martes, 10 de febrero de 2009

Rolando H. Morelli - Eternidad del Árbol o El Otro Árbol (revisited)

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(Para David Lago).

 

A través de la ventana, inmóvil, desde su lecho veía recortarse el mundo. Porque el mundo era, sin dudas, este recorte colocado frente a sus ojos con algún propósito. Podía tratarse incluso, estaba dispuesto a admitir: de una fotografía —siempre la misma— ocasionalmente animada por el movimiento de las hojas en los árboles, el fulgor que arrancaban al follaje unos instantes los rayos del sol, o el paso de algún automóvil sobre la vía de asfalto antes de que el paisaje volviera a su absoluto inmovilismo. ¡Una instantánea! No habían dudas. Una o varias. La sucesión de un mismo fotograma conseguía la ocasional impresión de movimiento —se dijo—. En modo alguno, la contemplación le evocaba, tal y cual esperaba su madre que sucediera, la de aquel otro paisaje antes buscado instintivamente por él cada mañana al levantarse; aguardado desde la orilla del último sueño, aquél que había de lanzarlo a un nuevo día, a una nueva jornada, palabra en la que hallaba él repercusiones demasiado próximas a todas las quemazones que uno podía anticipar con absoluto realismo. Aquel árbol que a través de la ventana de su cuarto re-descubrían los ojos cada día, no por nada tenía también —se le antojaba entonces— nombre de incendio, de llamarada: «Flamboyán», y el aspecto de una inmensa hoguera cuyo fuego benigno ardiera siempre sin apagarse, y cuyo calor era como una sombra fresca en medio de la conflagración del verano más ardiente. Siempre había oído decir él que a un fuego se antepone otro fuego que lo detenga y absorba. No otra cosa había sido su árbol en las mañanas, al abrir de par en par las ventanas de su dormitorio en el segundo piso, cual nido allí calentándose y refrescándose a un mismo tiempo, a la sombra del árbol; pendiente del susurro del viento entre sus ramas, y del parloteo de los pájaros de diferente plumaje. Pero ahora, ahora ya todo aquello era pasado. Se aferró a la contemplación del recorte brillante como una pantalla de televisor, cuyo parpadeo lo atraía, sólo porque la habitación le resultaba ya demasiado conocida, y además, tendría el resto del tiempo para observarla. Prolongaba de este modo una sensación de reposo, de bienestar casi, cuya duración podía ser importante por alguna causa o por ninguna. En eso estaba cuando la enfermera se acercó al lecho, allegándole la dosis de pastillas que le correspondía tomar a esta hora, y con una sonrisa que se proponía no ser triste le indicó lo obvio: te tocan.

Había estado fuera toda la semana, desempeñando aquellas tareas productivas, que no lo eran en modo alguno —voluntarias, aunque fueran obligatorias— cuya finalidad consistía más que de producir cualquier cosa, de agotar a todos y cada uno en un constante ajetreo ineludible, y al regresar a casa, la tarde del domingo, se distrajo de tal manera que al saltar del camión que lo devolvía a su espacio, no acertó a ver nada de aquellas cosas que aguardaban por él para ser vistas. Cierto que el flamboyán quedaba al fondo de la casa, al otro lado, y había sido colocado allí indudablemente sólo para ser contemplado desde la ventana de su cuarto, abierta de par en par. Parecía inamovible, es decir, firme, y estable como pocas cosas debían ser. Había crecido año tras año hasta alcanzar las dimensiones de su espacio llenándolo de pequeños sobresaltos como de agua recogida en un cuenco de umbroso continente. Si al llegar uno se fijaba, podía darse cuenta de inmediato de que dos de los árboles que antes crecían junto a la vía, habían sido cortados de raíz. En su lugar se alzaba ahora una enorme pancarta. Pero la precipitación y la fatiga conque llegaba impidieron que él lo notara, y aquél que realmente importaba no estaba a la vista para ser notado al llegar a la casa, sino que aguardaba —debía aguardar como tantas otras veces, como siempre— con una impaciente melodía de trinos, a que se abrieran de par en par las ventanas de la habitación, lo mismo que si pudiera tratarse de una cajita de música colocada allí, a su alcance. Una caja de música en cuya maravilla le fuera consentido penetrar a él como penetra la abeja en la oquedad del panal con un vuelo estático.

—Una más. —Dijo la enfermera. Se veía por la expresión que hubiera querido tomar los medicamentos en su lugar, bien se tratara de hacerle más fácil la tarea, de simple simpatía hacia él, bien porque ella misma estuviera consciente de necesitar alguna pastilla que la aliviara de su propia tristeza—. Ya verás como muy pronto te sientes mejor. En cuánto este coctel empiece a surtir su efecto te vas de vuelta a tu casa.

Él no hubiera querido volver nunca más —se dijo, con una determinación impensable, insensata— ahora que el árbol no estaba. Por más extraño que la idea pudiera resultar a otros tal vez, la casa ya no era la misma sin el árbol de fuego cuyo crepitar en silencio consumía el ascua exasperante del mediodía como un agujero negro, metódico en su contrafuror de sombras. A medida que faltaban los árboles, desaparecidos en circunstancias si no misteriosas al menos muchas veces inexplicables, parecía como si el flamboyán del fondo se instalara cada día un poco más en su sitio, tentando con las ramas un espacio propicio que le sirviera de contrapeso y equilibrio. La circunstancia de hallarse al interior de la cerca que rodeaba la casa, si bien junto a la acera, había conseguido preservarlo hasta ahora de azotes innumerables. Incluso cuando el último huracán hubo desarbolado un sinnúmero de sus pares a un lado y otro de la calle, y otros habían sido cortados con el pretexto de evitar los daños que aquel podía ocasionar a las viviendas, el flamboyán había resistido a pie firme la arremetida de vientos y lluvias incesantes, apenas recostado un poco al apoyo natural que le ofrecía el alto muro de la tapia.

—No debes dejar de tomar nunca, todos tus medicamentos —dijo la mujer. Parecía que hablaba con él, pero seguramente hablaba para sí misma, se dijo. Ella parecía necesitarlos igualmente, tal vez incluso más que él a quien le habían sido prescritos. No debes dejar de tomar nunca, todos tus medicamentos —repitió él para sí, repasando mentalmente la extrañeza o peculiaridad de aquella frase: no debes dejar de tomar nunca, todos tus medicamentos. Volvió sobre las palabras deber, nunca y todos con particular fascinación. No habría podido explicarse, mucho menos explicar de qué se trataba exactamente, pero aquellas palabras ejercían una suerte de seducción extraña —extrañada— sobre él. Un como goteo de cera tibia, alcanforada, sobre su rostro, que lo iba moldeando y confinándolo a un espacio en el que no conseguía moverse. A esto podría acaso haberse llamado reposo, quietud, inmovilidad, nombres que tenían que ver con el efecto que sobre él obraban las medicinas, pero no paz. No sentía paz alguna en su espíritu.

