Hace poco supe de algo terrible que le había sucedido a un amigo. Lo supe por una tercera persona, pues este amigo no es dado a comentar anécdotas de su vida, y mucho menos una tan delicada y triste, e irónica y terrible, como ésta.
Su padre perteneció al bando republicano durante la guerra civil española. No sé en qué grado ni me importa ni tengo prejuicios en cuanto a esa parte específica de la historia de España. No sé si simplemente vivía en zona republicana y, por tanto, los nacionales lo consideraron "poco conveniente". El caso es que lo fusilaron.
Muchos años después publicó su primer libro de poesía. La persona que le ayudó a publicarlo, o que le editó el libro, había participado en el fusilamiento de su padre. Tiempo después, no sé cuánto, se enteró.
Omito su nombre por respeto. Si él lo lee, ya sabrá entender que estoy a su lado.
David Lago González
(Madrid, 22 de julio de 2008)
martes, 22 de julio de 2008
domingo, 13 de julio de 2008
sábado, 28 de junio de 2008
Message in a bottle
(desde la Isla de la Siguaraya)

Acabo de imprimir la entrevista. Le leí un pedacito y pienso disfrutarla este fin de semana.
Ahora que viene al caso. Mira, no sé qué perdió Cuba de más importante, si a Olga Guillot o a la carne mechada. No es que no me guste Olga. Tengo varias grabaciones de Olga. Todo el mundo tiene grabaciones de Olga, y de la Yiyiyi, Celia Cruz, y de todo el que vale la pena. Es cierto que no se oye OFICIALMENTE. Pero qué obsesión hay con hacer las cosas OFICIALMENTE!!! Lo mejor de la vida es extraoficial. Cuando nosotros conocimos a los Beatles no se podía oirlos oficialmente, pero la gente tenía unos discos de vinilo enormes que se grababan "piratescamente" y luego tuvimos al papá de fulanito que los mandaba, etc. Y también se singa extraoficialmente. Que el día que OFICIALMENTE me digan que singue, los fósforos!!!! por algo será!!!
Los artistas o escritores "amados" OFICIALMENTE , como Silvio, o el mismo Senel Paz, tienen garantizado un sólido y profundo olvido. Incluso, las cosas buenas que puedan tener, se diluyen en la avalancha del comando oficialesco.
Líbreme el Cielo de todo lo que huela a oficial, o estatuído. O propagandizado.Besos

Acabo de imprimir la entrevista. Le leí un pedacito y pienso disfrutarla este fin de semana.
Ahora que viene al caso. Mira, no sé qué perdió Cuba de más importante, si a Olga Guillot o a la carne mechada. No es que no me guste Olga. Tengo varias grabaciones de Olga. Todo el mundo tiene grabaciones de Olga, y de la Yiyiyi, Celia Cruz, y de todo el que vale la pena. Es cierto que no se oye OFICIALMENTE. Pero qué obsesión hay con hacer las cosas OFICIALMENTE!!! Lo mejor de la vida es extraoficial. Cuando nosotros conocimos a los Beatles no se podía oirlos oficialmente, pero la gente tenía unos discos de vinilo enormes que se grababan "piratescamente" y luego tuvimos al papá de fulanito que los mandaba, etc. Y también se singa extraoficialmente. Que el día que OFICIALMENTE me digan que singue, los fósforos!!!! por algo será!!!
Los artistas o escritores "amados" OFICIALMENTE , como Silvio, o el mismo Senel Paz, tienen garantizado un sólido y profundo olvido. Incluso, las cosas buenas que puedan tener, se diluyen en la avalancha del comando oficialesco.
Líbreme el Cielo de todo lo que huela a oficial, o estatuído. O propagandizado.Besos
sábado, 21 de junio de 2008
La Maravilla

© Alexey Titarenko
Sábado, 21 de junio de 2008.
Esta mañana una maravilla me hizo llorar. Suena irónico, contradictorio, incongruente. Pero así fue. Revisaba el link de un fotógrafo llamado Alexey Titarenko, una serie de fotos agrupadas bajo el nombre de “Havana serie”, y de pronto di con “La Maravilla”. Fue como una especie de posesión espiritual, los vellos de los brazos se me erizaban y empecé a repetir como un obseso “ay Dios mío, ay Dios mío”. En la habitación descansaba mi compañero y le llamé porque simplemente quería compartir con alguien la maravilla de la maravilla. Yo mismo me levanté y fui en busca de la foto de Enrique y Gisela. Y empecé a explicar a mi compañero que hacía muchos años “La Maravilla” era un café tradicional de la Habana vieja, justo esquina a la calle de Villegas. Sin duda, su época de esplendor andaría por la primera mitad del siglo XX. Pero en los altos, entrando por Villegas, una escalera (“del siglo XVII”, apuntaba, o apuntalaba, Enrique; “y esa casa en ruinas, de la otra esquina, es del siglo XVI”, añadía para rematar) que crujía como cien fantasmas, nos conducía a lo que sin duda fue una casa señorial, devenida todavía con decencia y amor en una casa que compartían varias personas sin familiaridad alguna pero con un comportamiento común que se definiría como humano. Allí vivía Aurora Sánchez, la madre de Enrique Bedoya; y desde allí Enrique saldría hacia El Mariel para no volver jamás (se suicidó en Miami en el año 82); allí el amigo Janusz acudiría a pertrecharlo en los días de espera; allí tomábamos té con Aurora, gran conversadora, mujer de carácter fuerte; allí comenzaría mi amistad con esta hermosa y elegante señora que, nacida en España, la guerra civil le había pillado del lado de acá mientras daban un viaje de asueto.
Yo le señalaba a mi amigo los balcones encima del rótulo de La Maravilla, o el esqueleto de esos balcones y de esas ventanas en las que todavía se podía apreciar algunas tablas de los postigos, y empezaba a llorar mientras mi compañero me abrazaba ligeramente como se toca a alguien que no se comprende pero que te conmueve, y me asomaba junto a Enrique y Aurora a aquellos balcones, y reíamos, y sonreíamos en algún rincón de la memoria, al mismo tiempo que me preguntaba cómo era posible que todo aquello hubiera terminado por la locura de un hombre, por la tozudez de un mesiánico, y les decía a ellos que no había castigo posible para quien provoca la ruina por la ruina, sin que nada provechoso sobreviviera para los que vendrían detrás, porque todo se queda en el maravilloso recurso del recuerdo que pone de nuevo carne a las sombras, pintura a las paredes, brillo al sol. Y eso es un aporte ajeno a la locura del Mesías.
©2008, David Lago González

jueves, 5 de junio de 2008
Texto leído por Roger Salas en la Casa de América, Madrid 2 de junio de 2008. Libro de ISIS WIRTH: "Después de Giselle"

Texto leído por Roger Salas en la Casa de América
Libro de Isis Wirth: “Después de Giselle”
(Estética y Ballet en el siglo XXI).
Editorial Aduana Vieja, Valencia 2007. (Con fotografías de Marc Haegeman).
Buenas tardes.
W. H. Auden comienza su conferencia sobre el “Julio César” de William Shakespeare con la siguiente frase:
“Hoy espero contentar a los menos aficionados a la música, puesto que pienso hablar y hablar sin parar”.
Parafraseando al maestro autor de “Trabajos de amor dispersos” digo que “hoy espero contentar a los menos aficionados al ballet, pues pienso hablar y hablar sin parar”. A lo que se puede responder con otra ocurrencia de Groucho Marx:
“¡Dios mío, no le voy a preguntar por la salida de incendios; me limitaré a seguirle!”.
El ballet es una pasión y como dijo Michael Clark: “No fire scape in hell” (No hay salida de emergencias en el infierno). El ballet también es un infierno, con sus propias llamas y hasta una formula mágica en su fuego demiurgo donde hay no azufre, pero sí técnica, estética, y hasta ética.
En la literatura especializada y actual de ballet en castellano es un hecho excepcional el libro de Isis Wirth (née Armenteros), una mujer culta, con una palabra de verbo elocuente y con criterios propios y avanzados en las materias que toca. Lo digo por mor de la calidad en sí, no porque se editen pocos libros. Si se editan pocos libros de ballet en español es porque tenemos lo que nos merecemos, lo que hemos propiciado y formado. La comparación con el ámbito anglosajón de la especialidad es insostenible y ociosa. Lo que sí nos sirve, es esa escuela anglo-americana que empieza antes de John Martin, pasa por Arnold Haskell, Richard Buckle, Walter Terry y Clive Barnes, y que Isis ha estudiado muy bien, pues en ella hay una intención de referencia que apunta su rigor y hace deleite.
Hay otra escuela en paralelo de la que somos deudores, la ruso-soviética, llamémosla “la eslava”, que gestiona y se informa en otro sentido y donde están Sloninski, Roslaeva, Rosánova, Krasovskaia y Gayeski. Isis los ha leído, eso seguro. Y así va en una búsqueda de su propio sistema y estilo con algún que otro toque sincrético.
El libro de Isis tiene dos intereses básicos: reúne su etapa cubana (ella es cubana y desde hace años vive en Suiza y en el mundo real, desde donde atiende toda la actualidad del ballet) así como la progresión personal experimentada con su asentamiento en Europa y América. Sus estilo y criterios han cambiado positivamente, se han abierto a una dialéctica y a una dinámica que impone el mismo desarrollo del ballet contemporáneo y el llamado clásico (o académico, mejor expresado) vistos a los ojos globalizados de hoy, algo que aventuro, ya estaba en los prolegómenos de los estudiosos Gino Tani y Curt Sachs. Hoy le preguntas a tantos jóvenes pujantes y ambiciosos que estudian danza en las universidades españolas quiénes son Tani o Sachs y te miran con escéptica superioridad.
También es interesante en el tomo de Isis la sección de las entrevistas, aspecto vivo de la profesión periodística, no del crítico, que maneja con solvencia y calidad en sus preguntas y su síntesis. Y llamo la atención sobre su trabajo con el bailarín cubano radicado en Londres, Carlos Acosta, hoy una gran estrella internacional. En cierto sentido, y no es exagerado, Isis le ha “descubierto” para la literatura de ballet.
“Después de Giselle” no es un título banal y tiene sus claves. Para cualquier especialista de ballet cubano, la “Giselle” de Alicia Alonso (y la que expone como conjunto el Ballet Nacional de Cuba) le resulta una marca, un antes y un después, un dominio estético, un decálogo poderoso de parámetros difícilmente superables en la apreciación del “espectador ilustrado” que es lo que debe ser siempre el crítico (nunca un balletómano de pro, sino un analista coréutico). Pero Isis lo consigue al final de su libro, rompe con la “umbilicalidad insular” a partir de la honestidad. No reniega de lo escrito (lo que dice mucho a su favor y a su empeño), y establece el paralelo de las circunstancias de ayer con las circunstancias de hoy propias del ballet, que siempre son más dramáticas que festivas (una metáfora que vale para también para la poesía, la literatura y las artes visuales). Es un libro que he leído con placer e interés en espera de sus nuevos escritos, donde seguramente con otras perspectivas, esa “Giselle” memorial y simbólica, insular y posesiva, será un perfumado telón del pasado.
Debo apuntar que no estoy totalmente de acuerdo con todos sus postulados y conclusiones, y esto es lógico. Le digo a mi querida Isis que si alguien está totalmente de acuerdo con ella, que desconfíe, le sugiero que recele del elogio vano e incondicional (verdadera maledicencia de Tepsícore) . Las maneras de disentir en este caso, son parte actuante del negocio. Y eso también es lo que me gusta de su libro, donde entra lo dinámico y lo dialéctico con lo estrictamente historicista o escolástico.
