martes, 20 de mayo de 2008

Make it one for my baby (and one more for the road) ---- David Lago González




a Isabel Alonso Vallejo


Allen Ginsberg in memorian, con toda mi admiración


Estás del otro lado de la barra y tú debes ser Joe.
En la canción te llamas Joe y por qué darte otro nombre; además eso nos mantiene en un cierto anonimato y así lo mantenemos juntos porque yo tampoco voy a decirte el mío, no porque pretenda esconder nada, sino porque en sí mi nombre no significaba nada:
ves,
abro la boca,
pronuncio inaudiblemente mi nombre,
y qué oyes:
la más absoluta Nada.
Mi nombre es el silencio, la nada, lo que no existe y no vale la pena divulgarlo porque eso no significa, ni nada ni algo, nadie se pone alegre al oírlo; sólo tal vez algunos pocos que ya han muerto o que están muy lejos y por más fuerte que lo grite no puede llegarles ni siquiera el eco o la telepatía.
En fin de cuentas, Joe, qué más da un nombre, si ni siquiera el tuyo es verdaderamente Joe y yo te he bautizado así porque es una canción que me encanta, cántela quien la cante, y si es Tony Bennett mucho mejor, incluso mejor que Frank Sinatra, porque le saca como más amargura, le exprime la vida que ha pasado y que no volverá y que ha hecho que se hagan canciones como ésa.

Así que Joe, tómalo con calma, que hoy te ha tocado a ti.
Lo siento mucho, pero todos los días le toca a alguien.
Es ley de vida. De vida cruel, pero al fin y al cabo, es una manifestación de la realidad.
Yo no he empezado todavía, te advierto.
Para empezar, pues estoy en un bar y debo beber, prepárame un vodka con zumo de lima rebajado con un poco de agua, porque sabes, la lima pura se te agarra a la garganta y te hace toser como si comieras anacardos. Y el vodka, no es que lo prefiera a todo, pero decía Bette Davis que es la única bebida que no deja olor al siguiente día, y de eso ella debería saber mucho porque al día siguiente siempre tenía que estar lista para el rodaje de turno, aun cuando en cierta ocasión puso un anuncio en los clasificados ofreciéndose como actriz, y eso que era Bette Davis, que era como para tenerla en casa interpretando todo el día o simplemente dejándola caminar, con esa forma tan peculiar de andar que tenía en que no solamente adelantaba un pie sino el cuerpo entero y el alma le seguía a corta distancia, confundida con la sombra. En las películas no se ven las sombras, pero en la vida real sí. Lo del anuncio lo hizo para humillar a los demás, no a sí misma. Conozco esa bofetada que es una especie de inmolación de la dignidad propia haciendo que otros sientan vergüenza de que alguien así tenga que llegar a esos extremos. Astuto ardid el de la vieja Baby Jane Hudson, sólo que de nada vale.
Estarás de acuerdo conmigo, Joe, porque si no, olvídate de la propina...
Hoy te toca soportarme, pero supongo que en este oficio habrás tenido que soportar a más de un pesado.
Hacía mucho tiempo que no bebía.
Yo vivía en una isla caribeña ―de cuyo nombre no quiero acordarme― y una vez hubo una ley seca ―parece que en todos los países siempre ha de existir alguna prohibición― que provoca justamente la adición, y por entonces todo el abstemio grupo de amigos comenzó a beber unos brebajes caseros que dudo que siquiera Dios supiera lo que llevaban dentro, y así nos fuimos acostumbrando, para celebrar el fin de semana, ya sabes, y yo empecé por olvidar todo lo que hacía cuando bebía, de modo que al siguiente día la gente me decía qué hacías anoche a las dos por tal o cual lugar y yo no tenía de aquello ni la menor idea. Por cierto, Allen Ginsberg tiene un cáncer de hígado irreversible:

"Extraño que ahora piense en ti, ida sin corsés ni ojos, mientras camino por el soleado pavimento de Greenwich Village, hacia el centro de Manhattan, claro mediodía invernal, de pie toda la noche, hablando, hablando, leyendo el Kadish en voz alta, escuchando el blues del ciego Ray Charles cantando en el fonógrafo...”

