miércoles, 1 de octubre de 2008

Las tenidas teatrales de Camagüey

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NOTA DEL BLOGGER:  Concebí esta idea primeramente como un homenaje a NIKITÍN (también conocido como José Rodríguez Lastre), que todavía no ha muerto pero hay que aprovechar a los que quedamos porque ya empezamos a caer como pollos con moquillo.  Pero rápidamente comprendí que todo esto que hacíamos antes sobrepasaba al mismo Nikitín, si bien La Estrella era él y siempre será él.  Nuestro amigo Antonio (Desquirón) se unió a la idea y me mandó ayer este lindo texto bajo el nombre de "Las tenidas", por eso yo he extendido el título de la "entrada" a "Las tenidas teatrales de Camagüey".  Pretendo --queremos-sacar a Nikitín del letargo principeño en que se halla (tirado, hundido, no crean ustedes que está recostado cómodamente sobre cojines de florseda) y que sea él mismo el que concluya --o revitalice, quien sabe--  lo que se cocía en estos recuerdos.

Es de justicia precisar que el "homenaje" escrito por Xenitis Rebel (que pueden ver más abajo en este mismo blog) fue el detonante (¿el detonante o el detonador?) que estaba esperando para esto que quería hacer desde hacía tiempo.

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Las tenidas.

En los años ’70 la mayoría de mis mejores amigos eran camagüeyanos. José Rodríguez Lastre (Nikitín), Carlos Victoria (Vicky Baum) y David Lago (que en la actualidad se hace llamar Mominko por los íntimos). Yo iba mucho a Camagüey. Quería a aquella ciudad casi tanto como a Santiago. Quizá fuese por mi gran pasión, A., que en gran parte –aunque sólo de paso- se desarrolló allí. Creo que en ningún sitio me he sentido más cómodo y querido que en Camagüey. Yo sabía que entre mis amigos existía una vida, una especie de cadena de secretos, o, no de secretos, sino de sucedidos en los que yo, por el hecho de no compartir con ellos la vida cotidiana, no estaba incluido. Un poco como hoy.

A continuación voy a relatar una de las sorpresas más sobrecogedoras y hermosas que viví en Camagüey. A lo mejor mis amigos le pusieron un nombre. Yo nunca lo supe, y si lo supe no me acuerdo. Ocurría en casa de Elio Poblador, Heliotropo, como lo llamaban mis amigos. Para mi recuerdo, su casa quedaba en la calle San Clemente o en alguna paralela a ella, muy parecida. Era una típica casa colonial camagüeyana. Me fascinaba: nunca –salvo en mi propia vivienda- he visto tan justamente expresadas las ideas de cordialidad, confort, alegría y esa mezcla de etiqueta y llaneza que constituye una de las mejores cualidades, cada vez más perdida, del cubano. Si alguien ha visto las fachadas camagüeyanas que hay en el libro El Pre Barroco en Cuba, del Profesor Prat-Puig, ya sabe cómo era la casa de Elio. Con arcos carpaneles en puertas y ventanas y remate de fachada con pequeños pie-de-amigos, como es tan frecuente en la vivienda principeña de los siglos XVIII y XIX. Y un gran patio central lleno de fresco, verdor y tinajones de barro hundidos casi hasta su cuello en tres de las cuatro esquinas. Un patio donde el fresco podía batir, donde daba deseos de pasarse la vida.

Elio era un gay joven, alto, blanco, de cara redonda. Evidentemente había nacido y crecido en esa casa: estaba como soldado a ella, era como ella. Por supuesto que resultaba sumamente agradable. Con Elio no creo haber pasado por esa suerte de aduana, esos “tientos y diferencias”, que son los primeros tiempos de la amistad: sin haber llegado a ser jamás lo que se dice “un íntimo”, desde el primer momento me profesó una cordialidad cálida que hoy día es lo que mejor conservo de su imagen.