He leído por ahí que Isis es un producto de escuela cubana. Me niego a aceptarlo. No es verdad. Isis es su trabajo y no hay que meterla en el saco del criollismo reductor. ¿Una escuela cubana de críticos de danza y ballet? ¿Algo que no sea la servidumbre hagiográfica? Perdónenme que me ría primero y me sonroje después. Isis es libre en su escritura, y en sus ideas.
Hay una contaminación progresiva entre el papel del crítico y el del periodista o cronista. La relación entre el crítico o cronista de los avatares del ballet con sus objetivos es difícil; y es verdad que se pueden llegar a tener verdaderas francas relaciones con los bailarines y los coreógrafos. No siempre es así. Se nos ve como “intrusos”; se nos cataloga como “advenedizos” y se nos utiliza siempre que pueden. El caso de Paul Szilard (empresario legendario, ex-bailarín y gran persona) y el crítico Clive Barnes es ejemplar. De hecho, Barnes prologó en 2002 las memorias de Szilar, que tienen por título una metáfora maravillosa: “Under my wings” (Bajo mis alas). Barnes (que ha escrito libros extraordinarios sobre Balanchine, Nureyev, Ashton, Fonteyn y otros) me decía, emocionado, el año pasado en Miami al recibir el Premio de la Crítica que otorgan el Festival Internacional de Ballet de la ciudad y el Miami Dade College of Arts, que el papel del cronista (y del crítico) de ballet sería, siempre y a la postre, ingrato. Isis no desmaya en ello. Lo sabe.
Dice Hölderlin en “Sócrates y Alcibíades”:
“Quien más hondo ha pensado, ha de amar lo más vivo;
La alta virtud comprende quien ha mirado el mundo;
Y a la postre es frecuente
Que los sabios se inclinen a lo bello”
Os aseguro que Isis Wirth en este libro ha mirado el mundo y se ha inclinado por lo bello.
Muchas gracias.
En Madrid y 2008
©ROGER SALAS
sábado, 31 de mayo de 2008
martes, 20 de mayo de 2008
Make it one for my baby (and one more for the road) ---- David Lago González

a Isabel Alonso Vallejo
Allen Ginsberg in memorian, con toda mi admiración
Estás del otro lado de la barra y tú debes ser Joe.
En la canción te llamas Joe y por qué darte otro nombre; además eso nos mantiene en un cierto anonimato y así lo mantenemos juntos porque yo tampoco voy a decirte el mío, no porque pretenda esconder nada, sino porque en sí mi nombre no significaba nada:
ves,
abro la boca,
pronuncio inaudiblemente mi nombre,
y qué oyes:
la más absoluta Nada.
Mi nombre es el silencio, la nada, lo que no existe y no vale la pena divulgarlo porque eso no significa, ni nada ni algo, nadie se pone alegre al oírlo; sólo tal vez algunos pocos que ya han muerto o que están muy lejos y por más fuerte que lo grite no puede llegarles ni siquiera el eco o la telepatía.
En fin de cuentas, Joe, qué más da un nombre, si ni siquiera el tuyo es verdaderamente Joe y yo te he bautizado así porque es una canción que me encanta, cántela quien la cante, y si es Tony Bennett mucho mejor, incluso mejor que Frank Sinatra, porque le saca como más amargura, le exprime la vida que ha pasado y que no volverá y que ha hecho que se hagan canciones como ésa.
Así que Joe, tómalo con calma, que hoy te ha tocado a ti.
Lo siento mucho, pero todos los días le toca a alguien.
Es ley de vida. De vida cruel, pero al fin y al cabo, es una manifestación de la realidad.
Yo no he empezado todavía, te advierto.
Para empezar, pues estoy en un bar y debo beber, prepárame un vodka con zumo de lima rebajado con un poco de agua, porque sabes, la lima pura se te agarra a la garganta y te hace toser como si comieras anacardos. Y el vodka, no es que lo prefiera a todo, pero decía Bette Davis que es la única bebida que no deja olor al siguiente día, y de eso ella debería saber mucho porque al día siguiente siempre tenía que estar lista para el rodaje de turno, aun cuando en cierta ocasión puso un anuncio en los clasificados ofreciéndose como actriz, y eso que era Bette Davis, que era como para tenerla en casa interpretando todo el día o simplemente dejándola caminar, con esa forma tan peculiar de andar que tenía en que no solamente adelantaba un pie sino el cuerpo entero y el alma le seguía a corta distancia, confundida con la sombra. En las películas no se ven las sombras, pero en la vida real sí. Lo del anuncio lo hizo para humillar a los demás, no a sí misma. Conozco esa bofetada que es una especie de inmolación de la dignidad propia haciendo que otros sientan vergüenza de que alguien así tenga que llegar a esos extremos. Astuto ardid el de la vieja Baby Jane Hudson, sólo que de nada vale.
Estarás de acuerdo conmigo, Joe, porque si no, olvídate de la propina...
Hoy te toca soportarme, pero supongo que en este oficio habrás tenido que soportar a más de un pesado.
Hacía mucho tiempo que no bebía.
Yo vivía en una isla caribeña ―de cuyo nombre no quiero acordarme― y una vez hubo una ley seca ―parece que en todos los países siempre ha de existir alguna prohibición― que provoca justamente la adición, y por entonces todo el abstemio grupo de amigos comenzó a beber unos brebajes caseros que dudo que siquiera Dios supiera lo que llevaban dentro, y así nos fuimos acostumbrando, para celebrar el fin de semana, ya sabes, y yo empecé por olvidar todo lo que hacía cuando bebía, de modo que al siguiente día la gente me decía qué hacías anoche a las dos por tal o cual lugar y yo no tenía de aquello ni la menor idea. Por cierto, Allen Ginsberg tiene un cáncer de hígado irreversible:
"Extraño que ahora piense en ti, ida sin corsés ni ojos, mientras camino por el soleado pavimento de Greenwich Village, hacia el centro de Manhattan, claro mediodía invernal, de pie toda la noche, hablando, hablando, leyendo el Kadish en voz alta, escuchando el blues del ciego Ray Charles cantando en el fonógrafo...”
Allen Ginsberg. Lo he leído hoy en la prensa y me ha producido un verdadero y profundo dolor ―aunque es fácil ya tocar mi corazón―, porque en un momento de nuestra vida significó mucho para nosotros, hasta el punto de imitar su poesía e imaginariamente llevar una cuasi vida libertaria resucitando la rebeldía y la irreverencia del beatnik, pero todo como muy imaginariamente, muy ni siquiera contándosnolo los unos a los otros, porque siempre teníamos miedo. ¿Has tenido miedo alguna vez, Joe? En Charleston, ¿tal vez del qué dirán? Todos los “sures” suelen ser implacables en eso. Bueno, también yo he pasado por ese pequeño temor del qué dirán, pero al final te impones y logras sobreponerlo. Yo me refiero en realidad a otros miedos.
Pero vamos con calma, ya entraremos en detalle.
Así que a Allen Ginsberg le quedan de cuatro a doce meses de vida, y durante aquella época en que resucitamos su imagen y su rebeldía ―llevábamos un cierto retraso, impuesto por las circunstancias y el desfase del tiempo― también compaginábamos una cierta influencia francesa: ya sabes, Goddard, el Malle de "Fuego Fatuo", Camus y alguna reminiscencia de Sartre.
En realidad, yo creo que todo ello partía más bien de Emilia, y luego la cosa se complicó con lo que quedaba de los beatniks y luego irrumpieron los Beatles en el 63 y la cosa se movió hacia esa pérfida mujer llamada Albión ―como le gusta a Willy llamarla―, para al cabo de pocos años trasladarse a la costa este de los Estados (“los Estados” son Los Estados, qué cojones) con Jefferson Airplane, y John B. Sebastian con los Lovin' Spoonful, y luego complicarse aún más con el rock progresivo: Steppenwolf, Soft Machine, Pink Floyd, y las largas sesiones de madrugadas de Baker Street en casa de Junior, con aquella extraña emisora de Little Rock, Arkansas, que promocionaba el underground y llenaba el aire de trasfondo musical extraño y deslizante, como se supone que debe ser el trasfondo musical del ácido. Pero todo en nosotros era imaginario, sabes, porque vivíamos en esa isla caribeña ―de cuyo nombre no quiero acordarme― y todo estaba prohibido o casi prohibido, incluso nuestros nombres. Recuerdo que un domingo de aburrimiento, como suelen ser todos los domingos en todas partes del mundo, incluida Uzbekistán, un amigo nos llevó a Carlos Victoria y a mí a casa de Oscar López, que era supuestamente informante o cuasi informante o aparentemente informante como Paca Garza ―en fin, esas cosas nunca llegan a saberse― y todo alarmado nos echó de la casa preguntándole a quien nos había llevado cómo había sido posible que le llevara a esos dos poetas malditos. Así que al menos... ¡éramos algo! Nuestros nombres no significaban nada aparentemente, pero subrepticiamente éramos dos poetas malditos, de la misma forma que lo habían sido Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Cassidy, Corso, Ferlinghetti; y todo eso, sorprendentemente, lo habíamos logrado con la imaginación, porque nunca realmente llegamos a existir como amantes y seguidores activos del existencialismo francés, del movimiento beatnik, de la beatlemanía y los Stones, y nuestros cabellos crecían, sí, pero con un extremo temor de ser cortados en plena noche por la policía que patrullaba en sus jeeps blancos, con cascos blancos, todos inmaculados y limpios como la mismísima imagen de una virgen. ¿Cómo lograban tal pulcritud? y aunque forcejearan con algunos "elementos incontrolados" que supuestamente éramos delincuentes peligrosos o casi peligrosos o imaginariamente peligrosos, o al menos potencialmente, cabía la posibilidad de que dentro de algún tiempo nos convirtiéramos en algo altamente dañino para la sociedad, algo así como hippies, o pretendidamente hippies, o tontos de remate que nos creíamos pertenecer al mundo cuando el mundo y nuestras propias circunstancias nos habían cercenado la posibilidad de pertenecer a algo y sólo nos era dado el imaginar e imaginar de una forma o de otra.
En fin, Joe, en realidad lo único que queríamos era ser jóvenes y hacer todo lo que hacían en aquel momento, fuera bueno o malo, quién pensaba en eso entonces, existía el amor universal y queríamos ser tocados por su varita mágica, existía el rebelarnos contra el "stablishment", pero resultaba que en la isla caribeña donde nací ―y de cuyo nombre no quiero ni acordarme― el "stablishment" era el justo, el que precisamente debía existir para felicidad de todos y por el que suspiraban y luchaban todos aquellos con los que imaginariamente nos identificábamos.
Realmente nuestra imaginación merece un premio, porque gracias a ella logramos sobrevivir y llegar a ser la inutilidad que somos ahora. ¿Puedes decirme, Joe, para qué sirvo yo? No tengas miedo ser sincero, de todas formas voy a dejarte propina porque en el mundo real me tocó ser camarero y no me permito el lujo de abandonar un lugar sin dejar nada a cambio, aunque sea un mal recuerdo...
Bueno, comprendo tu silencio y que lo adornes diciendo que todos servimos para algo. Te doy las gracias profundamente conmovido. Pero la única verdad es que yo no sirvo para nada. ¿Y todo por qué? Porque nunca he podido creer en nada.
Bienaventurados los que han tenido la opción de la fe
y hoy la defienden espartanamente en contra de toda realidad
porque una vez algo representó algo para ellos
y si hoy deciden aceptar la realidad eso les envejece inmediatamente y, por supuesto, Joe, todos estamos interesados en perpetuar nuestra juventud mucho más allá de cualquier límite. Es puramente humano.
Pero yo también creí en los Reyes Magos y alguien me dijo alguna vez que la fantasía era una alegre impostora con la que adornábamos nuestra infancia, y a pesar de eso aún estoy vivo. Mientras, por favor, te pido que me sirvas otro vaso de vodka con lima y agua porque la lima se me agarra a la garganta y el vodka no me deja olor en la boca mañana por la mañana cuando deba levantarme e interpretar el papel de toda mi vida:
vivir
Y también creí en Sonia la Patinadora. ¿Sabes, Joe, quién era Sonia la Patinadora?
