domingo, 5 de abril de 2009

CARLOS VICTORIA y la isla fabulante (updated)

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Wilfredo Cancio - El festín de la impunidad

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Habana 1969A

(Property of Rogelio Quintana)

(Habana, 1969.  Atrás: Rogelio Quintana y un chico de 3ra y F, cuarto de los expulsados y del que nunca más se volvió a saber.  Delante: Bárbara Fernández Melko, Carlos Victoria y Abel Prieto.  Foto tomada en la casa de Bárbara y su marido, pintor asesinado por unos delincuentes en El Vedado, por este último.)

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NOTA DEL BLOGGER:  Escribí este comentario que aparece a continuación en el blog Penúltimos Días, que fue donde leí el artículo de Wilfredo Cancio en El Nuevo Herald y, por tanto, antiguo compañero de Carlos Victoria.

Es un comentario a veces, incluso, un poco incoherente, porque era mi reacción inmediata posterior a la lectura del texto de Cancio sobre La Isla Fabulante, y con más precisión sobre la utilización de un cuento de Carlos Victoria en esa antología publicada ahora por Letras Cubanas.  Como en todo brote psicótico, el enfermo es consciente de lo que hace, pero no puede pararlo, de ahí que después venga la conciencia sobre el hecho vergonzante.  No me arrepiento ni me retracto de nada de lo expuesto en ese comentario, en realidad hay muchísimo más, pero sí del apresuramiento y la forma en que lo hice.  Pero, en fin, intentaré enmendarlo en un futuro inmediato.

Ahora sólo quiero colgar en mi blog el comentario que, como ya he dicho, dejé en Penúltimos Días, y también después dejé en Encuentro en la Red que, como todo organismo oficial cubano, no se permite a sí mismo bajar a lo humano personal y que en dos visitas posteriores que hice al lugar, por supuesto no había sido publicado.  Esto no me importa porque lo que pretendía era que llegara de mi mano a la filial en España de la intelectualidad oficial --"What else?" como dice George Clooney.

En el blog Gaspar, El Lugareño, leí también que no era la primera vez que hacían esto en Cuba con un texto de Carlos Victoria, y busqué en internet y efectivamente encontré, según entendí, que en el 2005 Arturo Arango había publicado su cuenta "La ruptura" en La Gaceta de Cuba.  Creo que Arturo Arango es un escritor de cierto prestigio, de esos que tienen el don de la polipresencia y unas veces está aquí, allá o acullá, en fin, un orillero más, que de eso se trata.

David Lago González

 

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· 2 David Lago González // Apr 2, 2009 at 4:27 pm

Siempre supe que lo de Carlos (Victoria) iba a suceder. Los demás me importan menos hasta llegar a Jesús Díaz, que me nunca me importó ni muerto ni vivo lo más mínimo. Esto lo vi confirmado cuando hace muy pocos meses, un amigo común nuestro (en Cuba) me dijo que había visto un libro de Desiderio Navarro dedicado a Carlos Victoria, y este amigo apuntaba o me preguntaba si no era Carlos el que decía que Desiderio Navarro era chivato. Mucho menos me importa DN, por supuesto. Lo de Carlos ME DUELE EXTRAORDINARIAMENTE.

No sé quién es José Antonio Évora. Mucho menos conozco a Josefa Consuegra Losada. No puedo ni se me ocurre juzgar los traumas ocasionados por la infancia de Carlos, pero, al igual que sus amigos de Camagüey, los conocemos bastante bien y en la medida en que esos traumas fueron parte de su adolescencia, juventud y vida, fueron también parte de las nuestras y siguen siéndolo aún después de muerto. Yo no estoy hablando de monsergas literarias de calidad ni de todo lo anecdótico político que ha pasado en la vida de Carlos y las de los demás, sumamente vinculadas unas a otras. Estoy hablando de amistad y de cariño a raz de tierra, independientemente de cualquier cosa que nos hiciéramos unos a otros. En ese grupo yo era considerado como el más raro; desde hace bastante tiempo, una vez fuera de Cuba y con carácter retroactivo, me fui dando cuenta que el más raro fue él.

Su medio hermana, Josefa Consuegra Losada (o la otra, que creo que vive en República Dominicana), creo que estaba vinculada de alguna manera con el ministerio y con la persona de Abel Prieto. Y creo que por esa razón es que Carlos vuelve a entrar en contacto con Abel Prieto, con quien había compartido universidad, al igual que con Rogelio Quintana (Madrid) y con otro amigo que está en Cuba. En una visita de Carlos a Madrid, y estando compartiendo él, yo, Rafael Zequeira y Víctor Batista una tarde, la conversación se tornó cínica y devino en el tema “mi hijo de puta preferido”; yo me mantuve sin ninguna aportación y no recuerdo cuáles fueron las de los demás, pero los demás le adjudicaron a Carlos que su “hijo de puta preferido” era Abel Prieto; Carlos quiso justificar esto diciendo que cuando le echaron de la universidad, él se había portado bien con él (al respecto Rogelio Q. me diría después que en todo caso eso habría sido con él en particular, pero que en su caso el actual ministro fue y le dijo “lo siento pero sabes que no te puedo saludar más”), momento en el que yo exploté en cólera porque quienes vivimos, padecimos y disfrutamos de todas las consecuencias posteriores fuimos el grupo de Camagüey y nunca supe de ningún vínculo o fleco de amistad entre Carlos y Abel.


No discutimos porque él no se enfrentaba a discutir, pero toda, absolutamente toda mi disconformidad con lo que estaba pasando en él o con el giro que él iba dándole a las cosas, nos llevó a mi enfrentamiento abierto con él y a su distanciamiento y, lo que es peor, a una sistemática manera de ignorarme.


Tomándonos un café en la cafetería de El Prado volvimos a tocar……….bueno, en fin, son cosas personales y este blog es bastante impersonal para hablar sobre temas que la gente no conoce.


Pero mi crítica manifestada a él viene desde que comenzó a publicar en Encuentro con el pretexto (sí o no) de enviar esos 100 dólares a otro amigo común en Camagüey, cosa de la que se encargaba Pío Serrano. Luego vinieron los espacios compartidos con Anabel Rodríguez y con Jesús Díaz, ¡incluso un homenaje dado en Miami a este personaje nefasto! Incluso después descubro un texto escrito por él sobre su encuentro (valga la palabrita) con Jesús Díaz*, en una especie de imagen plástica que me hace suponer a Carlos –bajito– dando un saltico para abrazar a JD cuando le dieron ese premio que tuvo que poner en todas las solapas de los libros y del que nunca jamás de hablaba entre nosotros a no ser por allá por los años 60 para Nikitín y yo burlarnos de él y decir alguna vez “acuérdate…” ¡Incluso después otro texto en no sé dónde (Encuentro seguramente) defendiendo su amistad con Abel Prieto y la peligrosidad que había devenido de ella.


Lo que me extraña es lo mucho que han tardado. Wilfredo Cancio es sumamente ingenuo en esgrimir como “violación” lo de su manuscrito de últimas voluntades.


Estando boqueando, Abel Prieto quería llevárselo para Cuba para “curarle” el cáncer, de la misma forma que quería hacerlo su medio hermana. También querían enterrarlo allí. Y él no cedió. Al menos entonces, recuperó alguna dignidad perdida por el camino de esa cosa que llaman exilio.

Tu comentario ha pasado al moderador. Si lo escribiste todo en mayúsculas o si en tu firma digital estás suplantando a otra persona, el mensaje será automáticamente descartado.

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Con posterioridad inmediata, un amigo me precisó ciertas cosas que en el momento de escribir el comentario de arriba se me habían confundido o descolocado en ese difícil rompecabezas --me niego a citar el hispanismo "puzle"-- que se llama mi (a veces "nuestra") memoria.  Dice así:

De: "Augusto" <...>
Para: david2305@yahoo.es;
Enviado: viernes, 3 de abril, 2009 1:21:31
Asunto: Re: Rv: Rv: Rv: last wills  y LA ISLA FABULANTE


Dejame ayudarte en algo, si puedo.


Carlos hace un primer viaje a Cuba, en que le dan la Visa sin ayuda, sin ningún problema. Es en el segundo o tercer viaje en el que tiene que renovar la Visa, y es cuando se la deniegan... y su hermana la literata que supongo que se nombre como esta en el testamento, puesto que la otra es abogada, habla con Abel... y la Visa es concedida; pero como nada es gratis tanto aqui como allá; Carlos tiene, accede...o ve que debe acceder (creo que se ve un tanto forzado a entrevistarse con Abel).


Es una entrevista que transcurre toda una madrugada en el Malecón, en una supuesta tiniebla y de la que nunca Carlos me dió niungún detalle...y de la cual yo nada más me di por enterado. Esto creo que te lo he dicho en otras ocaciones no la considere oportuna, ni beneficiosa; y le manifeste mi desacuerdo con ella.