Él no había estado allí para impedirlo. Suponía que de hallarse no habría podido fuerza alguna en el mundo detenerlo, interponerse entre él y los designios de aquellos que tenían como finalidad suprimir el árbol. No había estado tampoco siquiera para despedirse de él. No habría podido resistirlo, seguramente, pero de todos modos le hubiera gustado estar presente, habría sido su deber hallarse allí, acaso ser talado lo mismo, desmembrado y arrollado luego para no estar obligado ahora, al levantarse, a contemplar la presencia obstinada del árbol como desdoblado en un negativo persistente en medio del resplandor de la mañana, antes de que la presencia sustituta del enorme cartel al lado opuesto de la acera se instalara como otro árbol, muerto ya al nacer, con su monólogo ajeno al gorjeo de los pájaros que a veces todavía venían en busca de su otrora morada y revoloteaban un vuelo errático y desconcertado antes de emprender la fuga hacia otras ramas distantes, aún posibles. Las palabras todas de aquella frase fulgurante, que resplandecía al sol y lo obligaba a cerrar los ojos, lo golpeaban asimismo en medio de la frente como pedradas que aguardaban el instante de abrir la ventana de su cuarto para bombardearlo: futuro, luminoso, humanidad, socialismo. Instintivamente cerraba entonces la ventana para protegerse, para guarecerse de la pedrea y del efecto cegador del sol sobre la valla. Una sensación de abandono, de pérdida, de inesperado naufragio lo asaltaba de hora en hora, de día en día sin que supiera bien de qué se trataba, sin que pudiera hacer algo —hacer nada— para impedirlo.

—Tú estás deprimido, niño —le dijo su mejor amiga—. Tienes que salir de ese hueco en el que has caído. Total, si se tratara de otra cosa, bien que lo entendería, pero por causa de un árbol más o un árbol menos… ¡Qué va! Tú estás muy mal de la cabeza.

Así era, en efecto, ni más ni menos. Por un árbol. Por causa de un árbol más, derribado, talado, borrado al paisaje con tal de hacer lugar a otro objeto, o sin objeto alguno, simplemente porque cortar un árbol resulta empleo fácil y de efecto inmediato. Había en la desolación provocada por la caída o desaparición de un árbol algo de satisfacción inexplicable, como si se tratara de barrer el suelo y dejar limpio de obstáculos el camino.

—Muerto el perro se acabó la rabia —se decía entonces, como si la rabia radicara en el árbol, en la sombra ubicua de sus hojas y ramas; en la alegría de sus flores; en la promesa indudable de sus nuevos brotes—. Hay que erradicar todos los focos posibles de mosquitos.

La posibilidad radicaba en el árbol, ciertamente, pero se equivocaba intencionalmente su carácter; se desvirtuaba la naturaleza benigna y útil de la misma. Se le adjudicaba un cariz contrario, perjudicial, altamente nocivo, o cuando menos prescindible. La tapia a cuyo abrigo creció hasta superarla en altura le había servido inicialmente de protección, y de apoyo más tarde. Guarecido a su amparo había terminado por guarecerla con su sombra vasta y opulenta. Cuando hubo necesidad de disponer de una parada en el recorrido que hacían las dos rutas de autobuses a lo largo de la calle, casi sin pensarlo se dispuso que aquélla se instalara a la sombra generosa del flamboyán magnífico. Había sido una decisión sabia. Y de repente, luego, alguien había dado en objetarle ramas, sombra, hojas, volumen, cuerpo, prestancia, y ordenado recortar todas aquellas cosas para conformar un ente. El árbol resistió con su plétora de nuevas ramas, seguro del apoyo que le ofrecía la tapia, y alzó un puñado de flores más altas y vistosas sobre la acera. Para que no pudieran culparlo de desencajar el piso hundió más sus raíces en la tierra y la halló acogedora, presta a compartir su riqueza. El árbol pudo verse a sí mismo, sujeto allí entre esos dos espacios complementarios que lo acunaban; observar su gozosa simetría de cielos: uno arriba y otro abajo; el uno hecho de aire y luz, con nubes y ocasionales centellas, el otro con su densidad rumorosa y húmeda, y un oscuro palpitar de estrellas negras, delirantes de oscuridad. Tal vez tuviera entonces también alguna revelación que le apuntara al porvenir. En suspensión, entre el cielo y la tierra, o más precisamente entre el cielo de arriba y el de abajo; el que abrazaba sus raíces y el que envolvía sus ramas, tal vez sintió la premonición de su muerte y comprendió cabalmente la razón de su vida. Mientras que el cielo de aire y luz guardaba ahora como una memoria imborrable el fantasma de su fronda, casi como si se tratara de lo mismo transparentado en espíritu sutil, el cielo mineral de abajo preservaría su huella fósil circundándola de misterios no menos sutiles que su espíritu a la luz de arriba.

Tal vez también él tuviera aquella revelación. La presunción a la que se aferró al comienzo, de que su árbol —eso, sí, su árbol— desdoblado, multiplicado, desencarnado y vivo, se refugiaba en los confines seguros de aquellos territorios mágicos, y deseó con fuerza viva —intensa— descabellada, hundirse en la posibilidad de un encuentro con su árbol más remoto, el menos accesible: aquél cuyo pasado aún era tangible con sólo escarbar sin descanso.

—Tú estás verdaderamente mal de la cabeza —le dijeron entonces—. ¿Deprimirse así por un árbol?

Semejantes palabras buscaban seguramente consolarlo. No podía ser de otro modo, aunque pareciera extraño. (Terapia de shock). Sonaban las alarmas a su alrededor para que todas las defensas entraran en movi-miento con oportunidad y eficacia, especialmente las que él mismo debía movilizar.

¡Un árbol! ¡Un árbol! ¿Qué poder insólito, inconcebible conceder a un árbol para que de este modo cayera con su muerte sobre la vida?

—Debes estar chiflado.

¡Chiflarse así por un árbol!

Cuando las evidencias pesaron lo suyo, incontestables, los pocos amigos —los mismos— renunciaron a enjuiciarlo como habían hecho hasta entonces, atribuyéndole lapsos de juicio. Ahora venían a verle aunque no consintieran visitas; acompañaban a su madre o aguardaban por ella a la salida del hospital, y con ella le hacían llegar saludos, cartitas camufladas, versos, una foto, precarias manifestaciones de su preocupación por él, y de su solidaridad. Tal vez de su comprensión, porque seguir queriéndolo ahora debía significar comprender, aunque fuera sin entender del todo.

—Cuando vuelvas a la casa —le decían—. Cuando te den de alta…

También le insistía en ello la enfermera.

—Seguro que muy pronto…

Sin concebirlo, se fue acostumbrando a aquella voz, que era una no-voz cualquiera, sin relieves propios, sin aristas; a esperar su charla insulsa, sus palabras iguales:

—No debes dejar de tomar nunca todas tus medicinas.

Por eso la echó en falta cuando dejó de venir un día tras otro, de repente. Lo mismo que su árbol había desaparecido sin explicaciones. ¡Como su árbol! Al principio se resistió a la comparación. Un abismo mediaba entre ellos indudablemente. Sin poder explicarlo —explicárselo— lo comprendía, y sin embargo…

—Tómate las pastillas —le indicó hacer la nueva, pese a que él no hubiera dado muestras de resistirse a aquello, sin responder a su interrogante.

La voz cansina de la que ahora no estaba seguía acompañándolo. Como su árbol, también ella estaba y no estaba. Pero era la suya una presencia dolorosa, fantasmal.

—Averigua qué ha sido de ella —le rogó a su madre—. Temo que algo le haya sucedido.

Un amigo consiguió averiguar algo por intermedio de un conocido suyo que trabajaba en el lugar.

—Ha tomado su descanso —le explicó la madre—. Parece ser que le tocaba hacía tiempo...

—Sí —pensó él—. Andaba muy triste. La tristeza acaba por pegarse como una lapa.

