jueves, 17 de junio de 2010

LOS SONIDOS DEL SILENCIO (over & over & over again)

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En Cuba, hemos sido niños y jóvenes; hemos sobrevivido en silencio; hemos sido vigilados; hemos sido heterosexuales y homosexuales mal vistos por no pensar solamente con el sexo; hemos sentido miedo y culpabilidad por ser distintos al resto del rebaño, a pesar de intentar no salirnos del redil y balar al son de las voces del pastor; unos hemos sido pioneros y “ujcs”, por carecer de la valentía para oponer una excusa sólida o por haber creído inicialmente; otros hemos podido evadirnos aduciendo no estar definidos totalmente como agnósticos lo suficientemente aptos como para tener el honor de considerarnos marxista-leninistas; hemos sido perseguidos por el largo de nuestros cabellos y por la forma de vestir y se nos ha negado el estudio o el trabajo por ello; hemos sido interrogados, expedientados, detenidos y apresados por no escribir dentro de los cauces institucionalizados, por visitarnos unos a otros en número superior a tres, por reunirnos en parques públicos a reírnos de nuestra juventud; hemos sido expulsados de universidades por “diversionismo ideológico”, por “apatía política”, o por estar en el lugar inadecuado en el momento inadecuado, o por despuntar creativamente lo mínimo suficiente como para levantar sospechas como potenciales pensadores; hemos tenido que esforzarnos más para compensar esas sospechas sobreviviendo en oscuros trabajos de picapedreros, repobladores forestales, administrativos o jefes de departamentos donde se preparaba la mentira de las estadísticas; hemos sido internados en los campos de concentración de la UMAP y nos han atado desnudos a postes clavados en medio de hormigueros, hemos copulado con nuestros guardianes cuando muchos éramos menores de edad; hemos sido sacados en mitad de la noche de nuestras casas por haber entrado con otra persona; se nos ha juzgado políticamente por lo que han hecho o han dejado de hacer nuestros padres; hemos tomado anfetaminas; hemos pretendido parecernos a los Beatles y los Rolling Stones; hemos sido apresados por el ilícito comercio del rock’n’roll al tiempo que cantábamos canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés; nos hemos iniciado precozmente en el sexo y hemos fornicado con la satisfacción del miedo y el placer de cometer un acto delictivo; hemos marchado en absurdos batallones desde los nueve años, de una esquina a la otra de los cien metros donde vivíamos; hemos marchado y hemos sido vejados en fines de semana por caprichosos militares que nos preparaban para después seguir marchando en el Servicio Militar Obligatorio; hemos superado los tres años de reclutamiento o nos hemos suicidado o nos hemos escapado y terminado en la cárcel donde nos han violado, o hemos obviado el honor de pertenecer a las Fuerzas Armadas Revolucionarias esgrimiendo un trastorno de la personalidad que debía precisar una homosexualidad pasiva sin nombrarla y hemos sido enviados al Ejército Juvenil del Trabajo por ser ciudadanos y militares de quinta categoría; hemos participado en la guerra de Angola por miedo o por la esperanza de prebendas futuras, y hemos muerto sin creer en una razón para morir y hemos sobrevivido sin estar seguros de una razón para vivir; nos hemos negado a intervenir en otra batalla que no fuera la nuestra personal de cada día; hemos cumplido con las guardias nocturnas, las asambleas periódicas de conducta, las condenas de cada barbarie imperialista norteamericana, con ademanes y voces cansadas; o hemos llegado al punto de crucificarnos a nosotros mismos pasando de todo formalismo obligado; hemos descreído de la Revolución, no hemos confiado en líderes de ninguna clase, no somos valientes ni héroes, somos cobardes, hemos echado a correr huyendo de los Cascos Blancos y sus pastores alemanes; respetables médicos de batas impecablemente blancas nos han aplicado electroshocks en hospitales psiquiátricos para curarnos la homosexualidad, y nuestros expedientes clínicos han pasado al Ministerio del Interior y la Seguridad del Estado; hemos sido chantajeados, han intentado captarnos como informantes bajo amenazas, oscuros calabozos, golpes o la simple imaginación abstracta de lo que podía pasarnos a nosotros o a nuestros familiares si no... : hemos hablado y hemos callado; hemos comido del exiguo racionamiento y hemos delinquido comprando el resto en el mercado negro; hemos robado en cualquier lugar donde nos fuera fácil abastecernos de lo que carecíamos, terminando por hurtar lo potencial que algún día podríamos necesitar; hemos bebido como cosacos celebrando la triste victoria de abstraernos de cuanto nos rodeara y hemos visto cómo cada día nos arruinábamos moralmente hasta la total degradación.