Creo honestamente que el mundo de laberintos en que Carlos vivio hubo siempre un lugar para esa habitación de la Universidad donde la atracción personal por admiración a la inteligencia individual era aplastada por la más burda y primitiva retórica marxista.
Esos cuatro estudiantes tuvieron y tendrán un lugar común....que la miseria humana interrumpió.

Yo no creo que Abel a la hora de la expulsión fuera más condescendiente con Carlos que lo que fue con Rogelio y D.  Fue el mismo hijo de puta que es hoy.


Yo personalmente creo que no fue nada prudente que Carlos viese a Abel, como tampoco creo que Abel logro (si es que quería lograr) algo de Carlos. Lo cierto es que ya no tuvo más problemas para viajar a Cuba y pudo volver a ver a su padre.


Con los años Carlos derivo en una persona muy introvertida, taciturna y se aislo de todo lo que no fuera su literatura y su promoción. Lo demás llego un momento en que no lo podía soportar.


Su escritura se leía y él también quiso ser Rey (todos queremos ser Rey o Reina por lo menos un día) yo he encontrado que es inherente a la naturaleza humana y al origen del Carnaval de Brazil. Lo demás es mierda, ni él estuvo de acuerdo realmente con este o aquel pacotilla, que se acercaba a él para no se que mierda de dialogo o que otra morronga.


Que con los anos y su ingenuo prestigio pudo ser más anti-castrista. Si que lo pudo; pero no lo hizo.  Quizas lo hizo de una manera diferente, en su desgarrada literatura del destierro, hablando de un periodo en el que estaba aqui... pero vivia allá.


Pero hoy ya esta muerto....y al final no lo ha hecho tan mal. Me duele que nosotros no tengamos los recursos...ni el poder para exigir que sus cosas se publiquen como el testo. Pero no nos dejo el testamento a nosotros..... que somos los que pudiesemos lograr que su voluntad se cumpliese. O por lo menos luchar de una manera desinteresada y honesta por cumplirla.


Habrá que oir mas cosas, pues si...si sigue el acercamiento sobre el puente de huesos del estrecho.


Errata: Los acentos esta cabrona computadora a veces los pones y otras no...hasta que te cansas.

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Remarco como importante aportación de mi amigo a la sicología que el querer "ser rey o reina por lo menos un día, yo he encontrado que es inherente a la naturaleza humana y al origen del Carnaval de Rio."  ¡Bravo por nuestro amigo Augusto!  Lo del carnaval de Rio debería ser considerado seriamente por todos los filósofos del mundo mundial.

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To be continued...

sábado, 4 de abril de 2009

OPORTUNISMO DEL ABSURDO

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Yo fui educado en la religión católica y siendo niño entendí que Dios todo lo ve y que Dios está en todas partes. Verdaderamente no me detengo a pensar mucho de acuerdo a los cánones de nada, y tampoco los religiosos. Pero es obvio que me debo a la cultura resultante. En definitivas pienso que no hay mejor religión que la de no hacer daño a nadie, aunque a veces se hace daño a otras personas inconscientemente. No es un daño que implique delito de sangre, pero, por por poner un ejemplo, pienso que cuando a mi madre le confesé las razones (a pesar de ser razones de honestidad) por las que anulaba mi inminente matrimonio heterosexual en cierta ocasión hace bastantes años, le infringí el dolor de una confirmación que ella albergaba no escuchar jamás. En ningún otro momento he atentado contra nadie deliberadamente, ni de forma directa o indirecta a través de posiciones personales y, debería añadir en sentido general, a consecuencia de arrobados actos de fe o de mezquinos intereses. Y especifico “en sentido general” porque, por suerte y/o por desgracia he sido y soy una persona profundamente descreída, sobre todo políticamente e ideológicamente hablando, y no creo sino que soy coherente con una verticalidad ética como proyección ante la vida, importándome muy poco la degeneración circundante.

Ahora bien, con esa especie de duda y confirmación (de dudosa confirmación, o de confirmada duda), yo sigo preguntándole a Dios porque no alumbró, ni ha alumbrado jamás y sigue sin alumbrar (a ser posible, con corriente alterna de 220 v., o más, si la hubiera —perdón por mi ignorancia), la mente y la obcequedad perniciosa de los “creyentes” puros, impuros, equivocados, aprovechados y asquerosamente persistentes que reciclan una y otra vez la mala historia que nos ha tocado vivir en su afán de perpetuarse como románticos, y convierten 50 años de comunismo cubano en 100 años de vida recondenada porque nos persiguen como malditos fantasmas por todas partes a las que se nos ocurre huir y serán siempre los causantes de la muerte sin sangre de otras personas verticalmente honradas y éticas que existen, sé que existen y espero que sigan insistiendo aunque constituyamos una minoría, y esto va desde Fidel Castro hasta Carlos Franqui, Martha Frayde, beneficiarios de vergonzosos premiecitos con nombres de mártires o de gestas, premios y galardones donde escasamente alguna vez se ha gratificado el talento, representativos del comunismo cubano a gran escala, Abel Prieto, Raúl Rivero, tenebrosos participantes de horripilantes programas de televisión miamense, y todo tipo de gente que representó una cosa para posteriormente representar lo contrario. A este paso Fidel Castro será el próximo en presentar su versión de cómo Fidel Castro traicionó su Revolución —por muy absurdo que esto pueda parecer—, y cuando lo haga será recibido a bombo y platillo por ese esperpento llamado Exilio, será profusamente aplaudido y re-elevado a la categoría de héroe en aras del romanticismo.

Es más, yo le pregunto a Dios por qué nunca les puso una pistola en sus manos y escayoló esas manos de manera que el tiro saliera en una única dirección: la sien.

© 2009 David Lago González

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RAUL RIVERO_EL CULTURAL_Resized

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OPORTUNISMO (Cosas de Cubanos)

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8watermelonandcucumber

El hombre es el único animal que, habiendo cumplido con su indigno destino, intenta perpetuarse en su ciclo vital, e incluso más allá de él.

(C) 2009 David Lago González

jueves, 2 de abril de 2009

Instantáneas de Camagüey, por Carlos Peón Casas

(Tomado del blog Gaspar, El Lugareño)

Nuevas historias...

Por el contrario de España, en Cuba cortarse y arreglarse el pelo está claramente dividido según el género: para las mujeres se llama "peluquerías" y para los hombres "barberías".  EL SALÓN MODELO, según narra brevemente en estas instantáneas Carlos Peón Casas, era, efectivamente, la mejor peluquería de Camagüey.  Está en la calle Estrada Palma, casi frente a la de Lope Recio, donde queda el semáforo preferido por un chico que estaba loco y gustaba de bajarse los pantalones frente a los autobuses --independientemente de que la luz fuera roja o verde-- para detener el tráfico, sobre todo a raíz de la exhibición de una película francesa protagonizada por Ives Montand y titulada "Mi tío Benjamín".  Este muchacho  (no me viene ahora su nombre)  luego fue violado por unos desalmados, y, si mal no recuerdo, tiempo después fue asesinado.  En Camagüey había muchos locos callejeros, pero este chico era de una familia estructurada, simplemente estaba loco.  Era bien popular y todo el mundo lo quería.  Todo el mundo salvo, claro, los que terminaron haciéndole todo eso. 

Pero EL SALÓN MODELO sigue allí, leo por esta pequeña crónica del nieto de mis entrañables Emilia y Nicolás.

Mi padre era uno de sus clientes habituales.  Su barbero fijo se apedillaba Peláez, y cuando éste se retiró, pasó a ser cliente de su hijo.  Le cortaban el pelo.  Le cubrían el rostro con unos paños tibios que sacaban con unas tenazas de un vaporizador, le razuraban con navaja y luego le daban masajes con un aparato eléctrico que se colocaba en una mano y giraban la palma sobre la piel de su cara.  Cuando Peláez terminaba me llamaba y me pasaba su mano vibrante por la cara para al final cogerme la nariz entre dos de sus dedos.  Mientras los afeites de mi padre se sucedían, una señorita venía y se sentaba en una especie de banqueta con mesita incorporada y le hacía la manicura.  Bueno...

Pues sí, la cosa era así.

Naturalmente, allí fue el primer lugar donde me cortaron el pelo, y yo también me convertí en cliente habitual de los Peláez.  Unas veces iba con mi padre, otras me llevaba mi madre, y cuando fui creciendo fui yendo yo solo.  Después me dio una especie de rebelión generacional y dejé de acudir al barbero durante años, incluso me juré no cortarme nunca más el pelo en una barbería pues se me antojaba que querían imponerme a toda costa la tarea de hacer de mi cabeza una imagen digna del joven revolucionario.  Pero esos ya no eran los Peláez.

(C) 2009 David Lago González

miércoles, 1 de abril de 2009

Extra! Extra! LA PEREGRINA está en la calle!!!