Cuando lo dejaron volver a casa aún la recordó algún tiempo. Luego terminó olvidándola. Asimismo se le fue olvidando su árbol, el árbol. Era preciso que así sucediese. Los amigos no perdían ocasión de recordárselo con sutilezas o sin ellas. A veces, un golpe de viento imprevisto traía hasta él a través de la ventana, el susurro de unas ramas o un olor a resina inexplicables, lo mismo que si un ánima que volviera del más allá lo rondara un instante de su eternidad para consolarlo de penas que él ni siquiera sospechaba. Entonces iba hasta la ventana no para asomarse a ella como solía, sino para cerrarla de un golpe que sonaba definitivo como un portazo. La rutina de los días, sólo interrumpida por las tareas de choque, los sábados combativos y los domingos rojos, que también venían a formar parte del repertorio de circunstancias previsto, volvió a absorberlo y, en cierto modo, a ofrecerle certezas que tal vez ahora fueran más necesarias. Pero también alrededor suyo se sucedían los intentos de escamotear a la rutina obligada sus fueros incuestionables, y estos eran coronados a ratos por el éxito: La celebración de un cumpleaños; un motivito cualquiera —el empleo del diminutivo era exacto— hacían posible cosas: emociones, encuentros, sentimientos, alegrías pospuestos, relega-dos, dejados de la mano.

La había olvidado ya del todo cuando volvieron a encontrarse. En un primer momento, ella no consiguió reconocerlo. ¡Tanto había cambiado él, o ella, o quizás ambos!

—Enrique… —balbuceó él, convencido de que no hacía falta decir más— Enrique Beltrán. ¿Te acuerdas de mí?

—¡Ah! Ya. Veo que se conocen —dijo, sin más ceremonias, la amiga que los presentaba—. Este mundo es así de pequeño. Todo el mundo se conoce.

Le pareció que ésta lo decía con un aire decepcionado, mientras se alejaba de ellos.

La enfermera había engordado. No es que estuviera precisamente gorda, sino eso, más repuesta.

Ahora trabajaba en la taquilla de un cine.

—No creas, que no me fue fácil cambiar de trabajo. Tú sabes. ¡Como soy enfermera!

—Verás muchas películas.

—Aprovecho el tiempo muerto que tengo entre las manos para leer. Es lo que más me gusta hacer.

A partir de esta vez coincidieron nuevamente, en varias ocasiones y circunstancias, como si en algún lugar estuviera escrito que así sucediera.

—¡Vaya! Tú por aquí…

—¡Qué pequeño es el mundo!

Eran algunas de las frases que podían cruzarse.

Para el día que cumplía veintidós años, y habiéndole invitado sus amigos a un motivito organizado en su honor, le sorprendieron estos con una verdadera fiesta de cumpleaños incluidos los bocaditos y un pastel conseguido Dios sabe de qué modo.

—Enrique, quiero presentarte a Sergio.

—Mucho gusto.

—Me han dicho que eres escritor.

Sergio era obviamente el novio. Ambos parecían felices y no dejaban de sonreír, como si mediara entre su felicidad y la sonrisa constante un flujo que ninguno osara interrumpir por causa de un temor supersticioso.

—Te he traído un regalito.

En un primer momento se sintió sorprendido, molesto incluso con la idea y enseguida, desconcertado ante la contemplación de la maceta en cuyo centro esplendía un pequeño brote con apenas dos hojas:

—Es un flamboyán —se apresuró a decir ella, que observaba su confusión—. Puedes ponerlo cerca de una ventana, donde le dé el sol. Es mi árbol favorito. Cuando florece parece un incendio. Pero no te preocupes, que ni quema ni se propaga. El agua es su alimento.

 

© Rolando H. Morelli

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NOTA DEL BLOGGER:  Qué casualidad, Rolando.  No creo haberte dicho nunca que mi amante de Cuba se llamaba Sergio.  Y sé que tú no le conociste.  Estas  trans- ferencias telepáticas siempre me resultan inquietantes.

lunes, 9 de febrero de 2009

La isla, el amor y la fragosidad, de Amaury Cabrera Rey

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El amigo Amaury Cabrera Rey (PapelBit y TextoBit, blogs) me envía un mensaje por e-mail anunciándome la publicación de su libro.  A continuación pego aquí el link para que los interesados puedan acceder a comprarlo.

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http://www.bubok.es/libro/detalles/7056/La-Isla-el-Amor-y-la-Fragosidad

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¡Buena suerte, Amaury!

domingo, 8 de febrero de 2009

Comida china (1)

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NOTA DEL BLOGGER:  "Comida China" es el nombre del libro de "Confesiones" de un amigo entrañable y, parafraseando a Ginsberg en sus aullidos y perrerías, una de "las mejores mentes de mi generación".  Le admiro, le respeto y le quiero muchísimo.  Por ahora omito su nombre, aunque no, no le busquéis en los censos oficialescos pues no pertenece a los ilustrísimos ni pasó por la fiebre de los poetas loadores ni por la del periodismo independiente.  Y no quiero seguir hablando, no vale la pena.

 

 

III

Desde mi infancia más remota tengo costumbre de viajar a La Habana. Antes, porque en la capital vivían dos hermanas de mi padre, y también porque se había quedado la costumbre o al menos la disposición para viajar desde cuando Virginia estuvo en lo de Crespo. Nos íbamos en el ómnibus Santiago-Habana de las 6pm. Doce horas. A mi me fascinaba ese viaje, y si era con mi madre, más.

Tuve un perro enorme llamado Lobo, manso y consentidor como él solo. Lo mismo me montaba en su lomo que le halaba los pelos. Jamás gruñó ni mordió: pero mis padres determinaron que representaba un peligro y lo regalaron. Precisamente al agente de los Expresos Unidos de Cuba en Contramaestre, por donde pasaba la Carretera Central. Yo tenía la ilusión de que el ómnibus se detendría en esa ciudad y entonces aprovecharía para visitar a mi querido Lobo. Cuando el Santiago-Habana pasó por Contramaestre, jamás paró, pero minutos después atravesó Baire. Donde comenzó la Guerra de Independencia, etcétera. Y como mi admiración por Chibás había encendido en mi un registro discursero, empecé a echar una arenga patriótica sobre el Grito de Baire. En la guagua se hizo un silencio sepulcral –a todo el mundo le hizo gracia- . Hablé el tiempo que me dio la gana. Yo estaba concentrado en mi mundo de patriotas, caballos y sables desnudos: cuando acabé me aplaudieron a rabiar. Me dio tanta vergüenza que me ovillé en el regazo de mi madre y me dormí. Paramos en Holguín a cenar: recuerdo que era un hotel con mamparas de cristal nevado, patio y un gato criollo, barcino.

Mi tía Abigaíl vivía en la calle Hornos, que va a dar muy cerca del Torreón de San Lázaro. Era invierno y el carnaval habanero caía por esos días. Una noche me llevaron a ver las carrozas.

El carnaval de La Habana es un espectáculo, no como el de Santiago, donde la gente se involucra más. Además, son dos estaciones: La Habana, en invierno y Santiago en la candela de julio. Me gustó mucho porque tenía fuegos artificiales y había una carroza con escobas –símbolo de la ortodoxia, para barrer la corrupción- y el lema “chibasista” Vergüenza contra dinero. En Cuba siempre se ha hecho propaganda política en cualquier oportunidad. Me dieron por la vena del gusto.