Para salir de Cuba, hemos sido falsos turistas con visado español por una semana; hemos sido expulsados hacia Praga como Ginsberg y hemos tenido que buscar el beneplácito de otros países; hemos cruzado el Estrecho de la Florida en una orgía atolondrada de camaroneros; hemos secuestrado aviones y hemos sido fusilados; hemos burlado el campo minado de Guantánamo, cubiertos de chapapote para despistar a los tiburones, y nadado hasta la base norteamericana para refugiarnos; nos hemos asilado 11.000 personas en 5.000 m2; hemos saltado vallas de embajadas que nos han devuelto a las autoridades cubanas que nos han castigado con golpizas, focos implacables y cárcel. Hemos zarpado en neumáticos de camiones, tractores o bulldozers, a veces a cambio de 10.000 pesos; hemos sido ametrallados y hundidos en aguas cubanas o internacionales por los guardacostas cubanos; sus homólogos norteamericanos nos han recogido y otras veces nos han regado con fuertes chorros de agua de manguera para que no pisáramos suelo estadounidense y poder ser devueltos a la Isla; nos hemos ahogado y nos han devorado los tiburones. Hemos sido escupidos, insultados, vejados, humillados, apedreados, mutilados y muertos. Hemos sobrevivido al salto.

Fuera de Cuba, hemos limpiado aseos; hemos fregado platos y calderos en cocinas de restaurantes inmundos; hemos vendido tabaco de contrabando en la calle; hemos cuidado enfermos terminales en sesiones nocturnas; nos hemos disfrazados de muñecones de Barrio Sésamo por unas pesetas y un sandwich, o de ridículos Muppets para fiestas infantiles; hemos hecho el turno de noche en alejados truckstops; hemos comido en comedores de refugiados y de indigentes; hemos comprado arroz para perros con tal de ahorrarnos unas pesetas; nos hemos prostituido a diez mil pesetas el polvo; hemos esnifado cocaína o el anzuelo del pico nos ha enganchado, o hemos seguido bebiendo porque la antigua excusa política se había convertido en adición; nos hemos muerto de SIDA o nos hemos suicidado; hemos iniciado y terminado amores y fornicado sin temor a ser espiados; nos hemos doctorado en universidades norteamericanas, pero muy contadamente en las españolas, a pesar de ser “nuestra Madre Patria”; hemos obtenido buenos trabajos y pésimos trabajos; hemos pagado nuestros impuestos; hemos permanecido largas horas haciendo colas para renovar nuestros permisos de trabajo y residencias soportando calladamente un tratamiento policial vejatorio, y nos los han denegado aun cuando nos halláramos trabajando legalmente; funcionarios de las instituciones competentes nos han extraviado los expedientes sin otra explicación que sobrepasara un leve encogimiento de hombros y la incertidumbre del futuro burocrático; los blancos hemos tenido mejor suerte que los negros y los negros somos frecuentemente parados en la calle con la obligación de identificarnos como hacían las rondas cederistas de la Revolución; los blancos hemos sido explotados por debajo del salario oficial o por encima del horario laboral; los negros, además, hemos visto cómo nos negaban un trabajo por nuestro color; hemos sobrevivido con el Walfare y hemos hecho lo imposible para mantener la dignidad de esquivar la oportunidad de subsistir a costa del Estado; nos han dado otras nacionalidades y hemos renunciado legalmente a la de origen; hemos violado el embargo norteamericano al ayudar económicamente a nuestros familiares en Cuba, hemos violado el embargo norteamericano al visitar a nuestros familiares en Cuba, contraviniendo las leyes de uno de los países que nos ha acogido; nos hemos casado y hemos tenido hijos; hemos ampliado nuestro margen de libertad y todo lo que hemos perdido no es compatible con lo que hemos ganado; hemos salido adelante y nuestra voluntad nos ha valido para protegernos de una utopía que nos seguirá persiguiendo hasta la muerte; nos hemos quedado en el camino; nuestra vieja familia ha ido desapareciendo como sucede en cualquier otro lugar; somos los mismos y al mismo tiempo somos los otros que la cotidianeidad moldea subrepticia y lentamente.

(C) David Lago González, 1999.

Updated

¿Qué más tendría que habernos pasado, o qué más deberá pasarnos, para que nos crean?

1 comentario:

María Gina Valero Ortiz dijo...

Realmente no hace falta ser CUBANO mi querido David, solo hace falta ser los otros(COLOMBIANOS,MUSULMANES,ARTISTAS,JUDIOS,BRUJAS,ASTRONOMOS,NIÑOS,NIÑAS,PERROS,BALLENAS,LIDERES,MARTIRES,MAESTROS,MUJERES,ETC)en el orden que sea,la falta de respeto a la libertad y los derechos de todo ser que puebla el planeta es y al parecer sera violado,una y otra vez.
es bueno seguir escribiendo sobre el lagarto que somos, una amigdala que nos guia,y los sueños de humanidad que tanto deseamos.
Decirlo con el amor que tu lo escribes parece saludable, un abrazo.