...con su último detalle y su ritmo sin igual.

Ay-ay-ay-ay, La Tula ya se va..............

 

----- Mensaje enviado ----
De: Karin Aldrey <...........@......com>
Para: la.peregrina.mag@gmail.com
Enviado: miércoles, 1 de abril, 2009 15:30:56
Asunto: La Peregrina

1ro de abril del 2009

Estimados amigos, colegas y usuarios:

Los invitamos cordialmente a visitar la nueva entrega de La Peregrina. Gracias por leernos!

Saludos,

Los Peregrinos

http://www.laperegrinamagazine.org

 

"Lo esencial es invisible para los ojos"

-El Principito, Saint Exupery-

domingo, 29 de marzo de 2009

THE BIG TIMES - nuevo número

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Salió The Big Times nº 129. Las vivencias independientes y la calidad interpretativa, juegan su rol en esta edición literaria, que cuenta con  los nombres de: David Lago González, Kathya M. Rodríguez, Enrique Agramonte Robles, Thomas Fundora, Harmonie Botella, Ulises Varsovia, María Eleonor Prado Mödinger y Francisco Jesús Muñoz Soler.


www.thebigtimes.com

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Gracias.

Enrique Agramonte

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sábado, 28 de marzo de 2009

EMILIA SÁNCHEZ - Imaginar

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a David Lago

 

Fuimos así reales, soñadores

en un mundo que alzaba la utopía

de hacer crecer sus brazos retadores

hilvanando suspiro y melodía.

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Eran voces vestidas de un ropaje

hacedor de una regla diferente

creador, al par, de vida y de lenguaje

sorpresivo, sagaz, sutil, urgente.

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En especie de salto imaginario

dábamos luz al canto necesario

con focos al futuro y al presente.

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Tejíamos un manto con que luego

veríamos quebrarse por el fuego

el discurrir de un yesterday ausente.

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© Emilia Sánchez

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miércoles, 25 de marzo de 2009

David Lago González - Constante

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a Elpidio Huerta

 

Nelson Constante fue una constante en mi vida.

Coincidimos por primera vez en unos campos de entrenamiento a los que se nos convocaba los sábados o los domingos para hacer ejercicios militares, que iban desde interminables marchas y repetidas formaciones y alineaciones de pelotones hasta guardias imaginarias, pasando por cavar zanjas, recibir órdenes que incluían las clásicas y las insultantes (¿eran también clásicas?), y “merecer” castigos por cualquier falta que cometiéramos y que uno ni se daba cuenta, salvo después de que la voz de pito de uno de los mellizos nos lo hiciera saber. Nunca supimos cuál de los dos mellizos era cuál; sólo sé que ambos eran tenientes y al cabo de los años, uno de ellos ―nunca se supo cuál (volvió a suceder lo mismo): inconveniente para el que no, ventaja para el que sí― fue expulsado deshonrosamente del Ejército por maricón. Ese mismo, posterior comisario cultural, se me sentó al lado una tarde en la oscuridad del Casablanca, y suave, delicada y casi amorosamente (todo lo contrario de la forma en que impartía antes sus órdenes, cuando todo el mundo creía que éste era el otro y que ambos eran dos y a la vez uno) depositó su asquerosa manita sobre mi muslo izquierdo, yo me estremecí, volví la cabeza hacia él, él me miró, yo le sonreí, él me sonrió (pensando éste me lo como yo) y clavándole los ojos y el dardo de mi lengua en el culo de botella de sus lentes (los ojos no se le veían) le dije cómo no quites esa mano de mierda de mi muslo voy a armar un escándalo que vas a ir de nuevo para el Ejército, pero esta vez a un calabozo, hijodeputa que tanto me hiciste marchar y dar picoipala en aquel Pre-Servicio... Porque aquello, efectivamente, se llamaba Pre-Servicio Militar. Entonces todo en nosotros era pre, era como si todavía tuviéramos la mollera abierta, y ya que no habíamos sido alumbrados en el mismo momento de producirse el advenimiento de El Paraíso, se suponía o se daba por hecho que arrastrábamos ciertas taras burguesas de las que se nos debía despojar, limpiar, purificar, y El Paraíso era como La Letra en Inglaterra o en España, que con sangre entraba. Digamos que en ese sentido, nos hallábamos en el Purgatorio, o más bien en el Limbo porque en definitiva no éramos culpables de nuestros pecados: los verdaderos responsables eran los padres, jirones de otras épocas corruptas que sólo pensaban en sí mismos y para sí mismos.

Cuando recibí el primero de los innumerables telegramas llamándome a aquella cosa que confundí con el llamado definitivo, me cagué, no en los pantalones, sino en la hora del advenimiento del Paraíso y en Simbad y los Cuarenta Ladrones. Pero, ¿quién se negaba, amigo? Allí las cacerolas sólo se utilizaban para guisar y la palabra “insumisión” no se conocía, y “la conciencia” era de sobra manoseada pero nunca vinculada a “la objeción”, así que “¡camina o revienta!”, como El Lute.

De esa forma entró Constante en mi vida, bajo el sol impío. Tan implacables como el Astro Rey eran, no sólo los mellizos, sino los mismos compañeros de desgracia y divertimento, sobre todo un personaje al que le faltaban los dientes superiores, apodado “El Indio” por su color achocolatado y su pelo lacio, de evidentes ancestros indígenas, que aparecía espectacularmente enfundado en una capa negra como si de El Zorro se tratase. No sé a quién había que temer más, porque si El Indio te cogía la pluma estabas jodido para el resto de tu vida y allí basta con que no dijeras tacos para que eso fuera sinónimo de ―uuuhhhhmmm...― sospecha. Para infortunio suyo y suerte para los demás, el pobre Nelson acaparaba todo el plumaje, no de un simple pajarito insignificante, sino del ave de mayor tamaño jamás imaginable.

Lo más habitual era que el objetivo de todos los dardos emponzoñados terminara después de las tres de la tarde (hora en que se nos permitía marchar a casa, desde las seis de la mañana en aquellos campos humedecidos por el rocío ―¡cuán bucólico!, pensarán algunos: ¡la puta de su madre!―) cavando zanjas y fronteras y refugios para un enemigo que nunca, en más de cuarenta años, ha llegado.

Así lo dejé, y el tiempo se quebró, y el Pre-Servicio dejó de existir, tan abrupta e injustificadamente como había comenzado. Simplemente dejamos de ser citados y nuestros fines de semana volvieron a ser mínimamente humanos.

-o-

El siguiente punto de encuentro o coincidencia fue el segundo curso de educación secundaria, en el que compartimos la misma aula. El pobre Constante siguió siendo objeto de las bromas y burlas más despiadadas de nuestros compañeros, con esa crueldad que sólo la infancia y la adolescencia son capaces de generar. Fueron innumerables los chivatazos y cargos que ese angelical alumnado imputó al gordo (¿he dicho que, además de maricón orgánico, era casi obeso? Pues sí, lo era, y lo siguió siendo hasta que dejé de verlo.) Tantos, como infinitos los viajes del aula a la Dirección, las repetidas expulsiones pasajeras, los castigos y las llamadas para que sus padres se personaran, cosa que no sé si sucedería alguna vez, pues Nelson Constante parecía ser único en el mundo, tan único como si hubiese salido de cualquier otro sitio que nada tuviera que ver con el cuerpo de una madre.

El verdadero escándalo ―y sin duda, el verdadero escarnio y la bajeza mayor que hicieron con él― se produjo al año siguiente, en el tercer curso. La directora del Centro (que no era el centro de la tierra sino más bien el centro del infierno), de nombre Luisa y por apellido Ceballo, sita en la calle de San Ramón cuasi esquina a San José, era, además de dictadora con faz equina, madre de una connotada, patente y potente lesbiana de aspecto castrense en ciudad provinciana, desgracia materna y resignación de hija que no tuvo más remedio que apechugar con lo que las evidencias gritaban a los cuatro vientos. Unos jodedores (de esos que se dedicaban a poner cigarrillos encendidos a los batracios disecados del aula de Biología para desazón de Mamacusa, pobre profesora que enloquecía por el humo creyendo que su aula ardía) escribieron en el pizarrón “La hija de la Ceballo es un Caballo”, en clara alusión a su tortillerismo. La Mosca, a quien correspondía la clase de Química a la vuelta del receso, se encontró con aquella sentencia que, más que infame (al fin y al cabo, era verdad) era inflamable, y recabó inmediatamente la presencia de la doctora y madre de la susodicha aludida. Personase el personaje casi relinchando y exigió el nombre del responsable. Silencio inicial. Insistencia. Silencio. Insistencia amenazante. Silencio. Una manita que se levanta por allá atrás. La Ceballo se arregla la falda, como si llevara a la cintura un par de Colts 45. Arremete, pregunta. La manita habla. “Fue Constante, señora.” “¿Fuiste tú, Constante?” pregunta la directora, madre y señora, todo a un mismo tiempo. “No, señora, yo no fui.” Se alza otra manita. Se alza otra más. Otra más. Y otra. Y otra. Y otra. Se levanta un muchacho, y otro, y otro, y otro. Y todos acusan a Nelson Constante. El pobre maricón gordo patológico que lo niega y lo niega y lo vuelve a negar. La Ceballo que insiste e insiste e insiste, y amenaza con llamar a la policía. Exige que se borre ¡inmediatamente! aquella ofensa a su hija y a su pundonor materno (vil ensañamiento, es cierto, pero cuando alguien ejerce tal poder, y con tal poder, también debe atenerse a las consecuencias derivadas del caso). Coge entre sus manos el borrador y se lo tira a Nelson Constante, que lo recibe, resignado, sobre la frente, como una corona de espinas resbalando por su cuerpo al piso después de abrirle una pequeña brecha por la que manaba un líquido comúnmente llamado sangre (con lo cual se constató finalmente que Constante era, en definitiva, un simple mortal igual al resto), manchándole camisa, pantalón, zapato derecho y, lo que era peor, ¡el suelo!