Allen Ginsberg. Lo he leído hoy en la prensa y me ha producido un verdadero y profundo dolor ―aunque es fácil ya tocar mi corazón―, porque en un momento de nuestra vida significó mucho para nosotros, hasta el punto de imitar su poesía e imaginariamente llevar una cuasi vida libertaria resucitando la rebeldía y la irreverencia del beatnik, pero todo como muy imaginariamente, muy ni siquiera contándosnolo los unos a los otros, porque siempre teníamos miedo. ¿Has tenido miedo alguna vez, Joe? En Charleston, ¿tal vez del qué dirán? Todos los “sures” suelen ser implacables en eso. Bueno, también yo he pasado por ese pequeño temor del qué dirán, pero al final te impones y logras sobreponerlo. Yo me refiero en realidad a otros miedos.

Pero vamos con calma, ya entraremos en detalle.
Así que a Allen Ginsberg le quedan de cuatro a doce meses de vida, y durante aquella época en que resucitamos su imagen y su rebeldía ―llevábamos un cierto retraso, impuesto por las circunstancias y el desfase del tiempo― también compaginábamos una cierta influencia francesa: ya sabes, Goddard, el Malle de "Fuego Fatuo", Camus y alguna reminiscencia de Sartre.
En realidad, yo creo que todo ello partía más bien de Emilia, y luego la cosa se complicó con lo que quedaba de los beatniks y luego irrumpieron los Beatles en el 63 y la cosa se movió hacia esa pérfida mujer llamada Albión ―como le gusta a Willy llamarla―, para al cabo de pocos años trasladarse a la costa este de los Estados (“los Estados” son Los Estados, qué cojones) con Jefferson Airplane, y John B. Sebastian con los Lovin' Spoonful, y luego complicarse aún más con el rock progresivo: Steppenwolf, Soft Machine, Pink Floyd, y las largas sesiones de madrugadas de Baker Street en casa de Junior, con aquella extraña emisora de Little Rock, Arkansas, que promocionaba el underground y llenaba el aire de trasfondo musical extraño y deslizante, como se supone que debe ser el trasfondo musical del ácido. Pero todo en nosotros era imaginario, sabes, porque vivíamos en esa isla caribeña ―de cuyo nombre no quiero acordarme― y todo estaba prohibido o casi prohibido, incluso nuestros nombres. Recuerdo que un domingo de aburrimiento, como suelen ser todos los domingos en todas partes del mundo, incluida Uzbekistán, un amigo nos llevó a Carlos Victoria y a mí a casa de Oscar López, que era supuestamente informante o cuasi informante o aparentemente informante como Paca Garza ―en fin, esas cosas nunca llegan a saberse― y todo alarmado nos echó de la casa preguntándole a quien nos había llevado cómo había sido posible que le llevara a esos dos poetas malditos. Así que al menos... ¡éramos algo! Nuestros nombres no significaban nada aparentemente, pero subrepticiamente éramos dos poetas malditos, de la misma forma que lo habían sido Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Cassidy, Corso, Ferlinghetti; y todo eso, sorprendentemente, lo habíamos logrado con la imaginación, porque nunca realmente llegamos a existir como amantes y seguidores activos del existencialismo francés, del movimiento beatnik, de la beatlemanía y los Stones, y nuestros cabellos crecían, sí, pero con un extremo temor de ser cortados en plena noche por la policía que patrullaba en sus jeeps blancos, con cascos blancos, todos inmaculados y limpios como la mismísima imagen de una virgen. ¿Cómo lograban tal pulcritud? y aunque forcejearan con algunos "elementos incontrolados" que supuestamente éramos delincuentes peligrosos o casi peligrosos o imaginariamente peligrosos, o al menos potencialmente, cabía la posibilidad de que dentro de algún tiempo nos convirtiéramos en algo altamente dañino para la sociedad, algo así como hippies, o pretendidamente hippies, o tontos de remate que nos creíamos pertenecer al mundo cuando el mundo y nuestras propias circunstancias nos habían cercenado la posibilidad de pertenecer a algo y sólo nos era dado el imaginar e imaginar de una forma o de otra.
En fin, Joe, en realidad lo único que queríamos era ser jóvenes y hacer todo lo que hacían en aquel momento, fuera bueno o malo, quién pensaba en eso entonces, existía el amor universal y queríamos ser tocados por su varita mágica, existía el rebelarnos contra el "stablishment", pero resultaba que en la isla caribeña donde nací ―y de cuyo nombre no quiero ni acordarme― el "stablishment" era el justo, el que precisamente debía existir para felicidad de todos y por el que suspiraban y luchaban todos aquellos con los que imaginariamente nos identificábamos.
Realmente nuestra imaginación merece un premio, porque gracias a ella logramos sobrevivir y llegar a ser la inutilidad que somos ahora. ¿Puedes decirme, Joe, para qué sirvo yo? No tengas miedo ser sincero, de todas formas voy a dejarte propina porque en el mundo real me tocó ser camarero y no me permito el lujo de abandonar un lugar sin dejar nada a cambio, aunque sea un mal recuerdo...
Bueno, comprendo tu silencio y que lo adornes diciendo que todos servimos para algo. Te doy las gracias profundamente conmovido. Pero la única verdad es que yo no sirvo para nada. ¿Y todo por qué? Porque nunca he podido creer en nada.