La casa de Elio era un sitio de reunión. Además de los Carlos, Niki y David, iban Calos Alonso y unos adolescentes cuya función era decorativa, a pesar de que en realidad no eran bonitos ni feos, conocidos como los Bíquer, por aquello de Yes, but be careful, con que aquellos machitos provincianos cubrían púdicamente su confraternidad con “el otro bando”. De verdad no recuerdo ni sus nombres ni sus rostros: solamente quizá de uno de ellos, blanco, de baja estatura, cejas gruesas, ceño fruncido y bastante desaliñado. Los Bíquer eran algo así como unos invitados: habituales e invitados a la vez. Se jugaba dominó. Como 2 mesas. En realidad a nadie interesaba tanto el juego como la presencia y la frecuentación de esos muchachos que no eran bellezas, pero que tenían gracia y esa especie de olor del varón. Por supuesto que ellos lo percibían y les gustaba sentirse acogidos y de cierta manera mimados. Pero lo principal de la casa de Elio no eran ni los Bíquer ni el dominó, ni el mismo patio. Mis amigos celebraban tenidas teatrales. Hacían cosas. He visto buena parte del teatro cubano de los años ’60. Estuve en el estreno de La noche de los Asesinos, en varios montajes y estrenos del Guiñol Nacional de Cuba —me fascina el teatro de muñecos- en una de las primeras funciones de Dos Viejos Pánicos, en diez de Peer Gynt; el propio Virgilio Piñera me leyó en su pequeño apartamento La Caja de Zapatos Vacía, mi amigo Roger Salas diseñó la escenografía para El Amante de Harold Pinter —en lo que se considera una puesta en escena histórica-; vi a María Casares interpretando El Cántar de los Cantares junto al Ballet del Siglo XX; yo mismo fui actor en una obra llamada Viet Nam por Ejemplo montada por el grupo de aficionados de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana en 1968, tuve un grupo de guiñol llamado Garabatos allá por 1967 —actuamos por esos montes pinareños que luego se han hecho famosos con el paso de los huracanes y sus desastres— y uno de mis primeros textos publicados —en 1967— fue una crítica sobre las puestas de Ciugrena de Alfonso Sastre y la ya citada El Amante. Me gusta la escena. Por eso las tenidas teatrales en la casa camagüeyana de Elio Poblador fueron algo estremecedor, absolutamente importante y desconocido. Si de algo estaban cercanas era del último teatro de Piñera.

Recuerdo tres: una que representaba Nikitín en el cuarto de Elio. Era un largo monólogo en el que encarnaba a la telefonista del Partido Comunista en la provincia. Hablaba de cualquier cosa con cualquier tipo de personas: desde gobernantes hasta amigotas, amantes, familiares, conocidos que le pedían un favor, espiritistas ante los que desnudaba su alma, profesionales a los que demandaba un favor. La telefonista se embarazaba, le crecía el vientre, daba a la luz y moría.

El segundo era un Nacimiento. Elio hacía de Virgen María —con un manto blanco que le ceñìa el rostro—, Niki, de San José —con un paraguas negro y unas gafas azules—, el Niño era un muñeco de trapo, David era luminotécnico y efectista. El texto decía algo como:

José: Noche de paz, noche de amor.

Virgen: Todo duerme en derredor… José ¿no sientes unas gotas?

Efecto: Golpeteo sobre una especie de redondel de hojalata. Un bombillo enciende y apaga rápidamente.

José: ¿Oyes? Viene una tormenta.

Virgen: ¡Santo Cielo! ¡Huyamos! ¡Dejemos abandonada a la Criatura!