Mi tía Abigail era una mujer simpática pero completamente impredecible: lo mismo se deshacía en cariños que te insultaba a toda voz. Su “amigo” era un señor de edad apellidado Angulo, al que trataba tiránicamente. Al menos, esa era mi impresión. Tenían un par de perros spitz blancos como la nieve, Mota y King. Abi era fanática de los perros y construyó un panteón para cuando murieran -¿dónde quedaría el cementerio canino de La Habana?-, lo cual ocurrió no mucho después. Su casita no era grande, pero estaba sobrecargada de bibelots, fotos, cuadritos y una estufa de mentira con un bombillo rojo en el sitio del fuego. Entre los perros, los adornos y las discusiones con Angulo, era un ambiente cualquier cosa menos sosegado, pero que me encantaba. La historia personal de Abigail es apasionante, pero como se supone que la estrella de este texto sea yo, tenemos que dejarla para otra ocasión. Seguramente que un día la escribiré. Nada, que cuando Mota tuvo perritos, mi madre cargó con un cachorro dentro de un cajón y le sacó pasaje Habana-Santiago. Se llamó Motica y la quise mucho.

Como ya contaba casi cuatro años, me pusieron al kindergarten -que así se llamaba el Pre-escolar- en la misma casa donde había visto a Chibás. Rosa Dumont acababa de graduarse de maestra, no tenía trabajo, era encantadora y su casa quedaba junto a la de mi abuela. Y como todo lo hacíamos en grupo, a la toda manada de primos nos mandaron al mismo kinder. No sé si nosotros arrastramos aquella cantidad de niños o si fueron ellos los que nos arrastraron a nosotros, el caso es que el kinder de Rosita resultaba muy distendido. Además, los Dumont eran una familia fuera de lo corriente: el esposo tenía una casa de instrumentos musicales y distribuía las películas de la Paramount Pictures. Como había sido bombero voluntario en su juventud, guardaba capa y sombrero negros tras la puerta de la habitación matrimonial: a nosotros nos encantaba contemplarlos. La esposa, Aída Palma, era maestra de piano en su casa y tocaba órgano en la capilla de Cuabitas: tenía una chiva llamada Dorotea. Por las mañanitas, antes de clase, mientras Aída ordeñaba a Dorotea para el desayuno, me relataba el asalto de la bruja la madrugada pasada: esa mala mujer quería llevarse a la chiva, y las marcas de la puerta no se debían a la vejez de la madera ni al comején, sino a las uñas de la hechicera. Yo hallaba muy natural que una bruja batallara noche a noche por secuestrar a la chiva: escuchaba los relatos muy atentamente pero sin gota de miedo. Samuelito era el varón más joven: vivía en un cuarto pequeño que daba al salón de clases. Tenía las paredes tapizadas de retratos de mujeres en cuero o con las tetas al aire, aparte de no se cuantos almanaques de pin ups. La muchacha menor de la casa se llamaba Violeta. Era una adolescente rubianca e inconforme. En aquel tiempo había un personaje de comic llamado Penny: Violeta era su viva estampa. Como en esa casa a todos les gustaba el trato con niños, se estableció entre todos un ambiente maravilloso.

Rosita disfrutaba el enseñar a los niños. Tenía un novio norteamericano, oficial de la Base Naval de Guantánamo. Varias veces el americano vino a ver a mi maestra: un dirigible se paraba sobre el patio, caía una escala y por ella bajaba él. Demasiado fuerte para nosotros, que idolatrábamos a Rosa y a su familia. Para las Navidades inventaron una representación bastante loca, como todo lo de ellos. Yo hacía el papel de Santa Claus, que pasaba repartiendo regalo cerca del pesebre donde el Recién Nacido –Tonito Llorca- lloraba en brazos de la Virgen –Mireya la hija de Silvina- y al pie de San José –Paquito Nariño-: la representación fue un verdadero éxito que resultó memorable para todos. Los Dumont tenían un gran jardín de dalias frente a su casa: por Navidades gustaban plantar un gran arbolito nevado y dos renos de cartón piedra blancos también, atados al árbol con cintas plateadas. El conjunto estaba iluminado por reflectores y sonaba música de villancicos: totalmente kisch pero espectacular, mágico y, única y exclusivamente, por el gusto de hacerlo. En esos años muchas personas hacían cosas sin cálculo alguno: los que bailaban en el carnaval era por gusto, los que se iban a la Sierra era para luchar, los que iban a la iglesia era por devoción y si te pedían dinero prestado era para devolvértelo. Quizá se diga que era cuestión de prestigio personal: puede, pero si algo te disgusta, es difícil que lo hagas sólo por prestigio. A los Dumont les encantaba su arbolito, su trineo y sus villancicos. Es que eran muy locos. Rosa era aficionada a exhibirme; una vez la visitaron unas amigas y ella me llamó. Me hizo echar el cuento de Cristóbal Colón y cuando acabé exclamó ¡Este niño es un genio!: confundí genio con mal genio y durante años no la comprendí.

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He arrastrado ese problema con las palabras. A veces no comprendo. Tenía la costumbre de meterme en la cocina a mirar: mi madre señalaba una olla humeante y me decía eso es vapor de agua y yo no entendía pues para mí vapor de agua era un buque de vapor que navegaba.

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sábado, 7 de febrero de 2009

EUTANASIA, BERLUSCONI, VATICANO, DERECHOS, DEBERES Y CANSANCIO.

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Eluana Englaro

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al Dr. José Luis Casado

a mi madre

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El tema de la eutanasia vuelve a ser noticia de primera plana gracias a las decisiones y opiniones en torno a una bella ragazza dall 'Italia que ha pasado la mitad de su vida vegetando encima de infinitas camas que deben haber consumido la apabullantemente hermosa sonrisa de las instantáneas al hilo de la sospecha de una existencia que no se ha mostrado al público. Vive gracias a los avances de la ciencia, pero la ciencia es todavía incapaz de afirmar —“a ciencia cierta”— si en su estado sufre o no sufre, y si algo cruza por su mente física y científicamente declarada en “muerte cerebral”. Ese cerebro, su muerte y su vida y todo lo que transcurre entre medias, es el gran misterio, la gran frustración y la gran impotencia de La Ciencia, que nunca ha llegado del todo a él.

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Eluana Englaro

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Esa misma Ciencia, a la que sistemáticamente La Iglesia ha venido oponiéndose y ha quemado a más de un osado en sus hogueras, ha dotado al mundo de numerosos avances. Esa misma Ciencia, incapaz aún para muchísimas cosas, nos ha dado incluso la posibilidad de prolongar la vida más allá de lo que cien años atrás habría sido tal vez una muerte inmediata. Esta consecuencia puede constituirse en una carga para muchos: económica, sentimental, física, social, política, ética. ¿Hasta dónde llegar? ¿Hay que renunciar a los resultados beneficiosos y a los efectos adversos de la Ciencia? ¿Cuántos siglos tenemos que retroceder para volver a ser éticos con respecto a la vida y a la muerte? Presta está la gran maquinaria del etiquetado mundial para estampar los sellos sobre los supervivientes que, más allá de los dolientes, pululan alrededor tirando de un lado y de otro del cuerpo del medio muerto-medio vivo entre tantas sábanas cloradas, tubos y aparatos de precisión. Nos quejamos y nos alarmamos de que en África mueran millones por carecer precisamente de los avances de la Ciencia que en los primeros mundos se han convertido en una maquinaria monstruosa para mantener la responsabilidad con la vida y también con la muerte.

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Eluana Englaro

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¿Alguien comprende, acaso, lo que pensamos y hacia dónde vamos?

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Eluana Englaro

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© 2009 David Lago González

Ya no reino en esas noches orgullosas...

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Extremo duro, extremo vívido y vivido más allá de la razón y de la vida.  Concha Buika tiene que ver con lo que canta y con cómo lo canta.  Es como un chute: un subidón que nos eleva y luego nos baja hasta el fondo de nuestros infiernos.

