar el verbo "voy a ser feliz" hasta que se quita la peluca, se la llevan unos enfermeros malos, y se acaba la película..... ¿liberalizaron los i-pods, los mp3 o el mp4? o todavía puedes oírme cuando te digo "te quieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeerooooooooooooooooo"

David


jueves, 1 de mayo de 2008

"I have been experienced" in the court of Crimson King


Los periódicos muestran hoy la necrológica de Alfred Hoffman.



ALFRED HOFFMAN
Químico descubridor del LSD, nació en Baden (Suiza) el 11 de enero de 1906 y murió el 30 de abril de 2008 en Burg (Basilea, Suiza).


El primer viaje lisérgico de Carlos Victoria comenzó en la primera casa en El Vedado de Silvio Rodríguez, donde, además, se fumaba la mejor marihuana de La Habana (al menos de La Habana). La "guagua" que nos llevaba de regreso a nuestras respectivas becas en Siboney se llenó de pronto de elefantes multicolores y Vicky se me escondía detrás de un asiento.
Y sí, por razones muy personales y conexiones afectivas que continúan existiendo, teníamos relaciones más sociales que amistosas con Silvio. Aclaro lo de la amistad porque dudo que, aún entonces que no era tan famoso ni debía tanto al stablishment cubano, tuviera verdaderamente amigos.

C'est la vie.