miércoles, 27 de enero de 2010

DAVID LAGO GONZÁLEZ - MIAMI

En una de las pocas cosas en que nunca complací a mi madre fue en trasladarnos a Miami. No es que ella lo pidiera jamás ni se sintiera grandemente entusiasmada por la idea (pues le tocó vivir también la vanidad social del cubano de otras épocas anteriores a la Revolución, cosa que incluso yo recuerdo de algunos personajes que, por coincidencias de holganza económica, pasaban por la sala o la saleta de mi casa en algunas ocasiones), pero comprendo que quizás en un principio de nuestra “transterración” le habría resultado más fácil para aceptar la separación definitiva de Cuba y de todas sus raíces. Pero mi rechazo —podría perfectamente ampliarlo, pero tendría que explicar más cosas y estoy cansado a veces de explicarME— a Miami, “la nueva Cuba”, se remonta a los mismos tiempos remotos en que comenzó mi rechazo hacia todo lo nacional autóctono debido a la apropiación inmediata que hizo Fidel Castro y su compañía de fanáticos, seguidores bien intencionados e ilusionistas de la peor calaña. Lo primero de ningún modo fue tan fuerte como lo segundo —que me ha tarado para siempre y ya estoy en el umbral de la vejez—, pero todavía se mantiene y se renueva al menor tropezón, por pequeña que sea la piedra. Por suerte, bastante poco después de volver a Madrid desde una fugaz Galicia, conocí a quien sería mi pareja durante once años, Ángel del Río Hornos, judío sefardita al que debo muchas consecuencias de índole psíquica, pero también la gran suerte de haberse involucrado con mi madre (mutuamente) desde el mismo principio y habernos facilitado el paso a un cosmopolitismo que fue la voluntad primera con la que dejé Camagüey, al punto de que mi madre (persona muy criolla —en el mejor y más antiguo y tradicional y elegante sentido del término—) asumió de inmediato la cocina y otras costumbres no tan cerradamente cubanas para abrirse a una verdadera y armoniosa integración, sin renunciar ni negar el origen más inmediato de toda ella (y también sin necesidad de los estúpidos “contratos de integración” que propone Mariano Rajoy, candidato a la presidencia española por el Partido Popular).

Hace poco tuve otro tropezón. Este vino en forma de documental, de esos documentales aparentemente apolíticos y medio bobos en que se quiere poner de manifiesto las maneras y expresiones de un pueblo. Este no versaba sobre la Cuba insular sino sobre la sustitutoria: Miami, y sobre todo —ya que los tópicos pesan sobre cualquier otra cosa y todo este tipo de filmaciones está más bien dirigida hacia la mass media más imbecilizada e impersonal—, la Calle Ocho, pasarela de La Pequeña Habana o Little Havana, ahora cuando ya ni siquiera existe prácticamente pues la mayor parte de sus habitantes cubanos han salido de allí y ha sido sustituidos por toda clase de latinoamericanos. Pero la verdad es que en ese documental —que se filmaba en una especie de “carnaval” que para nada me recordaba un verdadero carnaval sino que para mí era reflejo fiel de las bebederas populares con que el Estado cubano regalaba al pueblo por el ataque al Cuartel Moncada durante los días 26, 27 y 28 de julio, fecha a la que también fue trasladada la celebración del Día de Reyes, no con su carácter religioso, sino como festejo infantil— lo más que apreciaba era un espíritu netamente cubano, de la Cuba urbana profunda actual y post-Fidel, ésa que me obliga a no volver y que desgraciadamente ha terminado engulléndose a la que una vez fue auténtica, ésa en la que viví y me emborraché hasta el peligro de la inconciencia y el alcoholismo. El peligro de la peligrosidad con el que el comunismo me había re-bautizado, contagiándome de un virus más destructor que el del VIH.

Lamentablemente parece que las cosas se igualan por el peor rasero. ¿A eso es a lo que se refieren los dialogantes? Crecí, me formé-deformé, en una época radical, de ahí que el producto también resultara serlo —como dice el tío ése de Penúltimos Días: “ya sabemos, David, que tú eres el más radical de todos”—, no logré ceder yo mismo a la domesticación. Tuve otros patrones, otras “lacras”, como se decía. Entre mis tiempos y otros posteriores (que sobre todo florecieron a partir de la segunda mitad de los años 80 y durante los 90s) hay un abismo insalvable: el de la domesticación. No hay manera de entendernos.

Y, además, a quién le importa.

Lo peor de todo es que ahora hay una nueva forma de “identificarnos”: todos somos la Calle 8.

(Madrid, 27 de enero de 2010)

© David Lago González, 2007.

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Calle Ocho Street Festival Takes Over Little 9zy6UIWNtknl

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4 comentarios:

Ernesto G. dijo...

Miami es tantas cosas, David. Muy bueno tu escrito. Saludos.

David Lago González dijo...

Hola Ernesto. Sí, por supuesto, y Roma también, y San Petersburgo. Pero what I really mean es que intento por homogeneizar de nuevo el exilio no es nada gratuito, igual que nunca fueron gratuitos El Mariel ni los balseros ni nada de lo que pase. Son unos verdaderos maestros.

David Lago González dijo...

Rectifico: "es que intento" quise decir "es que esos intentos por..."

María Gina Valero Ortiz dijo...

Buenos dias poeta, un saludito,frescoleerte y saber que sigues regalando belleza.
No dejo de pensar en ti.....