El tercero se llamaba algo así como Las Horribles. Representado por Elio y Nikitín (por eso decía Niki que Elio era su co-star). Dos duquesas rusas, cuando la Revolución de Octubre, salen huyendo y abandonan sus palacios, sólo que en vez de hacerlo hacia Occidente lo hacen hacia Oriente. En vez de llegar a París, lo hacen a Siberia y tiritan de frío sentadas en unas rocas de espaldas al público. Conversan y se cuentan su historia y desgracias. Una de ellas dice: Nadie nos ayuda porque somos Las Horribles. Vuelven su rostro hacia los espectadores y sonríen exageradamente mostrando una dentadura asquerosamente podrida, en realidad pintada de violeta genciana. Fin del diálogo.

También había un monólogo que recitaba Elio en su habitación, frente a la foto de un roquero desnudo envuelto en una boa constrictor. Elio encarna el personaje de un niño pionero que va a entrar a clase. Su texto es el recitativo sobre el Ché Guevara que los niños cubanos dicen todos los días antes de entrar a la escuela. Al final se oye un coro de voces que declara ¡Ché, comandante, amigo!. Todo se oscurece y Elio exclama señalando la foto: ¡Yo quiero ser como el!

Es lo más desacralizador, heterodoxo y sacrílego que me ha tocado ver y oir en mi vida. Como teatro, aún lo considero genial.

© Antonio Desquirón, 2008.

5 comentarios:

Xenitis Rebel dijo...

Muchas gracias David. Recuerdo que, en Cuba, el léxico oficialista tenía una frase pedante y muy falsa que decía: “este sencillo pero sentido homenaje”. Cuando leo todas esas historias de ustedes refuerzo el sentimiento de haber nacido o muy tarde, o muy temprano (aunque nací en el 62 me incluyo, dentro de tu clasificación, en el grupo que comienza con el 63), y los envidio con todo mi corazón.
Nunca fui bueno haciéndole preguntas a Nikitín en nuestras cortas no obstante casi diarias conversaciones. Me hubiera gustado ser como Gerald Clark con Tuman Capote (por cierto; hace días que vengo regresando a Capote, anoche saqué de la biblioteca un DVD biografía sobre él de la PBS, y al terminarlo me fui a la cama releyendo la biografía de Clark, un libraco de 576 páginas, cuando descubro con asombro que: ¡ayer era el cumpleaños de TC!). Sin embargo, Nikitín, como “el pan dormido”, casi no me hablaba de esa época. Sólo algún que otro incidente: un cuento que alguien escribió y buscado con fruición por la KGB camagüeyana, el estar con Silvio y un grupo de guerrilleros salvadoreños en un hotel de La Habana, etc. No creo que sea patrimonio de Nikitín, porque ni Rafael Zequeira ni otros de la generación anterior a la mía eran muy dados a rememorar esos días. Cuando los conocí, en los 90’s finiseculares, vivían junto a los de mi edad en un presente “plus cuandesperfecto”. La memoria de esos días parece tenía un Copyright, propiedad privada del gobierno. Así las cosas, agradezco que todos ustedes revivan esa época y que “confiesen que a pesar de todo han vivido”.

Zoe dijo...

Gracias por este post que tanto nos ilumina a quienes nos perdimos biena parte de esas obras.

Zoe dijo...

buena, quise decir

Anónimo dijo...

Sí, que hemos vivido, gracias David.
Besos
Kuka

David Lago González dijo...

Intensamente, además. Con fuerza en las cosas y riesgo de nuestras vidas, y hasta de vidas ajenas. Todo un atestado (o atentado?)
Abrazos y besos.
David

Carlos, tenía presente el léxico oficialista pero lo omití. Si, la biografía de TC escrita por Clark es muy buena. A mí al principio me pareció muy cursi y amanerada, pero continué leyendo y es un libro que con frecuencia recuerdo. Leéte la autobiografía de 10 Williams, si no la conoces. Son libros que te dejan queriendo a esas personas y deseando haberlas conocido y haber sido parte de sus amigos. Quizás también hay algo "sureño, deep south" en uno mismo, no se, la tendencia a la auto-destrucción, llegar hasta el borde y retroceder, tentar el diablo.