Un personaje que aparecía cada carnaval, vestido con un leotard negro, la cara embetunada, un tutú rosa, y calzado por unos maravillosos patines que Sonia manejaba con una maestría sin igual en una especie de pequeña plaza que se formaba en la Avenida de los Mártires, y allí Sonia ejecutaba sus cabriolas magistrales, y era famosa y la gente la aplaudía, y Sonia repetía su acto varios veces, y yo esperaba cada carnaval sólo para ver a Sonia hasta que, claro, los carnavales fueron también prohibidos o sustituidos por noches innombrables en que la gente se emborrachaba sin más como si fuera el único objetivo de sus vidas.
Y una noche, después de muchos años, atravesando el Parque Agramonte, un amigo me pregunta: "¿Te acuerdas de Sonia la Patinadora?". Y yo, claro que me acuerdo, si era un personaje de mi niñez. "Pues es aquel maricón que está sentado allí y que se llama Luisito y tiene un marido guagüero ―ya sabes, Joe, de esos que conducen autobuses, que son la personificación del macho insular― que le prohíbe (parece ser que siempre alguien prohíbe algo a alguien) ponerse pantalones ajustados para que no se le marque el cuerpo". Como si Luisito fuera una especie de Jayne Mansfield o Mammie van Doren...
En fin, pura imaginación, que parece ser que es lo más desarrollado entre los habitantes de esa isla de cuyo nombre no quiero acordarme.
¿Por dónde vamos, Joe? Me pierdo, te confieso que a veces me pierdo: en el bosque de mi imaginación, en las calles de mi desastre, en los meandros de la angustia, entre los charcos de mi inutilidad.
Ay, Joe, qué suerte has tenido con nacer en Charleston, estado de South Carolina, aunque habrás pasado lo tuyo porque lo rancio siempre apesta en cualquier parte. Pero qué cambio si hubieras nacido en esa isla que flota a la deriva en la imaginación, dando bandazos contra las sienes, queriendo escaparse por los lagrimales patéticamente "sin pasar tú por mí detenida", como le cantaba Silvio a Emilia.
Admiro a los que han podido creer y han luchado por creer y por defender algo y han vivido su juventud, bien o mal, peligrosa o melifluamente, pero que no han tenido que recurrir a la imaginación para sustituir sus vidas.
La imaginación anula y lo que es peor, cercena la vida posterior.
Sí, ya sé: lo de siempre. ¿Dirás que al menos yo he elegido estar aquí esta noche?
Efectivamente, tienes razón.
Pero lo único que he elegido, obligado por las circunstancias, es el sitio donde vivir porque ello me permite, por ejemplo, estar aquí esta noche bebiendo el segundo vodka con lima, que ya debes ir sustituyendo, y eso desde luego es un hecho, pero todo el esfuerzo imaginativo que he tenido que desplegar para llegar hasta aquí y sentirme y saberme un poco más libre de lo que antes era, quién me devuelve lo que he pagado por él.
Y la fe. Es básica para poder continuar viviendo.
La fe en Dios, o la fe en el Marxismo, o la fe en Uno Mismo.
Y yo no siento nada de eso, Joe. Sin duda, tú necesitas un apoyo para estar noche tras noche soportando discursos de este calibre y eso es porque tienes, sin duda, alguna fe. Crees en algo, aunque sea en el Diablo. Pero yo no creo en nada. Se me fue con la imaginación, o la imaginación la agotó, o qué sé yo cómo explicarlo.
Sólo sé que si yo he podido soportar que Sonia la Patinadora no sea nunca más Sonia la Patinadora, por qué los demás no pueden ponerse en mi lugar y aceptar que la vida cambia, que aquello en lo que creímos no correspondía con la realidad, que la realidad era otra, que ocultaba cosas, y a pesar de que ya se saben de sobra siguen creyendo que su Sonia la Patinadora vuelve con cada carnaval, leotard negro y tutú rosa, a ejecutar sus mariconerías frías en la plaza y no se dan cuenta de que la plaza está desierta, vacía,
como mi vaso, Joe. ¿Te has dado cuenta de que mi vaso está vacío?
Pues muévete una pulgada, querido, no te urjo ni te ordeno. Sólo te lo pido por favor: ponme una copa a la salud de mi amante, Joe, y otra más para el resto del camino.
Esta noche, no sé, tiene algo especial y como definitivo.
Madrid, 1997. 5 de abril.
(6 de abril de 1977.) Los periódicos matutinos anuncian la muerte, la última noche, de Allen Ginsberg.
©1977, David Lago González
sábado, 17 de mayo de 2008
Linda Sokolovski

"Dave Dances" includes:
Over 200 pages with hundreds of color photos and stories that are funny, sad, hopeful, and inspirational . . . "Pregame" with Misty and Melody or read one young husband's story of losing his wife.
Many full page color plates of my paintings combined with vellum overlays
Sketches, cartoons as well as foldouts of some of the most beautiful DMB "Dreamgirls" ever
Poetry from the brilliant David Lago–Gonzalez
The fabulous photography of the band from David Adam Beloff
Hundreds of photos that document what it means to be a fan
Fun Davespeak
The most unusual contest that you will ever enter. How well do you know the band and their music? How well do you know the "Dave–inci Code" ?
The first 500 books will be signed and numbered hardcover Limited Editions and include
an entire set of Trading Cards created by the author. . . . one for each chapter!
http://www.ljmsart.com/index.php?cPath=5
"MySpace" friend, Linda Sokolovski, de New York, ha editado un libro de ilustraciones basadas en las letras de las canciones de Dave Mathews Band. En él incluye un poema que me pidió especialmente para el libro. Es para mí un honor poder presentarla y considerarme su amigo.
miércoles, 14 de mayo de 2008
14 de mayo, cumpleaños de una amiga

Hoy es tu cumpleaños, me lo dijo esta cosa de internet que me avisa de los aniversarios. Aunque seguramente ya no te acuerdas de nadie ahora que estarás felizmente hospedada en el Meliá Camagüey, con el celular en una mano y en la otra el personal computer mientras con los dientes metes algo dentro del microondas (o microwave, o maicroueif, que también se dice) (cuidado no te quemes, los diarios no dicen nada --"hoy los diarios no hablaban de ti" es una canción de sabina-- de la campana de plástico especial que protege los alimentos contra las radiaciones del maicro... tú ves, siempre hay algo por lo cual preocuparse...) y por eso quizás no te quede nada libre para ver mi regalo, que no sé cuál es, voy a ver qué te mando...... Bueno, sí, puedes ver, para los ojos no han "liberado" nada: ay qué feliz me hacen, todavía puedes ver... me acuerdo de aquella película soviética maravillosa en que por un desajuste en la máquina del tiempo iván el terrible se queda del lado de los soviets y el presidente del comité de defensa se queda en el san petersburgo zarista y se arman todos aquellos líos...y una gorda rubia se queda loca al final de la peli y comienza a conjugar el verbo "voy a ser feliz" hasta que se quita la peluca, se la llevan unos enfermeros malos, y se acaba la película..... ¿liberalizaron los i-pods, los mp3 o el mp4? o todavía puedes oírme cuando te digo "te quieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeerooooooooooooooooo"
David
jueves, 1 de mayo de 2008
"I have been experienced" in the court of Crimson King

Los periódicos muestran hoy la necrológica de Alfred Hoffman.
ALFRED HOFFMAN
Químico descubridor del LSD, nació en Baden (Suiza) el 11 de enero de 1906 y murió el 30 de abril de 2008 en Burg (Basilea, Suiza).
El primer viaje lisérgico de Carlos Victoria comenzó en la primera casa en El Vedado de Silvio Rodríguez, donde, además, se fumaba la mejor marihuana de La Habana (al menos de La Habana). La "guagua" que nos llevaba de regreso a nuestras respectivas becas en Siboney se llenó de pronto de elefantes multicolores y Vicky se me escondía detrás de un asiento.
Y sí, por razones muy personales y conexiones afectivas que continúan existiendo, teníamos relaciones más sociales que amistosas con Silvio. Aclaro lo de la amistad porque dudo que, aún entonces que no era tan famoso ni debía tanto al stablishment cubano, tuviera verdaderamente amigos.
C'est la vie.
martes, 22 de abril de 2008
Secret poem, de Roger Salas

(M. A. H. S.)
Cuando el salón se queda a oscuras,
Muchos objetos retienen alguna luz.
Hay un jarrón liberty y un paño de rezo,
Hay un atril infantil y hay más que todo eso:
Hay verdad sobre las circunstancias
Y una razón sin límites en las huellas
(Máculas gentiles del uso y del abuso).
Los objetos son más o menos antiguos
Y nosotros somos más o menos culpables.
Las huellas son la sombra cruel de los actos
Y lo que nos dejan tras tantas tormentas,
Ese extraño fulgor de fuego fatuo que patina
Dulcemente el peltre y la madera de limón:
Será nuestra versión figurada del llanto
Y acaso de la victoria común sobre la vida.
(En Téllez, 25-27/III/2008)
©Roger Salas, 2008.
sábado, 19 de abril de 2008
Menos nuestro dolor, de Aureliano Cañadas

El día 16 de abril, en el Círculo de Bellas Artes, el poeta Aureliano Cañadas presentó su libro “Menos nuestro dolor”. Aureliano es amigo desde viejo, desde hace muchos años, en una época en que me uní a un grupo de poetas y cantautores y dábamos recitales y lecturas en lo que antes podría haberse llamado café-cantantes (Café Manuela, El Búho Real), plazas públicas y teatros. Yo, viniendo de Cuba y careciendo de la deformación intelectual (o “intelectualoide”, como la definiría despectivamente –y muchas veces atinadamente― la oficialidad cubana), no me consideraba tocado por la mano de ningún dios, divino o terrenal, de modo que me resultó una experiencia fresca, agradable, renovadora. Fui mejor aceptado entre este grupo más cercano a la anarquía que al orden (en fin de cuentas, todo poeta de sangre está siempre en ese trance), que lo que he sido nunca entre la biliosa aprobación-desaprobación del llamado exilio cubano. Esa noche me encontré además con algunos compañeros de aquel tiempo (Antonio, Gabriel), y faltó Marieta.
Aureliano es un poeta que cuida su verso: lo escribe, lo mira, lo re-escribe, lo deja reposar y finalmente se atreve a decirlo. Digo “se atreve” porque padece de una timidez grande. Este libro, en el que a mi parecer se condensa demasiado dolor, o quizás mucho más la negatividad del dolor que el resultado positivo que a la postre puede dejar, es el resultado de sus diálogos con otros poetas. Reproduzco a continuación el que abre el poemario, desenlace de su plática con Camoens.
Alma minha gentil que te partiste (L. de Camôens)
Dicen que el pensamiento
de aquel que va a morir
abandona aguas gélidas,
vuelve a contracorriente
a los días felices
y lejanos,
mas una y otra vez,
el mío sólo vuelve
a ti,
alma minha gentil que te partiste,
y todo lo demás
es una nube: Coimbra,
Ceuta, Macao, la India,
furia de espadas y olas,
zozobra de mi canto.
Ah, cómo me olvidan en la tiniebla,
sin tu calor, sin tu mano tendida,
para mí, a la piedad
de este viento marino
de las calles
de Lisboa.
Hágase pronto el silencio,
apáguese el torpe tacto.
Nadie sabrá que he vivido.
