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NO ES LO MISMO jugar a La Revolución, jugar al revolucionario patriótico contra el gusano asqueroso, al “culturoso” que va por el mundo (y el in-mundo) representando totalitarismos como quien patrocina una bebida refrescante (aun cuando se llame Eliseo Diego con sus particulares derechos humanos en la Helvetia; o Senel Paz salvado in extremis del pecado de sostener falo camagüeyano a cambio de favores de representación), o después intentando salvar de esos malhadados accidentes algún ripio mínimamente presentable, QUE jugar a las cuquitas o al médico y al enfermo.
Los vestiditos vuelven. La marea sube siempre de nuevo. Los besitos que se dieron se salen del corazón. La representación, la actuación, tiene siempre una crítica. Una crítica a veces muda, pero muy severa. Es la memoria.
Es el asco. Y la repulsión.
[He leído a medias el post de Zoé Valdés en su blog. Quizás después pueda terminar de hacerlo. Pero hoy, definitivamente, no es mi mejor día (y suma y sigue). Mientras, Los Viajeros de la Infamia, siguen con sus botas sucias aplastando la hierba.]
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