Bienaventurados los que han tenido la opción de la fe
y hoy la defienden espartanamente en contra de toda realidad
porque una vez algo representó algo para ellos

y si hoy deciden aceptar la realidad eso les envejece inmediatamente y, por supuesto, Joe, todos estamos interesados en perpetuar nuestra juventud mucho más allá de cualquier límite. Es puramente humano.

Pero yo también creí en los Reyes Magos y alguien me dijo alguna vez que la fantasía era una alegre impostora con la que adornábamos nuestra infancia, y a pesar de eso aún estoy vivo. Mientras, por favor, te pido que me sirvas otro vaso de vodka con lima y agua porque la lima se me agarra a la garganta y el vodka no me deja olor en la boca mañana por la mañana cuando deba levantarme e interpretar el papel de toda mi vida:
vivir

Y también creí en Sonia la Patinadora. ¿Sabes, Joe, quién era Sonia la Patinadora?
Un personaje que aparecía cada carnaval, vestido con un leotard negro, la cara embetunada, un tutú rosa, y calzado por unos maravillosos patines que Sonia manejaba con una maestría sin igual en una especie de pequeña plaza que se formaba en la Avenida de los Mártires, y allí Sonia ejecutaba sus cabriolas magistrales, y era famosa y la gente la aplaudía, y Sonia repetía su acto varios veces, y yo esperaba cada carnaval sólo para ver a Sonia hasta que, claro, los carnavales fueron también prohibidos o sustituidos por noches innombrables en que la gente se emborrachaba sin más como si fuera el único objetivo de sus vidas.
Y una noche, después de muchos años, atravesando el Parque Agramonte, un amigo me pregunta: "¿Te acuerdas de Sonia la Patinadora?". Y yo, claro que me acuerdo, si era un personaje de mi niñez. "Pues es aquel maricón que está sentado allí y que se llama Luisito y tiene un marido guagüero ―ya sabes, Joe, de esos que conducen autobuses, que son la personificación del macho insular― que le prohíbe (parece ser que siempre alguien prohíbe algo a alguien) ponerse pantalones ajustados para que no se le marque el cuerpo". Como si Luisito fuera una especie de Jayne Mansfield o Mammie van Doren...