(C)2009 David Lago

CONCHA BUIKA canta "Miénteme bien".

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Miénteme bien

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Si me mientes susurrando a fuego lento
justo aquí bien pegadita a mi boca
no sabré si golpearte con mis pechos
o si dejarme arrastrar noche abajo de nuevo
hacia otra madrugada bohemia,


reconozco que me enloquecen tus carnes
reconoce que te enamoran las mías,
así que si me mientes casi dentro de mi boca
te regalo el resto de mis días,


y es que hay mentiras que sientan tan bien
que parecen verdades ocultas
con secretos que endulzan la hiel
de las noches más tremendas y más oscuras,
así que si me mientes
miénteme bien.
porque hoy quiero engañarme de nuevo.


Ya no reino en esas noches orgullosas
en las que acabo amaneciendo triste y sola.

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viernes, 6 de febrero de 2009

The Menstruation Story

 

Forget Bambi and Dumbo

This is the best thing the folks at Walt Disney's ever did...

Viendo este spot comercial realizado en los Estudios Walt Disney para los productos Kotex  --de ahí que a las compresas en Cuba se les llamara popularmente "cotes" creo que al menos todavía en 1982--, no se puede evitar sentir cierta compasión hacia las generaciones posteriores que crecieron viendo "los muñequitos rusos" y comprender el trauma neuronal que esas moralejas doctrinales pueden haberles causado.

Gracias, Walt Disney, por haber existido.

David Lago González

martes, 3 de febrero de 2009

Tertulia Literaria Hispanoamericana Rafael Montesinos presenta a Manuel Rico

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Tertulia Literaria Hispanoamericana

Rafael Montesinos

Curso LVI La Directora de la Fundación de Colegios Mayores MAEC-AECID

y la Directora de la T. L. H. Rafael Montesinos

se complacen en invitarle a la

sesión 1614ª

Martes, 3 de febrero de 2009 - 19´30 horas

Manuel Rico leerá poemas del libro en construcción Ciudad a dentro.

El poeta se autopresentará

 

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Tertulia Literaria Hispanoamericana Rafael Montesinos

Colegio Mayor “Nuestra Señora de Guadalupe”

Avenida de Séneca, 4 28040-Madrid

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Frente a la intacta luz, que es fruto huero.

Frente a la luz de hielo, que es vacío,

que jamás será tacto o beso, nunca río,

manchada luz dispongo en el tintero.

La que atesora el vino, no el acero.

La que tiene de ti no sólo el frío

enigma de la forma, sino el brío

de la vida o la noche en su agujero.

La que nunca en el arte tuvo amparo.

La pureza teñida, el falso faro

de su viejo disfraz: su duro sello.

Claroscuro. Ciudad. Pared o llama.

Claridad o penumbra en amalgama.

Un corazón herido en el destello.

 

Manuel Rico

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Tertulia Literaria Hispanoamericana

Rafael Montesinos

Fundada en 1952

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sábado, 31 de enero de 2009

Imagine Peace (oración)

 

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Guárdanos, Jesús, de los cardenales de rojo birrete

y afeites tan delicados como antiguas mujeres enharinadas.

Guárdanos, Alá, de los jeques despóticos, de tus mártires,

de quienes no pueden perdonar que cualquier civilización sea un soplido de arena

porque, tal como el hombre, su solidez es un sueño.

Guárdanos, Alí, del shií que cumple silencio y explosiona a la hora señalada.

Guárdanos, Abrahám,

por los que quieren hacer de la piedra donde ofrendaste a tu hijo

el alto concreto celeste que separa a los semitas en enemigos

cuando la bestia no puede vivir sin la garra ni el ave sin la pluma.

Guárdanos, Karl Marx, de tu herrumbrosa revolución industrial

y de tu falta de previsión porque la plusvalía está en la esencia humana

como el amor y el odio, la pierna y su movimiento, inseparables,

maldad contra maldad, bondad besando las bocas de las buenas.

Guárdanos, Jefferson, de tu declaración de igualdad

que nadie escuchó y aplicó según sus conveniencias.

Guardanos, querido Vladimir Ilich, del eco de tus errores

en obra y en personas, como aún les llaman los enamorados de una margarita

a la que siempre le inventaron los pétalos; y tú, loco Adolf,

que el misterio de tu muerte y de tu mente se ensuelva en sí mismo

como el deceso de los animales domésticos.

Redímenos, Historia, de todos tus deslices y aciertos,

de tus ¡oh! gloriosos descubrimientos y tus olvidos más injustos,

que ahora echamos sobre los hombros más cercanos del pasado y el presente.

Guárdanos, John & Yoko, de las burbujas de la inocencia;

de la tonta sonrisa que se esboza en la ignorancia;

de una paz de vana hermosura, superficial, flotante,

que tantos aprovechan para alfilerarla como a globos rojos.

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Guárdanos, extraño, de nuestro prójimo.

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(Madrid, 9 de de diciembre de 2003)

(C)2003 David Lago González

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jueves, 29 de enero de 2009

A house is not a home

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...And a house is not a home
When there's no one there to hold you tight
And no one there you can kiss goodnight

Hart David-Burt Bacharach

("A house is not a home")

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Éstas son fotos de la que fue mi casa en Camagüey.  Fueron tomadas por un vecino y casi familia que volvió en el año 2000 , y la persona que habitaba en ese momento la casa gentilmente le permitió tomar las fotos.

Hay también fotos de la acera a ambos lados de la fachada.  Enfocado desde la distancia me pareció muy triste, con alguna ligera reminiscencia de lo visto por entonces en la televisión y la prensa sobre Kosovo y las demás zonas afectadas en la Guerra de los Balcanes.  Salvando las distancias, claro está.  Supongo que los que siguen habitando esas calles no aprecian la tristeza y, en todo caso, habrán demasiadas cosas confluyendo al mismo tiempo con la misma premura y la misma inopia como para darse el lujo de detenerse en apreciaciones superfluas.  Yo no entiendo por qué ahora existe una tendencia a querer quitar el nombre de revolución a La Revolución cuando su acción (remitirse al diccionario) es parte integral e importantísima de su proceso de mantener "la nada cotidiana" en una continua y agotadora sensación y realidad de movimiento para que el individuo caiga síquicamente extenuado.  Es el reverso del dicho "un clavo saca otro" porque la práctica se realiza clavando sobre el primer clavo otro más, y otro más, y otro más, así hasta el infinito, y ese infinito borra la forma y el dolor inicial del primer clavo.  Final, ¿qué queda?  La desmemoria.  Todo está planificado, nada es espontáneo, nada es natural, todo es provocado para convertir al hombre justo ("el hombre justo" del que hablaba Ginsberg en sus poemas mastodónticos) en la anulación y la enajenación total de sí mismo.  Brillante ideología.

Pero "Una casa no es un hogar" es una eterna canción con música de Burt Bacharach y letra de Hal David que da título a este post.  La casa sigue en pie.  En ese año de las fotos, el 2000, era una de las casas que mejor se conservaban en la cuadra (que es la segunda de García Rouco), gracias a que sus moradores parecían tener medios --y supongo que conexiones suficientes--, para mantenerla presentable.  Los muebles no son los originales, pues sus habitantes de entonces (no sé si siguen siendo los mismos) son consecuencias de varias permutas.  De modo que para mí no representó gran cosa volver a ver el cascarón y su interior.  Independientemente del miedo inoculado por el Estado a la población sobre el futuro de su techo en el supuesto de un cambio que reponga el orden constitucional (anterior a lo inconsticionalmente constitucional), yo como propietario nunca se me ha ocurrido pensar recuperarla de ninguna manera.  Faltan los muebles (para más inri, diseñados por mi padre, que era una especie de one-band-man) y faltan las personas que la ocupábamos y las que la visitaban.  Es una estupidez más de la Revolución y otra proyección del síndrome cubano del ombligo, creer que la vida de los propietarios de algo termina en ese algo material.  Es también una muestra de la falta de amplitud de esos pensantes trastornados por la mediocridad.  Para mí el hogar que conocí allí no existe nunca más y nada lo sustituirá porque simplemente, al partir para siempre de un lugar, lo perdido no es compatible con lo ganado, y viceversa.