(C) Aureliano Cañadas
"Alma minha gentil que te partiste". Soneto de Camôens a Dinamese, la esclava oriental con la que naufragara en la desembocadura del Mekong. Licencia histórica: quien pidió para él por las calles de Lisboa al final de su vida fue otro fiel esclavo suyo.
viernes, 15 de febrero de 2008
"El Niágara en bicicleta" (Rolando H. Morelli) y "La recompensa del poeta" (David Lago González)

El Niágara en bicicleta
Quien haya contemplado alguna vez, (particularmente desde el lado canadiense) el panorama indescriptible que ofrecen las cataratas del Niágara, habrá podido compartir la profunda conmoción y el sentimiento de pasmo, que embargaba al poeta José María Heredia al expresar aquello de «(…) siento / en mi alma estremecida, y agitada / arder la inspiración. (…)». Ahora, como entonces, y en cualquier tiempo, las cataratas son un espectáculo grandioso y conmovedor. Pero a diferencia del cantor del Niágara, ante ellas no echaba yo de menos una palma perdida entre los rápidos del paisaje, bien que había venido (con una y mil coartadas, y aún sin ellas) a buscar la palma de Heredia: la irradiación de su presencia. Buscaba, a falta de otras evidencias, una plaquita cuasi funeraria que en algún momento dedicara a la memoria del poeta el gobierno de la República de Cuba. Para un cubano exiliado, visitar las cataratas tiene por fuerza algo de peregrinaje. Resulta imposible separar de ellas la presencia de Heredia. (A punto estuve de escribir: su esencia). Estoy seguro de que, si a cualquier cubano familiarizado desde niño con los versos de la célebre “Oda” se le preguntara por la tumba del poeta, pocos podrían dar noticias aproximadas del lugar donde reposan sus restos, que como es conocido de los más enterados, se perdieron irremediablemente, años después de sepultados en tierra de la capital mexicana. Si, por otra parte, se me preguntara a mí, cuál habría sido la tumba ideal del santiaguero universal, no vacilaría en responder: las cataratas del Niágara. Porque allí debió morir el poeta. Ni antes, ni después, ni en otro sitio. Luego de concebir su “Oda” inmortal. Pero la historia, o el destino, dispusieron otra cosa. Heredia, después de refugiarse en los Estados Unidos donde visitó algunas de las principales ciudades del país tales como Philadelphia o Nueva York, lugares en los que residió temporalmente, —y naturalmente, de visitar las cataratas— halló al fin un asilo más acogedor según su deseo de encontrar un clima menos frío en México. Establecido en este país donde casó y tuvo descendencia, murió de tuberculosis sin haber podido regresar a la patria de sus añoranzas, mas que durante un breve intervalo, merced a un permiso especial —muy trompeteado por las autoridades coloniales de entonces— para ver a su madre, enferma a la sazón, por última vez. Poco después de este viaje que le granjeó toda clase de epítetos infamantes de parte de muchos compatriotas, y aún la incomprensión y el rechazo de antiguos amigos que se negaron a recibirle, Heredia murió —como ya se ha dicho— en suelo mexicano. Su errabundear por esas tierras, y pese al aprecio que halló en muchos mexicanos de calidad, no estuvo exento de sinsabores a causa de su condición extranjera, y de su vocación liberal. He ahí, en un apretado resumen, la historia conocida del bardo romántico, el primero en nuestra lengua según ha llegado a demostrarse. Más que de la tisis de que sufría, Heredia murió de su interminable exilio en una tierra a la vez próxima y distante. Los propios descalabros y desasosiegos de la naciente república, cuyo establecimiento coincide precisamente con la estadía de Heredia en suelo mexicano, se convierten por un proceso de ósmosis en una carga adicional que el desterrado lleva sobre los hombros. Al Niágara, pues, me fui a buscar a Heredia, o lo que es lo mismo, a Cuba, por otras vías. Hice el recorrido en automóvil. Me hubiera gustado poder hacerlo tal y como debió hacerlo el vate en el siglo XIX, es decir, siguiendo el sistema de canales que desembocaban en el lago Erie, y al cual deben su prosperidad original ciudades como la de Buffalo, en el estado de Nueva York, pero dicho sistema de canales ha desaparecido en gran parte, o por lo menos ha caído en desuso. Salimos —mi compañero de andar por la vida, y yo— un domingo por la mañana, desde la ciudad de Philadelphia, conocida por mí antes de que yo mismo me estableciera en ella, gracias a las descripciones que de la misma hiciera Heredia en correspondencia dirigida a su amigo Domingo del Monte, y que fueran recogidas con posterioridad en uno de los volúmenes correspondientes al Centón Epistolario delmontino. Siguiendo la carretera número diecisiete nos dirigíamos al Niágara cuando nos encontramos, literalmente hablando, con Cuba, para grata sorpresa nuestra. Se trata de un pueblito donde Cuba es —para decirlo con una locución inglesa— “a big name”. Ferreterías, heladerías, farmacias, un cine, y hasta una estación de bomberos proclaman este nombre con letras enormes, como si fuera ésta la única garantía de aparecer en el mapa o de que el viajero tome nota a su paso, y tal vez desacelere y quiera informarse. La palabra Cuba multiplicada connota y resume la circunstancia única de este pueblito rural americano en el estado de New York, camino de las cataratas del Niágara. ¿Existía ya en el momento en que se produce el viaje de Heredia? Seguramente su existencia data de algún tiempo después, cuando el país de este nombre, última de las posesiones españolas en América, ha entrado ya a formar parte del imaginario norteamericano por diferentes vías que convergerán en la guerra contra España. Pensando en todo esto mientras nos hallábamos en «Cuba» pensé en Cuba, con mucha nostalgia, como corresponde a un cubano que va al Niágara en busca de Heredia, es decir, lo sabido. Como era domingo, el local de la «Cuba Historical Society» estaba cerrado, y de momento me quedé sin saber a qué factores se debe la fortuna de contar con otra isla de Cuba, poco o nada conocida de los exploradores, al oeste del estado de Nueva York. (Como es sabido, las otras islas de este nombre se hallan, respectivamente en el mar Caribe, y en el mar Árabe, ésta última, según da cuenta el oportuno Dictionary of Imaginary Places (204-205)).
Después de una sesión de fotos en Cuba, New York, continuamos mi compañero y yo nuestro camino hacia el Niágara, que en verdad constituía nuestro destino, aunque de allí siguiéramos luego hacia Toronto. Durante horas recorrimos el parque del lado norteamericano, intentando dar con la placa conmemorativa de Heredia, sin que pudiéramos encontrarla. Ni siquiera las pesquisas a través de varios funcionarios encargados del parque y sus monumentos dieron resultados. Uno de ellos recordaba, o creía recordar algo relacionado con el poeta y su famosa “Oda”, pero no tenía información alguna sobre la existencia de una placa, a pesar de haber fotografiado —aseguraba— cuántas existían en el parque. Ilusionados con que podríamos encontrarla seguramente del otro lado, mi compañero y yo incursionamos entonces en la rivera canadiense. La vista de las cataratas desde esta margen es aún más espectacular que del lado americano. A describirla aciertan apenas las palabras de Heredia, sin dudas arrebatado por su estro poético ante la contemplación de un fenómeno cuya magnitud es sólo equivalente a su belleza. ¡Qué pequeño se siente el ser que las contempla! Y a la vez, cuán grande dicha ésta de poder contemplar algo semejante ante lo cual, decir que faltan las palabras deja de ser un lugar común para acercarse al pasmo ante lo insólito. El aire vibra, alrededor nuestro, eléctrico, electrizado, vaporoso. Con razón se levanta aquí una estatua colosal dedicada al gran Tesla. El elemento líquido está en todas partes a la vez en suspensión y animado por un atomizador invisible. Vuela, corre, se desliza sobre las rocas, hiende el suelo, tunde el aire, golpea, cae, aterra, se despedaza en la avalancha de su fuerza incontenible; flota en una gasa vaporosa y leve que al entrar en contacto con la luz crea la ilusión de un prisma poliédrico o se alza en un triunfal arco iris sobre cualquiera de los saltos de agua, como si la hercúlea tarea de pasar al otro lado fuera la menor —sin dudas la más grata— de las tareas posibles encomendadas a cualquier héroe epónimo. En algún inconspicuo rincón, como ocultándose en medio de la turbamulta del agua que se vuelca infinita, la corriente parece amansarse —deslizarse del agua-río sobre el agua-limo— y filtrar por entre rocas una gran colada que penetra en la tierra hasta muy dentro para abrazarla y desceñirla de su dureza granítica.
Horas después de buscarla infructuosamente, nos rendimos a la que parecía una evidencia indiscutible: la placa conmemorativa de Heredia no apareció. Como si dijéramos, pensé, la grandeza palpable y cierta de Heredia frente a las pequeñeces de la historia como menoscabo y erosión de aquello que la enfrenta y a cuánto de valor produce una tierra de nadie. Porque, digámoslo de una vez, es posible que la tarja se encuentre todavía en algún lugar del parque que bordea las cataratas, o es posible que los efectos de la erosión se la hayan cobrado, y por ninguna de estas cosas habría que responsabilizar a nadie tal vez, pero la incuria por lo cubano es tanta (dentro o fuera de Cuba), que sería preciso dejar nota de semejante estado de abandono para que tal vez comencemos a ocuparnos del alma de lo nuestro. En Philadelphia, Boston, Nueva Orleáns o Nueva York, (para sólo mencionar unos pocos lugares de los Estados Unidos) vivieron —y en incontables casos murieron— cubanos como Varela, Heredia, del Monte, Martí, o más próximos en el tiempo, Ernesto Lecuona, Lino Novás Calvo, Emilio Portell Vilá, Emilia Bernal Agüero, Lydia Cabrera, y tantos y tantos otros, y a veces los cubanos pasamos sin saberlo frente a las fachadas de las casas o edificios donde vivieron y sufrieron por Cuba dolores semejantes a los nuestros aquellos compatriotas. Ni una tarja siquiera, conmemora el lugar. Salvo en contadísimos casos nadie ha preservado la memoria de un ilustre huésped. Este desdén por lo nuestro (no se me ocurre otro modo de llamarlo) es a la vez que reflejo, una de las causas del castrismo. Castro es encarnación y glorificación —querámoslo o no— de nuestros peores hábitos y cualidades como pueblo, sin nuestras virtudes. Al pie de las cataratas con su estruendoso tumbo, experimenté un sentimiento de tragedia pura, que siendo muy personal, era también nacional. Y, tal vez, por un juego de asociaciones fáciles, recordé esa frase cubana que describe a la perfección una situación difícil por la que se atraviesa: pasar el Niágara en bicicleta . Y con la frase, me acordé asimismo de un chiste asociado con las cataratas que, aunque parezca solo eso, constituye el testimonio de unos amigos cuya madre consiguió del gobierno cubano, al cabo de muchos años de intentos frustrados, una visa humanitaria para salir de su país a visitar a los hijos exiliados. (Huelga señalar el paralelo de este viaje con el realizado por Heredia para visitar en Cuba a su madre, vieja y enferma, al que ya antes se ha hecho referencia). Esta señora cubana de ochenta y seis años, de visita frente a las cataratas a donde la llevaron sus hijos, resumió la gran tragedia cubana con una frase lapidaria que era al propio tiempo un chiste. Impasible, o simplemente pragmática en su cinismo, frente a lo que veía y oía, dijo a sus hijos que lo que más la alegraba era que tal maravilla no estuviera en Cuba, porque —tal dijo— “si aquel loco les pone la mano, las seca”. ¡Secar el Niágara undoso del poeta! Portento siniestro de la ingeniería más diabólica que pueda concebirse. Hipérbole y realidad. Porque eso, es Cuba y la herencia del castrismo: cauce seco arrasado por un don de aridez como hay pocos. Tuve que reír frente al chiste y a las cataratas y reflexioné, sin llegar a conclusiones que fueran demasiado conclusivas, si ese hábito del cubano que va de trivializar lo trágico a simplemente desconocerle sus alcances, era virtud o defecto. Repensando ahora las palabras de la señora sigo sin saberlo. Pienso que si aquéllas no hubieran sido dichas por ella, a posteriori de tanto hecho conocido —al menos de los cubanos— hubieran podido ser apocalípticamente proféticas, pero si alguna vez lo fueron en su isla, lo terrible es que nadie puede ser profeta en su tierra. Ahí esta Cuba (isla del mar Caribe) para corroborarlo, y es simplemente una pena que esta anciana haya tenido que venir al Niágara para no ser escuchada, y sus palabras tenidas en cuenta apenas como una broma comprensible para sus hijos exiliados. A esa señora, a su sabiduría, y a sus palabras, debería alguien erigir un monumento, frente al Niágara de nuestros (t)errores. Un monumento que nos recuerde siempre, la devastación espiritual y material de esta época: la hora cero del fidelato, para que esa hora cero predecible, no vuelva nunca a repetirse. Que la lección derivada por la octogenaria señora cubana de lo ocurrido en Cuba nos sirva también en el futuro.
