domingo, 8 de marzo de 2009

27 años atrás...

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(C) Assef Al-Jundi

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Veintisiete años atrás y tres horas y media de la hora en que comienzo a escribir estas líneas, llegaba al aeropuerto de Barajas en compañía de mi madre, que había accedido, desde las terribles jornadas de un Mariel infructuoso, a acompañarme en mi destino extra-insular, condición sine qua nom para dar cualquier paso.

No pisamos la pista.  Desde la puerta del avión accedimos a algo que creo que llamaban "tobogán" por aquel entonces, y salimos a un pasillo interior del aeropuerto que nos llevaba hasta la sala de equipajes: teníamos que recoger nuestra única maleta, cuyo interior estaba ocupado mayormente por una manta (o "frazada" en el léxico popular cubano) que nunca había sido usada y formaba parte de su ajuar de boda, comprada en tan lejana fecha como 1947.

Siguiendo ese absurdo y anticuado concepto cubano de la elegancia, a mí me habían embutido en un incómodo traje que agregaba una gran carga de inseguridad a la que ya, por razones obvias, sentía.  Mi madre vestía un traje sastre, confeccionado por ella (era modista); entre la tela de forro y la de fuera había utilizado otra manta para hacerlo más resistente al frío.

Yo había avisado a dos personas para que nos fueran a esperar.  Una de ellas, un antiguo vecino de Camagüey que por cosas falsas inventadas por él y que dijo a mi familia gallega nos metió en una espiral de desagradables consecuencias, no se presentó.  La otra persona fue un amigo que posteriormente comenzó a desarrollar esquizofrenia y que lamentablemente hoy me resulta inaccesible, a pesar de todo cuanto le debo y le debimos por su generosidad sin fin.  Este amigo nos sacó de allí.

En el momento de dejar el aeropuerto recuerdo la preocupación de mi madre por una mujer con una maletica verde, que había hecho el viaje con nosotros y que quedaba allí mientras nosotros nos marchábamos hacia La Nueva Vida, evidentemente esperando por alguien pero también a punto de tener una crisis nerviosa por lo que era obvia que sospechaba.

La percepción de la llegada mientras nos acercábamos a la ciudad y a la calle donde íbamos, a dos pasos de Plaza de España, era como de verlo todo en cinemascope, límpida pantalla ancha, y un aroma extraordinario a limpieza.

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Dos meses después, cuando volvimos de nuestro viaje a Galicia, coincidimos en el comedor de refugiados de la calle de Canarias 5 con la mujer de la maletica verde.  Sin mediar palabra, sólo al mirarse e identificarse a través de ese destello mudo de los ojos, mi madre y ella se unieron en un abrazo de largos segundos que rompió en lágrimas.  La mujer había sido "sacada" por su antiguo novio que había salido por El Mariel, pero, en esos dos años que mediaron para la salida de todos los que viajábamos en aquel avión, el hombre se había enamorado de otra mujer y se había casado con ella sin haberle dicho nunca la verdad a su penélope cubana.

Y aquí estamos, 27 años después, unos muertos, otros vivos, según el curso natural de las cosas.  Pero por las razones antinaturales que nos llevaron a asumir con fingida y obligada y voluntaria naturalidad la gran, tenebrosa, reparadora o no y excitante aventura de lanzarte al mundo sin ser un aventurero, NO perdono ni siquiera a los visionarios que en el éxtasis de su inconsciencia y su egoísmo nos embarcaron en este viaje sin fin que comenzó allá por 1953, y mucho menos a los oportunistas y los aprovechados que con su poder nos marcaban tanto la senda a seguir como carneros como las huellas sobre la piel y la intangibilidad del alma y, como expertos torturadores, recubrían sus sucias razones con miles de justificaciones para no dejar marca en las largas sesiones cotidianas de tortura ni llegar al delito de sangre, y como la mayor parte de gentes de esta calaña en todo el mundo y bajo todos los colores políticos habidos y por haber, han continuado con sus vidas como angelicales ovejitas con cuya imagen saltando la cerca se concilia el sueño.

 

(C) 2009 David Lago González

6 comentarios:

Luife Galeano dijo...

Salí hace cuarenta y ocho años, de madrugada, a oscuras como se van los que ignoran que se escapan. Llegué con mi madre a Rancho Boyeros acompañado por 17 maletas llenas de ropa, medicinas contra la sinusitis, libros --entre ellos la biografía de Ciro el Grande--, algún que otro juguete --un batallón de soldaditos de plástico-- y con un brazo repleto de joyas clandestinas y cinco dólares en el bolsillo del pantalón.
Eran otros tiempos. No me tocaron ni cachearon, tan sólo a mi madre que la confundieron con una nadadora de mismo nombre y ranking mundial desconocido.
Nos quitaron las medicinas en aras de la salud pública cubana y no se extrañaron cuando les dije que mi madre y yo íbamos a reunirnos con mi papá para una estancia de seis meses en USA en la frontera con el Canada. No mentí. Me limité a constatar la verdad con matices.
¿No hacen ellos lo mismo?
En el avión vi llorar a mi madre. No sé por qué me pareció que pensaba que no regresaría jamás.
Hoy cuando se lo recuerdo me dice que ni loca regresará.
¡Qué contrasentido! Mi mujer, que me cuida y acompaña en todas mis locuras, no piensa más que en el día en que yo le enseñe La Habana que conocí y que reside intacta en mis sueños.
Sic transit Luife per Mundi. Imago Mundi.
Luife Galeano

Anónimo dijo...

Como te dije en otro comentario, mi familia salio de Cuba cuando yo tenia nueve meses de edad, siento una gratitud hacia mi padre por habernos sacado de Cuba cuando yo era un recien nacido, me acuerdo de algo que escribio Ramon Perez de Ayala acerca de la diferencia entre los espanyoles y cualquier otra manifestacion del mundo occidental y es que para el espanyol no es lo suficiente destruir a un ser humano, lo tienes que humillar en el proceso, y los cubanos somos hijos de los espanyoles, tantas humillaciones que el pueblo cubano ha tenido que padecer, pero me siento-por que negarlo-cierta satisfacion en ver que enventualmente tienen que aplastar a los suyos, a los Perez Roques, a los Carlos Lages, y a muchos mas hasta que termina esta pesadilla. CS

Antonio dijo...

irse o quedarse ¿es un misterio? ¿una manera más de hacer nuestras vidas? ¿un llanto o una risa? ¿algo que nos toca hacer, y lo hacemos sin pensarlo 2 veces?

Anónimo dijo...

Todos formamos parte de esa enorme, interminable historia, de tantos matises como sorpresas nos puede deparar la vida. Para bién o para mal, aquí estamos para contarla o compartirla, con los amigos cercanos o aquellos que a través de éstos espacios se nos acercan con sus secretos y misterios sin guardar distancias. Quizás porque ser de "allá" no es una simple coincidencia.


Luis de Berlín.

chiquitacubana dijo...

qué rabia en esas palabras finales, David. Rabia que comparto.

Anónimo dijo...

Estoy en ese mismo pensamiento.

Besos
Kuka