 

1ª foto)  La fachada o frente de la casa.

CASA_CAMAGUEY2000Dic

Los colores han cambiado.  La reja de la ventana es la misma, pero la ventana en sí era de madera y tenía dos hojas, en los que habían postigos y cristales coloreados, tanto vertical como horizontalmente arriba.  La puerta estaba barnizada y no existía la reja --una aportación dado el grado de delincuencia--.  Es una puerta que ocupa todo el espacio del hueco de la misma, en la que existe una segunda puerta que es la que se utiliza habitualmente.  De haberse tomado una foto antes del año 82 en que salimos, desde el mismo ángulo, la ventana no se vería porque quedaba oculta por un álamo que crecía frente a ella, en el espacio donde todavía se conservaba la tierra.  Ese árbol  se dividía a medio tronco en tres ramas fuertes que fueron utilizados por los muchachones de la familia Miranda para desde él insultarme a mí (con los calificativos que todos los de la época del Mariel pueden recordar) y a mi madre llamándole "puta" y vaticinándole que sería exhaustivamente singada por los negros americanos, color de piel que ellos consideraban despreciable, doblemente despreciable pues estos chicos eran, son y serán negros negrísimos, y casi con toda seguridad actualmente formarán parte de la fauna miamense, pero nunca de su flora.

La casa la compró mi padre en el año 1955, reformándola completamente, y en el año 56 nos mudamos a ella, desde el número 59 donde vivíamos en alquiler (que era propiedad de Ballín, un gallego amigo de mi padre, que vivía en un chalet calles abajo).

La casa del lado izquierdo también era de mi padre.  La compró en el año 57 al tocarle el segundo premio de la lotería nacional.  Vivía allí un matrimonio gallego.  Él trabajaba en los Ferrocarriles y murió de cáncer en el año 58.  Quedó viviendo allí su viuda, Caridad Cuervo.

 

2ª foto)  Izquierda de la acera.

CASA_CAMAGUEY2000Dic 001

En la foto, entre la casa nº 63 que está al lado de la que yo viviera (foto anterior) y la continuación de éstas, falta la vivienda que fuera de los Cazo, padres, También gallegos, y una sobrina Emma Cazo; los hijos de Pedro y Balbina Cazo vivían también en la cuadra, con sus respectivas familias, en la acera del frente.

Le siguen la casa de los Balmaseda, la de los Carbonell, la de Virtudes, su hermano y sus sobrinos.  La última puerta formaba parte de una quincalla durante los 50 y buena parte de los 60, hasta que posteriormente fue convertida en casa.

Donde hay tierra, incluso donde no la hay, estaban plantados los álamos, que desaparecieron todos durante el período especial convertidos en leña para cocinar.

 

3º foto)  lado derecho de la acera.

CASA_CAMAGUEY2000Dic 002

Álamos inexistentes que todavía puedo ver.

Al lado nuestro, en el 59, la casa de los Cortés.  René Cortés y Blanca Mayo, inmejorables.  René leía mucho, a él le dejé la mayor parte de mis libros.  Fueron almacén, refugio y cómplices de lo relativamente poco que pudimos salvar del inventario.  Con Blanca canjeamos la máquina de coser para que se quedara con la de mi madre, mucho más moderna que la suya.  Para tomar el café de las tres nos comunicábamos por golpes en la pared, bien en la saleta o en el comedor.  También me ocultó los escritos y mi máquina de escribir de posibles peligros.  Y sin saber exactamente qué, nos acompañó en el miedo y la incertidumbre con que vivimos los dos últimos años posteriores al Mariel por haber caído en una estafa para salir del país engañados por una vecina de enfrente, Rosa Cadenas.

La siguiente casa estuvo ocupada por los Sastre: padre y dos hijas, que partieron a Estados Unidos durante los 60.

Le seguía la casa de Carmen y Manolo Rúa, los dueños de Tagarro.  Gallegos inolvidables, con un corazón de oro, tanto ellos como sus hijos.  Nos volvimos a encontrar con Carmen otras tantas veces aquí en Madrid.

Y lo último que se ve es una cuartería que era propiedad de los Rúa.  Durante los 50 y primeros años 60 fue una cuartería "decente".  Imposible recordar todos sus moradores de entonces, pero, aparte de Manolín el gallego, habían personajes memorables como el chino Zoila (que vendía maní y era maricón; a los muchachos del barrio siempre nos preguntaba la hora para a continuación susurrarnos: "muchacho-saca-picha, muchacho-saca-picha"); desapareció de un día para otro, nunca más se supo de él y no oí a nadie jamás preguntarse por la suerte del pobre chino; y también estaba La Favorita, que era puta gordísima, como salida de Amarcord, que trabajaba la zona del Mercado de Abastos de Santa Rosa pero nunca allí donde vivía, me parece estar seguro de que nadie le daba el saludo.  También vivía un matrimonio chino: él era cocinero y ella no sé qué, ella era una mujer finísima, muy delicada, como una flor de lis.  Y con la Revolución llegó Remigio, que ocupaba justamente el ventanal que da a la calle, pero eso ya mereció un poema y merece un post aparte.

Después (fuera de foto) está la escuela primaria "Rafael Guerra Vives", construida por Batista, pero inaugurada por Fidel.

 

4ª foto)  Sala y saleta.

CASA_CAMAGUEY2000Dic 003

Aunque, naturalmente, es la misma saleta tomada desde la sala en línea recta al pasillo, apenas la reconozco: tan importante es el mobiliario que ha formado parte de la vida de uno.

 

5ª foto)  Pasillo.

CASA_CAMAGUEY2000Dic 004A

Lo que más desagradablemente me impresionó fue "el cielo encabillado" como protección para los ladrones.

La reja blanca que se ve cerrando "el pasillito" era la que tenía la casa en la ventana de la calle cuando mi padre la compró.  Esa reja (entonces no blanca) se guardaba en el trastero del patio, o "cuarto de desahogo" como es más común decir en las casas cubanas.  Antes de la Revolución, en lugar de las rejas había cortinas venecianas a ambos lados.  Con el paso del tiempo quedó solamente la que pega a la pared derecha pues arreglar una de ellas venía costando una cuarta parte de mi sueldo, y, naturalmente, se hacía mediante una persona que se buscaba la vida fabricando él mismo las cintas y los mecanismos necesarios.

La señora de la casa (con el rostro sombreado) está en la puerta de otro pasillo que conduce al cuarto de baño.

 

6ª foto)  Las dos primeras habitaciones.

CASA_CAMAGUEY2000Dic 005

La foto está tomada desde la que era mi habitación hacia la de mis padres.  Los batientes de cristal azul que se ven al final servían de separación entre ellas.

 

7ª foto)  El comedor.

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Como en buena parte de las casas cubanas que imitaban el estilo colonial, el comedor está al lado de la cocina.

La puerta abatible de tres bandas ha sido sustituida por una puerta de dos hojas.