Las huellas de Heredia en el destierro evocan demasiado las de la diáspora cubana bajo el castrismo para que el régimen de Castro quiera o pueda ocuparse de dedicarle un monumento, a pesar de las excelentes relaciones con el Canadá. Sería como si el mismísimo Tacón accediera a rendirle ese homenaje. Somos pues, los cubanos de afuera, los que reparando olvidos y ofensas, deberíamos de levantar un monumento digno del poeta, frente a las cataratas que tanto lo conmovieron e inspiraron, porque en ellas vio Heredia materializarse entre brumas su alma atormentada por Cuba. Sea éste un monumento a nosotros mismos. Digno recordatorio de los que fueron nuestros pioneros, y en particular de la estatura poética y cívica del gran exiliado, y al pie del mismo inscribamos algunos de los versos con que cierra la celebrada “Oda”: «¡Duren mis versos cual tu gloria inmortal! [Y] pueda, piadoso / viéndote algún viajero,/ dar un suspiro a la memoria mía”.
(C)Rolando D. H. Morelli
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La recompensa del poeta
a mi madre
Una estancia amplia, desolada, en la luz profunda y dolorosa del atardecer.
En un extremo, una niña ensaya la declamación de unos versos en honor al Niágara.
Frente al espejo, separa los brazos de su torso y alza una mano hacia lo alto,
como si una cascada de gotas invisibles esperara allí
para mojar su piel con la transparencia del poema.
Como el sol la atraviesa por la espalda traspasando su cuerpo de organdí,
da la sensación de estar mirando una mariposa multicolor con las alas abiertas,
iluminada por el día que se escapa.
Será mañana el día, sí, será mañana, cuando ante sus compañeros le toque recitarla
y deberá asegurarse de la entonación de cada verso
y, más que todo, de la solemnidad de cada silencio.
Su silencio debe resonar en ese espacio de tiempo
en que podrá oírse el ruido del agua y el sonido de su pecho corriendo al unísono,
cuando el poema pasa de ser una palabra a ser una imagen y se convierte en recuerdo.
"Este recuerdo a mi pesar me viene...
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
ni otra corona que el agreste pino
a tu terrible majestad conviene."
Ochenta años después vuelve el espejo en el horizonte
con su antorcha ungida en la voz de la memoria,
a iluminar ácidas tardes de balnearios sedientos
cuando arde la carne a la sombra de los pinos, y a los pies de la mecánica andante
se escucha el ruidito de una garganta que gorgotea, como una lenta cascada que fue
y que se agota, el lenguaje incomprensible de los mirlos.
Cuatro o cinco momentos ―escaso galope fugaz― marcan las preguntas de la vida,
las oscuras preguntas que nos hacemos en torno a la luz y a la ausencia.
Unos versos en un atardecer de niñas campesinas,
ciudades sin tregua para la cercanía y la distancia,
barrancos que dejan su imagen al borde del vacío,
labios que besan por vez primera,
hijos que vienen de un espacio infinito entre la noche y el fuego.
Todo ello es un rumor raído; un vuelo incendiado por el aliento, en el que el insecto ―esa mariposa que fue y sigue siendo, pasión, materia, ebriedad de la luz―,
queda apresado por una flor que en torno a ella
cierra sus cinco pétalos y la entrega al enigma, al misterio.
Vuelves una mañana, luego, al cabo de tanto tiempo,
a ensayar los versos de Heredia para el fin del curso,
y es una extraña mañana, en que de mañana ya atardece,
como si el día, apenas comenzar, estuviera vencido.
"Este recuerdo a mi pesar me viene..."
Y entre las nubes claras de las primeras horas oscurecen las ciudades del destino,
como si se trataran de una misma llama compartiendo un solo pulso.
Tu temor era infundado por vanos fantasmas;
tu éxito, absoluto: siempre diste con el tono del poema;
siempre lograste transmitir el vaho del agua
brotando de las meras palabras que un poeta reunió
ignorando que un siglo después servirían de música al vaivén de una vida.
¡Qué gran recompensa ha tenido!
Siento mi camisa pegada al cuerpo;
es agradable y molesta esta fina llovizna,
y doloroso y tenue este velo,
y esta niebla en la que suave, quedamente, te adentras como los antiguos griegos,
para quienes la palabra "muerte" era sólo oscurecer,
una mañana, una extraña mañana con atisbos de infinito.
(Madrid, 18 de Noviembre de 1995)
(C) David Lago González
sábado, 19 de enero de 2008
SONIA LA PATINADORA, David Lago González
a Enrique Agramonte Robles¡Como cada año, como cada noche del San Juan camagüeyano, fiel a su cita con su incondicional público, se la ve acercarse, deslizándose como un cisne! (Y eso que no es agua la superficie, sino adoquines del siglo XVIII, de nuestra legendaria y bravía ciudad que para honor de todos fue bastión de La Independencia y cuna de linajes sin par.) ¡La Avenida de los Mártires se viste de gala para recibir esta ráfaga de misterio y sabrosura que nos devuelve la magia de sus movimientos y el enigma de su identidad! ¡Señores y señoras, damas y caballeros, distinguidos todos, aquí la vemos llegar, aquí está con nosotros ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Sonia la patinadora!!!!!!!!!!!!!!!! ¡No tiene charangas, no tiene congas, pero todas las orquestas y todos los tambores suenan para ella! ¡Suenan por ella! Porque también el arte anónimo es arte mayúsculo, señores. No se equivoquen. Leal a su independencia, ha rehusado el patrocinio de la cerveza Polar, del jabón Candado, y hasta de la prestigiosa firma Crusellas y Compañía. Partagás no tiene nada que hacer con ella. Sonia es libre, imprevisible. Este misterio que año tras año nos regala su arte inconmensurable, grandioso, negro como el trópico misterioso y siempre sorprendente y como el color de su piel (al menos el que obviamente se observa desde aquí), no se casa con nadie. Porque, como el más puro de los artes, pertenece a su público, se debe a él, que, devotamente, cuando nos iluminan estas estrellas sin par del cielo agramontino en esta cita anual, vuelve a nosotros para regalarnos su luz, su simpatía, sus movimientos rápidos y fugaces como una de esas otras estrellas a las que pedimos un deseo. ¿Y qué podríamos pedirle a Sonia que no sea otra cosa que se quede para siempre? ¡Que cada año esperemos con ansiedad este momento único y agradecerle que forme parte de nuestros recuerdos, de nuestra historia rica y sandunguera de ritmos que se atropellan y se sobreponen de comparsa en comparsa, de carroza en carroza, y sea ella misma carroza y comparsa, representante genuina de nuestra cultura popular!
¡Sonia! ¡Sonia! ¡Gritemos todos para dar la bienvenida a esta gran mujer llena del más rico glamour! Y como las grandes estrellas no se prodigan, este acontecimiento sucede una sola vez, una sola noche, cada trescientos veinticinco días. Además de engrandecer el acervo cultural de tan noble ciudad como la nuestra, ha pasado a formar parte indisoluble del conjunto de nuestras leyendas. ¡Aupémosla con un gran aplauso que nos saque fuego de las manos! ¡Acojámosla con un “¡Viva!” ensordecedor, porque nadie mejor que ella, nada mejor que su arte, se lo merecen! ¡Y démosle las gracias por escoger este trozo de la Avenida de los Mártires para hacer el gran despliegue de su encanto sin par!
-o-
Como cada año también, se escabulló tras unos matorrales de la Estación de Ferrocarril. Entre ellos y el ancho andén, los raíles y los trenes que llegaban y salían; los vapores de las locomotoras; algunos operarios, con enormes aceiteras de larguísimo pitón, revisando las enormes ruedas de esas viejas máquinas, negras y robustas como toros de acero. A su espalda, una ladera que servía de base a las tripas de un largo hotel español venido a menos: lleno de vocingleros vecinos y radios a todo volumen parecía más bien la parodia de una casa de muñecas. Un pequeño foco de luz, suficiente para quitarse el maquillaje en la oscuridad, iluminaba el espejito de aumento de la marca Max Factor (“Hollywood, naturalmente...”) que servía al personaje para irse despojando del cuerpo y del alma de Sonia, la patinadora, ¡la única!, la eso del “acervo” con lo que se había quedado un poco confundida. ¿Era bueno o era malo ser acervo? El fru-frú almidonado del tutú fue tan áspero que un viejo gordo de la segunda planta miró hacia abajo, y a duras penas logró Sonia meter la prenda en la bolsa que dejaba escondida entre las matas. Luego se quitó el leotard y se puso la ropa que había llevado para dejar el mundo de la gloria y pasar de nuevo a la aburrida cotidianeidad. Le gustaba estrenar siempre algo, y para esta ocasión se había comprado unos pitusas americanos, un poco caros, pero qué caray, volvió a tocar la bolsa del dinero del cepillo y la sintió bien llena: en fin, la noche no sólo había sido diversión. Había pasado otro año.
Luisito tomó la línea del tren, pero no en dirección a La Habana ni a Santiago, sino la de vía estrecha que conducía al puerto de Nuevitas. En ese momento se dio cuenta, ¡qué extraño!, que todos los trenes que había visto transitar por allí eran los que regresaban, pero nunca había visto uno partir de la estación hacia el puerto. Debe ser pura coincidencia, pensó, porque no todos van a retornar como si vinieran de la nada. Nuevitas existe, no es imaginación mía.
Esta parte de la línea, aunque igual de peligrosa, no es tan inhóspita como la que lleva a La Habana, tan llena de marihuaneros y parejas de todos los sexos ―¡hasta el tercero! ¡habráse visto!―, singando discretamente bajo los árboles, como de salteadores, restos de brujería y gente solitaria y rara que de pronto sale de lo oscuro como si fueran fantasmas. Este lado es, digamos, más humano. Las casitas de madera están a unos metros de la vía, pero las mujeres que las habitan alivian la aspereza de la miseria cubriendo las cercas con enredaderas y plantas y árboles olorosos, de modo que hacen de la soledad y la molestia de caminar sobre las traviesas un paseo bajo la luna llena y un muestrario de los más diversos perfumes: galán de noche, madreselva, jazmín, azahar, un limonero florecido, un guayabo parido. Y en definitiva, el trayecto desde la Estación hasta la Avenida de las Palmas no es muy largo, conque si se da prisa y anda ligero, él mismo asusta al miedo.