Los jodedores se reían y el resto callábamos. Así, simplemente. Guardábamos silencio con el rabo entre las piernas, como los cobardes que éramos. ¿Quién defendía al mártir? ¿Quién era capaz de alzar su voz a favor del maricón? Por mucha pena que sintiéramos, todos colaborábamos en la humillación.

Pero el maricón se levantó de su silla. Sin decir palabra, recogió el borrador. Sin decir palabra, subió a la tarima de la pizarra. Sin decir palabra, borró la frase. Sin decir palabra, ni un solo minuto dejó de mirar fijamente a los ojos de Luisa Ceballo, que, como Doña Bárbara a lomos de un imaginario caballo, observaba triunfante el cumplimiento del castigo.

“Yo no lo hice, señora, y su hija no tiene la culpa de ser tortillera, pero usted sí la tiene de ser HIJADEPUTA.”

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Tiempo después, no sé cuánto, un atardecer, un atardecer que tampoco sé por qué definiría como polvoriento, me senté por un momento en la plazoleta de los cubos, al lado de la puerta de Coppelia que da a la calle Independencia. Reparé entonces en que alguien, al fondo, esperpentaba unos pasos de ballet. Entre lo grotesco del espectáculo y el calor como fangoso me costó trabajo darme cuenta de quién era. “¡Nelson!”, le dije. “Ese nombre me suena de otro mundo”, me contestó. “Estudiamos juntos, ¿no te acuerdas?” “La gran Alicia no necesita estudiar: ¡ella lo sabe todo!” Y se marchó hacia el fondo hasta detenerse frente a las puertas, doblar las piernas y saludar al público.

Alguien me contó después que acababa de salir de la galera de los locos de la cárcel de Francisquito.

© 2002 David Lago González

domingo, 22 de marzo de 2009

Guillermo Cabrera Infante: En busca del yo perdido en La Habana, por Edgardo Cozarinsky

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La necromancia ha sido, siempre, uno de los impulsos primeros de toda literatura: se escribe para convocar a los muertos, a seres queridos que ya no nos quieren, a lugares donde alguna vez se fue feliz, sobre todo a ese muerto al mismo tiempo próximo e inasible que fue el autor en su juventud.

Las buscas del tiempo perdido que me interesan no ignoran necesariamente la proustiana, pero su objeto de deseo se encarna en la ciudad perdida. Joyce reinventó Dublín desde Trieste, una Dublín mitologizada en parodia homérica a partir de algunos nombres propios, de una topografía de la que había necesitado distanciarse para convertirse en europeo. En Berlín, en París, en Estados Unidos, Nabokov fue recuperando un San Petersburgo del que no podía sospechar que sólo durante algunas décadas iba a llamarse Leningrado. Cavafis, a partir de su erudición, convocó fantasmas helénicos y bizantinos de Alejandría en los intersticios de una ciudad amnésica, colonizada por las potencias mercantiles del siglo XIX.

Es ésta una necromancia que Guillermo Cabrera Infante practicó concienzudamente. A menudo citaba a Joyce: "Es peligroso dejar el país de uno, pero más peligroso aún es volver a él, porque entonces tus compatriotas, si pueden, te clavarán un cuchillo en el corazón"; en Mea Cuba reiteró la frase, suplantando "corazón" por "espalda". Sabía que no iba a vivir para volver a ver La Habana: aun si el régimen, ablandado, decrépito, lo hubiese invitado en un gesto de complaciente, interesado olvido, él no iba a encontrar el escenario de sus trasnochadas juveniles, menos aún la credulidad con que había dirigido Lunes de Revolución durante el breve período anterior a la imposición de una cultura dirigida según el modelo soviético.

También él, por lo tanto, debió reinventarse una Habana desaparecida en busca del difunto por excelencia: el joven que había sido. En su juego preferido con vocablos, idiomas y citas, buscó su propio fantasma: minucioso trabajo de montaje, durante el cual excavó y desenterró un escenario populoso, una Atlántida hundida, y lo recreó como ciudad de palabras. Y esa ciudad verbal debe mucho a la sintaxis y a la mitología del cinematógrafo.

"Recuerdo no sin estupor lo que le dijo un día un niño a Max Jacob: "El cine se hace con los muertos. Se les coge, se les hace caminar y eso es el cine." Cabrera Infante recuerda esta anécdota en Arcadia todas las noches, en el contexto de una celebración del más necrofílico de los films: Vértigo de Hitchcock, comentado en el contexto del mito de Orfeo y Eurídice y de la leyenda de Tristán e Isolda.

(Texto completo) 

 

jueves, 19 de marzo de 2009

David Lago González - El otro lado

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Los designios del poder quedaron del otro lado.

Mas ¿están realmente tan lejos como para sentirnos a salvo?

Como el sol, con su inclinación,

cual sombra unas veces se adelantan

y otras nos persiguen.

Cuando hablan de formas de gobierno, óyelos,

parece que les asiste una vasta sabiduría,

una longeva experiencia en equidades salomónicas:

habla la serenidad y la justicia

de los que no somos sino torcidos viejos retoños

de un injerto mal habido y obstinado

en la pupila de una visión

que, como la fantasía del corazón eternamente joven,

no quieren perder.

Los que osan expresar su desacuerdo,

quedan ahora del otro lado.

Y el otro lado es un laberinto,

tan sólo un laberinto del que ninguno salimos bien parado.

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© 2009 David Lago González

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martes, 17 de marzo de 2009

Enrique Agramonte en la Universidad de Cartagena de Indias

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Univ002

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De: enrique agramonte <...............>
Para: ...........@yahoo.com
Enviado: martes, 17 de marzo, 2009 22:25:00
Asunto: La Universidad de Cartagena y mis poemas


Amigas y amigos: Aquí les envío tres de mis fotos en La Universidad de Cartagena de Indias. Un lugar alegre donde he depositado mis conocimientos.


Ahora deseo que disfruten lo mismo que yo cuando recité mis poemas el viernes de la semana pasada.

Un abrazo, Enrique

Buscar las fotos en attach, este es mi blog donde hay poesía.
http://www.agramonterobles.blogspot.com/

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Me alegro mucho, amigo.

David

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viernes, 13 de marzo de 2009

Dave Loggins - Pieces of April

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Conocí la versión --grandiosa versión tanto en estudio como en vivo (grabada el Filmore West)--, que hiciera Three Dog Night de esta canción en Cuba.  Primeramente en Suitable for Framing, pero después nos hicimos con el disco de TDN Captured Lived at the the Filmore, que verdaderamente sigo considerando como una de las joyas del pop.  En Camagüey nos convertimos en los Reyes de la Música --los SuperPops-- y "el mando de cuadros" se repartía entre Carlos Alonso Victoria, Carlos Victoria Olivera (que se dedicaba mayormente a hacer los cambios de discos en La Habana) y yo.  En lo que concierne a esta canción, no creo que oyera el original (una primera grabación de su autor, Dave Loggins, en 1972) en Cuba, y muy posiblemente no es hasta estar en Madrid que la descubro.

A cada rato me vuelve a la cabeza.  Me parece maravillosa.

Los discos nos dieron un poder inusitado en Camagüey, reconocido por contemporáneos y edades posteriores.  También sirvieron, junto a lo que escribíamos y no publicábamos, para asegurarnos un lugar en los archivos de la Sècuritè de l'Etait.  Como decía Carlos (Victoria), la Revolución que nos interesaba a nosotros era la de los Jefferson Airplane.  Todo lo que especulen los intelectuales de pacotilla del exilio, del insilio, de la unión de escritores y artistas de Cuba y de su filial descafeinada en Madrid, es pura bazofia.

