lunes, 28 de marzo de 2011

La decencia

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La decencia

Primero, el artículo Moisés Naím en El País de ayer. Después, otras hierbas…

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MOISÉS NAÍM Intervención aliada en Libia

¿Qué tiene que ver Auschwitz con Bengasi?

MOISÉS NAÍM 27/03/2011

http://www.elpais.com/articulo/internacional/tiene/ver/Auschwitz/Bengasi/elpepiint/20110327elpepiint_2/Tes

¿Qué hubiese pasado si en la II Guerra Mundial los aliados hubiesen bombardeado las cámaras de gas o las líneas de ferrocarril que llevaron a millones de inocentes a la muerte en Auschwitz y otros campos de exterminio? No se podía. No sabíamos. Hubiésemos distraído recursos de otros frentes. No era una prioridad estratégica. Estas son algunas de las respuestas que se le han dado a esta difícil pregunta. En Auschwitz fueron asesinados más de un millón de hombres, mujeres y niños.

En Bengasi pudo haber pasado algo parecido. Claro que las magnitudes y circunstancias son muy diferentes. En Bengasi viven 700.000 personas y, de haber entrado las tropas leales a Muamar el Gadafi a cumplir la misión que les encomendó -"eliminar a las ratas grasientas"- seguramente no hubiesen asesinado a toda la población de esa ciudad. Pero el dilema es el mismo. ¿Deben otros países intervenir militarmente en una nación para impedir el exterminio de miles de inocentes? No lo hicieron en Ruanda, donde 800.000 civiles fueron masacrados en 1994, ni tampoco en Srebrenica, donde las fuerzas armadas serbias asesinaron en 1995 a 8.000 hombres y adolescentes bosnios.

Estos conocidos episodios son relevantes para el debate sobre la intervención extranjera en Libia. A Barack Obama se le está criticando ferozmente tanto por haber intervenido como por haber tardado en hacerlo. Por haberse integrado en una coalición internacional, en vez de haber actuado unilateralmente. Por haber permitido que, en la etapa inicial de los bombardeos, los aviones y misiles norteamericanos tuviesen el protagonismo. Por haber intervenido sin saber quiénes son los rebeldes libios y cuáles sus motivaciones y alianzas. Por carecer de planes para una Libia pos-Gadafi. Por la hipocresía de actuar en Libia y no en Bahréin (donde EE UU tiene una importante base naval). Pero la crítica más fundamental a Obama es que la situación en Libia no afecta a los intereses vitales de Washington y, por tanto, es inaceptable gastar dinero y arriesgar vidas estadounidenses en ese conflicto. Ni siquiera el petróleo lo justifica, dicen los críticos. Libia extrae solo el 2% del total mundial, y Gadafi tenía excelentes relaciones con las petroleras extranjeras. ¿Y cómo termina esto? ¿Actuará EE UU, de aquí en adelante, como el gendarme mundial que interviene militarmente cada vez que un dictador masacra a su pueblo? ¿Lo haría en China, si hay una revuelta y el Gobierno la reprime como lo hizo Gadafi? ¿En Rusia o Venezuela?

Detrás de estas críticas hay tres suposiciones básicas: la primera es que un jefe de Estado solo debe actuar cuando dispone de información completa y confiable. La segunda es que la consistencia y los criterios universalmente aplicables son posibles (y deseables) en las relaciones internacionales. Y la tercera es que los criterios morales no pueden tener mayor peso en el brutal mundo de las relaciones de poder entre países. Las tres suposiciones son erradas.

Las decisiones importantes que se toman con una información completa y totalmente confiable son excepcionales. La norma es que los jefes de Estado actúen casi siempre sin tener todos los elementos, ya que el coste de esperar a tener información completa puede ser demasiado alto. Por otro lado, la consistencia en todas las actuaciones no es posible y, con frecuencia, es poco deseable. Por ejemplo: Estados Unidos hostiga a la Junta Militar de Myanmar por sus violaciones a los derechos humanos, pero recibe con honores a los mandatarios chinos. El doble rasero es obvio. ¿Preferimos entonces que, para evitar esta contradicción, Washington deje de presionar a los carniceros de Myanmar? ¿O que se agrave el conflicto con China? Todos los países que interactúan ampliamente con el resto del mundo se enfrentan a dilemas que no pueden ser resueltos tratando de ser totalmente consistentes.

Finalmente, está el peso que se le da a la decencia en la definición del interés nacional. Exigir que la moral sea la guía única en la conducta internacional de los Estados es ingenuo. Los intereses económicos, militares y geopolíticos siempre van a primar. Pero tenerlos como único factor y olvidarse de lo que nos define como seres humanos es inaceptable. Defender principios humanitarios fundamentales también debe ser parte del interés nacional de todo país decente. Afortunadamente para los libios, en este caso prevaleció la decencia. Y no importa que lo que venga después de Gadafi también sea indecente. Es un riesgo que vale la pena correr.

mnaim@elpais.es

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Otras hierbas…

Cuando yo era niño en Camagüey, por allá por los años 50-60, y quizás todavía un poquito después, la decencia se aceptaba como carta de presentación que aseguraba el buen desenvolvimiento de las interrelaciones posteriores y a ella debidas. Luego, el mundo cambió bruscamente y “la condición de revolucionario” pasó a sustituir a la decencia y a cualquier otra cosa. No importa que fueras lo que fueras, o lo que hubieras sido, mientras te inventaras un buen curriculum “revolucionario” que impresionara lo suficiente como para que nadie metiera las narices en él (frase que en sí es una falacia, porque en ese cambio de nuestro pequeño gran mundo todos dejaron de tener derechos y era El Estado el que los acaparaba todos, hasta el día de hoy).

Pero, en fin, hay muchos que se creen y se aprenden la canción. ¿El “no a la guerra” constituye algo puntual o es una corriente filosófica que desplaza la ya conocida de Gandhi? ¿Por qué yo tengo que creer en “la decencia” de un Gaspar Llamazares que se va a hacer un doctorado en Salud Pública a la universidad de un país que tristemente ostenta la dictadura más férreamente sutil --o más sutilmente férrea— de todo el mundo? (Y eso, considerando que el neo-bolchevismo de Cayo Lara me asusta aún mucho más.) Por supuesto que el mundo lo mueven los políticos según intereses determinados. ¿Creen acaso que los intereses del pueblo eran los mismos de los de la dictadura del proletariado? ¿Cómo tienen coraje de manifestarse en contra de los intereses de los países intervinientes y no de los desmanes de Gadafi y compañías? Pues no, como dijo la gran filósofa madrileña Nuria Bermúdez: “¡O todas putas, o todas señoras!”

A los hippies de los 60-70 de la Brigada Venceremos los engatusaba Jesús Díaz y sus secuaces o sus superiores con liberalizadores trips gratuitos de mariguana. Hoy se sabe que la cocaína en Cuba es de las mejores por su pureza (ya que al camello de poca joroba le es muy difícil avituallarse de éter y sustancias con que adulterarla). Y a la comparsa le va mucho el colocarse…  ¿O no?

© 2011 David Lago González

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El “no a la guerra”…

http://www.elpais.com/articulo/espana/guerra/reverdece/intervencion/Libia/elpepinac/20110327elpepinac_15/Tes

¡O todas putas, o todas señoras!

Nuria Bermúdez