Con miedo o sin él, lo que no se le pasaría de momento era la vibración de todo su cuerpo, a pesar de calzar ahora esos tennis viejos que siempre reserva para la ocasión. Patinarse toda la zona adoquinada de la calle República, Avellaneda, hasta llegar a la Avenida de los Mártires, es un sacrificio que sólo se puede hacer una vez al año. Los adoquines “legendarios”, como les llamaría Raúl de la Torre cómodamente desde su micrófono de Radio Camagüey. ¡Comemierda! Y decir que había escogido para su Grand Finale esa área de la avenida que parecía ensancharse a causa de la superficie despejada de la gasolinera Esso como si se tratase de un reconocimiento a los mártires de la Independencia fusilados al terminar la calle... bueno, otra comemierdá. Cuando llegaba allí, simplemente ya la Sonia estaba medio muerta. Cuando llegaba allí, su odio hacia la humanidad era tal que en vez de una sombrilla habría querido tener una ametralladora; en vez de unos patines, ir montada sobre un tanque Shellman destruyendo todos los malditos adoquines a su paso y haciendo volar por los aires los balconies de los pudientes y las sillitas y los taburetes pequeños de la chusma de Florat. A medida que aquel imbécil hablaba entreteniendo a “su” público y a una señal pre-convenida con el bugarrón que manejaba la electricidad, las luces se apagaban por un segundo, tiempo suficiente para escabullirse por la calle de la gasolinera, soltar rápidamente esas ruedas de acero y salir lo más deprisa posible por La Vigía en busca de los matorrales donde había dejado su ropita de Luisito. Sonia la patinadora desaparecía misteriosamente, así hasta el próximo año. Algo le unía a Greta Garbo.
Los músculos me tiemblan como una gelatina... de naranja, mami, que es la que más me gusta, acuérdate ―dijo Luisito en voz alta, y por una cerca de las graciosas casitas le contestó el hocico de un perro.
Ya se divisan las palmas (esto parece una canción guajira), pero al que no veo por ningún lado es a Papo. Bueno, déjame pararme aquí, debajo de la farola del bar, y que llegue rápido porque esta zona no es muy buena, no me gusta nada, muy ancha y muy todo pero más solitaria que el cementerio del Cristo por la noche. Y todavía de tierra... el bajareque donde vivimos, en La Guernica, ya tiene una alfombra de asfalto hasta su puerta.
¿Y ese pitusa tan apretado que te has puesto? Pareces una puta.
¡¡¡¡¡¡Ayyyyy!!!!!!!! cómo me das esos sustos, cabrón: yo aquí cagándome de miedo y tú vienes por atrás sin avisarme.
Es que parece que estás fleteando, ¿no te lo he dicho ya?
Papo, déjame en paz, que para fletear estoy yo; además, no soy una puta.
Pero éste es un país de bugarrones y maricones, no de hombres.
Bueno, son variantes... Anda, coge la bolsa y no hables; no, déjamela, que la pongo sobre la parrilla para amortiguar el efecto de los baches sobre mis adoloridas nalgas (ay, qué bien me quedó eso, ¿verdad?). En vez de venir en bicicleta, deberías haber traído la guagua: ¡luces tan bien sentado al volante! Oye, esta noche el ridículo de Raúl de la Torre dijo que yo pertenecía al “acervo” cultural de la ciudad y eso me ha dejado muy preocupado, ¿tú sabes lo que quiere decir esa palabra?
Luisito, a mí me suena a nombre de planta, ¿no será una mata de santería?
Luisito, Sonia, pasaba un cierto lapso de tiempo hasta volverse a reafirmar su personalidad, saltó a la parrilla de la bicicleta Niágara a la manera de una dama victoriana acomodándose sobre la montura del caballo. Inmediatamente se dio cuenta que había dejado caer los hombros y se puso rígido. Cruzó los pies y los alejó del eje y los rayos de la rueda. Por si las moscas... Tal parecía que en verdad perteneciera al acervo cultural de tan legendaria y noble ciudad.
¡Qué va a ser una mata de santería, chico! No digas sandeces. Es algo que tiene que ver con la curtura, dijo el tipo éste... ¿Qué será...? Bueno, arranca, papi.
(Madrid, 26 de julio de 2002)
miércoles, 26 de diciembre de 2007
EN LA CUERDA, Antonio Desquirón Oliva

En la cuerda.
Estoy en la cuerda.
Ya llegué.
Mientras la mano agita el agua y los delfines o los tiburones
Y los napoleones y los demás peces del arrecife
Y hasta los relojes del Atlántico
Mientras todos han comprendido bien la seña,
Y un recuerdo o un espíritu lee el cartel en letras rojas.
Ni primero, ni segundo ni tercero:
En los fíles.
Como todo en la vida: nunca los planos estelares,
Sólo estar.
Ni franchipán, ni fausto,
Ni jazmín de la India,
Ni naranja cajela, ni anón,
Ni ixora roja, ni clavellina matizada.
Salió el encargado
Y dijo que no sembraran nada de eso,
Que nada más con yerba verde y piedras negras,
La loma ya tenía un aspecto fabuloso.
Y se quedó mirando.
Entonces el aguacate verde maduró,
los peces salieron a buscar pitanza,
La bola del mundo dio otra vuelta,
Y se formó otro tiempo de agua.
Ni el primero ni el último.
Ahí.
Agosto 2007.
Marca.
Lo mejor que tiene
Es que apenas se ve.
Nadie te puede controlar,
nadie se puede condoler ni alegrar,
No se puede envidiar.
Ni siquiera medir
Ni retratar.
Habría que hacer algo así como una prueba de ADN,
Habría que hallar el gen.
Pero en Cuabitas eso no se puede.
Por eso más vale que me vaya a dormir
O me conecte más con la palabra.
Total.
Lo mejor que tiene es que apenas se ve.
Agosto 2007.
Para hacer un relato.
Cuando venía llegando
Ya era noche.
Miré detrás de mi
Y un ciclista apagado bajaba.
Era noche
Y los televisores resonaban con el noticiero.
Era la hora en que se pueden contar
Las estrellas del cielo
Y los pasos del gato.
Y los aleteos de la lechuza.
Era la mejor hora para contar la vida.
Cuando venía llegando
Un ciclista bajaba
Y apreté el paquete de cigarrillos negros.
Esta noche hace tanto calor,
Y no quiere llover.
Es la mejor noche para comenzar.
En cuanto los perros se callen un poquito
Vas a ver.
Un instante no más.
Agosto 2007
Tersites.
Yo no voy a la guerra de Troya
Yo no voy.
Se que pasas bajo mi ventana
Pero ni el casco ni la lanza
Ni el asqueroso escudo.
Ni el pestilente moño de tu casco.
Eso no me enardece.
Yo no monto en una galera de ésas.
No me importa si estás furioso o afligido.
No me importa lo que dice el vuelo de las aves
Ni cómo cayó el carapacho de tortuga
Ni si subiste a casa de la anciana
Y ella balbució algo incomprensible.
Es la corriente
Debajo de la tierra
Y el silbido de la roca
Atravesando el cielo.
El cuerpo aguarda el año,
Cuando Tersites sea Aquiles.
Y Patroclo salga de noche a buscar suerte,
Y Agamenón se apoye en la puerta del fondo
A mirar el maíz que crece,
Y Casandra entone una canción,
Y los muros no sirvan para ver la batalla.
Eso aullaron la mancha en la pared,
La pila de rocas junto al trillo
La corriente de agua
Y la raya del cielo
Al esfumarse.
Agosto 2007.
Déjà vu.
La espada que corta en dos,
Los ojos que quieren seguir la espada
Y la claridad que dibuja
La silueta de la mano girando.
Como si amanecer fuese una especie de supremo lujo
Que casi nadie se pudiera permitir, pero él sí.
Como si olvidar –más bien convencer a los otros
Que todo se ha olvidado-
Equivaliera a amanecer.
Como si la espada no estuviera cansada de
Partir en dos la misma soga,
Y esa historia
Nunca hubiera ocurrido.
Como si todo no fuera más que un sueño
Que se sueña por primera vez.
Como si amanecer
Fuese tranquilizador, bonito.
Y el reguero de calcetines
Y sábanas ajadas
Y ropas de dormir
Y libros desencuadernados
Y luces encendidas
Y muebles fuera de lugar
Y vasos con fondo de bebida
No existiera.
Agosto 2007
Memorias.
Ya lo se,
No repitas.
Deja lo de una y otra vez
A esa mala costumbre que tiene el universo.
Y no vengas con lo de una vez tragedia y otra vez comedia.
Mentira: siempre resulta igual.
Y tampoco con lo de
Ya no es el mismo río
Que no soy papá dios.
Que para mi siempre será un misterio
Algo más allá de lo que puedo conocer
Y diez veces, una detrás de otra,
Serán diez primeras veces:
Yo no soy un manual de estadísticas.
Es como un fuego de artificio
Un truco de monedas
Una canción bellísima
Que quisiera escuchar toda la vida.
No repitas
Que siempre voy a oír.
Agosto 2007.
De septiembre a noviembre
¡Con cuánta rabia se llena
De nubes prietas la tarde!:
¡Cómo se pierde el alarde
De radiante luz ajena!
Borrasca que no se acaba,
Aire mojado y hastío:
Mientras, se desborda el río,
Y el farallón se deslava.
¿Ves?, ya se perdió el testigo,
Ya se juntó con el aire,
Ya se volvió un enemigo:
Se disimula al socaire
De la piedra. Ya no consigo
Pensar que todo es donaire.
Otoño 2007
Trazas.
Ciego, hacia delante, oscuro, terco,
Como no soy ni seré,
Se seca en mi todo el bosque,
Se agota la pradera,
Se va todo,
Se pierde igual que si jamás,
Y ni siquiera importa si roza algo
o si se rompe o si se impregna,
porque sin ser eterno
Posee la eternidad.
no ve, no siente,
no tiene nombre .
Nadie lo puede ver.
Pasa,
Se va:
Uno sabe que pasa y se va
Pero no se ve.
Agosto 2007.
Llanos
Al recuerdo de Carlitos Victoria
Atraviesa el llano
Y hay un bosque al final
Pero camina como si no existiera,
Como si las nubes corrieran demasiado oscuras
O demasiado atropelladas
Y las piedras crujieran
Por el viento.
Atraviesa el llano sin pensar
Sin hablar, sin mirar.
Como si en llano no tuviera bosque
-o por lo menos árboles sumamente frecuentes-
Como si nada más
Hubiera luz
O a sus ojos no importara
Tanta inundación.
En definitiva, el poeta es tan frágil
Conoce tan bien el olvido –o tiene tan bien puestos sus pies sobre la tierra-
Que se parece a un ciego
Uno que camina por el campo chato
Como si fuera el infinito
Como si los guijarros fuesen astros
Y el cascajo niebla.
El aire lo estremece
Pero no pierde el rumbo:
Simplemente atraviesa
Sin propósito alguno,
Como viaja el viajero:
Como el que acaba de ver un truco hermoso.
Como quien espera quizá algún lugar precario
—una cayería,
Un arenal, una ceja de monte, algo desierto—.
El poeta no muere
Porque nunca estuvo;
Tantas fuerzas se esforzaron en demostrar
Que era lujoso y prescindible
Que aprendió a pertenecer a un orden diferente
Que jamás tiene razón.
Pero al final eso no interesa.
El poeta dice
Y su papel es solamente decir
Atravesar
Viajar,
Pasar de un sito a otro.
Terco,
Insistente,
Aferrado
Casi necio.
Atravesando el llano
con un bosque al final
Sin extraviarse, ni mirar demasiado.
Septiembre 1 - Diciembre 16, 2007
En la playa.
¿Dijiste algo?
La marca se pierde antes
Que el guijarro
Más allá, pedazos de madera,
dos o tres arbustos
Y unos carapachos.
El marinero: Creí que estas islas
Serían más claras,
Que un día se podría ir más lejos
sólo por ver.
El personaje vernáculo: Tienes la razón.
La marejada trabajó excesivamente
Y qué queda.
El marinero: Entonces,
¿Este espacio salvaje
Es para ti?