 

8ª foto)  La cocina.

CASA_CAMAGUEY2000Dic 007

 

 

9ª foto)  El patio.

CASA_CAMAGUEY2000Dic 008

De nuevo, más rejas de cabilla.  La puerta anti-ladrones no existía, por supuesto.  La ventana es la original.  Ese es el trastero.  Su tamaño es superior a cualquier habitación "pequeña" de las que he pernoctado en España, y más o menos igual a la considerada aquí como habitación principal.

En ese trastero oí a mi padre hablar en gallego por primera y única vez de forma espontánea.  Por los respiradores --situados en la parte superior de las paredes-- habían entrado cuatro ratas, enormes como hurones, y un día nos pusimos a la tarea de darles caza.  Recuerdo que estaba en casa Raúl Parrado, amigo pintor también emigrado a España y creo que ya fallecido.  Después de lograr matarlas, mi padre empezó a comprobar los destrozos que habían dejado, y al ver lo que habían hecho en una montura y una capa de agua (de campo) que se habían salvado de la Reforma Agraria, exclamó: "¡Ratas, filhias de puta!"

No mucho antes de su muerte me llamó un día para que le ayudara a mover baldosines viejos que se apilaban detrás de la puerta.  Aquella montaña escondía una especie de zulo lateral que escondía dinero de la era republicana, que más tarde quemó dentro de un balde.  En fin...

Bajo suelo, mi padre hizo construir un aljibe.  Al extremo izquierdo inferior existe una losa para, originalmente, abrir o cerrar una llave de paso.  Como también el agua se nos racionó desde tiempos inmemoriales (¿había nacido ya Fidel?), las tuberías y todo el alcantarillado dejó de funcionar correctamente.  En el aljibe habían bastantes cucarachas, enormes, kafkianas cucarachas.  Ese agua solamente la utilizábamos para regar las plantas.

-o-

Quizás debería colgar algunas otras fotos de los primeros tiempos de la casa, o algunas escasas de los últimos tiempos que la vivimos.  Recordar (la empleomanía cubana que pueda leer este post) que hubo largas etapas de nuestras vidas (esas cosas "que tal vez un día valieron un poco") en que no había máquinas de fotografía ni carretes ("rollos" se llamaban en Cuba).  Pero, en fin, esas otras fotos tal vez serán para otro día: esta noche estoy demasiado cansado para cualquier cosa.

 

(C) 2009 David Lago González

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Enlaces a esta entrada: http://theplacewherenothingisreal.blogspot.com/2007/10/camagey-la-calle-donde-nac.html

miércoles, 28 de enero de 2009

Última estancia en Davos (poema)

 

Hoy es el aniversario de José Martí.  Ante la excesiva proliferación de estudiosos y expertos sobre su obra, mi ignorancia siempre me ha aconsejado mantener un cauto silencio, no en sí por consideración a estos sino por respeto al ser humano, poeta, pensador, escritor, romántico, que devino emblema nacional y que, a partir de su muerte, ha sido utilizado por todo tipo de seres muy por debajo de su talla como ataque y contraataque de unas mismas ideas o de ideas diferentes.  Como dijo John Lennon de ellos mismos en comparación con Jesucristo, en el desbordado patio cubano, con cercas y sin cercas, su nombre ha bailado más que el de Dios sobre la punta de disímiles e infinitas lenguas, y cien años de sucia historia política de despreciable monta le han convertido en un comodín al que todos ofrecen, en secreto, el valor del escudo para esconder desmanes, errores y horrores, y por otra parte, al descubierto, también el de un espejo de justas menciones.  Pero estoy seguro de que si hoy viviera, manteniendo la misma ética que se advierte en sus palabras, ya habrían existido innumerables Pedros que le habrían negado muchas más veces que tres, y no pasaría de ser un apestado incomprendido.

David lago González

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(C) Arturo Souto (Davos Platz, 1922)

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¿Qué importa el paisaje, la Gloria, la bahía, la línea del horizonte?

Lo que yo veo es el callejón.

Manuel Bandeira

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¿Ha oído hablar de La Patria?

Sí, sin duda: en sus jóvenes años fue tan zarandeada como en los míos.

Seguramente también sintió vergüenza de esa falacia,

y esa mezcla de rabia y piedad por los labios que la limitaron a una cáscara de nuez,

a una piedra que deshace la fuerte paz translúcida del cristal,

a un número sobre el antebrazo del alma, al asta que pincha estúpida la nube,

a la tea que nos acercan al rostro para identificarnos

o para quemarnos los ojos. A veces recelo de que incluso aquí,

perdidos en el tiempo, estemos a salvo del rebrote que hace temblar mis manos.

¿Lo advierte...? No obstante, dicen que no estoy enfermo.

Yo me río, me encrespa la practicidad incapaz de ver

lo que tantos ilusionistas han hecho con el inflamado espíritu

que una vez fue inocente, imberbe ausencia del peligro.

¡Nos han arruinado! Yo me río, ¡acompáñeme!

Pues sí, tiene razón: más vale el leve riptus

de una sonrisa que aspiramos como suspiro.

En eso se ha convertido la felicidad.

Aún acatamos la obsesión de no bajar la guardia...

La patria;

la patria, Herr Castorp, siempre fue para mí

un salón con dos sillones triunfales, asomados al sol y a las sombras;

medio tonel de madera luciendo una lustrosa begonia gigante;

un cuaderno donde el grafito descubría mágicas formas sobre un papel de seda

y yo, maravillado, pensé aquella noche

que esas siluetas eran lo que los mayores llamaban vida y hombres.

Y al crecer, como usted, me di de bruces con las antorchas, las banderas,

el espejo negro de las botas, los cristales rotos, las teas insolentes,

y las puntas de los dedos

que señalan a nuestras almas como a algo peligroso,

debilidad que no merece el aire de la patria.

Tal vez no nos dimos cuenta

de que siempre quedamos atrapados en un callejón sin salida,

y sin salida sería aquella línea que por encima del muro suponíamos horizonte.

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(Madrid, 18 de enero de 2004.)

© 2004 David Lago González

lunes, 26 de enero de 2009

Readers Digest's Selections - Mi personaje inolvidable

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dos recuerdos de ADOLFO LLAURADÓ

 

Hacia el año 1968 Adolfo Llauradó era bastante insufrible como persona. Buen actor, pero poseído por una vanidad que sólo permitía la adoración.

En Santiago de Cuba coincidí con él dos veces. Se realizaba el Primer Encuentro de la Canción Protesta, y después de la noche inicial fuimos a celebrarlo a la mansión de unos burgueses cuyo apellido no recuerdo y que parece que habían descubierto el discreto encanto de la Revolución, o la conveniencia de servirle. Da igual. La reunión allí fue muchísimo más enjundiosa de lo que puedo referir en torno al difunto, pero como éste andaba mariposeando por la casa y, sobre todo, por el bello y ancho patio central donde nos encontrábamos todos, como si fuera... eso, una mariposa perdida de la lluvia de lepidópteros de Macondo, la dueña de la casa, harta ya de tanto “artisteo” y de tanta mariconería fría, le dijo muy en alta voz: “Adolfo, que no estás en Hollywood...” Por aquel tiempo el sujeto parece que había sufrido un accidente de coche o algo así, y llevaba la cabeza vendada, posiblemente escayolada, a la altura de la frente, y del lado derecho de ésta le salía un alambrito doble que terminaba en una vuelta hacia arriba. El asunto era como metafísico o galáctico, futurista en todo caso.