Espero que alguien disfrute de la canción.

David Lago González

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jueves, 12 de marzo de 2009

Desentierran una "vampiresa" en una antigua fosa de Venecia

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NOTA DEL BLOGGER:  Realmente esta noticia me parece mucho más importante que toda esa basura de si destronaron a Pérez Roque y a Lage.  ¿Qué son realmente toda esa "cochuza" (Nina Romero dixit), incluida la familia real "palestina", súbditos, bufones y visionarios, al lado de una vampiresa veneciana?  Ellos nunca pasarán a la historia, ellos nunca tendrán historia, sólo la línea constante de una tiniebla.

David Lago González

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Última Hora

Desentierran una "vampiresa" en una antigua fosa de Venecia 

hace 1 hora 5 mins

Reuters 

 

Los investigadores italianos creen que han encontrado los restos de una "vampiresa" en Venecia, enterrada con un ladrillo metido entre sus mandíbulas para evitar que se alimentara de las víctimas de una plaga que hubo en la ciudad en el siglo XVI. Seguir leyendo el arículo

Matteo Borrini, un antropólogo de la Universidad de Florencia, dijo que el descubrimiento en la pequeña isla de Lazzaretto Nuovo en la laguna de Venecia apoyaba la creencia medieval de que los vampiros eran responsables de la extensión de las plagas como la peste negra.

"Esta es la primera vez que la arqueología ha triunfado en la reconstrucción del ritual de exorcismo de un vampiro", explicó Borrini a Reuters por teléfono. "Esto ayuda (...) a explicar cómo nació el mito del vampiro", añadió.

El esqueleto fue exhumado de una fosa común de la plaga de 1576 en Venecia, en la que murió Tiziano, en Lazzaretto Nuovo, que está alrededor de tres kilómetros al noreste de Venecia y que se utilizó como sanatorio para los afectados por la plaga.

La sucesión de plagas que afectaron a Europa entre los años 1300 y 1700 incrementó la creencia en los vampiros, sobre todo porque no se entendía el proceso de descomposición de los cuerpos, explicó Borrini.

Los enterradores que reabrían las fosas comunes se encontraban a veces cuerpos hinchados con gas, con el pelo creciéndoles todavía y la sangre saliendo por la boca, lo que llevó a pensar que todavía estaban vivos.

Los paños utilizados para cubrir las caras de los muertos normalmente estaban podridos por las bacterias de la boca, dejando ver los dientes del cadáver, por lo que los vampiros fueron se ganaron el nombre de "come-paños".

Según textos medievales médicos y religiosos, se creía que los muertos vivientes extendían la pestilencia para chupar la vida que quedaba en los cuerpos hasta que conseguían la fuerza para volver a las calles.

"Para matar a un vampiro tenías que quitar el paño de su boca, que era su sustento como la leche lo es para un niño, y poner algo que no se pudiera comer ahí", dijo Borrini.

"Es posible que otros cadáveres hayan sido encontrados con ladrillos en la boca pero esta es la primera vez que se ha reconocido el ritual", agregó.

Mientras las leyendas sobre los bebedores de sangre se remontan a miles de años atrás, la figura moderna de vampiro se resumió en la novela de 1897 "Drácula", del autor irlandés Bram Stoker, basada en cuentos populares de Europa Oriental del siglo XVIII.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Suicidas

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a Carlos, a.k.a. Xenitis Rebel

 

DOS VECES he estado muy cerca del suicidio.

La primera fue en plena depresión, no la del 29 sino la mía propia, que comenzó a manifestarse muy seriamente en los últimos meses de 1994. Sería en algún momento del 95 o 96 y todavía no me atendía el siquiatra que hoy, aún, sigue llevándome. Regresaba a mi casa desde alguna parte y esperando el tren del suburbano en el andén, comencé a sentir cómo mi cuerpo, sin moverse, era atraído por una fuerza inaudita hacia el borde de la vía. No era que yo caminara en esa dirección, era que sentía que era llevado hacia ella mientras algo invisible tiraba de mi cuerpo. Fue una sensación vertiginosa. Lo más vertiginoso que he sentido en mi vida y que mi mente puede concebir. No significaba ello que yo quisiera hacerlo, sino simplemente que iba a hacerlo. Entonces comencé a pegarme literalmente como una lapa a la pared de azulejos blancos, tratando de encontrar asideros y accidentes en la cerámica. Hubiera querido entonces tener las uñas curvas y largas de una bruja, o las garras de un murciélago. A lo largo de la pared me fui desplazando hasta encontrar el borde de una salida y cuando llegó el tren y abrió sus puertas, salté dentro del vagón.

La segunda vez fue quizás hace un par de años. Yo estaba sentado en el sofá del salón, me levanté y fui hacia otra estancia. No sé por cuántos minutos mi mente quedó en blanco. Entonces me vi a mí mismo en la cocina, abriendo el tercer frasco de lormotazepam.

© 2009 David Lago González

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domingo, 8 de marzo de 2009

27 años atrás...

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(C) Assef Al-Jundi

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Veintisiete años atrás y tres horas y media de la hora en que comienzo a escribir estas líneas, llegaba al aeropuerto de Barajas en compañía de mi madre, que había accedido, desde las terribles jornadas de un Mariel infructuoso, a acompañarme en mi destino extra-insular, condición sine qua nom para dar cualquier paso.

No pisamos la pista.  Desde la puerta del avión accedimos a algo que creo que llamaban "tobogán" por aquel entonces, y salimos a un pasillo interior del aeropuerto que nos llevaba hasta la sala de equipajes: teníamos que recoger nuestra única maleta, cuyo interior estaba ocupado mayormente por una manta (o "frazada" en el léxico popular cubano) que nunca había sido usada y formaba parte de su ajuar de boda, comprada en tan lejana fecha como 1947.

Siguiendo ese absurdo y anticuado concepto cubano de la elegancia, a mí me habían embutido en un incómodo traje que agregaba una gran carga de inseguridad a la que ya, por razones obvias, sentía.  Mi madre vestía un traje sastre, confeccionado por ella (era modista); entre la tela de forro y la de fuera había utilizado otra manta para hacerlo más resistente al frío.

Yo había avisado a dos personas para que nos fueran a esperar.  Una de ellas, un antiguo vecino de Camagüey que por cosas falsas inventadas por él y que dijo a mi familia gallega nos metió en una espiral de desagradables consecuencias, no se presentó.  La otra persona fue un amigo que posteriormente comenzó a desarrollar esquizofrenia y que lamentablemente hoy me resulta inaccesible, a pesar de todo cuanto le debo y le debimos por su generosidad sin fin.  Este amigo nos sacó de allí.

En el momento de dejar el aeropuerto recuerdo la preocupación de mi madre por una mujer con una maletica verde, que había hecho el viaje con nosotros y que quedaba allí mientras nosotros nos marchábamos hacia La Nueva Vida, evidentemente esperando por alguien pero también a punto de tener una crisis nerviosa por lo que era obvia que sospechaba.

La percepción de la llegada mientras nos acercábamos a la ciudad y a la calle donde íbamos, a dos pasos de Plaza de España, era como de verlo todo en cinemascope, límpida pantalla ancha, y un aroma extraordinario a limpieza.

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Dos meses después, cuando volvimos de nuestro viaje a Galicia, coincidimos en el comedor de refugiados de la calle de Canarias 5 con la mujer de la maletica verde.  Sin mediar palabra, sólo al mirarse e identificarse a través de ese destello mudo de los ojos, mi madre y ella se unieron en un abrazo de largos segundos que rompió en lágrimas.  La mujer había sido "sacada" por su antiguo novio que había salido por El Mariel, pero, en esos dos años que mediaron para la salida de todos los que viajábamos en aquel avión, el hombre se había enamorado de otra mujer y se había casado con ella sin haberle dicho nunca la verdad a su penélope cubana.

Y aquí estamos, 27 años después, unos muertos, otros vivos, según el curso natural de las cosas.  Pero por las razones antinaturales que nos llevaron a asumir con fingida y obligada y voluntaria naturalidad la gran, tenebrosa, reparadora o no y excitante aventura de lanzarte al mundo sin ser un aventurero, NO perdono ni siquiera a los visionarios que en el éxtasis de su inconsciencia y su egoísmo nos embarcaron en este viaje sin fin que comenzó allá por 1953, y mucho menos a los oportunistas y los aprovechados que con su poder nos marcaban tanto la senda a seguir como carneros como las huellas sobre la piel y la intangibilidad del alma y, como expertos torturadores, recubrían sus sucias razones con miles de justificaciones para no dejar marca en las largas sesiones cotidianas de tortura ni llegar al delito de sangre, y como la mayor parte de gentes de esta calaña en todo el mundo y bajo todos los colores políticos habidos y por haber, han continuado con sus vidas como angelicales ovejitas con cuya imagen saltando la cerca se concilia el sueño.