El personaje vernáculo:
Nací para mirarlo
O más bien para lo que está más allá
(Aquí mismo, pero más allá)
Por eso cállate de una vez,
Basta de maldecir.
Excepcionalmente
—sólo excepcionalmente—
hallarás cocoteros y flores
¿No entiendes?
- en francés suena más:
¡Foute moi la paix!
Una bandada de pajarracos de monte
Rozó las olas,
Describió un arco
Y se perdió detrás del promontorio.
Septiembre-Diciembre 2007
Paisaje urbano
1
El paisaje cuelga en el muro del salón:
Como ella pasaba dos o tres veces al día
No le quedaba otro remedio que mirarlo.
Pero es sólo un paisaje:
Celaje perdido muy al sur
Y chimeneas más acá de las lomas.
Juró que nunca se daría por enterada,
Incluso al momento de pensarlo, le pareció otra estampa
Boba y que con eso se terminaría todo:
Decoración, ¿ves?
Entonces su rostro sintió el aire caliente
Y su mano la lluvia.
2
Ciudad estampada:
Furiosa, turbulenta,
Risa sin dientes,
No un paisaje de salón.
Podrás decirlo y proclamarlo,
Pero no es paisaje.
Ven, acompaña mi noche
Que yo te seguiré.
Te andaré, te subiré, te bajaré,
Te rodearé, descansaré a tu sombra,
Te empujaré
Te reñiré,
Te faltaré al respeto,
Te sentirás más incómoda de mi
Que yo de ti,
No querrás verme ni en pintura,
Dondequiera callarás
o dirás que no sabes mi nombre
O mejor, fingirás que no existo.
Porque yo bebo tu agua
Y tú reposas en mí:
Conmigo.
3
Paisaje de nubes negras en pleno
Medio día.
Negro ribeteado de plata,
Carnero
Prieto.
Sangre de carnero negro
A la mitad del día.
Ciudad mía: ciudad que muge
Ciudad carnero prieto
Paisaje encaramado
Encima de las nubes,
en la región aturdida
Que nada más se ve de lejos.
Lejos, sobre un saliente de la costa,
Me demoro,
Aprieto los ojos,
Trato de mirar,
Pero quema lo mismo
Septiembre- diciembre 2007
El van rojo.
El van rojo enderezó por el camino del desierto.
Cielo nocturno lleno de satélites
y de estrellas todavía más temblorosas por el calor.
La radio y sus canciones llaneras de hace un siglo:
Verano de caminar el mismo desierto mil veces.
Cuando llegue a casa voy a sembrar estrellitas del norte— pensaba. Estrellitas.
Bajó los escalones de arenisca hacia la corriente verde y los salpicaduras de los otros muchachos:
Si nos sentamos en la piedra es mejor,
la fotografía saldrá mejor.
Estrellitas del norte,
y el jardín se estrechó hacia la mata de guayaba y el bidón repleto: ¿es un zorzal?
Cuando lo quiso perseguir, los satélites y los astros se lo impidieron.
Habían bajado
y estaban cuadrados en medio del camino para no dejarlo.
Diciembre 2007
Cine del recuerdo.
A la memoria de María Félix y
A mi amigo David Lago
Llegó de pronto y la recibí.
Le pedí que pasara y se sentara,
Que hablara despacio y moderadamente.
Tenía que comentarme algo.
Sus amigos
Habían comenzado a enviar esquelas y tarjetitas de felicitación
Deseándole una fabulosa estancia.
Con la falsedad mágica de una película
Me puse a sonreír y a mirar los barquitos
Allá abajo.
Era una visión maravillosa.
Se estremecían, temblaban, sin la menor idea
De un temporal, de galernas, relámpagos y truenos.
Mujer sentada
A una mesas de terraza, mirando hacia
El embarcadero. El pelo suelto, el cigarrillo enganchado
A la boquilla enorme, el trago de whisky.
(El vaso maya quiché, las avionetas con el contrabando.
Por Dios).
Pero el mundo es así.
En cualquier parte se cuecen habas.
No hay seguridad de nada.
O mejor, todo se conecta con todo.
En definitiva,
Yo que pensaba estar perdido
En esta cueva,
Ahora resulta que quizá existe un pasadizo
Que da al salón del trono.
—Como en una película:
Respirar. Beber un trago. Chupar la boquilla
Y leer una por una las esquelas y las tarjetitas.
Nadie sabe…
Octubre 2007
Oda al desquiciamiento del planeta.
1.
Saqué la mano por la ventanilla y me picó una gota de lluvia.
Igual estuve meses esperando un escampón
Y nada.
Mi boca estaba seca, mis ojos secos, mis brazos fláccidos, como
una planta o un trapo mojado: era estar
Empapado y reseco a la vez.
Batido por un viento sin misericordia:
Quedarme como sin preguntas ni respuestas,
Ido del mundo.
Por qué se levantan tan temprano las vecinas,
Por qué se apresuran
Por qué si ya ha dejado de llover
No alcanzo a comprender al mundo –oigo decir-.
¿Qué hay que comprender? ¿De veras piensas que tienes algún defecto y que por él no llegas a saber algo?
Saqué la mano por la ventanilla y el perrito de aguas vino a lamer
Sin que le hicieran señas: ni una gracia le hice,
No lo llamé. Sencillamente vino, lamió mis dedos
Y se fue corriendo como quien ha hecho una diablura.
En esas condiciones, quisiera saber si es necesario más.
Cuando los animalitos hacen lo que quieren
Y aprovechan que alguien señala cualquier cosa
Es que el planeta anda desquiciado
¡Bah! De veras me pareces tan confundido,
De veras quisieras que todo tuviese alguna explicación, como
Si explicar fuese el centro del mundo.
No hablan a tus espaldas.
Ni ha llovido para castigarte
No es eso.
2.
Quisiera imitar a mis amigos poetas.
A los buenos, claro está.
Pero soy incapaz.
No tengo esa capacidad, a eso me refiero.
Ni expresarme ni pensar como ellos.
Quisiera ser un poeta antiguo,
Un porta chino: y escribir hai kai,
Decir un ave esta posada en una rama
Y cayó una hoja
Y el río siguió corriendo.
Pero tampoco soy capaz.
¿Ven? es que amo los espagueti con matequilla,
los jugos de fruta, el vino,
Amo una buena película
Y un buen aparato de fotos –no tanto las fotos
Como la cámara en si.
Y los buenos perfumes que no sean chillones
Y los helados
Y no me gusta que hablen demasiado alto
Ni la oscuridad total
Ni el calor
Ni el frío
Ser amable yo y que lo sean conmigo.
Conversar, pero no que hablen sin parar.
Y que tampoco me manden a callar
Pero si hacen notar que lo hago en demasía
—es sufciente un gesto o una mirada al vacío-
Conozco el placer del silencio.
Detesto el llanto,
Pero si me sale de adentro no me importa llorar.
En fin, tonterías
Sin las cuales todas las filosofías y todas las ciencias
Son basura.
Diciembre 2007
Samba de la alborada
ya se quedaron tantas deudas por pagar
tantos besos por besar
tantos cuentos por contar
que si el sol sale
por donde se suele ocultar
no me voy escandalizar.
ya se quedaron tantas dudas que aclarar
tanta ocultación que revelar
tanta hijeputá que proclamar,
que si se olvida
lo que debieran recordar
lo voy a ver normal.
repite:
sosiego, lucha, sacrificio,
ya se perdió la cuenta,
dónde se va a encontrar.
resulta
que ahora eres tú el equivocado
que piensas cosas que no son
que no se vive así
tienes
lo que tú mismo te has buscado
deja de andar callado
ya no molestes más.
levanta:
ya está al bajar la guagua
ya la alborada se disuelve
ya el cielo torna de naranja a gris-azul.
Cuando el sol salga
por donde se va a acostar
dirán que lindo amanecer
y nadie va a chillar.
Para acabar un cuento
Para cerrar este relato
Me haría falta alguien así.
Iba a decir un personaje
Pero esa palabrería literaria
Termina sacándome de mis cabales.
Afirmación vacía,
Tonta cabeza recostada
Como aquél que no tuviera dónde dormir.
¿De veras crees que es mejor de esa manera?
La vez que caminabas por la orilla del agua
¿Pensabas en alguna “gran verdad”?
Para acariciar con esa suavidad tan especial
No hace falta otra mentira. Digo yo…
¿Ves? Imposible no repetir “verdad” y “mentira”
—esas palabras;
Seguramente se trata de algo indispensable,
que nunca voy a comprender.
Hablamos de una ley especial:
Sacar una liebre del sombrero
Volver la cara del naipe correcto.
¡Cuántos secretos!
Para terminar eficazmente la historia
Solamente un truco.
Como si esa historia pudiera acabar
Redonda y amarrada.
De verdad que resulta aburrida. Vete.
Anda a dormir y deja todo como está,
Que yo recojo luego.
Septiembre - diciembre 2007
martes, 4 de diciembre de 2007
"La hermana María", David Lago González
Yo no sé muy bien lo que pasaba en aquella isla que todo el mundo estaba desesperado por irse. Creo que era algo relacionado con un hombre que se creía dios, pero realmente no me parece que valga la pena hablar de ello: si no hubiera sido él, habría sido otra cosa. Quizás solamente era ese agobio que produce el comprobar que la única puerta que en tal caso puede cruzarse conduce al mar y que sobre el mar, salvo que se sea otro dios (creo que eso viene en un libro gordo que llaman “Nuevo Testamento”), no se puede caminar.
Daniel y Paco no eran una excepción. Un día alguien les recomendó un “espiritista muy bueno” y allá se marcharon por la mañana temprano, pues fueron advertidos de que sus aciertos y fama eran tales que era necesario madrugar para poder ser atendidos, porque, además de bueno, el señor ya era muy mayor y no consultaba después de la una de la tarde.
Así que con el relente todavía fresco cruzaron toda La Vigía y llegaron a una modesta casa de Villa Mariana, cuya puerta, ya a esas horas, estaba abierta, su entrada franqueada por un gancho que permitía el acceso de los asiduos de confianza y de los posibles clientes. De cualquier forma, las reglas elementales del comportamiento exigían un ligero toquecito con los nudillos o un aparentemente tímido “¿se puede...?” que se mezclaba al acto inmediato de levantar el pestillo sin escuchar la respuesta y entrar como Pedro por su casa.
La salita era pequeña y casi todas las posibilidades de sentarse para esperar el momento de pasar a ver al Maestro estaban ocupadas por mujeres que, prácticamente al unísono ―como tratándose de un coro griego― exclamaron: “¡Ay, dos hombres!”
Paco y Daniel, o Daniel y Paco, da lo mismo, cruzaron sus miradas sorprendidos y dieron los buenos días reglamentarios. El coro de féminas correspondió como era debido, y la atmósfera de la espera, después de preguntar por la última, recobró una latente normalidad que pronto y sistemáticamente se vio alterada por la continua llegada de otras mujeres. Estas recién venidas se sorprendían todas por lo que evidentemente era la inoportuna presencia de dos hombres; unas decidían quedarse y otras se marchaban no sin antes cerrar su aparición con todas las variantes habidas y por haber de esta frase: “¡Ay, dos hombres: qué va, yo no espero!”. Algunas, en una suerte de consolación, preguntaban si era la primera vez... y entonces marcaban y como de todas formas “la cosa va para rato” se iban a hacer la cola del puré de tomate que había llegado a la bodega, siempre esperando, reglamentariamente, como era debido, a la siguiente que llegara y determinara quedarse, pues así lo exigían las normas de educación, y del orden, que, más que en el cerebro, llevaban metido en la sangre.
A tanto misterio y ya un poco molestos, los dos amigos no tuvieron otra opción que la de preguntar qué problema había con los hombres...
