domingo, 8 de mayo de 2011

Disculpas

DOMINGO 8 047.

 

Agustina.

Ahora estaba sentado en un banco de piedra de una linda plaza del Madrid de los Austrias, y al otro lado de la plaza, con su fuente borboteante en medio y sus árboles plagados de un verde intenso, había un pequeño grupo de jóvenes y no tan jóvenes detritus sociales que continuaban la juerga de anoche bebiendo latas grandes de cerveza y calimocho en botellas plásticas de Coca Cola de 2 litros. Cantaban y gritaban, sin duda se sentían en su ebriedad felices. Ese grupillo es el extremo último de lo que se conoce como “botellón”, ya en el umbral del alcoholismo, si no de lleno metido en todo ese diabólico caserón.

A pesar de su felicidad, o de su alegría, daban una fea imagen. Una imagen de la que cualquier madre se sentiría dolida, horrorizada, avergonzada, si uno de esos inconscientes muchachos fuera hijo suyo.

Recuerdo que todos nosotros hicimos lo mismo cuando teníamos veinte y algo. Algunos lo prolongaron un poco más, con consecuencias funestas.

Por entonces corríamos un doble –o triple, o cuádruple— peligro: en la salud y lo social, y en lo político. En aquel lugar donde nacimos tú y yo todas las cosas se convirtieron en pecado político. ¿Te acuerdas? Esto nunca lo supiste, pero una noche bebíamos sentados en las gradas abandonadas del antiguo Club Social Atlético, por allá por San Zenón; estábamos los “sí, pero con cuidado”, Nikitín, Carlos Victoria, creo que Carlos Alonso, Víctor, Enrique, Elio, no se quién más; posiblemente Manuel Molina también. Moneábamos, simplemente. Ya sabes lo que era Nikitín en aquellos tiempos. Y de pronto,

--All of a sudden (my heart sings)--,

se encienden no sé cuántos reflectores de esos de los stadiums, dirigidos hacia nosotros, y de todas partes empiezan a salir hombres armados con pistolas y metralletas, insultándonos y preguntándonos qué hacíamos allí. Por supuesto, ellos sabían perfectamente que lo único que hacíamos era reír hasta desternillarnos de las monerías nikitianas, pues sabrá Dios desde cuándo estaban acechando y escuchando en la oscuridad. Pero nos dieron un susto de muerte.

Y tuvimos suerte. Aparte de la muerte contraída y heredada de por vida, siempre fue increíble la suerte que tuvimos. Pues a aquellas gradas llegamos después de haber descubierto que la piscina del club deportivo permanecía llena por las noches, y todo el mundo se lanzaba en cueros al agua. ¿Te imaginas lo que nos habría pasado? Otra “fiesta del perchero” para la primera plana del Adelante.

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PABLO SERRANO 001 002

Hoy es el Día de la Madre, sobre todo para América, tanto norte como sur. Tú y yo, y los de alrededor, después del primer año en Madrid, comenzamos a celebrarlo el primer domingo de mayo, como es costumbre en España. Pero, ahora que tengo más o menos los años que tú podías tener entonces cuando aquellas borracheras nuestras, comprendo perfectamente lo que tanto tú como mi padre deberíais haber sufrido pensando en la imagen que podríamos estar dando por las calles y vericuetos de tan señorial ciudad.

Disculpas tardías, ya sé, pero acéptalas de todo corazón, por favor.

Tu hijo,

Davi

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© 2011 David Lago González

3 comentarios:

El Tinajón dijo...

Que bello David...aunque no creo debas pedirles disculpas, su amor era (y es) capaz de pasar por alto cosas así, además, por ser felices nadie tiene que disculparse.
Y...tienes razón, tuvimos mucha suerte, otros corrieron peores destinos por menos.
Y Niki...allí hay historias para rato. Que personaje nuestro común amigo.
Un abrazo desde Berlin.

Lamanga dijo...

ah, que triste estas ausencias. un beso.

Carmen Karin Aldrey dijo...

A veces nos sentimos culpables de excesos que pensamos hirieron a nuestros padres, y aunque haya sido así, tendríamos que pensar en todo lo que nos pudieron herir a nosotros, entonces el ciclo de rencores y culpas sería eterno. En realidad los abismos generacionales implican esas distancias y esas incomprensiones. Sigo pensando que lo importante, lo esencial, es todo el amor que tuvimos la oportunidad de recibir y ofrecer. Te quiero.