 

(C) 2009 David Lago González

viernes, 6 de marzo de 2009

Message in a bottle

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Sí, qué hacer para solazar mi espíritu, porque tengo uno.  Qué hacer con cincuenta años de fango en que por mucho que se huya, el lodo va pegado a la suela de los zapatos y por lejos que se camine uno va dejando las huellas por doquier.  Voy a reunir todos los comentarios que he dejado por ahí colgando de blogs que buscan un espejo o el ombligo, para responsabilizarme totalmente de ellos.  Voy también a recoger todos los insultos y mediocres torturas persecutorias que me han dejado a lo largo y ancho del mundo mundial cubano, que es vasto y cruel como un desierto alimentado por varios soles, vasto, cruel y aparentemente blanco pero rojo de sangre como la estepa siberiana.  Voy a reunir toda la rabia que alguien me niega derecho a poseer desde el otro lado del Atlántico.  Voy a grabar todas las voces que comparten conmigo las mismas opiniones y que por misteriosas razones callan cuando yo pronuncio sus palabras.  Y mientras escribo este sin sentido, escucho la danza turca de Kroke restallando sus violines en un ritmo frenético con el que quiero alejarme del horror de no ver más que una línea de horizonte en una playa sin mar ni arena que me persigue desde Madrid a New York, desde Kiev a Monterrey, desde Ulan Bathor a Piazza San Marco, desde Camagüey hasta mi muerte.

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(C) 2009 David Lago González

ROGER SALAS - Las nieves de Oblomov

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(C) 2009 Digital Art David Lago-Gonzalez

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(para D.L.G. Manifestación en Sol)

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Merecemos la nieve, no es ajena ni copiosa

como extraño podemos entender su silencio.

Al bajar en forma de telón abisal, su gesto

se transforma sobre nosotros en gran sudario.

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¿A quién conocerá cuando derretida, sucia

arrastre nuestras mejores ideas o recuerdos

que pueden contener banderas, otra bandera?

Cada enseña es un puñal, un torpe afeite.

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No podría levantar la voz ni tampoco escuchar.

Es tan simple como agitar un jirón de la mortaja.

Estamos rodeados de cientos de banderas

Como vestiduras de hielo, sangre, o cristal.

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Banderas a rayas azules y nieve espolvoreada.

Pero advierte que el distante triángulo rojo

es una lámina de sangre seca, húmeda

por mor de los copos que cayendo sentencian.

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La pintura es tan trágica como presumible:

cuando el dique teatral da paso a la escarcha

las sombras bajo abrigos anticuados corren

y abandonan el sendero de abedules desnudos.

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Respiran costosamente desdichados incautos

invocan la letanía de los mártires destronados,

recitan la hebra del fruto confitado en hiel,

la que se adorna con bayas de la cobardía.

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Ansia estúpida del orante al deseo de la nieve

que no cuaja bajo la tierra y se hace peor barro

en la torpe memoria de la isla cruzada a cuchillo.

Aves muertas se alzan, complacen como banderas.

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Migajas en la mesa del banquete de Oblomov

tan respetable entonces como ahora, mintiéndose;

hay triángulos rojos, trozos del pastel baratario

en aguanieve. Van trufados de sangre, hielo, cristal.

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© 2009 Roger Salas

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miércoles, 4 de marzo de 2009

Nihil sub sole novum (Panorámica actual de la ciudad de Camaguey, escrita por Carlos Peón-Casas y publicada en "Gaspar, el Lugareño")

http://joaquinestradamontalvan.blogspot.com/2009/03/nihil-sub-sole-novum.html

revista ARIADNA nº 42

n o v e d a d e s  INVIERNO 2009  a r i a d n a - r c
[ariadna rc número cuarenta y dos edición de invierno de dos mil nueve]

I N V I E R N O

Es tradición al comenzar el año mirarse las manos y el corazón, como nos recuerdan los versos del poeta argentino Carlos Sánchez ”…abrir las ventanas y ruborizarse ante la extrañeza de la tartamuda nostalgia del sol”. El año que comienza no habrá emprendido su camino hasta que no se disipen las nubes de la discordia, el olor a gasolina de la franja de Gaza, el rumor de los icebergs deshaciéndose sobre una bahía solitaria de la Antártida. Hubo años, acaso décadas, en los que sol marcaba las horas tan solo en el reloj de la guerra; Treinta Años para poner y quitar un rey, el dilúculo troyano de la panza de un caballo, la estación inacabable del Medioevo. Pero he aquí que este invierno con su rémora de ídolos caídos avanza tan lentamente que “la fuente de luz se intuye pero no se ve”, que hay que mirarse las manos, abrir el corazón y espantar los señuelos de la felicidad, sobreponiéndose al quebranto de moneda, revolviéndose ante el ardid de los mercados y sus falacias, y esperar que al final de aquellos versos se abra –como entonces- un nuevo año.

N O V E D A D E S  M A R Z O

—  P  O  E  S  Í  A   y   R E L A T O —

Poemas por Begoña Callejón
Ariadna por Alejandra Crespin Argañaraz

¿Deberían ser olvidados los viejos amigos? por Daniel Alejandro Gómez
Un otoño tan frío por Carlos Montuenga

—  R  E  S  E  Ñ  A  S    Y    A  R  T  Í  C  U  L  O  S —

El buscador de oro / Viaje a Rodrigues. J.M.G. Le Clézio
Eres bella y brutal. Rebeca Tabales
Ondulaciones. José Miguel Ullán
Kora Rogelio. Guedea
Todo sigue así. Poesía Completa. Julio César Navarro

IN   MEMORIAM

Julio César Navarro
(1970-2009)

Astronauta

Si fuera posible
quedarse para siempre a tres o cuatrocientos kilómetros
hacia arriba,
y mirar desde lejos el planeta,
sólo mirar
las nubes,
continentes sin mapa que se mueven,
océanos sin el coraje de los naufragios.

Si fuera posible
quedarse tan arriba que el tiempo no alcance las alarmas
y vigilar inadvertido
un mapamundi con sordina.

Desde aquí se difuminan las cumbres
en las que convertirse al instante en dos viejos
y mirarse;
no se distingue el lago de canoas de alquiler,
tú a los remos,
y yo caminando sobre las aguas.

Ya ni me asusta la noche
que avanza por ahí abajo
y suelta tu ropa a ritmo de Greenwich.

Y voy mirando
con tu permiso,
inmóvil en esta butaca,
la más violenta del universo,
última fila, tras el telón.

Poema extraido del libro
"Todo sigue así. Poesía completa"
Julio César Navarro. If ediciones. Béjar 2009

 

Y ADEMÁS

—  P  O  E  S  Í  A   y   R E L A T O —

Seis supuestos de topología por Álvaro Muñoz Robledano
Carbón vegetal por David Lago
Instantáneas / Fotosíntesis por Ramón Peralta
Tercera eternidad por Marisa González-Vigil
Semblanza de un vino mozárabe por Antonio Polo
Aportaciones para destiempos por Ana Patricia Moya Rodríguez
El hombre del saco de doble fondo por Juan Amancio Rodríguez
Un otoño tan frío por Carlos Montuenga
El tercer secreto por Mercedes Torija
Pie por Luis Emel Topogenario
El hueco por Raúl Ortega
Villa Borghese por Eduardo Proto
Marinero de La Vera por Antonio Polo
Del tiempo y otras luces por Luis Zarca
Oh Allá convergen por Antonio Preciado
Curazao por Eduardo Protto
El Panteón por Antonio Preciado

—  R  E  S  E  Ñ  A  S    Y    A  R  T  Í  C  U  L  O  S —

Tema de la mujer abismo y el poeta insurgente
(Una aproximación al poeta nicaragüense Anastasio) por Julio Pino Miyar
¿2008 merece un balance literario? por Leonardo Lobos
Howard Phillips Lovercraft. Un hereje de nuestro tiempo. por Fermín Castro
El informe de Brodeck. Philippe Claudel
Elegía para un americano. Siri Hustvedt
Las huellas del diablo John Burnside
Los huidos David Eloy Rodríguez
Consideraciones sobre el infierno en “La eneida” por Alejandra Crespín Argañaraz

a r i a d n a - r c . c o m

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sábado, 28 de febrero de 2009

LECTURAS FUNDAMENTALES

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EL MUNDO DE AYER, de Stefan Zweig.

Lecturas terribles. Lecturas esenciales. Lecturas definitivas. Los nombres que se les podrían dar son muchos, pero en todos abunda sobradamente la rotundidad del hecho de que, en cualquier medida que sea, en quienes los consideramos así cambia algo en nuestro interior después de haberlos conocido.