Como no se habían puesto de acuerdo para nombrar portavoz entre ellas, el coro, confundiéndose, o más bien fundiéndose, con un escarceo de gallinas, aclaró ―si aquello podía llamarse “aclaración”― que no se sabía por qué, qué era lo que pasaba, pero que cada vez que le tocaba entrar a un hombre la sesión se hacía eternizable, sobre todo a partir de la primera visita.
Daniel y Paco, aunque conturbados, pero teniendo en cuenta que se habían levantado temprano, habían andado media ciudad y, lo que sí era mejor para ellos en aquel momento preciso, no había ningún otro hombre esperando antes que ellos, en un rápido y tácito intercambio de miradas, concluyeron permanecer, con la esperanza de que aquel santo varón octogenario les confirmara la tal anhelada noticia de que algún día, quizás no muy lejano, abandonarían también aquella isla de la que todo el mundo quería salir como si formara parte del Apocalipsis siempre a la espera de desatarse.
Llegada la vez de entrar se percibieron que no habían determinado entre sí quién pasaría el primero, así que uno de los dos tomó la iniciativa y Paco se internó tras la primera cortina. Para unánime exclamación de las mujeres que aguardaban, no mucho después salía y volvía a sentarse, mientras le sustituía Daniel en la inmersión triunfante a la cueva del misterio.
Así atravesó la cortina número uno, de plástico transparente, y atravesó una puerta después de que, sin mediar llamada alguna, una voz desde su interior le invitara a pasar.
El escenario que se encontró fue el siguiente: una habitación mediana, con una puerta y una ventana grande que darían a un pasillo interior y que permanecían cerradas; en el centro, una cama, y a la derecha un armario antiguo, de tres puertas y luna central; a la izquierda, al lado de la cama y contra la pared, había un sillón grande ―lo que en aquella isla se definía como “butacón” ― y frente a éste una silla de cabilla.
En el sillón, entre cojines y almohadas, estaba sentado un señor, efectivamente octogenario, gordo y, además, ciego. Los ojos legañosos hacían un poco desagradable el acto de mirarle a la cara y sostener una mirada que, situándose en la atmósfera misteriosa del lugar, añadía la duda viscosa de ser visto, advertido o cegado. Vestido con pantalón y camisa de mangas cortas, estaba calzado por unas zapatillas de andar por casa y los pies cubiertos por unos calcetines.
La única luz de la habitación era la que provenía del pasillo al atravesar los cristales en lo alto de la puerta y la ventana. Y era suficiente.
El hombre respondió a su saludo y le invitó a sentarse en la silla de cabilla, lo suficientemente inmediata a él como para que las rodillas de Daniel rozaran las suyas. Aparte del material utilizado para improvisar aquel asiento, la sensación de incomodidad aumentaba por la cercanía de los dos cuerpos, la imagen de sus ojos y un cierto olor a orine rancio que fue percibiendo a medida que su olfato se iba aclimatando a la escena.
Empezó preguntándole la razón por la que acudía a verle, cosa que, como es sabido en tales casos, nunca debe decirse claramente, de modo que Daniel le contestó con una vaguedad sobre el futuro y además, recalcó, “por las buenas recomendaciones que le habían dado sobre sus aciertos”. El hombre continuó haciéndole preguntas, preguntas que poco a poco y cada vez más se deslizaban hacia el aspecto sexual, y en particular hacia posibles problemas de erección que el espiritista insistía en achacarle y que Daniel sabía que no existían. Pero ni una palabra de largarse de aquella isla, cosa infinitamente más importante y obsesiva y traumatizante que cualquier trastorno eréctil, ya que, de no producirse tal posibilidad, la flacidez, la incapacidad para levantar presión se extendía a su mente y a toda su vida, mucho más allá del pene. Mas, de cualquier forma, allí, sobre la tortura de aquella silla, aguantó a que concluyera con el encargo de dejar al sereno, durante dos noches, una palangana llena de agua, a la que previamente debía añadir hojas de llantén y granos de pimienta; al amanecer del tercer día colar el agua, llenar dos botellas y acudir de nuevo a otra sesión.
Cuando volvió a la sala las mujeres se entusiasmaron y una de ellas le preguntó qué espíritu le había bajado al viejo. Como ni Daniel ni Paco supieron contestar, todas juntas ―voces nuevamente reunidas en coro griego de claro tono gallináceo― les pusieron al corriente. Eran dos las ánimas que recibía el espiritista: un ancestro congo, y una monja llamada “La Hermana María”. Llegados a este punto, ambos amigos hicieron acto de contrición y contracción de una fuerte carcajada, se despidieron, y salieron a la calle.
Nada más salir empezaron a intercambiar la experiencia de la consulta y comprobaron que a los dos les había hecho las mismas preguntas y los mismos encargos. Paco se había excusado para volver diciéndole que dentro de dos días no estaría en la ciudad pues esa tarde partía a trabajar fuera, pretexto que efectivamente se correspondía con la realidad y que, según el hombre le dijo, no llegaría a concretarse. Ambos convinieron en que el santo varón, a pesar de todos los elogios, era un fraude.
Pero algo sucedió, ya llegando a casa, que les dejó sorprendidos y les hizo dudar muy seriamente de sus últimas conclusiones. De pronto, a mitad de la calzada, un jeepee se detuvo. Un compañero de trabajo de Paco sacó la cabeza por la ventanilla para decirle que el viaje quedaba anulado hasta nuevo aviso, de arriba ―pues una característica más de aquella isla era su otro aspecto de la divinidad: todo “bajaba” de arriba, desde los espíritus hasta la más elemental orden, menos, claro está, el maná―. Paco miró a Daniel; Daniel miró a Paco, y los dos empezaron a reírse delante del otro hombre que no entendía nada y comenzaba a preguntar insistentemente. Como no satisficieron su curiosidad, el tío arrancó estrepitosamente el jeep en una violenta primera que dejó una hilera de humo a su paso. Y en aquel momento Daniel supo que volvería... a ver qué pasaba.
-o-
Al tercer día estaba de nuevo en la salita atestada de mujeres, portando un cartucho con sus dos botellas de agua serenada y colada. Llegó su turno y pasó a la habitación. Igual escenario, igual escenografía, salvo por la posición de la silla de cabilla, que esta vez estaba de espaldas al espiritista y casi encajada entre sus piernas. A los pies de ésta, una palangana grande, de zinc; y sobre la cama una toalla.
El hombre le indicó desnudarse ―”completo”, le dijo― y sentarse en la silla, colocando sus pies dentro de la palangana. El contacto frío del acero en el culo y en su lomo y el del zinc en la planta de los pies, le hizo estremecer y comenzó a temblar ligeramente, intentando contenerse. Así de espaldas, el hombre, sin levantarse de su butacón, anudó primeramente una venda alrededor de sus ojos, cubrió su cabeza con un paño, que presumió blanco por una cierta claridad percibida a través de un resquicio de la cinta, y encima colocó otro paño imaginadamente negro debido a la oscuridad en que todo se sumió.
Sin mediar aviso alguno, recibió de pronto un fino chorro de agua en pleno pecho que bajó rápidamente su curso natural hasta escurrirse por la entrepierna. La picha de inmediato se le encogió como un gusarapo, sintió, y percibió vergüenza, desazón que a su vez se añadía a la provocada por la desnudez. Por el grosor del hilo sobre su piel presumió que el agua era la que había traído embotellada. Este ritual, en el más absoluto de los silencios, fue repitiéndose, y agregándose a él nuevos componentes, pues a medida que corría el líquido por su cuerpo algo, que identificaba como la felpa de la toalla, la secaba, y así una y otra vez, una y otra vez, pequeños chorritos bajaban por sus músculos y sus nervios erizados, los pezones se le encabritaban y se le aletargaban con igual rapidez, los pensamientos volaban en una espiral de especulación y al mismo tiempo se detenían en la nada.
Repentinamente una débil voz femenina, con total acento castellano, le pidió ponerse en pie. Daniel acometió la orden, los brazos a ambos lados, el agua continuaba cayendo desde su cuello y su pecho, siguiendo esta vez de largo por sus piernas y bañando los pies. La toalla al mismo tiempo absorbía el líquido. Ya no podía quedar agua en las botellas, pensaba, de dónde salía toda aquella otra. Bajo la venda de los ojos y los dos paños reparaba en que ni un solo sonido había escuchado. La silla de hierro necesariamente producía un ruido chirriante al menor deslizamiento y él se había sentado en ella cuando estaba prácticamente incrustada entre las piernas del espiritista. Quién le echaba el agua por arriba, quién secaba sus piernas, quien le bañaba el pene. Cómo podía sentirse mojado y seco un segundo después, para volver otra vez a experimentar lo mismo. Si era aquel único hombre, cómo, siendo ciego, se había puesto de pie sin el menor ruido, cómo podía dirigir el surtidor del agua como si escogiera las partes del cuerpo. Cómo, cómo, cómo...
Bajo la venda de los ojos y los dos paños creyó sentir que su picha se ponía dura, tan dura como jamás la había sentido, pero tampoco estaba seguro, no estaba seguro de nada. El agua seguía corriendo. La toalla seguía secando. Tuvo la tentación de alzar los paños, quitarse la venda y comprobar lo que pasaba. Pero también tuvo miedo. Tuvo miedo de encontrarse con la hermana María, o con el espiritista de ojos legañosos, o sabe Dios con qué. Estaba aterrado y excitado, creía, no estaba seguro, pensaba que estaba aterrado y excitado.
Creyó que le succionaban, pero no sentía ni boca ni dientes ni labios, sólo sentía que se la chupaban. Pero tampoco estaba seguro. Era como que se la mamaban. El agua seguía corriendo, quizás como la leche, pero ambas también se secaban. ¿Se corrió? Pensó que sí, que algo le abandonaba, que algo profundo y casi doloroso, inmensamente placentero, le salía del infinito más recóndito. Pero tampoco estaba seguro. Sus brazos seguían a ambos lados del cuerpo, no se atrevía a moverlos.
Silencio. Silencio, silencio, silencio. Silencio y agua. Toalla de felpa suave. Oscuridad. Negro, negro, negro, todo negro. Cuánto tiempo. ¿Segundos, minutos, horas? Cuánto tiempo entre el suave espasmo que había sentido y la nueva erección que ahora le sucedía. Sin boca, sin dientes, sin labios, sin manos. Era como una brisa en sentido contrario, aspirando en vez de soplar. ¿Se corrió? ¿Se vino? ¿Qué pasó?
El agua se acabó. Y ya estaba seco, sintió.
El hombre le mandó sentar. Entonces quitó el paño presumiblemente negro, luego el presumiblemente blanco y le desató la banda de los ojos. De momento quedó cegado por la luz que atravesaba los cristales. Y permaneció sentado, desnudo, sobre la silla. Tiritaba; seguía tiritando; o comenzaba de nuevo a tiritar: tampoco podía asegurar si en algún momento había dejado de hacerlo.
La escenografía se fue restableciendo ante sus ojos. El viejo estaba detrás, con los ojos horribles y en la misma posición en que lo había dejado. Su ropa estaba correctamente doblada sobre la cama, cuidado que él no había tenido. Su cuerpo estaba seco. En la palangana de zinc no había una gota de agua. La toalla también estaba doblada y seca sobre el colchón, como si no hubiese sido utilizada. Y en el suelo, alrededor de su cuerpo, las losetas resplandecían brillosas y secas, secas. Estaban secas. Se-cas. Ese-e-ce-a-ese.
―Puede vestirse― dijo. Y añadió que ya estaba curado, de qué, pero que debía volver a una segunda consulta.
Daniel salió de la habitación, atravesó la cortina y cruzó rápidamente la sala con la cabeza gacha, sin responder las exclamaciones de alivio del coro griego. Desenganchó la puerta de la calle y la dejó abierta. ¡Que la hermana María la cerrara!
(Madrid, 22 de junio de 2001)
Copyright © David Lago González, 2001.
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