A los dos días, por la mañana, Niki y yo fuimos a visitar a Roberto, que se hospedaba en un hostal precioso, maravilloso, donde también se alojaba Modesto, el del ICAIC, creo que todavía marido de la que después sería la primera mujer de Silvio y madre de su hija actriz. Roberto estaba muy nervioso y nos dijo que nos teníamos que marchar enseguida porque..., porque..., porque venía Adolfo Llauradó a acostarse con él. Roberto era bellísimo y siempre ha tenido un extraño pacto con la eterna juventud que nunca ha revelado si fue establecido con El Diablo, pero con quién si no... Nosotros intentamos disuadir a Roberto de cómo iba a acostarse con un tipo tan pesao, pero nada pudo convencerle. El caso es que no nos fuimos porque queríamos joderle “el palo” a la Llauradó con nuestro hermoso amigo camagüeyano de piel de manzanA (o puedo decir “de manzanO”, todavía existían por entonces). Niqui y yo nos miramos en silencio y sin mediar ni un solo gesto nos pusimos de acuerdo en algún plan que no sabíamos cuál sería.

En eso llegó Adolfito, con su alambrito y su pose de estrella. Ni Nikitín ni yo le miramos. Entonces comprendimos lo que minutos antes habíamos acordado mediante nuestras artes telepáticas: ignorarle. Totalmente poseídos del espíritu Teatro Estudio en acción, nos pusimos a conversar sobre veinte fruslerías que no venían al caso, sin dedicar ni una sola mirada al susodicho. Pasábamos por delante de él como si no existiera. Brincábamos su espacio vital, lo obviábamos. Nos volvíamos hacia la silla que él ocupaba como si estuviera vacía.

Aguantó la inexistencia sólo quince minutos. Y, sin probar la textura de nuestro hermoso amigo, se largó.

© 2009 David Lago González

viernes, 16 de enero de 2009

Mi casa

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Os invito a mi casa.

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I'll light the fire
You put the flowers in the vase
That you bought today


Staring at the fire
For hours and hours
While I listen to you
Play your love songs
All night long for me
Only for me


Come to me now
And rest your head for just five minutes
Everything is good
Such a cosy room
The windows are illuminated
By the sunshine through them
Fiery gems for you
Only for you


Our house is a very, very fine house
With two cats in the yard
Life used to be so hard
Now everything is easy
'Cause of you
And our la,la,la, la,la, la, la, la, la, la, la.....


Our house is a very, very fine house
With two cats in the yard
Life used to be so hard
Now everything is easy
'Cause of you
And Our


I'll light the fire
And you place the flowers in the jar
That you bought today

(Crosby, Stills, Nash & Young - Our House Lyrics)

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La puerta.

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La tarja.

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La tarja (zoom)

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El balcón del salón.

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El balcón del salón (zoom)

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La puerta desde dentro.

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El zaguán.

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La fachada del piso.

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La ventana de la cocina y la planta del dinero.

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Mi laurel.

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Hasta aquí la primera parte.  Otro día os invito a entrar.

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(C) 2008 David Lago González

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martes, 13 de enero de 2009

ANTONIO DESQUIRÓN OLIVA - Existen

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Mi-Mi Moscow_Clepsidra of God

Mi-Mi Moscow (Clepsydra of God)

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Los fantasmas sí existen

Y el mundo está repleto de ellos.

Fantasmas grandes, que se ocupan

en evitar que crezcas:

Pueden hacerlo desde dentro, convenciéndote

De que eres un imbécil

O de que otros tienen más mérito

O de que estás completamente errado

O de que eres un incomprendido que ya lo ha intentado todo

O quizá la propia vanidad trate de cegarte

Y llegues a creer que

La obra de tus adversarios

Carece completamente de valor.

Pueden enfermar tu alma

De desaliento, de tristeza y dolor

De desengaño por cosas que pertenecen más

Al mundo de la Fé que al de los Hechos.

A saber…

También obran desde afuera,

Creando leyes, regulaciones, costumbres,

Creencias populares o académicas

Fenómenos de la naturaleza, enfermedades;

Mi-Mi Moscow_ 2007_1541796650_da9d0bfcd4_o 

Mi-Mi Moscow

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Los fantasmas pequeños,

Al igual que los grandes, buscan apagar:

te rodean en tu casa,

Tu trabajo, los sitios que frecuentas.

Se ocupan de crear problemas, de hurtarte,

de dañar algo que has hecho:

es como si te pellizcaran con la intención de acabar contigo.

Todos los fantasmas —les fascina la materia—

se corporeizan:

Unos se convierten en fuerzas históricas, gobernantes, legisladores,

Rectores, magistrados, policías, jefes de cualquier cosa,

Sacerdotes, personas de respeto.

Otros vienen como falsos amigos, vecinos, colegas, incluso familiares.

Te miran en detalle,

Te consideran,

Te miden,

Quieren cumplir cuidadosamente su deber.

Por eso no te dejan en paz:

Te entristecen, te hacen indigno de esto y aquello

Te desaparecen para siempre todo lo

Que has tardado años en adquirir.

O te lo arruinan.

En fin, que no te dejan avanzar.

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Mi-Mi Moscow_I saw the light 2008

Mi-Mi Moscow  (I saw the light)

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Claro que los fantasmas

Sólo se agrupan alrededor

De personas verdaderamente especiales

—como pertenecen al mundo espiritual

saben quién es quién y por eso los atajan—

Pero como ellos sí viven en la confusión,

Tampoco hay que odiarlos.

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Mi-Mi Moscow  (Nihil)

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Aunque tienen fama de invencibles

No lo son,

O al menos, a la larga no necesariamente

Logran su objetivo.

Evitar su perniciosa acción compete a nuestra capacidad de creer,

Y no creer al mismo tiempo

De no ser total y

Absolutamente escépticos,

De no quedarnos “tan calvos que se nos vean los sesos”

De no tener asco de demasiadas cosas

Y de olvidar mucho

Sin decirlo mucho.

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Cuabitas, enero 12- 2009

© 2009 Antonio Desquirón Oliva

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domingo, 11 de enero de 2009

Madrid nevado

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Ayer sábado tocó deshielo.  Al mediodía, el débil sol comenzó a deshelar los tejados, aleros y balcones de los edificios, los toldos de las ventanas y los locales, y se hacía difícil caminar por la acera porque prácticamente aquello se convirtió en una suerte de lluvia.

 

El día anterior, viernes 9 de enero de 2009, la nieve cayó abundantemente sobre Madrid.  No caía una nevada parecida desde 1977.  Había disfrutado de la sorpresa de la nieve otras veces porque hasta hace tres años viví en la zona norte, con grandes áreas ajardinadas, y la nieve cuajaba durante días, pero el centro de la ciudad era un lodazal debido a las calefacciones y el tráfico.

 

Cuelgo aquí unas cuantas fotos que tomé desde el balcón de mi habitación.  Ojalá que la nieve nos lave bien a todos.

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Todas las fotos (C) David Lago González

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jueves, 8 de enero de 2009

KARIN ALDREY - (sin título)

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Soy  un insecto metálico

bebo helio con fuego

desconozco el sexo

me alimento de energía nuclear.

Cuando amanece

exprimo un planeta

y consumo sus volcanes.

Ayer aprendí  nuevas palabras.

Hoy aprendo a olvidarlas.

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(01-07-08)

© 2008 Karin Aldrey

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domingo, 4 de enero de 2009

98.6 by Keith

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For my friends Elio, Carlos Alonso & Carlos Victoria,

wherever they ever could be...

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Have a good night, witches.

David

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