Nunca más lo he vuelto a leer. La autobiografía de Stefan Zweig cambió ciertos rumbos en mis pensamientos, no recuerdo si en los late ‘60’s o muy a principios de los 70. Como en el caso de La Montaña Mágica de Thomas Mann, amplió enormemente el horizonte de comprensión del ser humano y del propio mundo. Y a pesar de lo tremendo de todo cuanto se dice en él, dejó en mí sed y voracidad por saciar más y más la visión de aquel mundo que su autor nos brindaba con tanto dolor. No hay nada como vivir con intensidad desenfrenada y carnal toda la profundidad humana. Dar y percibir todo en cada gesto propio y ajeno no es una opción ni una elección política, social o vitalmente correcta o incorrecta, sino la manifestación de una naturalidad que no todos poseen ni todos son capaces de recibir. Hay algo suicida en este acto; indudablemente los que así piensan y actúan no van a contribuir con su longevidad a sostener las columnas de ninguna academia: para eso hay otras personas que no son menos importantes, pero no podemos aspirar a escribir un poema y al mismo tiempo fabricarnos los zapatos.

La edición cubana de ese libro —creo que de la editorial Huracán, aquella que, al leer sus libros, nos iba dejando la página leída en la mano— “la perdí” en Cuba. Es quizás de esas pocas cosas que lamento haber dejado, pues verdaderamente lo de “perder” es un poco exagerado ya que se suponía que un libro tan conocido podría conseguirlo fácilmente del lado de acá. Pero una vez acá no me fue fácil porque ya a nadie le interesaba leer a Stefan Zweig. Fue gracias a un cliente de un restaurante donde trabajé durante varios años y con quien establecí una espontánea amistad durante años (él también era tan contradictorio como siempre lo he sido yo), que pude recuperar la autobiografía del austriaco y un día se me apareció al comedor con la sorpresa del regalo. Siempre le estaré agradecido: algunas coleccionan esmeraldas, yo colecciono sufridores que me ayudan a sufrir de mejor manera y a tornar el dolor en conocimiento.

Para Carlos Victoria también su lectura representó mucho, en aquel primer momento en que con algún desfase coincidimos en su conocimiento. Pero mucho más años después. Esto quizás no lo sepan muchos, tal vez Nikitín, Emilia, Rafael, no sé si Elio. Durante aquella etapa febril —¡cómo iba a ser de otra manera!— de los viajes de La Comunidad y de los gusanos devenidos en mariposas (continuación en el tiempo de los venceremos, los areitos, las personalidades representativas de la comunidad cubana en el exterior —en que tanto tendría que ver el felizmente difunto Jesús Díaz— y que terminaría, como todos sabemos, en la toma de la embajada del Perú y en el éxodo del Mariel (no hay nada nuevo bajo el sol, como nada espontáneo bajo la revolución), volvió a Jayamá una tía suya que vivía en OpaLocka. A su regreso a los Estados Unidos comenzó a hacer gestiones para, mediante la Cruz Roja internacional, sacar de Cuba a su hermana y a su sobrino. Era un tiempo muy raro para nosotros los que nos considerábamos un poquito inteligentes y sensibles, veíamos el desastre de la falsa reunificación y danzábamos enloquecidamente encima de una cresta de inconciencia y casi cretinidad. En realidad nadie pensaba en salir en aquel momento, y mucho menos nosotros que valorábamos en lo que nos habíamos convertido ambas mitades. Pero, en fin, las gestiones de su tía comenzaron a dar frutos, y Carlos y Estrella estaban en la vía posible de obtener resultados migratorios. Y entre tanta confusión, Carlos volvió a leer “El Mundo de Ayer”. Después fue a la Oficina de Emigración y renunció a la salida suya y de su madre.

© 2009 David Lago González

Stefa Zweig's Official Site -  http://www.stefanzweig.org/

viernes, 27 de febrero de 2009

SUICIDAS (2)

 

Pilli

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a Osvaldo Lugo

Pilli era el apócope de Pilliner. Y Pilliner era un negrito (en el sentido más cariñoso de la ausencia de color) guasón, muy muy desgarbado, que llevaba la sección de atrezzos del Teatro Guignol de Camagüey (que por entonces dirigía un siempre esquivo Mario Guerrero) y del Conjunto Dramático de Camagüey (que, por ese entonces, tenía dos directores principales: el argentino exiliado Pablo Verbitsky, y Pedro Castro). Usaba una perilla canosa, nada copiosa. Su imagen recordaba la de un cantante de jazz de New Orleáns o la de una sombra chinesca en un vodeauville de principios del siglo XX en algún teatrucho de Chicago.

Vivía en una casa muy humilde —de ésas que en la primermundista España llamamos “chabolas” y allí no sé si tenían un nombre determinado—, creo que con su madre. Recuerdo una fiesta en aquella casa, aunque la algarabía tenía más bien lugar en la puerta y en un espacio de tierra que se asumía algo así como un portal. Aguardiente de caña a pulso, cómo se llamaba... ¡Coronilla! Los primeros palos siempre me entraban a fuerza de arcadas. Bueno, allí vivía Pilli, pero, en realidad, su cuartel general era la Casa Teatro (calle Cisneros esquina a General Gómez), una noble casona antigua de las que alguna vez fueron palacetes coloniales. Estaba en la misma acera y manzana del Juzgado y desde la balconada interior, por encima de los hermosos y frondosos patios camagüeyanos, veíamos desenvolverse el juicio por el caso de la Fiesta del Barbero, que puso de moda, ya para la posteridad, el término “fiesta de percheros”, erróneo y absurdo como todo lo inventado con intención malévola. Carlos Victoria narra esta escena en su novela “La Travesía Secreta”: “mira a Benny”, “aquél es Larita”, “ése se parece a Papo” y nosotros tratando de escuchar lo imposible. Para los más jóvenes de nosotros, aquel juicio fue como la presentación en sociedad, nuestra puesta de largo, nuestra fiesta de quince, y todos quedamos silenciosamente traumatizados. No podíamos imaginar que a aquella gran farsa seguirían para todos otros escarmientos más severos, incluso para los protagonistas de aquel guiñol de pacotilla.

La imagen de Pilliner me es inseparable de un “carnaval” en el callejón del Jaime que se alzó espontáneamente como “zona gay”. Uf, madre, hablar de Cuba es abrir una caja de Pandora llena de paréntesis, puntos suspensivos, corchetes, incisos numerados, aclaraciones, referencias, explicaciones miles, porque, como nada es lo que es, si sobre el papel o sobre el éter dejo por sí solas esas dos palabras (“zona” y “gay”), ya aparecerá de inmediato una loca de Shangay que lo esgrima para defender la Revolución y decir que nunca existió la represión. Lo que quiero decir pero no me sale porque es tan difícil y tan simple de explicar como una mirada de identificación entre dos hombres, es que todo el mundo sabía lo que pasaba pero nadie hablaba de ello. Por supuesto, también lo sabía la policía. Pues nada, simplemente asocio los recuerdos de Pilliner y de aquella calle porque una de esas noches el suicida realizado remataba todo lo que se hablara con la frase “Distancia y categoría”, viniera a cuento o no, y los que todavía no nos habíamos suicidado nos tronchábamos de risa. La memoria es tonta, ya lo sabemos, además de insondable.

En algún momento de aquellos años, un chico llamado Edel se incorporó a la Casa Teatro, también como attrezzista. Edel era medio vecino mío y frecuentemente pasaba frente a mi puerta emergiendo de Florat, el barrio marginal que quedaba a espaldas de mi casa. Además de compañeros de trabajo, se hicieron grandes amigos él y Pilli, prácticamente inseparables. Pero lo que ninguno de los dos podía imaginar por entonces era que la búsqueda de la libertad por parte de uno de ellos llevaría al otro a buscar su muerte.

La empleomanía del patio que pasa ligera ante este escrito, tal vez recuerde que en los años 70 se comenzó a premiar el buen comportamiento de los ciudadanos (que, en este estado de cosas, eran merecedores de ser llamados “compañeros”) con viajes a los países socialistas —los llamados “países satélites de la Unión Soviética”, según el léxico de la guerra fría— que podían costearse en moneda nacional (e inservible en cualquier otra parte del mundo que no fuera Cuba). No era necesario colaborar como informante del Ministerio del Interior o de la Seguridad del Estado, ni ser presidente de vigilancia del Comité de Defensa de la Revolución, ni escribir un poema a la Federación de Mujeres Cubanas ni, en fin, llegar tan bajo como cientos y miles de personas lo han hecho antes de pasar a residir en Miami o en Madrid. No, simplemente había que portarse correctamente: ser un buen trabajador, con iniciativa y disposición, hacer trabajo voluntario, ir a cortar caña, hacer las guardias del comité o de lo que fuera... en fin, aparentar que aquello te interesaba un poco. Entonces te daban esa oportunidad; y como salir de Cuba era “salir de Cuba” no era cuestión de pensárselo dos veces. Por otra parte, y no por última menos importante, el avión de Cubana o de Aeroflot (lo que sea) hacía escala técnica en Gander, Canadá. Como otros muchos, Edel, que aparentaba ser bobo pero que nunca lo fue, pidió asilo político en Canadá.