En fin, pura imaginación, que parece ser que es lo más desarrollado entre los habitantes de esa isla de cuyo nombre no quiero acordarme.
¿Por dónde vamos, Joe? Me pierdo, te confieso que a veces me pierdo: en el bosque de mi imaginación, en las calles de mi desastre, en los meandros de la angustia, entre los charcos de mi inutilidad.
Ay, Joe, qué suerte has tenido con nacer en Charleston, estado de South Carolina, aunque habrás pasado lo tuyo porque lo rancio siempre apesta en cualquier parte. Pero qué cambio si hubieras nacido en esa isla que flota a la deriva en la imaginación, dando bandazos contra las sienes, queriendo escaparse por los lagrimales patéticamente "sin pasar tú por mí detenida", como le cantaba Silvio a Emilia.

Admiro a los que han podido creer y han luchado por creer y por defender algo y han vivido su juventud, bien o mal, peligrosa o melifluamente, pero que no han tenido que recurrir a la imaginación para sustituir sus vidas.
La imaginación anula y lo que es peor, cercena la vida posterior.
Sí, ya sé: lo de siempre. ¿Dirás que al menos yo he elegido estar aquí esta noche?
Efectivamente, tienes razón.
Pero lo único que he elegido, obligado por las circunstancias, es el sitio donde vivir porque ello me permite, por ejemplo, estar aquí esta noche bebiendo el segundo vodka con lima, que ya debes ir sustituyendo, y eso desde luego es un hecho, pero todo el esfuerzo imaginativo que he tenido que desplegar para llegar hasta aquí y sentirme y saberme un poco más libre de lo que antes era, quién me devuelve lo que he pagado por él.
Y la fe. Es básica para poder continuar viviendo.
La fe en Dios, o la fe en el Marxismo, o la fe en Uno Mismo.
Y yo no siento nada de eso, Joe. Sin duda, tú necesitas un apoyo para estar noche tras noche soportando discursos de este calibre y eso es porque tienes, sin duda, alguna fe. Crees en algo, aunque sea en el Diablo. Pero yo no creo en nada. Se me fue con la imaginación, o la imaginación la agotó, o qué sé yo cómo explicarlo.
Sólo sé que si yo he podido soportar que Sonia la Patinadora no sea nunca más Sonia la Patinadora, por qué los demás no pueden ponerse en mi lugar y aceptar que la vida cambia, que aquello en lo que creímos no correspondía con la realidad, que la realidad era otra, que ocultaba cosas, y a pesar de que ya se saben de sobra siguen creyendo que su Sonia la Patinadora vuelve con cada carnaval, leotard negro y tutú rosa, a ejecutar sus mariconerías frías en la plaza y no se dan cuenta de que la plaza está desierta, vacía,
como mi vaso, Joe. ¿Te has dado cuenta de que mi vaso está vacío?
Pues muévete una pulgada, querido, no te urjo ni te ordeno. Sólo te lo pido por favor: ponme una copa a la salud de mi amante, Joe, y otra más para el resto del camino.
Esta noche, no sé, tiene algo especial y como definitivo.


Madrid, 1997. 5 de abril.


(6 de abril de 1977.) Los periódicos matutinos anuncian la muerte, la última noche, de Allen Ginsberg.


©1977, David Lago González

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermoso poema. Gonocí a Ginsberg en Santiago de Cuba, creo que en 1964. Estaba apoyado a los barrotes de hierro del atrio de la Catedral, desde donde se ve el Parque de Céspedes. Eran casi las 6 pm. Yo era muy joven y no le hablé, aunque ya había leído el Rey de Mayo.
Parece que caminó algo a Cuba. Quizá algún día alguien lo investigue.

Pablo Palma Leal dijo...

Tienes un excelente poder de evocación, David. Tu monólogo-poema
me llevó muy cerca de tu dolor y de la amplia gama de tus sentimientos. Eso no es fácil de lograr, te felicito por tu habilidad, y te doy las gracias por compartirlos con el lector.