Y allí comenzaron los problemas para Pilli.

La Sécurité de l’Etat camagüeyana, con sede en Villa María Luisa, comenzó a hostigarlo sistemáticamente. Hubo una especial intensificación de visitas y “paseillos” al hermoso barrio de La Zambrana, donde quedaba la villa, a cualquier hora del día o de la noche. Muchos asistimos a aquella trama sabiendo y no sabiendo, adivinando, intuyendo, no preguntando, mirándonos en silencio. Querían que admitiera que él sabía de los planes de su amigo Edel para convertirse en glorioso desertor de la Revolución. Una noche fueron a buscarle sobre las diez de la noche y lo soltaron unas horas después. Volvió a la Casa Teatro. Se cortó las venas, se bebió una botella de salfumán y se tiró por uno de los balcones que da a la calle Cisneros. Todavía duró unos días, a pesar de que el ácido le había corroído completamente los órganos interiores.

Nada mejor que aplicar aquí el dicho de “matar dos pájaros de un mismo tiro”, certero disparo de los que siempre serán anónimos responsable. Nunca supe qué fue de Edel, pero estoy seguro de que su libertad siempre habrá tenido un desagradable sabor a sangre.

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© 2009 David Lago González

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jueves, 19 de febrero de 2009

ROGER SALAS - "Iván" (Óleo sobre tabla, 1990)

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(C) Guillermo Muñoz Vera

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“Iván” (Óleo sobre tabla, 1990)

[Un soneto inconcluso sobre un cuadro de Muñoz Vera]

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Probablemente Iván está muerto y de él sabemos

Lo justo para dedicarle una última mirada, esa

Ojeada que cubre el crimen y borra el instinto.

Iván no quiere nada, no busca, no reclama ni espera.

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No hay suelo más frío que el de la piel culpable

Donde habitan y se rebelan los haces del instinto.

Iván no duerme sino que, inocente, ensueña la caída

Con la elegancia de un hermoso último perdedor.

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Tiene el triste escorzo de un héroe que aún respira

Y conoce todas las rutas del brutal sacrificio, pero

Nada conduce más allá de las columnas truncadas

donde él mismo es y será el centro de la imaginación.

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El canto es tan puro dolor y cruel aviso: deseo

encontrar y abrazar, destruir, el frío que te habita.

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Roger Salas

Madrid/II/2009

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martes, 17 de febrero de 2009

MOLESKINE (7)

 

La familia y el circo

cap En diciembre pasado, de pronto yo heredé una familia. Cayó del cielo, sobre Barajas, y yo participé del re-encuentro (gracias a Dios, NO “de la cultura cubana”) discretamente, aunque para satisfacción personal he contribuido inicialmente a él de una forma sólida y continuada, incluso en contra de la lógica de otros amigos que me veían peligrar por consecuencias asociadas. La gente puede pensar que yo voy a estos reencuentros y recibimientos con gran alegría, al menos con la alegría de personas que no están aquejadas de separaciones colaterales, pero ello no es cierto. Soy una persona seriamente enferma; quizás siempre lo fui pero ahora soy mucho más sabedor de ello. Digamos que el muerto que llegó en el año 82 del siglo pasado a ese mismo aeropuerto no es el mismo de ahora y que ahora estoy ya absoluta y terminantemente convencido de que no podría volver a vivir otra vez con la responsabilidad y la alegría que puse entonces en cada gesto.

De forma que, con todas sus satisfacciones y consecuencias, en el testamento vital del paso de la vida me venía asignada una familia. Casi numerosa. Marido, mujer y dos niños, y aún falta una perrita que volará —si Dios lo quiere— en el próximo mes de marzo. ¿Adivinará la perrita quién es “el tío David”? Bien, el caso es que, pasadas las fiestas navideñas, de vuelta de otras reuniones en torno a la mesa del manjar, esa terrible e intransferible sensación de infinito cansancio se hacía palpable una y otra vez al regresar a casa. A veces podía remediarla el sueño de una noche (aunque no fuera “de verano”), otras necesitaba también el día siguiente, y el otro, para reponerme. Pero para reponerme de qué.

Pues, simple y llanamente, del desarraigo.

El desarraigo conduce al extrañamiento. En teatro existía aquello de “extrañamiento brechtiano” que en un momento de mi vida, y de ciertas vidas, estuvo muy de actualidad (y no pluralizo del todo la experiencia porque, como otras, siempre es factible la negación de la existencia que uno ha conocido y —valga la redundancia— vivido, y ante argumentos de esa índole sólo cabe el suicidio o el homicidio). El “momento extrañamiento” se produce cuando yo salgo del cuerpo donde habito —no, no es el argumento de la transexualidad— y me sitúo a un lado, o en una esquinita, observando la escena de la cual formo parte. Situación onírica y metafísica en que uno se volatiliza y es capaz al mismo tiempo de participar y enjuiciar o valorar o comparar, o sea, en fin, pensar un poco. Eso me pasa también en las manifestaciones políticas: dentro de la muchedumbre nunca puedo abstraerme de que, por encima de todo, soy un individuo. Creo que verdaderamente es más bien una especie de maldición.

Eso me sucede también en el circo. En el circo, ése, de toda la vida (independientemente de las aportaciones de la época). Y he aquí donde se unen las dos cosas: ayer tarde mi familia me llevó al circo. No logré sobornar a ninguno con anterioridad y fui conducido hacia las carpas bajo la más absoluta ignorancia. No recuerdo qué clase de público acudió a la ocasión en que pude ver el Ringling Brothers Circus en Camagüey en la década de 1950 y la única imagen que guardo de ello es que, para gran regocijo infantil, un paquidermo defecó sobre la arena, pero por lo general a los circos siempre va lo que por entonces en Cuba llamábamos “gente de reparto”, que no se refería a que estuvieran compitiendo en un casting sino que “el reparto” era siempre “el barrio” utilizado en un sentido marginal. La noche de anoche no fue una excepción.

Al circo me llevaba mi padre. Mi madre hizo una única excepción, y ya podréis adivinar en qué ocasión. Y mi padre creía que a mí me gustaba el circo. Es una idea bastante generalizada asociar circo con infancia, pero, aunque nunca se lo dije, la verdad es que yo detestaba la tramoya. Tal vez influyó algo el tener acceso cada domingo matinal al horripilante Circo de Valencia en la televisión, con la también horrible familia Aragón que capitalizaba toda la elementalidad del payaso. No sé. Lo cierto es que mi padre se deshacía en reclamos de atención que yo no podía comprender, y mi apatía (que largamente me ha acompañado en las buenas y las malas y tantas consecuencias ha tenido en ese algo llamado porvenir que se suponía que yo tenía) provocaba en su semblante una mezcla de impaciencia y perplejidad, que, tal vez era la sombra adelantada de una pregunta que no quería realizarse: “¿por qué tengo yo un hijo tan raro?” Una tarde, en la Plaza de Villa Mariana, ya él cayó en franca desesperación cuando después de una de las actuaciones de los payasos, yo estallé en sollozos cada más vergonzantes (para él), y no sin cierta rabia me arrastró al exterior de la mano. Es que los payasos siempre me han parecido muy tristes y nunca he podido comprender de qué se ríe la gente.

En Brasil están prohibidos los animales dentro de los circos. En un país donde a diario se matan entre sí miles de personas, la humillación animal es punible. Si en diferentes ocasiones políticas, colectivas o individuales, el individuo es sistemáticamente humillado hasta hacer de él una piltrafa, en los circos del mundo los animales son degradados a una cruel elementalidad humana. Quécirco_dancing-bear tristes, sobre todo, los osos, haciendo de porteros de football; el contoneo de caderas de una rumbera; el movimiento de hombros de una zíngara; y el más grande de todos corriendo en las dos patas traseras, lo que los deja con un culo bajo que casi arrastran por la arena, y una especie de malla que le colocan en todo el hocico hasta el collar que les aprieta el cuello y se lo estira a la manera de alguna tribu africana, rematado todo ello con el caramelito que le dan al final como premio. Qué descafeínado un posible león albino, tal vez tratado con algún decolorante para lograr la evocación, evocación de la sábana salvaje en más de tres tristes tigres y leonas que parecían moverse en cámara lenta. Qué humillante la cabeza gacha de los elefantes, cuánta pena en esos rostros.

El único animal al que me pareció ver sacar dignidad de su cautiverio fue el caballo. Sabía tornar la doma en maestría, como diciendo “yo te doy arte a cambio de lo que tú, hombre, crees que es espectáculo”, “yo, estúpido, te enseño a ser digno, te digo cómo ser Un Hombre.”

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© 2009 David Lago González

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